Publicaciones etiquetadas con: séneca

Primitivo, Atávico y Auténtico.


A mi hijo, el único que conoce el lugar,

El sabe el lugar exacto donde debo descansar.

 

En calma, entre dos luces espero el instante perfecto para moverme entre las sombras, para ver sin ser visto. Saboreando la apacible quietud reinante que me hace sentir vivo otra vez, como cada vez que acudo a este monte. Desde mi atalaya casi puedo tocar la impalpable serenidad que Hondamente se respira en la inmensidad de la serrana noche. En penumbra, oteando la verdosa negrura espesa de las siembras intento descubrir un ser con el que tengo una cuenta pendiente, más no arde el rencor en mi pecho sino el anhelo de cumplir una promesa y de cerrar cazando el círculo de la vida. Una vez más desde donde me puedan verme “los míos” a través de la bruma y los siglos.

Como Cazador que soy vengo a cobrarle mi tributo a la madre tierra. Amparado en el derecho que me asiste desde que el hombre conoce el mundo, desde que mis antepasados comenzaron su andadura sobre dos piernas y cazaron para comer. Siento como me observan,  están aquí conmigo. Han descendido de sus altos y milenarios cotos para ayudarme en mi delicada empresa, velando mi cacería con su intangible sabiduría atesorada durante siglos. Urdiendo la historia con de sangre, sudor y lágrimas, ocultos entre las sombras de los árboles sé que me ayudarán en el difícil trance que estoy a punto de emprender, los siento sin escucharlos y los escucho sin oirlos. A través del recuerdo y quizás del espíritu de mi padre recientemente fallecido del que he percibido su presencia en la caricia del viento sobre mi rostro. Querido u odiado por quienes le admiraron o despreciaron por abandonar el rebaño y nadar contracorriente. Los primeros pájaros comienzan a desperezarse, cuatro aleteos y tres adormiscados trinos  les ayudan a templar su voz y desentumecer su bello plumaje. Pregonando a los cuatro vientos que la vida comienza de nuevo que sería una lástima perdérsela por aprovechar unos cuantos minutos de sueño.
Llevo sus armas y ropas, la enorme y pesada chaqueta, un carcaj de piel de cabra y gamo  cargado de pesadas flechas de madera con puntas de sílex que el mismo talló. Su gran arco mongol de tejo, cuerno y tendones apoyado en el hombro espera mientras observo acariciando una vez más su tentadora idea de matar para hacer carne. También lo hizo él, sus manos lo extrajeron de un gran tronco que entre los dos bajamos del monte tallándolo y trabajándolo durante meses con delicadeza para convertirlo en una temible arma de caza. Su raído sombrero curtido en mil batallas  me cubre cabeza y rostro ocultando la azulada fiereza de mis ojos y sus enormes botas completan mi atuendo. Sin olvidar un cuchillo de respetables dimensiones que el mismo hizo para mi cuando comencé a cazar grandes animales.

Levanto el brazo lentamente para beber un trago de “agua de fuego” en su honor antes de emprender la bajada, me ha parecido ver un corzo entre las espigas. Mi perro sabueso y mestizo igual que yo camina silenciosa y pausadamente a mi lado, pegado a mi pierna. Aspirando el fresco aire que ha de llevarle el acre olor del cérvido y ayudándole a descubrir su presa, parece algo alertado. Poco a poco sin hacer ruido nos vamos deslizando por la falda del cerro hasta llegar a la primera línea de matorral que arteramente nos oculta de nuestra presa. Justo es que el monte oculte a sus hijos, que los proteja de los peligros y al mismo tiempo oculte a los cazadores de su vista para que puedan cumplir con su ley. Al remate los Cazadores también somos hijos suyos.

El Sol comienza a asomar por el cerro de enfrente dorando secamente con sus rayos las  húmedas espigas de cebada. Momento mágico el del Alba, los montunos de la noche ya se ocultan en las sombras mientras yo lo hago tras la espesa verdura que furtivamente me resguarda y acoge. Lo siento antes de verlo, noto su presencia en mi interior, le oigo mascar tras las matas, es el macho que busco, tan sabio y viejo que no va a permitirme el más mínimo error. Es precioso, un manto rojizo cubre su lomo mientras un abigarrado manojo de perlas hace lo mismo con su gruesa y oscura cuerna. Su cuello sube y baja para comer sin dejar de prestar atención tratando de evitar que le den un buen susto. Sus grandes orejas captan con atención cada sonido que la brisa les haga llegar y parece que solo han escuchado el silencio. El silencio, ese silencio lúgubre y denso con el que se cubre el campo para anunciar que se avecina una tragedia, mi presa no ha sido menos.

