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Maldito rifle.


En la caza se unen y enfrentan los dos extremos de la vida tan antagónicos como irrenunciables lo más horrible y lo más bello.

Desde siempre he sentido una gran atracción hacia las armas, a los 14 compré una pistola de perdigones con la que disparé miles de bolas y aprendí el manejo y la responsabilidad que trae consigo el poseer un arma.  A los 17 llegó el arco de poleas, a los 18 la primera escopeta, pero cuando varios años después me regalaron un rifle fue cuando me sentí que por fin tenía un arma poderosa en las manos con la que sentirme un auténtico cazador. Septiembre de 1995, yo tenía 21, hacía poco que había terminado ¨la mili¨ empezando a quedarme calvo, soltero y sin compromiso, marcando paquete, con las mangas por los sobacos, degustaba la resaca del prestigio que da haber servido en la mili en una COE.

Simple vanidad de juventud, quién esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Fue entonces cuando conocí a la criatura más dulce sobre la faz de la tierra. Tenía clase, era preciosa, inteligente y divertida, me enamoré como un mirlo. Pasaron algunos meses y la relación se consolidó,me regaló un anillo solitario con una piedra incrustada. fruncí el entrecejo, estábamos ante nuestro primer desencuentro de pareja y no quería herirla, un regalo debe agradar más a quien lo recibe que a quien lo hace .

-Si quieres regalarme algo valioso, algo caro, una auténtica joya mañana te llevaré a una tienda donde puedes comprarla.

El día que lo recogí no lo olvidaré jamás, acaricié su preciosa madera de nogal europeo, su grueso cañón negroazulado con la siguiente inscripción BRNO-ZKK 602   .300 WING MAG grabada en su costado. Era bonito hasta aburrir, cerrojeé una y otra vez extasiado por su peso por su sencillo manejo. Incluso creí ver un jabalí a la carrera cruzar el comedor de mi casa, el muy tunante me sorprendió saliendo de detrás del sofá y se hubiera escurrido hasta el pasillo de no haberlo parado yo en seco de un certero balazo en la paleta. Dio oro en el medallero de mi imaginación. Ya se sabe quien hambre tiene con bollos sueña.

Tardé tres largos años en poder sacar el rifle al campo con todas las de la ley, año tras año en las noches de calor esperaba al jabalí en las bañas o siembras agosteñas. Pero en la caza no basta con tener un buen arma y una afición a toda prueba, la sabiduría y la suerte  determinan el lance en la mayoría de los casos y la mía estaba de espaldas. Seguía practicando la menor con distintos resultados, en la general no hacía gran cosa, no conseguía cobrar más de seis u ocho perdices por temporada.  Vista la dureza del terreno y practicando la caza en solitario tampoco eran moco de pavo.

 

En la media veda, los años de escasez codornicera mientras los demás socios enfundaban las escopetas porque ni sabían ni querían cazar torcaces. Yo me dedicaba a seguirlas a estudiar sus pasos sus costumbres y para conseguir resultados aceptables. Tenía por entonces una perra de color blanco-acanelado llamada Melba que vivía con nosotros en casa. Aficionado al adiestramiento canino, la sacaba a diario y la enseñé a obedecer al silbato, la alimentaba bien y la trataba como a una más de la familia. Bastaba un gesto mío para que entendiera lo que pretendía de ella y obedecía con el afán que un perro pone en obedecer a su amo y amigo. Sin ser una fuera de serie colmaba mis aspiraciones con creces y me sentía más afortunado de ser su amigo que su dueño. Su lustroso manto contrastaba con los flacos y maltrechos perros del pueblo, asustadizos o violentos, signo de ser tratados a palos y alimentados con pan duro en el mejor de los casos.

Durante años tratamos de comprar o alquilar un solar en el pueblo y al fin lo habíamos conseguido. Todo un triunfo, pues el pueblo que marcó la infancia de un niño montaraz, le acompaña el resto de tu vida esté donde esté, si además caza allí, pasa a formar parte de él para el resto de sus días. Así que después de echar cuentas, con el terreno ya en nuestro poder y no contando con suficiente dinero para construir, montamos una caravana que acabó convirtiéndose en campamento. Con algo de ingenio conseguí dotarla de lo básico para estar cómodos, hasta estufa de leña tiene.Los años fueron pasando, también para mí perra y  con diez a sus rodillas le costaba llevar el paso en el monte, tanto como subir los cinco pisos que separan mi casa de la calle tres veces al día. Me costó decidirme pero después de madurar la idea decidí  jubilarla allí con la comida, el agua, el sol y la tranquilidad que necesitaba.

