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Donde las dan, las toman


El bullicio de la partida apenas dejaba escuchar su propia conversación a los parroquianos de la taberna. Sábado por la tarde lluvioso a más no poder, razón de más para que estuviera de bote en bote a pesar de estar en plena temporada de caza. Entre la peste del humo de los puros y el fuerte aroma de los destilados “recios” se respiraba esa típica y entrañable algarabía rural Española que se resiste a desaparecer entre repeinados Paletos de ciudad y remilgados turistas de fin de semana. Por suerte y aunque el pueblo no era gran cosa, entre hoteles rurales y apartamentos ecológicos resistía una de esas tabernas en la que todavía usaban una caña para cambiar los canales de la televisión.

Un pueblo medio desierto en invierno que perduraba a duras penas al paso del tiempo con algo menos de doscientos vecinos. Trabajo había más bien poco pero en las fincas de alrededor se ganaban algunas “perras” cargando y despiezando reses, sirviendo mesas u ojeando y cobrando perdices para los señoritos. Por eso cuando el tiempo hacía imposible salir al campo para echar un jornal en la caza o meterla en el propio morral, los paisanos acudían en masa al bar a gastarse los cuartos que tan ricamente “arrejuntaba” el tabernero en su faldriquera con ávida cara de satisfacción.

El amor de una oronda y preñada estufa de leña, leña de encina embriagaba el ambiente perfumando a medias la original mezcla de olores mientras tres amigos discutían los pormenores de una montería que tendría lugar el siguiente fin de semana. Uno era el guarda de la finca, los otros dos invitados de compromiso a los que el dueño debía dinero y pretendía pagarles con favores.

-No lo veo “na” claro Fidel, pero “na”. “Pa” mi que ese sinvergüenza de jefe tuyo nos embarca otra vez y al remate termina “escojonándose” de nosotros-. -Yo prefiero cobrar “los cuartos” y que se meta mi puesto donde le quepa-.

-“Pos anda que yo tengo unas ganas de verlo, que estuve a punto de darle una “somantapalos” por sinvergüenza y bocazas el día que se metió con mi sobrina la pequeña. Si no llegan a venir los civiles  las hubiera “peligrao” bien “peligrás”-.

-Que no padezcáis leñe, vosotros hacerme caso a mí que soy quién dirige la orquesta y me encargo de colocaros en el mejor sitio. Seguro que matamos más de tres cochinos y que quién se “escojone” seremos “nusotros”-.

Aunque un tanto confusos dejaron entonces el tema por zanjado. Buen tipo el Fidel tenía palabra y merecía al menos el beneficio de la duda. Continuaron hablando y bebiendo animadamente con la avidez y el entusiasmo que propician los reencuentros y las escasas treguas del campo para quién lo  vive y trabaja de Domingo a Lunes. Reviviendo viejos lances fueron pasando las horas agradablemente, sobre las nueve salieron a la fría y humeante noche manchega rica en vahos y escarchas. Generosa siempre en estrellas y luceros allá donde las insanas y potentes luces artificiales no logran jamás ocultarlas. Se despidieron quedando Robustiano y Emeterio en acudir a la montería más por darle gusto a Fidel que por convicción personal.

