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Al abrigo de la luna


Tarde hemos salido, más no hay problema en ello dado lo corto del recorrido y la cercanía del puesto al camino. En poco menos de media hora estamos perfectamente colocados y camuflados entre las dos tierras que el barranquete se empeña en separar sin llegar a definirse. A pesar de hallarme distraído y cometer la torpeza de olvidar el repelente y el móvil mucho antes del ocaso estamos bien integrados y el campo está tan tranquilo que no advierte siquiera nuestra presencia. El catrecillo sin respaldo apenas me molesta, quizá otro día con las horas pudiera resultar pesado pero hoy no hay ni animo ni espacio para la queja.
Solo apatía, mediocre y sincera apatía que de no ser por la fortaleza de mi espíritu montaraz de seguro ganaría la partida y me dejaría abatido en cualquier esquina o rincón sin más ocupación que la de hacerme viejo.
Una corza sale gateando del mismo pozo, felinamente avanza por las cebadas y no se levanta al alcanzar  las pipas. Se niega a mostrar su cabeza, a mostrar su verdadera talla, a descubrirse entre la espesura. Es curioso como se adaptan los animales a las circunstancias, y algo de insólito también tiene que el cazador que esto escribe haya aprendido casi todo lo que sabe de ellos. La meto en el visor y compruebo que no tiene cuernos lo que sin duda le salva la vida. He sentido en el pulso un leve acelerón pero no el suficiente para que afloren los nervios. Si he de recuperar mi alegría que sea mejor mañana, ahora mismo tengo que apiolar un cochino y mucha serenidad es lo que necesito.
Y serenidad encuentro entre todo aquello que tanto quiero, el paisaje que cien veces recorrí rifle o escopeta en mano y que mi arco jamás verá. El arco ese arma que te acerca tanto al animal que te deja atraparlo sin ayuda de la pólvora, simplemente con tus manos. Casi mágico, casi primitivo si no fuera por la cantidad de chismes que se hacen necesarios sin duda para asegurar la precisión y la rápida muerte de las presas. Como pretender usar un arco en un sitio donde no se caza con cebo, es poco menos que imposible averiguar los pasos de los jabalíes desde la distancia del coto a mi hogar. Únicamente con indicios y mi instinto habría de colocarme y tener la suerte de que entrara cerca, por mi experiencia demasiado poco.
El viento que por momentos parecía haberse echado revive ahora con cierta firmeza para hacerse sentir y yo que se lo agradezco. Cruzado desde lo alto, por donde espero ver llegar a mi oponente que no se si ciertamente será versado en burlar las escopetas pero de buen seguro sé que a los humanos los conoce. Demasiado concurrido esta el monte para pasar inadvertido a sus ocupantes. A estas alturas los guarros andan ya con siete ojos, tantos como para no dejarse ver, oír, ni dejar rastros– vuelve a estallar en mi sesera y no tarda en aflorar una tenue sonrisa de falso convencimiento.
Treinta metros a mi derecha tengo un gran pino majanero con las ramas hasta el suelo, casi en mitad de la cebada que escarpadamente sube hasta el monte en una cuesta mucho más que respetable. Mi instinto que es mucho mayor que mi experiencia me advierte que el visitante de llegar lo hará por ese lado.
Ahora mi hijo bebe de su botija de ciclista, el jodío hace más ruido destapando y tragando del que nunca ha hecho. Lo miro con brasas en lugar de ojos y para que deje de hacer el cenutrio por un rato. Sigue con la ruidera y ni siquiera me enfado, me limito a advertirle en voz queda que o deja la botella o nos vamos y jamás volverá conmigo a una espera. Obedece, sin duda sabe que hablo en serio y que de no cesar en su actitud vera cumplida mi torpe amenaza. Es la peor parte que trae consigo la paternidad, odio de veras coaccionar a la criatura que más quiero.
