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Un sueño, un duermevela o quizá un espejismo

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Lo mejor que tienen las duras jornadas de caza invernales es que nunca no terminan al volver del campo. Tras la recogida, el aseo, la cena y el descanso los sentidos siguen despiertos, vivos. La memoria se niega a desconectar de la naturaleza retornando muchas veces al lance de la perdiz, la arrancada de la liebre o a la muestra de nuestro amigo, el perro. Lo cierto es que tras la cacería y el cansancio lo normal es que acuda a nuestra mente un sueño, un duermevela o quizá un espejismo muchas veces rayano en lo irreal.

Sensación extraña tener el cuerpo rendido por el cansancio y no poder dormir, no poder dejar de evocar los más gratos recuerdos del día. Quizá sea un sentimiento únicamente de quienes vivimos fuera de nuestro tiempo y lugar, quizá no.

Una especie de potaje de recuerdos mental aderezado con olores y sonidos de los que tanto nos agradan. Olores a romero, a pino, a sangre, pólvora, perros mojados y las fragantes plumas de nuestra recién abatida perdiz.

Un sueño, un duermevela o quizá un espejismo

La historia que voy a relatar ahora trata de una de esas siestas recostado en el sofá tras la caza con un perro a cada lado. Una de esas veces en las que gozas de una paz interior tan rara de describir como de comprender para quién no entiende o no quiere entender la caza.

Aquella vez que no estas seguro si lo que has vivido ha sido simplemente Un sueño, un duermevela o quizá un espejismo.

O quizá todo a la vez, todo al mismo tiempo.

 

El largo viaje

Toca madrugar para llegar cuanto antes, hemos de cruzar una frontera y mi amigo el dueño de los animales nos espera ya desde anoche. Viajamos los de siempre, los arcos, los perros y ese niño que de niño no le queda ya ni la voz. De nuevo si exceptúo a mi mujer todos los tesoros de mi vida viajan a bordo de mi ya maduro «lanrover».

Vamos por carne, esta vez sin cazar tenemos la invitación de abatir dos cabras que viven en estado de semilibertad, medio salvajes. Las están quitando y les cuesta mucho trabajo cogerlas por lo escarpado del terreno donde ellas se defienden a la perfección. Además este viaje ofrece la posibilidad de probar el nuevo arco de mi hijo, se lo ha comprado él con sus ahorros.

Tan largo, tan tedioso cuando estás deseando llegar y sabes que te esperan con ansia. A mi amigo lo conozco hace ya algunos años aunque solo nos hayamos visto un par de veces. Hemos intercambiado algún que otro regalo, hemos congeniado y hablado de «lo nuestro» durante cientos de horas, Él no caza pero tiene fondo de cazador.

 

«Los cabros»monteses

Tras arribar y tomar un ligero almuerzo, el calor casi alcanza los 30º C y todavía no hemos empezado a sudar. Echamos un ojo al recinto de algo más de dos hectáreas donde se guarda el variopinto rebaño.

<¡LA VIRGEN! .Yo que pensaba en un establo, un limpio flechazo desde cerca y quitarme el calor a base de cerveza mientras desollamos>.

Aquello era una montaña de las recias con alguna que otra encina, rocas sobresalientes y un montón de piedras sueltas y afiladas. Moverse por allí no era nada fácil, al menos su forma alargada nos permitía acorralarlas un poco en lugar de correr tras ellas en círculos.

Antes de plantear la estrategia ya las teníamos soliviantadas, con las orejas de puntas gracias al bueno de Uncas que no dejaba de acosarlas por fuera del vallado. El animal presintiendo el desenlace ya se le hacía la boca agua y estaba deseando morderlas.

Una vez atado ya no quedaba más preparativo que coger las herramientas y meterse de lleno al lío. Mi hijo con su flamante Hoyt nuevo, yo con mi «Cacharrejo», el corneta a la espalda y mi amigo pertrechado con cámara de fotos y sombrero de paja.Un sueño un duermevela o quizá un espejismo/Historias y Relatos/Cazadorenlaoscuridad

Decidimos matar los dos «cabros» que pasan de los tres años, uno con hermosos cuernos. La cosa en principio es sencilla, pero los obstáculos naturales son muchos y por encima de todo hay que evitar herir una hembra o cabrito.

Yo elijo el «mocho» por ser más feo y desgarbado, así le dejo el otro al chico para que tenga uno más «bonico». El rebaño aunque se «huele la tostá» no da excesivas muestras de nerviosismo hay que aprovechar antes que se «escaroten».