Todos sus seres se tensan y permanecen atentos esperando que el  vivo trajin vuelva a reflejar la mundana tranquilidad, la señal de que no hay peligro. La ausencia de predadores se tornará en bullicio en cuanto el campo se cerciore, celebrando la paz transitoria. Quieto estoy, no osaré ni respirar, ni mirarle directamente para que no me descubra al sentirse observado, igual que le intuyo él podría intuir a su mayor enemigo . Mis ajados ropajes y mi rostro pintado impiden que pueda reconocerme como amenaza cuando fija la vista en mí. La sangre se me ha helado por un momento en las venas y siento sobre mi pierna derecha el roce del cuerpo de mi perro que se ha quedado clavado también.

Sentimos lo mismo, la insondable distancia que separa nuestras razas y entendimiento se vuelve un milímetro cuando cazamos juntos. <…–Lobo-hombre y perro-lobo son la partida de caza más perfecta.- Decía mi padre.- Los sentidos y la inteligencia unidos por el mismo coraje y un solo palpitar-.> Tenía razón somos uno. Un animal salvaje que se mueve al unísono en seis patas y dos cuerpos, diferentes pero iguales en esencia ambas estatuas vivientes con la vida pendiendo del hilo que el animal puede cortar con un solo ladrido.

Mi presa se gira de nuevo y relaja, por precaución no muevo ni un músculo prefiero mirar el vuelo de las aves para destensar y distraer por segundos mi mente. Espero ninguna se pose demasiado cerca  y pueda alertarla con la súbita estampida de su vuelo. La brisa se detiene, quizá ha querido compensarme el titánico esfuerzo de retener mis ansias y yo se lo agradezco con un pensamiento fugaz. Una araña se esmera en reparar las fibras de su trampa perlada de gotas de rocío. Cazadora como yo también le asiste el derecho a decidir que unos mueran para que otros puedan seguir viviendo. Los magníficos rayos del Sol que se proyectan en ella perlada de rocío me embelesan distrayéndome un momento de la ardua tarea que tengo por concluir y me queda lo más difícil.

Etereamente, sin apenas ruido el animal se ha desplazado unos metros a la derecha y resguardado tras un enebro de los delatores rayos solares. Evitando la barroca telaraña comienzo a levantar los brazos aprovechando que ha bajado su cabeza. El tiempo parece detenerse, mi mente está en blanco. Mira de nuevo y no parece guardar recelo con el espeso e informe matorral que le apunta con un palo negro y bruñido. Pausadamente se gira y me ofrece su flanco y su perdición, camina ahora en paralelo al manojo de nervios contenidos que se agavillan bajo el viejo sombrero de mi padre.

<Llegó el momento ayúdame dondequiera que estés>.

Un tronco tapa su cabeza gacha, mi brazo se recoge como un resorte y lo yo siento más fuerte que nunca. Tenso el madero que casi cruje, apunto la flecha que no dudará y suelto para herir a quien  quiero matar sin desearle la muerte. Vuela tensa y certera para hundirse con rabia en su noble carne y quién sabe si también se ha hundido en su montuno corazón. El corzo recibe el impacto en el pecho y salta convulsionando su silueta hacia arriba. Corre unos metros hacia el monte que lo engulle estrepitosamente por última vez para ocultar en silencio su muerte.

Nada se escucha ahora, el silencio ha vuelto a extender sus pesadas e invisibles alas para cubrirlo todo en señal de respetuoso duelo. Me quito el sombrero y miro hacía el Astro Rey entre las ramas, todavía débil para ofender la vista. Agacho la cabeza e hinco la rodilla en el suelo para rendirle honores y darle las gracias por concederme el don de la vida, la presa que termino de alcanzar y pedirle perdón por la vida arrancada. Parto en su busca seguro de que la hallaré cerca.

Pausadamente Séneca sigue el rastro entre aplastadas y ensangrentadas espigas que pronto serán la única huella del drama. De la siembra pasamos al monte y de este a un espesar de romeros donde el animal se ha tendido para que la parca lo cargue delicadamente en sus huesudos brazos, ha sido rápido lo cual me reconforta. Alivia mi conciencia que como siempre precisa descargar la culpa que le hace mella cada vez que mato. Me arrodillo junto a él mientras Séneca lo olisquea y lame el sangriento orificio por donde ha escapado su vida. Le tomo su cabeza en mi regazo y le pido perdón de nuevo para cumplir el ineludible rito que me hará digno poseedor de su cuerpo. El perro rabea nervioso y rompe en jubilosos ladridos. Debatiéndome entre la justa alegría y la dura tristeza grito desde la honda potencia de mis entrañas. Una extraña luz lo envuelve todo elevando a su vez el perfume de la tierra y las flores y trayendo a este rincón del monte una serena sensación de Paz. Mi perro y yo le lloramos por última vez. Debatiéndome entre la justa alegría y la dura tristeza aún arrodillado grito desde la honda potencia de mis entrañas.