Y no era de extrañar que los dos amigos tuvieran sus reservas. El sujeto en cuestión se llamaba Alfonso.  Taimado, ladino, putero y vividor era todo lo que no debería ser un orgánico de caza que por desgracia era el oficio que desempeñaba. Propietario de una de las mejores fincas de la zona, antaño próspera en ganado bravo y hogaño reconvertida en un vergonzoso y artificial coto perdicero intensivo. No la compró con su esfuerzo, ni la heredó de sus mayores sino de su difunta esposa con la que contrajo “enamorado” matrimonio cuando ella contaba con más de ochenta años y el  con treinta menos. A base de disgustos e infidelidades tardó poco la incauta mujer en entregar la cuchara. Dejándole todas sus propiedades que no eran pocas y sentenciado el destino de la finca. De la noche a la mañana pasó de ser una esplendida dehesa brava a un improvisado y feo seto más parecido a un campo de golf que a una mancha perdicera. Taló encinas centenarias para dejar visibilidad a los escopeteros, y desecó los chilancos donde abrevaba el ganado y los montunos bichos para ganar espacio.  Mandó elevar un alto cerro artificial a modo de volcán para soltar las “perdillinas” desde dentro y así obligarlas a volar a mayor altura. También desmontó una faja de terreno recorriendo el perímetro entero de la finca para pasearse con el coche. Así tenía “cogido el pulso” de las tiradas en todo momento pues entre sus muchos defectos era ser más“olismero” y “huelechotos” que trabajador. La cerca ganadera fue sustituida por una cinegética para impedir el paso de los jabalíes pues en su finca no eran bienvenidos. Menudo susto se llevaría más de un “cazador” si al ir hacía el puesto saliera de repente una piara de la mancha. La mayoría de los que allí acudían forraban las paredes de su casa con un “bocas” y “medallas” pero lo más cerca que estuvieron de uno fue una vez muerto para volverle la cabeza con la bota y comprobar las navajas o para hacerse una foto para la posteridad. Así que la única alternativa era cerrarles el paso para evitar que entraran porque en la toda la comarca había una gran abundancia de ellos.

Para terminar de aliñar el potaje la finca era lindera de un río medio seco abundante en zarzas y espesares espinosos donde los suidos se hacían fuertes. Pero como no solo de refugio vive el gorrino las madrugadas las dedicaban a recorrer los huertos y olivares levantando la tierra en cuanto caían cuatro gotas. Ponerles puertas era una tarea ardua por no decir imposible, cuando los efluvios de algún escondido manjar les atraía del otro lado de la alambrera si se empeñaban en entrar y entraban. Una finca con grano esparcido en abundancia y perdices alicortas y torpes por doquier era un bufet libre para los marranos que no dudaban en hacer sus incursiones. Amparados por las sombras de la noche destrozando todo aquello que se interponía en su camino y poniendo a Alfonso de los nervios. Así que Fidel entre las muchas tareas que desempeñaba en la finca estaba la de andar cerrando los pasos que dejaban en las alambreras cada vez que conseguían vencer su férrea resistencia. Durante bastante tiempo Alfonso anduvo dándole vueltas al asunto hasta que a la calculadora que tenía por cerebro se le ocurrió como sacarle rédito a la situación dando una montería entre sus clientes más audaces. Y estaba programada para el próximo Domingo.

Mansamente, gélido y “adormiscado” vacilaba el Sol entre sacar su aurea corona o dejar pasar el Domingo en la absoluta semioscuridad entre paseantes nubes. Fría como pocas la mañana se abría paso a trompicones entre oscuras jaras y encinas por aquellas sierras hasta darle en las narices al dueño de “La carrasquilla”. Sentado sobre su sillón de orejas favorito frente a la ventana Alfonso intentaba recomponer su cuerpo tras haber cerrado por enésima vez el puticlub de la carretera al que había cogido más vicio que una garrota. Contemplando como un alka-selzer entregaba su vida para terminar siendo un sórdido espumarajo que le ayudara a ahuyentar una cojonuda y merecida resaca. Mientras veía nacer el día sentía un orgullo tan grande hacia si mismo que de seguir creciendo pronto engordaría tanto como para no caber en el sillón. Que idea tan buena la de dejar entrar a los guarros durante una semana y dar una montería a quinientas mil del ala. Casi todos sus mejores clientes habían picado encantados por sus palabras que les aseguraban que tenía cientos de guarros dentro de sus mallas. La mayoría eran empresarios y aristócratas que no podían permitirse el lujo de andar en malas posturas y volver a casa de vacío, pagaban generosamente por cazar en sitios sobre seguro. Aquello lo encumbraría y acallaría lejanas voces que tan mal habían hablado de él en el pasado y que a su juicio no tenían razón. Una junta de carnes de antología iba a juntar en el patio aquel día. Ya tenía preparada una zanja donde enterrar los cuerpos de los cochinos que nadie se llevaría una vez cortadas la cabezas, Fidel a regañadientes se había encargado de hacerla. A decir verdad estaba un poco últimamente mucho más pacífico que de costumbre,  seguramente sería por sus amenazas que estaban domando su caracter. En aquellas estaba cuando comenzó a escuchar los motores de los coches de primeros incautos, se incorporó y salió a recibirlos con una sonrisa de oreja a oreja.

