CazadorEnLaOscuridad

Un Asilvestrado atrapado en la ciudad.

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Fue a finales del pasado siglo, a pesar de lo viejo que se siente uno usando esos términos he debido guardar silencio para que mi “fechoría” prescribiera. Un asilvestrado no puede negar lo que lleva dentro, en cuanto salta la chispa aflora el espíritu libre que en vano la ciudad intenta domesticar día tras día. 

 

Un asilvestrado mucho más jóven.

Por aquel entonces andaba yo recién casado y todavía acudía a la peluquería para asearme la cabeza muy de tarde en tarde. Rondaría la treintena, repartiendo mi tiempo diario al trabajo, mi esposa y una perra de caza que apenas despuntaba. Tendría mi querida “Melba” alrededor de dos años y una energía insaciable que apenas cabía dentro de su galope.

Diariamente la paseaba entre naranjos, acequias y los cada vez más escasos solares que la próspera ampliación urbanística nos dejaba.

A las afueras del pueblo donde resido todavía hoy día puede volarse alguna perdiz, levantar una liebre o correr conejos más listos que ratones coloraos.

Las ratas, gordas y bien cebadas por la generosidad de su hábitat entre urbe y huertas también la volvían loca con sus rastros y a más de una le costó la vida. La perra las cazaba sin trabajo alguno.

Cierta tarde paseando con la perra atada ya, de recogida por un naranjal abandonado que pronto sería pasto de las máquinas, metió su cabezota de lleno en una acequia abandonada. Me extraño ese comportamiento y aunque no le di mucha importancia lo comenté con mi suegro que también paseaba por allí un

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-UY normal que te haya hecho eso la perra, en esa acequia se encierra un conejo casero de por lo menos dos kilos, el «chispa» se pone “corajudo” cada vez que lo huele.
-¡Caguenruuuuus! Ese lo pillo yo con mi perra-.
No se me ocurrió nada más académico que decir en presencia de  tan insigne pariente.

 

Buscando entre piedras y escombros.

Con la llegada de la primavera decidí dedicar algunos minutos de cada tarde a la captura de tan sabio animal. Comencé a pasear por los alrededores con la perra suelta para que se familiarizara con nuestro oponente. Fue cosa de poco verle y comprobar que estaba gordo y lustroso cosa que redoblo mis ánimos por darle captura. Sin duda era un conejo semental de los que sueltan por aquí cuando se hacen viejos.

Comencé por entrarle a horas tempranas para pillarlo fuera de su escondrijo y dejar que la perra lo atrapara para que se luciera y cogiera afición. No hubo suerte, nos las daba con queso. A las dos semanas cambié la táctica y lo buscaba al anochecer. Cuando ya cansado de estar encerrado debía salir a roer los hinojos que tanto le gustaban, pero nones.

El bicho aunque torpe y gordo como un tonel había vuelto a desarrollar sus instintos conservadores que lo mantenían a salvo de nuestras artimañas.

Siempre nos intuía y distinguía entre la multitud de paseantes como a los Cazadores que querían dar con sus carnes en la sartén.

Tarde tras tarde le entrabamos por diferentes querencias y solo conseguíamos terminar encabronados rascando la boca de la acequia que lo guardaba. Las tardes entresemana dieron paso a los madrugones de los Domingos, intentando dar con el “fantasma” que tantas veces nos burlaba y que únicamente descubríamos por el olor.

No hubo manera tampoco, incluso dejándolo tranquilo por seis días para que se confiara volvimos a acosarlo sin resultado. Aquello era una carrera contra-reloj a favor de las máquinas que semana tras semana devoraban con su avaricia constructora los solares aledaños.

 

La cosa pasó a mayores.

Terminó por convertirse en un asunto personal, la captura de aquel bicho tan escurridizo fue para mí tan vital como el desayuno. Un par de días perdoné las tostadas por acudir y esperarlo en la boca de su acequia. Siempre se me adelantaba, lo veía esconderse a mi llegada o la perra le cogía el olor señal que se había encuevado.

Lo dejé por imposible, me rendí y seguí entrenado a mi perra con llamadas de silbato y sueltas de codornices con la vista puesta en la cercana media veda. Me olvidé del conejo y le dejé tranquilo hasta que las retroexcavadoras vinieran a desahuciarlo, esperando no lo “despanzorraran”.

Pasaron los días entre las reflexiones que todo observador del campo se hace, de cómo los animales se adaptan a los cambios, al acoso, a las armas que empuña el hombre. El adiestramiento de mi perra que ya daba a su fin.

Pocos disfrutes como el de enseñar y aprender de ellos, entrenar y cazar con tus perros, diría el Cazador.

La víspera de la partida del mes de vacaciones saqué a la perra en cuanto las maletas me dejaron descansar. Ya era de noche a últimos de Julio más de las diez. Harto de calor, trabajo y stress decidí bajar a mi Melba lo más cerca de mi casa que tenía a mano.

 

Encuentro inesperado.

Me encaminé hasta el solar donde vivía el maldito conejo sin acordarme de él hasta que lo vi. Venia derecho a la boca, por encima del viejo encofrado de una acequia con más de doscientos años de antigüedad. Con toda la prisa que su recio culo le permitía, avanzaba torpemente al sentirse descubierto hasta el agujero salvador.

No llegó, solté la perra y cogí un palo que había por allí. El «conejacho» se hizola picha un lío” y entre el entrar y no entrar lo sujeté con el palo y la perra hizo el resto.

Un cruce de Pointer con Braco tiene un “maldios” en las mandíbulas para andarse con pocas bromas.

 

Un asilvestrado en la ciudad.

La foto era un primor, un Asilvestrado con un palo en la mano y un gran conejo blanco y negro en la otra con una perra jadeante a sus pies. La hubo vaya si la hubo, desde una balconada cercana me dispararon dos flashes que casi me dejan cegato. Un “francotirador” me alcanzó con su máquina del demonio para inmortalizar el evento.

A mi que soy de los que piensan que las fotos en papel te roban un trozo del alma.

Jamás llegue a comprender porque lo hizo, quizá fuera para guardar la imagen de un “asilvestrado” porque no había visto ninguno. A lo mejor su intención era la de cursar denuncia en el cuartel para dar justo castigo al Cazador que saca su perro y se encuentra un conejo que jamás debió estar allí.

En cualquier caso ni bajó a pedir explicaciones, ni a darlas por su inusual conducta, mucho más extraña que la mía.

Las gentes llevan muchos más años cazando conejos que “echando retratos”’

Vaya usted a saber.Lo mismo no bajó porque temió ser tratado como el conejo y llevarse un par de palos en las costillas. Cosa bastante probable de haber venido a increparme o faltarme el respeto.

Esa noche mi perra y yo cenamos un correoso y apestoso conejo que nos supo a triunfo y a hinojo.

Al volver de vacaciones, en el mes de septiembre una retroexcavadora se llevó por delante el solar, la acequia centenaria y los naranjos que quedaban.

El conejo por suerte nos lo llevamos nosotros, el asilvestrado que retrataron y su querida perra.

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