– PARA TI PADRE-

Silencio de nuevo, ahora es el monte quién lo impone y perfuma con sutiles aromas de romero, musgo y lavanda. Ayudado por la calidez de la mañana se ha percatado de la ceremonial trascendencia de mi cacería y quiere rendir homenaje a mi antecesor, a mi presa y a todos los cazadores de todos los tiempos.

Vacío de tripas y  ariscos olores el vientre del animal reservando el hígado para mi perro. Mientras lo come palpo la bolsa de piel que llevo en el bolsillo de la chaqueta.

Siento que ya es la hora, vuelvo a calentar mi gañote con otro trago de rústico aguardiente no sin antes alzar su petaca para ofrecérselo de nuevo. Cargo el arco en un hombro y el corzo en el otro sin importarme manchar la chaqueta, él lo hubiera querido así. <…La sangre de una pieza nunca puede ofender a un cazador, es parte del botín…> Mientras camino le recuerdo y no puedo evitar que otra furtiva lágrima resbale por mi rostro mezclando barbas, sales, pinturas y sangre. Llego a la charca… nuestra charca mágica.

Ese lugar donde por primera vez vi un jabalí completamente salvaje y libre y me sentí tan extraordinariamente libre y salvaje como él. Con él soñé tantas veces y en ella me encuentro ahora para cumplir una promesa. Dejo el corzo y me arrodillo para lavar mi rostro con el agua limpia que fluye directamente de la tierra. Me reflejo y Séneca bebe a mi lado con fruición hasta saciarse,  mientras sus colgantes belfos gotean se queda mirando con atención la somera corriente… sin duda ha visto algo. Tras dos cargadas manotadas me lavo y percato también. En el limo blanquecino y pegajoso hay un gran casquillo raído y oxidado que sin duda ha resistido el paso del tiempo para hacerse visible en este mágico momento. He bebido cientos de veces desde entonces y jamás había reparado en él, la mañana se ha vuelto más mágica que ninguna.

El agua se detiene para formar un espejo y reflejar mi alma descubierta bajo la trasparencia de mis ropajes y mi carne. Ya no soy un hombre moderno de esta era con un sabueso a mi lado, un arco bruñido y el cuchillo de frío acero, Sino un curtido cazador lleno de cicatrices, en el agua se recorta claramente mi figura y la de mi amigo. Mis hombros cubiertos por una enorme piel de lobo en lugar de una chaqueta, la capucha sobre mi cabeza ha mudado en unas fieras fauces abiertas y mi perro se ha transformado en un arcaico lobo. Mi arco cruzado en la espalda luce los arañazos del uso y las plumas que asoman del carcaj ya no están pintadas de vivos colores, son de un águila otro cazador del monte. Cuantos años han pasado y sigo siendo el mismo.

Me incorporo para dejar correr el agua de nuevo y extraigo la pequeña saca de piel de mi bolsillo. Miro por última vez al cielo y la abro para dejar que las ligeras cenizas vuelen con la delicada brisa y se incorporen de nuevo a la tierra donde un día se formaron. Se mezclaran con las plantas del lugar y les darán vida como les corresponde, brotarán flores de ellas perfumando estas soledades con la ayuda del Sol, la tierra y el agua. Con la sangre del corzo pinto con el dedo unas iniciales sobre la roca que corona el manantial a modo de pétrea lápida.  Me giro, agarro de nuevo mi presa y comienzo a alejarme del lugar para siempre. El perro me sigue pero antes olisquea algo en el aire y emite un lastimero y profundo ladrido para despedirse también helando la sangre del monte. También le quería y le llora de nuevo.

Mis antepasados parten de nuevo con la leve ingravidez de las sombras y siento como el espíritu de mi padre me contempla satisfecho desde lo alto. Por un momento he vuelto a sentir el viento en el rostro su tierna caricia igual a las que él mi hizo a las pocas horas de nacer en el mismo instante que nos conocimos. Cuando ambos fuimos Padre e Hijo al mismo tiempo.

Me alejo murmurando entre los dientes la frase que espero quede colgada entre las ramas:

-Adiós LOBACO por fin descansarás tan libre como fuiste-.

 

Categorías: Mis Relatos | Etiquetas: , , , , , | Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: