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Una nueva vida.


La tarde Serrana ha quedado colgada de los árboles resistiéndose a caer.

El campo está demasiado hermoso para abandonarlo todavía

En la puerta de su morada el gran cazador la observa con la atención

Y con todo el amor y pesar  que le cabe a su hondo pecho

al presentir que podría ser  su la última.

EL AMOR.

Desde mi atalaya puedo contemplar toda la tierra que mis ojos abarcan y que siento como mía, veo  al Sol como se retira despacio y dejará paso a las sombras que me protegen y me amparan. Mi esposa y mi hijo dormirán todavía un buen rato, acurrucados como están formando una única forma de vida cuentan con todo mi amor y protección, la mía y la de la madre tierra.

Me acerco a su lado para contemplar mejor la serenidad de su descanso, cuantas veces les habré velado solo para disfrutar del sosiego de su reposo. Sus acompasadas respiraciones transmiten la placidez del momento por todo el aire de la cueva. Por nada del mundo osaría perturbar la honda paz que los acoge. Los contemplo con la distancia del que se sabe conocedor de su destino o al menos del que dentro de poco correrá el peligro de ir a encontrarse con él. Pudiera ser esta la última vez que los vea, guardando el hermoso y sereno instante en su memoria como único equipaje para el largo viaje  tal vez sin retorno.

Esposa mía cuanto te he amado, a pesar de que hubo otras antes que tú, jamás las adoré como a ti. Las que quisieron ocupar tu lugar a mí lado de poco les sirvieron carantoñas o arrumacos, mi corazón fue, es y será siempre tuyo. Juntos hemos sido capaces de crear nuestro propio mundo y en su cumbre coronándola está nuestro hijo, que mansamente dormita junto a ti y que está por encima de todo.

Hijo cuida de tú madre y respétala como hasta ahora, no permitas que nadie la dañe ni que sufra más de la cuenta cuando yo me haya ido. Eres mi orgullo, mí pasión podría ocultárselo a cualquiera menos a ti, de poco serviría poner puertas al campo cuando el campo es uno mismo .Sé fuerte, rudo y honrado para poder ser un buen líder, solo así ganarás el respeto de los que te sigan. Los malos lo harán porque te temen y los buenos porque te respetan ambos confiarán sus vidas a tú  fuerza, tu arrojo y buen juicio.  No es cosa fácil para tomarla a la ligera respétalos a todos porque todos son necesarios y todos forman parte de tu clan.

Vuelvo a la entrada para comprobar que la noche ha caído ya, un manto negro sujeto a la bóveda del cielo por las  estrellas que la mantienen clavada dejando al descubierto sus diminutas cabezas. Debo partir, mi enemigo me espera para cumplir ambos nuestro destino, una última mirada y echo a andar por la vieja vereda tantas veces recorrida.

La noche me acoge como hijo suyo me conoce y me conforta proporcionándome aplomo, cobijo y la certeza de acechar a mis presas sin ser descubierto. Siempre he vivido aquí esta es la tierra que me vio nacer, me contempló como crecía, observó como amaba a mi esposa y fue testigo del nacimiento de mi único hijo.

En ella creo, vivo, amo, sangro, corro, veo y cazo, y un día lejano espero descansar en el rincón que quiera guardar mi cansado pellejo, y aunque podría serlo hoy espero tarde en llegar. Conozco todos sus parajes, ninguno de sus sonidos me es extraño y ninguno de sus seres me acobardan. Solo uno me perturba por astuto y poderoso pero a ese voy a darle caza  esta misma noche. Debo acabar con él para salvar a mi familia del peligro que representa el tenerlo a las puertas de mi casa. De cachorro mi madre no me dejó alejarme nunca de la puerta de la cueva, temía y odiaba a las grandes águilas como también termine odiando al hombre cuando mató a uno de mis hermanos.

Fue una mañana de primavera junto a los verdes trigos, acudimos a dar cuenta de una tonta oveja que matamos la noche anterior. De repente  sin previo aviso, sin oler ni escuchar nada cercano llegó un trueno desde más allá del horizonte, mi hermano cayó fulminado sobre su costado quedando tendido con el cuerpo yerto y la mirada perdida hacía ninguna parte. Corrí con todas mis fuerzas intentando apagar el llanto que me brotaba del pecho cuando estallaron a mi lado dos truenos más que no lograron alcanzarme. Al hombre ni siquiera lo vi pero sé que fue él, no hay en el mundo criatura más destructiva ni tan poderosa para matar a tanta distancia sin dejarse ver siquiera.

Detiene los ríos ahogando los valles, corta y quema montes enteros y raya los prados con largas cintas de dura y fría piedra por donde corren unos cacharros brillantes y duros que se han llevado la vida de no pocos de mi clan. Algo me dice que este hombre cazador que no caza con trueno, es un poco más digno al acercarse a su presa no es igual que los demás, su aura lo delata como un ser noble que respeta a su adversario, es una lástima que deba acabar con él pero así lo haré si no termina antes él conmigo. La hermana luna hermosa, llena, espléndida como siempre pronto hará por ocultarse dándome así la oportunidad de acercarme sin ser visto.

Ahí está, la charca donde los guarros se revuelcan cada noche y donde él los espera para darles muerte. Me ha costado descubrirle, quieto hierático, una invisible sombra más en la negrura que la luna ha dejado al retirarse imposible de descubrir con la vista. Esperando a su presa, aferrando entre sus manos un extraño, pulido y peligroso ramaje con el que les da muerte sin el menor ruido del que debo guardarme si no quiero terminar como ellos. Estoy justo detrás de él,  tengo  muy cerca su espalda quieta, confiada y un poco más arriba tras la mata de enebro que lo cubre debe estar su cuello, al alcance de mis afilados colmillos, creo puedo llegar hasta él de un salto.

El gran duque otro de los grandes cazadores de la noche sobrevuela el cielo que separa a ambos contrincantes, cazadores y presas al mismo tiempo, todo va a depender de quien sea el primero en atacar al otro.

LA VIDA.

Desde la puerta de mi casa se puedo ver al Sol en su inminente caída, ese espectáculo único que precede a la noche como el preámbulo de una maravillosa representación no menos hermosa por repetida. Siempre preferí el ocaso  y el Alba a la claridad del centro del día, como criatura nocturna que soy en ella me siento a gusto, puedo ver sin ser visto y cazar sin ser cazado. En la caza está el sentido y el origen de la vida, unos mueren para que otros vivan así ha sido desde el principio de los tiempos, desde cuando las noches no eran mancilladas con luces artificiales y los hombres y animales libres de verdad

Cumplidos los cincuenta y habiendo cazado ya todas mis presas naturales jamás disparé contra el lobo, y eso que he visto uno rondarme un par de noches, sin miedo alguno y con aviesas intenciones. Me presiente viejo y me cree su enemigo por alguna oscura razón que desconozco a pesar de compartir dominios desde hace ya varias décadas. Es mi tótem, mi alter ego una criatura fuerte, inteligente, astuta, rápida y feroz tiene algo misterioso que lo hacen para mí todavía más salvaje y admirable. Un superviviente nato, igual que yo.

Cambié escopeta por rifle por ser mucho más letal y después lo he cambiado por el arco por ser este mucho más emocionante y eficaz, de alguna manera vuelve a acercarme a mis arcaicos y primitivos orígenes. Con un arco en la mano sientes la caza de otra manera, eres más vulnerable que con el temido acero pero no por ello menos efectivo. Siempre llevo un buen “cortaplumas”  de palmo y medio atado a la pierna que sirve a unas malas para sacarme de un apuro o para salvar mi vida en caso de necesitarlo.

Caminando por las veredas al crepúsculo se descubre una vida distinta .Entre dos luces los animales que se retiran cruzándose con otros que salen a buscar el diario sustento. Todos al unísono sorprendidos por el hombre que caza de noche y no le teme ni a las sombras ni a los lobos. El puesto está tal y como lo dejé, la baña tomada y dispuesta a recibir a los guarros que aún tardarán un rato en aparecer. Qué grande es verlos disfrutar rebozarse en el fango, les estimula y divierte además de librarlos de los parásitos.  Pensar que haya gente tan ignorante que piensa que un cazador disfruta matando que es un ser abyecto sediento de sangre. Que sabrán ellos si es mayor placer que matar el dejar vivir, si cazar se redujera a manchar la tierra con sangre yo sería el primero en dejarlo. Cazar para comer es mucho más que eso y perdonar una vida el “summun” del hombre arraigado al campo. Qué lejos están de saborear el verdadero espíritu de la tierra, de percibir siquiera un poco la verdadera esencia de la vida.

Mal me ha tratado a mí la mía, mi mujer pereció en un accidente y yo le sobreviví sin voluntad de hacerlo. Desde entonces vivo en el pueblo aunque no soy muy sociable. No tengo ni humor ni tiempo de aguantar los cotilleos ni las necedades de la gente. El monte es mi verdadero hogar en el me siento vivo y nada me es extraño, puedo vivir de sus frutos y dormir bajo las estrellas sin necesitar permiso ni nada más que un saco y una hoguera.