Comenzó sobre las nueve la caravana de coches de lujo y abrigos de pieles a cuál más ostentoso. Embozados en sus abrigos los “cazadores” y acompañantes saltaban literalmente de sus coches para entrar en el cortijo y no perder el calor con el que la fría mañana invernal les amenazaba. Ni siquiera reparaban en los cuatro hombres que arrinconados en el patio y cubiertos hasta la barbilla bebían aguardiente de garrafa para entrar un poco en calor. No se les había permitido el acceso a la casa ni siquiera eran dignos del amparo de una simple hoguera. El lujo, las comodidades y el calor era algo vetado para ellos y su sabiduría poco les importaba a unos personajes que cazaban a golpe de cartera. Arrebujados en sus embozos charlaban animadamente haciendo tiempo hasta que les tocara ocupar una postura por supuesto de retranca, de ninguna manera iban a juntarse con “los otros”. Estaban allí por cobrarse una deuda con Alfonso y tenían muy claro no contraer con semejante personaje ninguna más. Mal comenzaba la mañana con aquel desaire y un tanto penosas las condiciones con que debían afrontar la cacería. Pero eran gente acostumbrada al trabajo duro y les quedaba la promesa de Fidel que si era persona de palabra. La intriga les impedía volverse al pueblo a retomar sus tareas o salir de caza por su cuenta sin tener que soportar el desprecio de sujetos que no les llegaban a las suelas de las botas, ni como personas ni como cazadores. El dinero es lo que tiene cuando cae en malas manos.

Cuando llegaron las rehalas Fidel se apresuró a darles instrucciones y después se aproximo hasta ellos para hacerles un regalo no exento de cierta guasa. Bajo el brazo llevaba una caja de cartón donde guardaba los estridentes pitos que usaban los ojeadores para espantar las perdices y llevarlas a los puestos.

-Coged uno cada uno y cada vez que matéis un guarro pitad fuerte que se entere el joputa este-.

Los cuatro amigos entre atónitos y vacilantes los tomaron con cierta sorna paladeando de antemano la posibilidad de hacer tragar quina a Alfonso que a buen seguro acudiría al escuchar el silbato . Sorprendía la determinación de Fidel con jugársela al jefe pero confiaban en él.

-Vais a ocupar el carril, abrir bien los ojos que tenéis un tiro mu “güeno” aprovechando el desmonte y no hagáis caso a Alfonso cuando se acerque que seguro lo hará en cuanto tiréis- Nicolás el fontanero del pueblo preguntó algo desconfiado.

-¿Fidel tú crees que se les escapará alguno? Esos llevan rifles con cinco tiros y la mayoría dobla puesto-. Fidel le guiño un ojo y contesto dirigiéndose a los cuatro.

-Algunos tiran medio bien pero ninguno se espera la sorpresa que le aguarda-.Dijo con cierta guasa. -Confiad en mí amigos y andar a poneros que antes de soltar los perros pudiera ser que pitarais alguno-. Así lo hicieron los cuatro, esperanzados por las francas palabras de Fidel comenzaron a sacudirse la humillación partiendo cada uno al puesto que tenían asignado y conocían de su ubicación de antemano. Alfonso les había prometido toda la carne que mataran y un trofeo para cada uno intuyendo que ninguno lograría ver ni un rabo cuanto menos una “boca” en condiciones. Los había colocado en la misma linde del carril donde esperaba que directores de banca, marqueses y demás “amigos” suyos no dejaran llegar ni uno solo cochino. ¿Había mejor forma de pagar una deuda burlándose del acreedor? Ser un joputa también tiene sus servidumbres.