Deja el bote destapado porque no puede cerrarlo, como se trague algún bicho ya la hemos liado. Presiento que pronto tendrá ganas de orinar y si comienza a menearse antes que enfadarme con él levantaré el puesto menos apasionado que he vivido en mi ya larga vida de cazador.
Un tejón, bulle entre la cebada al lado del pino, gruñendo y montando gresca por aquí y allí. Ellos me enseñaron la diferencia entre tejón y gorrino, experiencia aprendida a base echarle horas al campo, de errores más que de aciertos. La guardo como un tesoro en la librería de mi memoria para hojearla y repasarla cuando es menester.
El maldito teléfono vibra y suena, recibo el mensaje de un amigo que también está puesto, no distará del mío ni cincuenta kilómetros. A su bonita y familiar foto  le contesto con la mayor celeridad, cortesía  y sinceridad que el momento requiere.
Se escucha el tejón carear por la siembra y se acerca tanto hasta nosotros que poco antes del ocaso se encuentra de frente con mi hijo, regruñe y da un respingo. Sale de espantada unos cuantos metros y continúa más despacio refunfuñando como el “agüelo” que ha perdido un botellín “al tute” o al “cinquillo”. El chaval ni se inmuta le miro, le admiro y adivino una leve sonrisa bajo la máscara. Ya los conoce, los quiere y le caen tan bien como a mí.
Ha anochecido, el viento arrecia y la luna luce creciente y bella como nunca. Orlada a ratos por los tenues visillos luminosos de las nubes que contrastan suavemente con el negro y aterciopelado manto de la noche. Desde su cenit derrama su blancoazulado reflejo que se posa sobre la siembra  haciéndola la zona más insegura del lugar. Menos mal que las nubes la ocultan por momentos y estos serán  los que yo aprovecho para girar camaleónicamente la cabeza.
El tiro al pozo es más bien complicado, si el animal tuviese por capricho introducir su corpachón sin aviso habría que estar muy atento a su salida o se escurriría en el espeso matorral. La verdad muchas esperanzas no tenía, pero precisamente por eso, por tratarse de un “día tonto” y de desgana, valía la pena aguantar un rato más. Otro tejón o quizá el mismo come detrás del pino, roe sin gruñir y a ratos parece masticar y tronchar las pocas espigas que el granizo ha respetado.
No se la hora ni quiero saberla. Cuando aguardo jamás miro el reloj hasta que me marcho. Me dedico a disfrutar del momento y el paisaje. Y hoy a volver a cavilar sobre la única y recurrente cuestión que ocupa mi vida desde hace días y que se hace insoportable desde que ayer llegué aquí.- El dejarlo todo por la todavía intangible promesa de un nuevo coto mucho más cercano a mi casa-. Un coto donde acudir más a menudo aunque no tenga mis raíces hincadas en sus tierras.
Un tenue masticar al otro lado del pino me pone en alerta, un bufido largamente aspirado me indica que quizá tras el pino el tejón que come desde que anocheció pesa algo más de cincuenta kilos. Habrá que esperar para saberlo.
Por el camino pasa un coche sin luz, está a mi espalda  y aunque no lo puedo ver se perfectamente que tramo del camino recorre a cada instante. Por momentos me alarmo por si nos dispara, si creo escuchar que detiene su marcha le soltaré todas las candelas del foco en plena cara, para deslumbrarle y evitar que dispare hacía nosotros. Quién sabe si además de cegarlo le joderé cinco o seis mil pavos en visor nocturno. No estoy en contra de esos “aparatejos”, al contrario son útiles si se usan con cabeza para evitar matar hembras o madres, pero “carrilear” con ellos no puede considerarse ni ético ni legal.
La inconsciencia y la estupidez en gente que está harta de matar gorrinos que ansia y que majadería demuestran. Definitivamente estoy de más en este coto, yo también llevo rifle y jamás me he comportado ni me comportaré de esa forma tan estúpida  e irresponsable. Ya sé que entre amigotes cuentan sus andanzas y mentiras para ver quién la dice más gorda. ¿Pero cuando se encuentren solos o se miren al espejo También se creerán cazadores? Creo que en su fuero interno guardarán alguna mala experiencia o algún remordimiento que les escupa en la cara lo contrario.