Algunas veces he pensado en arrojarme al vacío desde la quebrada, desde allí mi última vista sería la mejor que se puede tener antes de estrellarse contra el suelo. Pero la caza el continuo reto que sirve de estrecha línea entre la vida y la muerte me impide hacerlo. La posibilidad de perderla noblemente durante el encuentro con una fiera le da a mi vida otro sentido que me obliga a aplazar el último salto un rato, unos meses o un año más, quizá un día me encuentre tan cansado que lo haga sin pensar. Solo sé que en mi cama no quiero morirme solo, sino aquí con los míos los animales de esta, mi sierra.

Ya se retira la luna, linda semioscuridad anunciando las tinieblas, paz que por momentos inunda la soledad de la noche haciéndome sentir tan bien como si recibiera y de hecho recibo el mayor de los regalos. Solamente me interesan los guarros grandes por lo desconfiados y por el reto que presenta su caza, creo que esta noche tendré visita.

Siento un escalofrío que me recorre la espalda, alguien me observa desde las sombras,  no lo he oído llegar pero noto como me vigila situándose a mi espalda. Unos ojos me observan y no son de cochino, es el lobo que viene dispuesto a matar.

Un búho real sobrevuela la amarillenta negrura del rastrojo, único testigo y juez de la tragedia, sabe que la hora ha llegado.

LA LUCHA.

<NO ESTÁ…. ME HA ENGAÑADO… ¿COMO ES POSIBLE?… NO HAY NADIE, SOLO… EL PELLEJO QUE LO CUBRE  DEL FRÍO…>

El lobo escucha un leve crujido y como un resorte gira sobre sí mismo para descubrir a su terrible oponente erguido sobre sus dos fuertes piernas. Grande y temible, armado con un enorme y amenazante cuchillo que centellea como un descomunal colmillo a la tenue luz de las estrellas, dispuesto a vender muy cara su vida. Podría decirse que está dispuesto a morir, ya no hay retirada posible.

El animal gruñe y el hombre se afianza en el terreno esperando la carga, frente a frente lo dos atávicos y guerreros formidables. Se miran desde la profundidad de los tiempos, enemigos, cazadores y presas al mismo tiempo. Se estudian en círculos buscando un punto flaco pero la fuerzas están muy equilibradas. Por largo rato se observan en la oscuridad pero no se atacan, la tensión aunque pesa en el ambiente cada vez se nota menos , se diluye por momentos…

…milímetro a milímetro ambos se van acercando  se saben perdidos en las manos o las fauces del otro pero no se atacan porque saben que no sobrevivirán. Están cada vez más cerca, ya se huelen casi se tocan y aún así no osan enfrentarse…

Por un instante un pensamiento noble y cautivador cruza a la vez ambas mentes como una fugaz estrella y ambos comprenden que no deben luchar, que en el fondo no son enemigos, sino que matan por sobrevivir. Ambos son lo mismo y pertenecen a la misma tierra, un instante mágico que los ata y hermana a la vez. El cuchillo cayó al suelo y el lobo dejó de gruñir, ambos se acercan hasta tocarse y descubrieron sin asombro que eran uno solo. El hombre rodeó el cuello del animal con su brazo y este le lamió la cara,  se miraron y la cercanía obró el milagro abriéndose paso en sus mentes a una nueva y desconocida dimensión que traspasaba el entendimiento entre especies.

El lobo se asomo a las profundidades de los ojos del hombre y pudo contemplar  unos primitivos bailarines que danzaban en torno al fuego blandiendo lanzas. Cubiertos con pieles, se preparaban para la caza, cumpliendo un rito ancestral. Sus vacilantes sombras reflejadas en las pétreas paredes por el fuego ensombrecían sin ocultarlas multitud de historias que estos habían grabado en la roca. Como lucharon contra su antigua estirpe por las presas primero y por el ganado después, a través de los tiempos el lobo y el hombre enfrentados, muriendo y matando por y para sobrevivir. Como cazaron los grandes mamíferos y como a través de los tiempos han logrado evolucionar y sobrevivir. Cazadores ancestrales como ellos merecían todo su respeto. Como se hicieron amigos para cazar juntos y compartir las presas.

