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Un albaricoquero en un talud empinado

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Cierto es que los frutos silvestres son mi debilidad, pero las frutas más comunes cuando están criadas sin químicos ni aditivos también me gustan. Por ello tengo en mente crear una huerta libre de sustancias tóxicas. Alimentada con productos naturales creados a partir de deshechos para surtir de ella la despensa de mi pequeña familia.  A decir verdad ya comencé hace unos años sembrando un albaricoquero en un talud empinado.

La idea me surgió mientras me zampaba unos albaricoques de buena calidad, comprados en un puesto de un pueblo cercano. Me asaltó la tentación de sembrar uno en un lugar que no perteneciera a nadie, donde robarlos costará más trabajo que el propio botín. Lo encontré al momento y planté tres huesos.

 

Un árbol doméstico en un lugar salvaje

Situado en una zona casi inaccesible de un barranco se solea y airea mi árbol. Aprovechando todos y cada uno de los nutrientes que la tierra, el agua y el Sol le brindan a los vegetales desde que tomaron forma sobre la tierra. Surgido de un pequeño hueso, al abrigo de los fuertes vientos se erige esta maravilla de la naturaleza, superviviente de un incendio.

Fue en el verano de 2012, ardieron casi 50000 has y el albaricoquero que ya daba sus primeros frutos también se quemó en la hecatombe. A punto estuve de cortarlo por el pie cuando lo vi hecho un «tostón». Por suerte aunque el antiguo murió de la base del tallo surgieron unos cuantos «chupones» que me hicieron percatarme que podía recuperar mi árbol.

Y la mano del hombre entro en el juego una vez más para domesticar la naturaleza, esta vez para mejorarla y lograr sacar adelante esta maravilla. Siete años después tras la primera poda luce espléndido y produce una fruta excelente.

 

 

Cosecharlo es todo un ejercicio de equilibrio y concentración

A mediados de primavera los albaricoques suelen alcanzar su tamaño máximo y comienzan a pintarse de amarillo y rojo. Es entonces cuando hago la primera cosecha, poco antes de que todos maduren al tiempo y se caigan la mitad.

Encaramado, en equilibrio entre piedras y ramas escojo los más maduros procurando clarear los racimos para dejar sitio a los que dejo prendidos unos cuantos días mas.

 

 

 

 

La hipotética caída no es descomunal, pero las piedras y zarzas que esperan al final de la cuesta invitan a extremar las precauciones para evitar el considerable «hostiazo».

 

Una vez cogidos los aparto del Sol directo los meto en una caja de cartón sin cerrarla herméticamente. Después los dejo en el maletero de mi coche durante tres o cuatro días. Los cambios a temperaturas extremas en el interior de la caja obran el milagro de una maduración forzada pero natural. La acidez se transforma en azúcar y se quedan blandos casi como madurados en el mismo árbol.

Los comemos con ganas por ser los primeros, pero no están tan jugosos ni sabrosos como los que caen a la semana siguiente. Ya madurados completamente del árbol, a punto de caer, los caídos no llegan a la bolsa porque antes se los comen mis perros.

 

La segunda recogida tan complicada como la primera

Lleva más tiempo ir tentando los frutos más maduros y no arrancar los que todavía les queda una semana pero parecen tan en sazón. Limpios, sin picaduras de insectos, libres de polvos, ni restos de pulverización.

Son una auténtica belleza.

 

 

 

Resulta difícil resistirse a comerse unos cuantos mientras haces equilibrios, estallar una de estas bombas de dulzor en un paisaje como este es una sensación para conservar.

 

Afianza mi convicción de haber elegido la ubicación ideal para comenzar mi singular huerto, en otro sitio mas accesible es fácil que al ir a recogerlos no quedara ni uno.

La última cosecha del albaricoquero en un talud empinado

La tercera semana es la definitiva, ya no queda ni uno solo verde, los pocos que hay se deshacen a poco que los aprietes un poco. En la mesa de la «urbe» se ven así de bonitos, recuerdan al campo, al barranco y al valle donde se criaron.

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