<-Vamos «pallá»-.> Coloco una pesada flecha de 585 gns en el arco abro, apunto medio bien y suelto con el ansia de terminar lo antes posible.

Un estrepitoso <-Mierda pá mi> resuena en mi cabeza al escuchar la flecha estrellarse contra el poste de la alambrera tras el animal. Su instinto de conservación despierta y Salen todas cagando leches. Nos evitan faldeando por un estrecho pasillo que tienen junto a la valla para ocultarse en lo más sucio y oculto del cercado.

Mi amigo no deja de echar fotos a todo, paisaje, arqueros y cabras, disfruta el tío con lo que ve, todas y cada una de las que ilustran este relato son suyas.

Comienza entonces un juego de escondite para poner al «cabro mocho» a tiro, el cabrón se ha dado cuenta que es mi objetivo y se tapa con cualquier cosa.

Un arbusto, un tronco, una piedra o un chivo siempre se coloca en el lugar menos adecuado donde poderle disparar. A cada momento hay una barrera para colocar la flecha sin hacer un estropicio.

 

 

A mi hijo no le teme tanto, tras cuatro o cinco vueltas vuelve a tenerlo en el mismo sitio donde lo tenía yo cuando le tiré. En el punto más alto, el rebaño entero está encaramado a los bloques de la alambrera, forman una fila única así que es casi imposible que cualquier otra cabra se cruce en su linea de tiro. Me dice que me lo cambia, que lo tiene bien colocado y le autorizo a tirarlo.

«Un sueño, un duermevela o quizá un espejismo, nunca podré asegurar cuál de las tres cosas sucedió…»

 

El nacimiento de un Cazador

Veintimuchos metros los separan, cuesta arriba y en mala posición el tiro aún estando el animal parado no es moco de pavo. El muchacho se centra, concentra, abre el arco lo centra y suelta el disparador. Tras el impacto el «cabro» sale corriendo con las orejas gachas y una herida de muerte atravesando ambos pulmones. Pasa junto a nosotros y se oculta en la espesura para tener intimidad ante la muerte. Le doy un minuto para que lo haga tranquilo, me acerco, lo degüello y le pido perdón.

Estuve tentado de cederle el cuchillo al chaval pero no me fiaba que con la tensión del momento se rebanara un dedo, «el corneta» gasta pocas bromas. Me reúno con ellos y le felicito, no solo por el tiro sino por el aplomo y la decisión, mi amigo hace lo mismo. Ahora a por el macho cornudo y ese es para mí.

Se han vuelto a reunir en lo más espeso y dado cuenta del peligro que corren, estos bichos de tontos no tienen nada.

Un sueño un duermevela o quizá un espejismo/Historias y Relatos/CazadorenlaoscuridadLa estrategia ahora es otra, serán ellos dos quienes intentarán ponerlas a mi alcance después de apostarme en un claro tras unos leños.

Comienzan de nuevo las carreras y saltos, algunos impresionantes por lo largos, por los violentos aterrizajes que asumen sin problemas.

 

 

Su comportamiento es de lo más lógico han reconocido a sus predadores más letales, los mismos humanos Cazadores que llevan miles de años lanzándoles flechas.

 

La emboscada

Han pasado casi dos horas desde que empezamos y el «cabro» de los cuernos sigue vivo y coleando. No corre un pelo de aire y el calor sofoca hasta las piedras. Hora de aprovechar el cansancio del animal y lo aprendido de él para intentar tumbarlo por mi cuenta. Mientras los demás esperan a la sombra de un algarrobo centenario situado en el centro del cercado yo voy a intentar acorralarlo y a dispararlo hacia afuera.Un sueño un duermevela o quizá un espejismo/Historias y Relatos/Cazadorenlaoscuridad

Por suerte la parte más alta está despejada y su querencia les lleva encaramarse allí, el  único claro donde las flechas pueden volar sin obstáculos. Las saco de su encierro entre riscas y leños para llevarlas allí varias veces. El cabrón nunca mejor dicho, se tapa con las hembras y chivos sin darme la mínima oportunidad.

Tras cinco o seis «aperturas y cierres» del Bowtech se queda solo, no por decisión suya. Parece que los demás se han dado cuenta que es «el elegido» y deciden dejarlo ir, no quieren cuentas conmigo. Está muy lejos, calculo unos cuarenta metros pero la confianza en mi equipo y el entrenamiento intensivo me hacen abrir el arco y soltarle una buena píldora.