El frío atenaza ahora mis orejas y cuello que acostumbran a estar tapadas nueve horas al día, sienten el aire helado y me causa más desazón que frío. Mi vejiga comienza a estar llena, más no estoy dispuesto a moverme hasta no asegurarme que tras el pino hay un tejón y no un cochino “tirable”. Un par de veces le he escuchado resoplar y aspirar el aire. Le pido a mi hijo una braga polar que llevo en la mochila tan despacio que ni siquiera me escucha, al cabo de dos intentos desisto del empeño por no hacer más ruido. Toca aguantar, sin pasión pero con calma, quién sabe quizá así en el caso de que entre un marrano grande seré capaz de acertarle en lugar de fallarlo como hice con el último.
Los bocadillos “de espera” de lomo reseco y morro frío esperan en la mochila a ser devorados pero ninguno de los dos tiene hambre ni ganas de hacer ruido. El chico me tiene sorprendido por su aplomo y afición, tras la reprimenda del agua aguanta la sed, el hambre y el dolor de posaderas como un jabato. Me advirtió que le dolían las nalgas por estar sobre la tierra y yo le dije que a la próxima se trajera un cojín, en esta le tocaba aguantar. No se mueve, igual que el mascar que está en el mismo sitio, ya no puede ser un tejón.
Tras las ramas más bajas del pino que casi rozan el suelo me parece advertir sin verla una figura aunque no sabría decir de que animal se trata. La percibo de manera natural, no me parece nada extraordinario ni paranormal intuir un animal tras la espesura. Tampoco creo ser el único cazador capaz de hacerlo. Sé que está y espera poder salir de las sombras en cuanto se cerciore de que no haya peligro alguno.
Esperaré, ahora que ya estoy seguro que se trata de un cochino. Estará oculto un rato más  y seguramente aprovechara que las nubes oculten la claridad delatora de la luna reflejada en la siembra para salir de su refugio.Sin previo aviso, aprovechando la momentánea negrura tras unos minutos de absoluto silencio el marrano rompe por la siembra paralelo al regajo. Llevando su querencia hacía la charca que no dista de la protectora sombra del pino más de cincuenta metros. Sale sin miedo, con la seguridad de que está solo, se detiene en seco al ver un bulto negro y sospechoso que parece haber crecido aquella misma tarde al otro lado del leve matorral del regajo. Despliega las orejas resoplando y por momentos se vuelve más enorme, más listo, más  salvaje, duda pero duda poco hasta que decide proseguir su camino.
Por un momento ha pensado que tras la sombra podía ocultarse un cazador, de esos que dan tanto miedo porque llevan un trueno mortal consigo. De cerca los tuvo cuando era rayón y mataron a su madre y a dos de sus hermanos. Como los que pasaron hace un rato ronroneando con las dos lunas cegadoras de su maquina apagadas para pillarlo desprevenido.
Conoce a esos individuos y los desprecia, se oculta de ellos porque a pesar de su corta edad, sabe perfectamente el lugar del monte donde se ocultan y cuál es su nauseabundo olor. Él mismo tiene algunos pequeños aguijones clavados en el costado del invierno pasado, cuando unos perros le sorprendieron dormitando en un romero y al salir a lo limpio se los clavaron con uno de sus truenos.
Al trotecillo, pisando fuerte en la reseca tierra y apartando las canijas y maltrechas espigas a su paso continua hacía la charca. Acercándose sin miedo hasta las protectoras hierbas del regajo con el fin de cubrir su presencia con ellas.¿ A que tener miedo si está solo, si allí no hay nadie? Nada delata el olor de peligro alguno, ni se escucha ni se ve el rastro de ningún predador.