Decidió entonces hacerle un regalo, lo creyó noble y digno para ello. Se abalanzó sobre él y le derribo violentamente en el suelo sin el menor esfuerzo, subido en lo alto de su ancho pecho y comenzó a lamerle los ojos. El hombre sin miedo alguno se dejó hacer. De alguna manera intuía que ese animal no era solo un lobo sino una fiera sobrenatural que estaba decidido a entregarle algo valioso. Siguió el lobo lamiendo sus ojos y continuó con las orejas. Húmedos y cálidos lametones que le recordaban a los que recibía de sus cachorros cada vez que los cogía en su regazo para brindarles todo su cariño y alguna caricia que otra. Tras las orejas vino la nariz, el imponente animal lamió durante un rato su nariz y fue entonces cuando cambio de talante. Sin dejar de dar lengüetazos emitió un largo y gutural gruñido que dejó espantado al cazador, de las profundidades de su garganta venía algo muy grande que pugnaba por salir, un ronco rumor que helaba la sangre, entonces el hombre si se creyó perdido.

Algo oculto amenazador, un enorme poder se abría paso a través de los tejidos del animal con tanta fuerza que le hacía temblar y retorcerse. Aguantaron ambos en aquella postura durante largos minutos, de repente el lobo mordió la nariz del hombre y le obligó con ello a abrir la boca. Introdujo su hocico en ella y vomitó una masa informe, viscosa  y pesada que el hombre entre arcadas no tuvo más remedio que tragar. Se incorporó braceando para no ahogarse, quitándose violentamente al lobo de encima de un manotazo, el animal tan extenuado como él apenas opuso resistencia. Mareado, resollando intentando aguantar el vómito para retener aquella asquerosa bola en su estómago, solo pudo ver entre tinieblas al lobo desplomarse sin aliento, cayó sobre la tierra sobre un costado. No podía arrojar aquel regalo, algo le decía que en ese mondongo apestoso y amargo estaba lo que había estado buscando toda su vida. Una nueva vida.

Al rato ya más tranquilo, volvió a mirar al imponente animal que yacía extenuado a su lado medio muerto. Se recostó sin miedo sobre la tierra y sintió entonces un dulce sopor que le invitó a cerrar los ojos. Tiempo después solo recordó la inmensa y alada forma del gran duque que con su etéreo y fantasmagórico vuelo volvió a pasar sobre sus cabezas.

El animal ya repuesto se levantó, le miró e invitándole a seguirle, comenzó a trotar sin prisa por la falda del monte de la quebrada, se volvió y pudo ver  al hombre que se despojaba de sus ropas y que tomaba su arco y flechas para estar completo. Corrió a encontrarse con él y juntos subieron el monte en un imponente trote. El hombre era más fuerte más resistente  su vista y oído eran otros, su olfato era capaz de captar los olores más sutiles. Sus piernas corrían como jamás había soñado, las aulagas y coscojas que lo rasgaban no le herían ni siquiera hacían mella en su carne protegida ahora por una espesa y dura piel. Se sentía mucho más joven casi invencible, vivificado, sintiendo a cada instante como una enorme descarga de energía recorría su cuerpo una y otra vez. El lobo era más listo mucho más inteligente, había absorbido e interiorizado los pensamientos del hombre. Ahora conocía sus secretos, tenía el razonamiento y más intuición que nunca para desafiarlo y la suficiente sabiduría para no volver a hacerlo.

Llegaron a la cima y ambos se acercaron al abismo justo cuando los primeros rayos del Sol empezaron a acariciar sus pieles, tan distintas y parecidas tan próximas. La tierra también sintió la luz acariciadora y comenzó a desperezarse con la sabia intención de afrontar un nuevo día, la vida renació ante sus ojos, solo para ellos tenían el mundo enteramente a sus pies. Lentamente ascendía el Sol mostrando cada vez con más fuerza su brillante rostro cuando el cazador desnudo pero no desarmado, supo que había llegado la hora. El abismo bajo sus pies extendía la promesa de dejar de sufrir, el lobo ya no estaba.

Tenia nuevas ansias por vivir, un poder indescriptible y reforzados ánimos que le hicieron abandonar su madurada idea. Miró al abismo pero en lugar de arrojarse a él hinchó el pecho y grito lo era su nueva forma de vida, algo con lo que hasta ahora ni siquiera hubiera sido capaz de soñar :

-HOMO LUPUS SPIRITUS LIBERUM–Hombre lobo espíritu libre-. musito entre dientes sin dejar de estar agradecido, cuatro palabras que  le acompañarían el resto de su vida.

Volvió a bajar solo hasta la baña donde su ropa le esperaba, se vistió y antes de marcharse miró de nuevo al Sol y dijo en voz alta:

-Gracias hermano lobo jamás te olvidaré.-

Fue entonces cuando se escuchó en la lejanía el potente y sobrecogedor aullido de un  enorme lobo. Un lobo agradecido que en lugar de morir vuelve a casa con los suyos.

2013-08-30 20.23.29

 

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