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Que poco me queda


Quién iba a pensar hace ya algunos años que podría llegar a quererte tanto. Mira que padecí lo mío con el parto y eso que no era yo quien te paría. Cuando abriste los ojos y me miraste por primera vez no se me ocurrió otra cosa que decirte, soy tu padre.

Mi deseo era imprimarte con mi imagen, con mi voz y mi olor de cazador para que fueras capaz de reconocerme entre la demás gente del mundo. Muchos pensarán que con minutos de vida era imposible que me reconocieras y menos aún que entendieras mis palabras. Pero tú y yo sabemos que fue así, bastó mirarnos a los ojos para entendernos y comprender lo que significábamos el uno para el otro.

Que poco me queda hijo mío de disfrutar de tu infantil llaneza, de soportar tu exasperante aunque comprensible vehemencia. Creces mucho más deprisa de lo asumible y soportable para mí. Aún viéndote a diario soy perfectamente consciente de lo rápido que medras y a la vez de lo viejo que me hago yo con ello. Ley de vida, no vayamos a joderla y andarnos con delicadezas a estas alturas.

Quiero aprovechar estas líneas para agradecerte que hayas seguido mis pasos. Que hayas preferido disfrutar y aprender de la caza a jugar con una videoconsola y un arco de poleas en lugar de un teléfono de última generación. Que estés orgulloso de pertenecer a los últimos primitivos a la vez que románticos de esta era. Que tengas el ímpetu necesario para defender y reafirmarte en tus convicciones para ser librepensador y por tanto un miembro inservible para la masa aborregada que alimenta su atrofiado cuerpo con comida basura y su mente y espíritu con telemierda.

Como disfruto cada vez que te veo comer carne cazada por mi o por nosotros, cuando salimos juntos con nuestros perros. Y cuanto voy a echarlo de menos cuando dejes de hacerlo para seguir a tu instinto.

Pronto esos pajarracos larguiruchos y chillones como te parecen las muchachas de tu edad metamorfosearan en dulces y preciosas “tortolicas”. Llenas de curvas, aromas y promesas, deseosas de arrullarte envuelto entre sus brazos. Será entonces cuando solicito acudiendo a su llamada te entregues a ellas y le des a tu madre el mayor disgusto de tu vida.Y mientras ella siente que te pierde yo temeré por nuestra indisoluble unión que iluso de mi pensaba inquebrantable mientras tentabas el aire buscando mi mano para pasear por las calles.

No por ello dejaré de sentirme orgulloso de ti, ni de mí y por supuesto de tu adorada madre. Es más si la moza lo merece y espero que así sea, quiero sentirme más orgulloso que nunca casi tanto como cuando traes esas impresionantes calificaciones o mates tu primer guarro. Será la hora de dar por concluido el invierno de tu niñez y comenzar la primavera de tu adolescencia, sin duda la etapa más dura y cruel en la vida de un hombre y de un cazador. Y tú eres las dos cosas.

Será entonces el momento de poner en práctica todo lo que hayas aprendido hasta el momento y de desarrollar una intuición cojonuda para poder esquivar las balas que te disparará la vida sin el menor atisbo de piedad. Deberás aplicar entonces todo lo que te he enseñado bien sea de palabra o de hecho para procurar desenvolverte sin resultar herido y por supuesto sin herir a los demás.

Y tienes mucho aprendido en la caza. Comprobarás por ti mismo que la dureza con que nos deleitábamos no habrá resultado en vano. Y todo y cuanto hayas aprendió del campo, de sus gentes y de los animales te servirá para aplicarlo en la puñetera jungla de asfalto de la que desearás salir en cuanto pongas un pie en ella.

Más no desesperes y sé fuerte, mira siempre hacia delante, se honrado, leal y respetuoso como has aprendido de mi y del lobo. Implacable con tus enemigos a los que jamás debes “perderles la cara”. Comparte con los demás, siéntete generoso y no te importe que alguien se aprovecha en el camino porque con ello al final sales tu ganando.

Lo demás vendrá solo, con la sabiduría, el carisma y don de gentes que atesoras solo te hará falta experiencia para saber distinguir la buena gente de la mala aunque creo que con lo vivido ya puedes ir haciéndote una idea.

Y mientras tanto aquí estará tu padre, con la misma ropa, sin afeitar y con la misma pinta entre huraño y rufián que tanto atrae a unos y a otros intimida. Esperando que tengas un rato libre para salir de caza juntos, para seguir aprendiendo de ti.

Y ahora ve y dale un montón de besos a tu madre que sin duda es quién más los merece. A buen seguro que si ha leído estas líneas estará llorando sin consuelo. Mírala a los ojos y dile que nunca querrás a nadie más que a ella, puedes estar seguro de ello. Y ella puede darlo por cierto.

De lo demás no te sientas culpable, nadie tiene la culpa de vivir, de querer, ni de hacerse viejo.

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