Pascual “el carpintero” no llevaba ni cinco minutos puestos cuando un leve tarameo a su izquierda le hizo fijar su atención. Intuía un cochino nervioso y azorado pues le había sorprendido el día en aquel lugar donde solía entrar por las noches y escapar por la gatera antes de que despuntara Lorenzo. Un resoplido y otro tarameo un poco más allá y el rumor de la carrera de una piara se adivinaba tras la loma. No se lo creía pero comenzó a ser sospechar que Fidel tenía algo que ver con aquello. Mientras recordaba su sonrisa burlona el macareno se la jugó toda a una carta “arrancando el amoto” y cruzando el carril a “toda leche”. Lástima que el .300 de Pascual fuera más rápido que él, tronara escupiendo una letal bala y perdiera estrellándose contra la malla con el impulso del impacto. En fracciones de segundo, en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco la desbandada fue cojonuda. Como brotados de la tierra comenzaron a correr en estampida decenas de jabalíes que ponían tierra de por medio ante la imposibilidad de escapar por allí. No se lo creía, nunca había visto tantos juntos, descargó su rifle contra los más grandes quedándose con dos más. Echó mano al bolsillo y mientras escuchaba la suelta de los perros en lo alto del cerro dio tres pitidos de triunfo que le sonaron a gloria. La chanza había comenzado.

Robustiano que estaba un kilómetro más abajo al escuchar los tiros estiró el cuello como un perdigón y terció su rifle con fuerza. Por la orilla del carril al descubierto venía una cochina cargada con sus primales que no sabían ni dónde meterse. Dos fueron a caer en su puesto. Se trataba de quitar animales del monte no de dejar huérfanos, a los demás los dejó escapar aunque de sobra sabía que si entraban en los puestos de los señoritos no iban a dejar uno. Mientras echaba mano de su pito escuchaba tres tiros más donde suponía estaba Emeterio y musitó entre dientes para sí -<La que has liáo Fidel, esta te cuesta un disgusto>-, primero Pascual cinco tiros, él mismo dos más y Emeterio tres aquello era mucho más de lo que esperaba. Como hombre de campo y sierra intuía que aquello no era casualidad, tantos guarros en la linde de la finca no era lógico. Que los señoritos apestaban el monte con sus perfumes y espantaban con sus voces los jabalíes en cuanto se ponían lo tenía muy claro pero que los gorrinos anduvieran en la linde el día de la montería no. Pitó dos veces a la par que Emeterio también pitaba y se escuchaba otro tiro a lo lejos donde estaba el puesto de Nicolás. Esté tiró una sola vez y otro buen guarro que añadir al montón, ya tenían para hacer una buena caldereta e invitar al pueblo entero, otro pito.

Alfonso desde su Land Rover recién estrenado no daba crédito a lo que estaba ocurriendo, los cochinos fuera del alcance de los puestos mientras los tiraban los “paletos” que seguro habrían matado alguno. Recorría el carril en dirección al puesto de Nicolás a ver  si podía esclarecer el misterio porque Fidel tenía incomprensiblemente la emisora apagada. Llegó junto al hombre y le encontró guardándose el pito en el bolsillo, ni se apeó del coche bajó la ventanilla y pregunto al “paleto”.

-¿Nicolás sabes dónde anda Fidel que debe haber perdido la emisora?¿Que has matado?-. Nicolás contento como estaba negó con la cabeza sin contestar señalo con el dedo el jabalí y se dio la vuelta despectivamente aguantándose la risa.

Alfonso refunfuñó  y esquivando el cuerpo del jabalí abatido salió a todo trapo con el coche hacía el siguiente puesto. Allí Pascual le esperaba con una sonrisa todavía mayor y tres guarros patas arriba. Cuando le vio llegar iracundo apenas disimuló la sonrisa, se quitó el sombrero y le saludó con una reverencia apuntando hacía los guarros muertos. Alfonso frenó en seco y espetó sin esforzarse en disimular su envidiosa malaleche.

-Joder se os está dando la mañana a los del pueblo, ¿sabes dónde anda Fidel que me tiene que explicar lo que está pasando?-

-Ni puta idea Alfonso pero con las formas que te gastas si lo supiera tampoco te lo diría-

Ante el inesperado exabrupto Alfonso arranco por el carril en dirección al siguiente puesto que era de Emeterio y también había tirado. Pero no se detuvo porque Emeterio le tenía ganas desde que se propasó con la niñata de su sobrina en la taberna del pueblo. Así que pasó de largo evitando mirarle porque de soslayo vio como este respondía a su desdén con el obsceno gesto de agarrase la entrepierna y mostrarle sus respetos con dos acompasados movimientos que acompañaron un –<Agarra de aquí joputa, para y baja si tienes guevos>- .