Un sueño un duermevela o quizá un espejismo/Historias y Relatos/CazadorenlaoscuridadSin duda eran cincuenta o más porque la pesada flecha cae bruscamente y se hace trizas contra una piedra que será mi única captura del día.

Me sujeto la «malohostia» mientras veo los blancos culos de las cabras volver a meterse entre la leña, tan inalcanzables como hace dos horas.

 

 

 

Vuelvo a la carga, a la tercera va la vencida, dos vueltas más y de nuevo lo tengo un poco mas bajo, casi en el mismo sitio otra vez.

Antes de abrir me obligo a acertar o a dejarle paso a quién viene detrás mío saltando tan fuerte que pronto me pasará por arriba. 

Con paciencia calculo la distancia y caída, con calma elevo el punto rojo justo encima de su cruz y aprieto con firmeza el disparador. Una flecha con tres filos sale echando leches hacia su pecho que solo consigue rozarle, medio palmo por delante justo del punto vital. A faltado «elcasi», un «porpoco», pero una flecha no mata con ellos, una flecha solo mata si acierta en el centro.

-¡ME CAGO EN TO Y EN MI PUTA VIDA!-.

-¡NIÑO BAJA POR TU ARCO Y UNA FLECHA Y TERMINA LO QUE TU PADRE NO ES CAPAZ DE ACABAR!-.

 

De nuevo el aplomo

El chaval obedece y se queda apostado donde yo estaba, esperando que le enviemos las cabras por quincuagésima vez. No duda el tío, cuando la tiene a más de treinta metros la clava como una aceituna quedando la flecha colgando por el agujero de salida.Todas las cabras corren menos el desdichado macho que se tumba a unos cuarenta metros. Nos acercamos a rematar pero ya no es necesario, su aorta ya no sangra, la flecha cortó el corazón y no ha durado ni 30 segundos.

«Un sueño, un duermevela o quizá un espejismo, todavía no me termino de creer del todo…»

Se me pasa mi cabreo de golpe, la baba me cae a chorros hasta los pies. Le doy un estrujón y una colleja que aguanta con el mismo aplomo con que ha tumbado las dos cabras.

 

Los recuerdos

Memorable día que quedará grabado en la memoria de quienes asistimos al «destete» de un auténtico cazador. Al triunfo del instinto frente a una veteranía sobrada de torpe y pura mala suerte. Y todo ello sin cazar, en un recinto cerrado donde los bichos no podían escapar pero vendieron sus pellejos al alto precio del calor y del cansancio.

Todo ello quedó grabado a fuego en un cinturón que  llevo a diario para recordar aquel día.

Para recordarme que también fallo, que un mal día tira por el suelo meses de trabajo y entrenamiento.

 

 

Pero también tengo un hijo capaz de hacer cosas extraordinarias, en gran parte gracias a mi y a mis enseñanzas.

Eso me llena de orgullo mucho más que si hubiera tumbado como un trapo al primer cabro del primer tiro. 

 

También preparé un tabla donde el trofeo de la cabra cornúpeta luce soberbia para deleite del Cazador que nació aquel día.

Montada sobre unos rústicos y viejos maderos, con una flecha que revela el arma que termino con ella.

Usando la mandíbula inferior para grabar su nombre y la tan señalada fecha.

 

 

 

Una vez en el coche ya de retorno al hogar le hago la pregunta que me reconcome desde que vi caer la segunda cabra. Primero sonríe maliciosamente pero poco y después de no pensarlo me responde justo como esperaba.

-No estaba seguro de la distancia para compensar la caía, tampoco si afectaría al tiro la cuesta arriba y mi arco no estaba regulado en distancias al cien por cien-.

-¿Entonces como cojones le has puesto la flecha en el sitio cabronazo?-.

-Como me has enseñado, confiando en mi instinto-.

 

Los recuerdos

 

Y aún no estoy seguro si fue Un sueño, un duermevela o quizá un espejismo

 

Un sueño un duermevela o quizá un espejismo/Historias y Relatos/Cazadorenlaoscuridad

2 Comments

  1. Aún desconozco la sensación de un padre al ver como su hijo disfruta probando las mieles de la caza, pero puedo hacerme una idea y sin duda, se trata de un sentimiento inigualable.

    ¡Enhorabuena Lobaco!

    1. Un sentimiento tan enorme como LA CAZA misma, ahí es ná. Ya lo descubrirás por ti mismo.

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