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El sueño de una tarde de verano.


Montes de Cuenca, un pequeño pueblo situado al Sur

SABADO, 30 de JUNIO.

A esta hora la tarde, muere ya sin remedio
el viento con su incesante vaivén le ayuda en la agonía,
poniendo notas rosaazuladas al alma del horizonte.

Un Cazador prepara sus trebejos para hacerle una espera a los guarros, Veterano ya, de mediana estatura, constitución robusta, cara de pocos amigos y mirada serena. El trabajo duro, la vida y la caza, han forjado su carácter enérgico y tenaz. En lo posible vive de la tierra, la cultiva con mimo y estiércol, cría animales con grano, recoge leña, hierbas, caracoles, espárragos y en años propicios, recolecta las fragantes setas que el otoño le brinda en su generosidad. Le entusiasma llevar a su sartén u olla de barro un par de piezas para cocinarlas en la lumbre evocando tiempos antiguos, tiempos en los que la gente de estas tierras cazaban para comer. Aprovecha todo lo que libremente nace de la tierra ,a la que ama y respeta considerándola su verdadera madre.
Solitario, no gusta compartir la caza, ni lances ni piezas, ni a favor ni en contra quiere tanto a su perro, que levanta el arma y deja escapar la caza al menor peligro, tampoco osaría ponerlo bajo la amenaza de otra escopeta, que pudiera no respetar esta sencilla y trascendental regla. No compite con nadie que no sea el mismo, el afán de superación es lo único que puede llevarlo más allá de su aguante físico, cosa que hace a menudo, con calor o frío extremos, buscando ese aliciente de dificultad y riesgo que lleva aparejado la caza. La única pena que le ronda son las paredes de su casa desnudas de trofeos, pues ninguna res ha entrado todavía en ella, bien sea por mala suerte o por culpa de los malditos nervios, las pocas oportunidades que ha tenido siempre acabaron mal, el morral vacío y el orgullo maltrecho y aunque la soporte con dignidad es una carga que por acarrearla tan largo tiempo comienza a resultarle demasiado pesada.
Hoy en contra de su costumbre, ha consentido acompañarse de otro Cazador, muy joven casi un niño, pero con un corazón y una grandeza que más que asombrar apabullan a todos aquellos que le conocen. Ambos suben al coche y se dirigen al puesto, el mismo que ocupo esta mañana, cuando madrugó más que el mismo Sol y al despunte del día cerró los ojos e inclinó respetuosamente la cabeza para saludarle y rendirle pleitesía,
-Majestad es todo un honor y todo un lujo, estar hoy aquí bajo su áureo manto.
El chico es muy especial, sintió muy pronto la llamada del campo y pasó muchas horas en él. En cuanto fue capaz, acompañó algún trecho a su padre, caminando ,tras los pasos de un gigante para crecer y ser gigante, adquirió la dureza imprescindible para ejercer la caza y para medrar en la vida. Sus ojos son azules como el cielo en primavera, sabe pisar tierra, nieve y barro, ninguno de los aromas del monte le es indiferente y ninguna de sus voces le acobardan. Aprendió a disparar antes que a montar en bicicleta y bajo la estricta vigilancia de su padre abatió algunas palomas caseras primero y gorriones salvajes después ,aprendió a distinguirlos en vuelo, los machos de las hembras, los jóvenes de los viejos a identificarlos antes de tirarlos y una vez muertos tratarlos con respeto, así se hizo Cazador.
Llegados al sitio suben a una peña algo elevada, pues hoy no es dia de correr riesgos, tentar a la suerte con el chico aquí sería una insensatez .Se acomodan sobre la pétrea alfombra, salpicada aquí y allá por los líquenes que la humedad crió y una sequía implacable ha malogrado. Sentados en rústicas sillas de lona y cuero, en primera fila, se preparan para ver el espectáculo que solo para ellos , no tarda en comenzar.
A la espalda el cerro de las palomas y el gran río, a Levante la chopera, a poniente la dura sierra que todavía retiene los últimos rayos del Sol y frente a ellos un pequeño riachuelo. Nacido de la tierra igual que ellos adorna el campo con su verde corona de carrizo, en la orilla opuesta una siembra de cebada agostada y canija por los rigores del calor. El regato termina derramando mansamente sus aguas en una charca, que hace las delicias de cuantas criaturas allí acuden para calmar la sed y soportar así el tórrido estiaje.
Todo un privilegio el estar aquí esta preciosa tarde, las torcaces no tardan en aparecer, adornando el cielo con sus vuelos bajos y erráticos. Hartas de agua y grano buscan un lugar donde dormir, sorteando a duras penas las rachas de viento que parece arreciar por momentos. Dentro de la junquera algo trajina, una forma grisplateada deambula dentro y fuera del agua buscando su pitanza sin descanso. Un ser regordete de alargado hocico, que yergue de tanto en tanto con inquisitivos ojillos negros enmarcados por un largo antifaz. Como si de un montuno bandolero se tratase el animal en su rutinario tránsito sin saberlo se encamina hacia los Cazadores que lo ven avanzar extasiados, nunca habían visto uno tan de cerca.A pocos centímetros de sus pies el tejón se detiene, percibe el peligroso tufo y dando un respingo huye y desaparece engullido por el matorral.
El  viento desde las alturas es testigo de todo cuanto aquí acontece y más sabio de lo que aparenta, sabe a la perfección todo lo que se mueve por tierra, agua y aire. Los Cazadores a veces, lo sienten en el rostro como les acaricia o abofetea, según tenga el genio ese día y él les conoce a ellos y también sabe que el gracioso animal nada debía temer. La emoción los embarga y arroba por completo, ahora están seguros de su acertada posición, de entrar algún gorrino no les descubrirá y si huye por la cebada será fácil presa para el rifle, que aletargado dormita en los brazos de su dueño. El tiempo aquí marcha más lentamente y es una suerte, porque en este mismo instante creen que están solos en el mundo, solos y protagonistas de su propia historia.