Ahora si estaba cabreado masticaba las palabras para si mismo apresuradamente- El cabrón de Fidel sin dar señales de vida, los del pueblo matando marranos y los que han pagado sin tirar, así se haya caído de una peña y se haya partido la crisma-. La caldereta en su mejor hervor.

Ciertamente no andaba descaminado porque Fidel estaba subido a una peña pero sin intención alguna de caerse. Subido en la más alta de la finca desde donde podía contemplar la mancha entera sin ser visto incluido el carril por donde Alfonso levantaba polvareda “a todo meter” con su coche nuevo. Habiendo dado cuenta de un frugal taco bebía “a morro” de una botella de caro Whiskie de malta que un Escocés le regalo hacía tiempo y que había rescatado forzando el mueble bar de Alfonso. Seguro que si le preguntaba no sabría decirle como había llegado hasta allí ni porque faltaba la mitad. Estaba disfrutando de lo lindo, paladeando igual que el licor cada segundo y resarciendo su orgullo que tantas veces había mancillado el cabrón de Alfonso aprovechando las pocas oportunidades laborales del Pueblo. Cada vez que tenían un desencuentro le gritaba.

-Por menos de lo que a ti te pago contrato un peón “sudaca” que trabaja más y me tiro a su mujer cuando quiera-.

Había llegado la hora de cobrarle el tributo, de hacerle pasar vergüenza y de enfrentarlo cara a cara con aquellos a quién pretendía engañar. Anotaba cada nuevo pitido con satisfacción y lo celebraba con un nuevo trago que le sabía a “mantecao” al tiempo que se reía contemplando los histéricos devaneos de Alfonso por el carril. Imaginaba su iracundo rostro, su pérdida de control y comprobaba con lo acertado que estaba al ver los derrapes que hacía con su coche. Cada vez que escuchaba un disparo salía “echando chispas” por el carril para ver lo que había caído y cuando se escuchaba el penetrante silbido del pito aceleraba con más rabia aún.

Sobre las tres el Sol que tan tímidamente había asomado por la mañana se empeñaba ahora en apretar bien fuerte, abajo los mortales se despojaban de sus tupidos ropajes para no asfixiarse en ellos. Los perros reventados no podían con su alma, batían el monte buscando la inexistente agua aliviadora en lugar de seguir el rastro de los cochinos. En otro tiempo podrían haberse bañado en los “chilancos” de la finca, ahora debían de hacerlo en las gomas de los bebederos que Fidel había cortado con su navaja porque les tenía más ley a ellos que a su jefe. Con la botella apurada y el calor del Sol y el whiskye en las mejillas bajó de la roca y emprendió camino de bajada a la finca con su libreta en la mano. Según sus cuentas  en estos momentos habrían veintiocho gorrinos de distintas edades patas arriba, tres de los señoritos y veinticinco pitados. La sonrisa de oreja a oreja que lucía cuando Robustiano cuando se presentó en su puesto de lo decía todo, había disfrutado de lo lindo, se había quitado de encima veinte años. Saludos, parabienes y carga de los siete gorrinos entre risas y salieron a escape al puesto de Emeterio. Este con el buen ojo que siempre tuvo y todavía conservaba a sus sesenta “tacos” del ala se había beneficiado nueve guarros entre flautas y pitos. Cargaron entre los tres y se plantaron en el puesto de Pascual en un “pispás”, siguiendo el carril que Alfonso había diseñado para recorrer la finca a su gusto. Seis bichos uno de ellos imponente yacían esparcidos en la tierra. Cargaron la furgoneta y todos juntos en solemne procesión se dirigieron carril adelante al último de los puestos de retranca que Alfonso había cedido amablemente a aquellos a quién debía dinero ganado con el sudor de su frente. Allí les esperaba Nicolás algo azorado, había matado tres cochinos uno de ellos enorme con grandes defensas pero Alfonso estaba sentado en él con toda la chulería que se solía gastar cuando estaba cabreado y pensaba que tenía razón, que por cierto solía ser casi siempre. Bajaron todos de los coches convencidos que había que salir a las bravas de la finca y que no volverían jamás una vez lo hicieran.