Seguí probando suerte con el rifle, cosechando un fracaso tras otro, sin dejar pasar ni una sola ocasión por seguir saliendo al monte de caza. Uno es cazador en la escasez y en la abundancia y quieras que no termina aprendiendo hasta de los fracasos. Un día me ofrecieron un cachorro y lo acepte, era bonito, despierto y tenía posibilidades como más tarde quedó demostrado el mejor de la camada. Si tuviera el mismo acierto con la lotería que eligiendo perros sería sin duda millonario. La cara de arrobo y satisfacción de mi hijo cuando lo traía a casa en sus todavía pequeños brazos era todo un poema, casi no podía con él de lo gordo que estaba, pero seguro que por nada del mundo lo hubiera dejado caer. La perra mejoró por momentos, en apenas seis meses, consiguió vencer los límites que su artrosis le imponía y  aunque engordó un poco y se cansaba con relativa facilidad , cuando calentaba conseguía mantener un trotecillo cochinero que nos llenaba de satisfacción a lo dos. Volvía la cabeza como si quisiera decime:

-Mírame aún puedo cazar, sácame al monte que yo te echo las perdices – Reconfortaba verla tan feliz.

Pero el hombre es el único animal sabedor de la existencia de la muerte y yo como tal tenía la certeza que no debía quedarle lejos. Albergaba la esperanza de encontrar un día su acartonado cuerpo sin vida dulcemente dormida , una muerte digna y sobre todo tranquila e indolora para tan noble animal. El traidor destino tenía otros planes para nosotros, nunca deja tomarte un dulce trago sin obligarte a engullir otro bien amargo. El nuevo cachorro terminó llamándose Uncas.

Poco después de acogerlo fuimos al pueblo de fin de semana, con mi rifle porque tenía un precinto de corzo para el día siguiente. Al llegar a la puerta y no escucharla al otro lado temí lo peor, respiré profundamente y abrí resignado. Allí estaba tumbada en su rincón al límite de sus fuerzas. Comprobé su tolva de comida, intacta, el agua también, delgada y temblorosa apenas podía mover el rabo para saludarme, la acaricié y con gran pesar me aparté de ella para dejarla tranquila.

Me levanté antes del alba para ir de caza, lo primero fue mirar la perra, seguía igual en el mismo sitio y en el mismo estado. Estaba claro que su tiempo había terminado, no cabía siquiera la posibilidad de atiborrarla de medicinas para salvarla. Con doce años y las rodillas artrosicas la mejor de las medicinas era la tranquilidad. Partí con preocupación, el resto del sábado y la mañana del domingo siguió en el mismo estado, era doloroso verla así, aunque no se quejaba y parecía no sufrir su fin era inminente.

Hoy día aún pienso que tomé la decisión correcta, no me arrepiento lo más mínimo de soportar un gran dolor con tal de aliviar el suyo. Con todo el sufrimiento que mi curtido corazón hecho pedazos podía albergar, la tomé en brazos, la subí con cuidado al maletero de mi coche y enfilé por el camino del Carrascal a cumplir nuestro destino. 

El monte estaba cerca, llegamos en pocos minutos pero se me antojaron una eternidad. Dejé el coche en marcha donde termina el camino, la cogí en brazos y la llevé al pie de un árbol que repartía generoso su sombra. La dejé en el suelo con mucho cuidado, me senté a su lado le miré directamente a los ojos  y con voz emocionada y temblorosa le dije:

-Mi Chica, aquí termina nuestra historia, sabes qué debo hacerlo y sabes lo que me cuesta. Jamás te olvidaré, tu serena  mirada no indica reproche alguno solo está cansada, como tú lo estás de soportar el dolor en tus huesos. No voy a dejar que mueras sola de hambre, ni llevarte a una sala veterinaria donde te sientas abandonada extraña,  asustada. Te dejo aquí porque sé que amas esta tierra tanto como yo, mereces formar parte de ella y cerrar así el círculo de tu vida cazadora-.-Lo siento Melba, te quiero-.

Un grueso lagrimón cayó directamente de mis ojos directamente a su aterciopelado hocico. Fue mi  último regalo. Caminé hasta el coche cogí mi rifle,  apunté y disparé.

Una horrible y enorme rosa de sangre desgarrada brotó de su blanco pecho y cayó hacia atrás fulminada. Un cuervo graznó y el tiempo se detuvo.

Cerré los ojos y desde las alturas pude ver allí abajo, a lo lejos la figura de un hombre vencido desgarrado que sostenía un rifle en las manos. A pocos metros al pie de un árbol una perra muerta y desmadejada. Sin duda ese disparo también me alcanzo a mí, destrozándome algo vital. Un vacío se abría paso en mi interior a empujones, crecía por momentos. Mi perra se había ido para siempre llevándose parte de mí consigo.

Algo que permanecerá para siempre junto a ella, en la sombra de aquel pino.

La vuelta a casa fue triste, en medio de una nube de irrealidad, y de dolor atormentado una sola idea venía a mi mente una y otra vez:

¡Tiene cojones esta puta vida, el primer animal que he matado con mi rifle ha tenido que ser mi perra!.

Lo dicho, el destino que es un cabrón.

¡MALDITO RIFLE.!

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