Cansado el Sol, se retira ya del todo, llevándose consigo casi toda la luz que aún quedaba suspendida en el aire. El viento al fin se ha detenido en lo alto de aquel cerro , para contemplar mejor el lance, a lo lejos un macho de perdiz, alza su poderosa voz reclamando su territorio , y sin saberlo anunciando con su canto que ha llegado la hora del drama.
El cochino entra de puntillas, pretendiendo no molestar o mejor queriendo que no lo descubran. Espera sin hacer el menor ruido, pues de tonto no tiene ni una sola de sus cerdas y algo malo parece que se barrunta. Un leve chasquido apenas audible pone en alerta al Cazador, su ancestral instinto le apremia a terciar el arma, que despierta con inusitada fiereza dispuesta para matar. El gorrino arranca desaforadamente por la cebada, quizá alertado por el instinto contrario al que sintió su humano oponente. Un segundo, dos y un brutal trueno detiene el tiempo por un instante, el animal con una violenta cabriola da con sus huesos en la tierra, a pocos metros del monte donde esperaba encontrar refugio.
Aún sospechando que la bestia está vencida, deja al chico en seguro, se acerca hasta ella, para descubrirla tumbada sobre su costado mostrando la herida por donde la diminuta muerte entró para someterla. El animal aún vivo le mira con todo el espanto que en sus ojos apenas pueden contener y un cuchillo grande y recio acaba pronto una inútil agonía. La ley del campo volvió a cumplirse de nuevo, del depredador y la presa.
Ahora percibe una punzada de remordimiento por la vida segada, se conmueve y siente un profundo respeto por el noble bicho, respira hondo posa la mano en su lomo e intima y sinceramente le pide perdón.
Ya no es el mismo ni puede ni quiere serlo, en el mismo instante en que el animal dio con su cuerpo en tierra el lobo que llevaba dentro surgió de su pecho con un descomunal y potente aullido.Levanta la vista al cielo y grita, grita desde lo más profundo de su garganta, grita, como gritaron sus antepasados, aquí en este mismo lugar, cuando capturaban una pieza tan magnífica como aquella.El chico, pletórico, enorme, exultante, llega a galope tendido y se le echa encima para abrazarlo, si los lazos que los unían eran fuertes, ahora son ya inquebrantables.

EPÍLOGO
El jabalí es más bien mediano, un primalón de unos sesenta quilos del año anterior, sin trofeo alguno pero El Cazador cambia gustosamente las tablillas por la intensa emoción que en estos momentos experimenta. Sintiéndose afortunado de poder compartirlo con alguien tan importante y especial para él. Los muchos quilos de nutricia carne que acaba de poner en su despensa, serán cocinados con esmero y saboreados con deleite por los suyos y al degustar sus montunos matices acudirá el lance a su memoria una y otra vez. Evocando una y mil veces su primer jabalí, poniendo fin de una larga etapa de fracasos, tiros fallidos y noches en blanco
Mientras lo observa al chico estirar de la pata del marrano, sin conseguir moverlo un solo palmo, no puede evitar que sus ojos brillen y hasta se humedezcan un poco. Traga saliva y haciendo un esfuerzo por mantener la firmeza en la voz pronuncia unas palabras que en estos momentos vienen al pelo:
.-Chico, no me sentía así de bien desde el día en que naciste, esta tarde vine aquí raposo y me marcho lobo, con mi primera res y tú te llevas la imborrable impronta de la caza grabada a fuego en el alma. Si en verdad así lo sientes nunca abandones al cazador que llevas dentro.

-No lo haré padre-.

Comer de la tierra, cazar para comer
Y al morir volver a ella en forma de
Ceniza.

 

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