Emeterio se arremangó la camisa con el fin de soltarle el “soplamocos” que le debía desde hacía tiempo pero Fidel lo detuvo en seco interponiendo el brazo y dando una voz.-Tranquilo hoy lo despacho yo-

Alfonso tragó saliva pero se recompuso y exclamó con desdén- Puedes ir buscándote trabajo porque de mi casa ya no comes más-

Fidel sonriendo maliciosamente le contestó.-Puedes meterte tu contrato y tu mierda de sueldo donde te quepan así que ve levantándote de ese gorrino que lo cargamos y nos largamos con viento fresco-.

Aquella respuesta le cayó a Alfonso como un jarro de agua fría en pleno “cocote”, ni de lejos esperaba el desaire de Fidel. Pensaba que se disculparía como siempre, creía que podría humillarlo de nuevo y esta vez delante de sus amigos. Descolocado pero iracundo se levantó del cochino para encararse con Fidel pero un puñetazo salido de “todavíanosesabedonde” le derribó en el suelo como un saco de patatas. Emeterio mientras se soplaba el sangrante puño exclamó-Se la debía compañeros-.

Antes de marcharse Fidel se acerco hasta Alfonso que conmocionado se sacudía el polvo de la ropa y limpiaba la abundante sangre que de su nariz manaba. No le pegó, no era tan cobarde como él para acabar con el enemigo vencido, simplemente le dijo.

-Hace tres semanas que acerté una quiniela tan gorda como para comprar toda esta finca contigo incluido dentro, pero he estado aguantándote hasta hoy para darte tu merecido-. -Mi abogado se pondrá en contacto contigo para cobrar lo que me debes y procura sacar bien las cuentas porque es de los buenos y estamos los dos para pocas gaitas-.

Fidel montó en el coche y se alejó de aquel hombre ingrato y cruel para comenzar su nueva vida. Mientras Alfonso los observaba con la nariz rota, el ánimo descompuesto y la cabeza demasiado ida para inventar algo creíble que contar a todos esos escopeteros de postín que había engañado exagerando el precio y las expectativas como era su costumbre. Con los beneficios pensaba pagar su imponente coche nuevo que para su desgracia ya tenía tres rayas en las puertas fruto de tanto derrape. Para postre le debía un dineral a Fidel en atrasos y visto lo visto no podría dejar de pagarle. Que mal terminaba el día que tan prometedoramente había amanecido, con las costillas magulladas por el golpe y la cara abrasada por el puñetazo recogió su sombrero de piel de potro del suelo y se montó en su lujoso 4×4. Ya no corría ni derrapaba levantando polvo por el carril, más bien andaba tranquilo a paso lento devanándose los sesos para idear una treta que lo sacara de aquel apuro. Haciendo tiempo para eludir lo inevitable. Cuando llegó al cortijo le esperaban un montón de “amigos” vociferantes e iracundos a los que poco importó que trajera las ropas ensangrentadas y llenas de polvo. Para postres el catering no había hecho acto de presencia porque hacía tiempo que les debía dinero. A todo cochino le llega su Sanmartín.

 

Sábado por la tarde, a pesar de lucir el Sol y estar en plena temporada de caza la taberna estaba de bote en bote, los cinco amigos con los coches atiborrados de jabalíes bebían y hablaban sin cesar.  A voces se celebraba el “finiquito” de Fidel que había corrido con todos los gastos y había invitado a todo el pueblo sin excepción. Una y mil veces revivieron la cacería y contaron entre risas la rabia con la que conducía Alfonso pitando y vociferando con alegría. Disfrutaron de la tarde que poco a poco se fue muriendo para dejar paso a una estrellada noche donde muchas cocheras y “chamariles” del pueblo colgaron un cochino para aviar y llenar la orza.

A punto de cerrar la taberna, cuando ya no quedaba nadie Fidel se despedía y salía a la calle en mangas de camisa, andaba tan contento que ni notaba el frío de la noche. A paso tranquilo se llegó hasta su casa, metió la llave en la cerradura pensando que le quedaba algo por hacer. Entró y se dirigió al corral para elevar su vista al cielo y fijarse en la luna que lo acompañaban en las largas noches de espera.

-Y ahora Hermana si me disculpas me retiro mañana será otro día-.

 

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