Se aproxima a unos diez metros del reseco y ocasional cauce sin detenerse, tiene sed y ganas de restregarse en el frío y medicinal lodo.
Lástima no hubiera tomado otro camino. La luna sigue oculta tras el blanquecino y lechoso oropel de las grandes nubes del cielo serrano, no quiere ser testigo de la tragedia que se avecina. A punto está de gritar para salvarlo, más sabe que no debe intervenir en la aventura de la vida. De la innegable y necesaria lucha de los animales del monte, los que comen y mueren y los que mueren para que otros coman.
Le veo salir, desde el sitio exacto donde intuía de su presencia hace minutos. Alto y alargado es el animal más grande que he acechado hasta el momento. Se para a los pocos metros fijando su vista en mí, más no me muevo ni un milímetro. El aire a favor, mi barba descuidada y tenue enmascaramiento facial que siempre llevo me protege de ser descubierto. Son veinte largos segundos los que permanece clavado en el suelo tan formidable animal. Jugando su papel, jugándose la piel e intentando discernir si aquello que está apenas veinte metros bajo su jeta es peligroso o no.
Continúa con el mismo paso, el mismo trote hacía la baña. Es el momento de descifrar su sexo. El morro alargado y la altura lo delata como hembra, pero no llevar sequito de crías de serlo la convierte al momento en una presa a mi alcance.
Desde este mismo instante tengo esa extraña pero real seguridad que tenemos los cazadores curtidos de que el animal es mío. Haga lo que haga está sentenciado, ha jugado sus cartas y ha perdido porque mi experiencia y mi destreza son más que suficientes para apresarlo sea cuál sea su reacción ante mi acoso y su posterior huida.
Dos segundos más me bastan para dejarlo cumplir. A unos diez metros de mi puesto, aunque más bien juraría que eran ocho, cuando ya me ha sobrepasado y su visión periférica no me alcanza tomo el rifle. Como un resorte me levanto, enciendo el faro que viene a alumbrarle el camino a la muerte en mitad de la noche.
Lo encaro, está tan cerca que se sale del luminoso círculo de la lente, coloco el punto rojo sobre el corazón y mi cerebro le indica a mi dedo que debe entregarlo a la parca. Acude presta a por él, sin más demora de la que tarda una bala en entrarle con inusitada rabia por el costillar y partir en dos sus nobles entrañas. Es la parte más ingrata de la caza, la que más detesto y sin embargo asumo por necesaria. Y aunque el instinto de cazar es lo que me mueve a hacerlo no puedo evitar sentir una punzada de remordimiento. Cazo para alimentar mi espíritu montaraz y primitivo, para serlo, para sentirlo y no negar lo que llevo dentro.
Arranca y cae, se levanta con el impulso y el miedo de sentirse herido y descubierto al mismo tiempo. No puede dar crédito a lo que le sucede, ni como ha salido un trueno y una luz donde hasta hace tres segundos no había nada. Da la vuelta y emprende una alocada carrera hacía el monte intentando subir la cuesta que antes bajó y que en sus condiciones será imposible. Cae en la cebada que tantas veces comió, escuchando unos  extraños ruidos metálicos que en nada se parecen a los que producen los hombres con sus máquinas.
Ha sido un lance con remordimiento, más que cazarlo lo he fusilado. Echo de menos el arco que he prometido comprar en cuanto me salgan las cuentas, con él el lance además de más real, vivo y peligroso hubiera sido mucho más justo para los dos. Sale la luna de nuevo y sin que nadie la escuchara ofreció unas palabras de consuelo al animal vencido.
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Los cazadores que te han dado muerte además de asegurártela rápida respetaran y comerán tu cuerpo como dicta de ley del monte. Esa ley no escrita que distingue a los hombres de las bestias y los hermana como animales. Esa que distingue a un cazador por sus actos y no por su especie.
Tu recuerdo perdurará para siempre, guardarán tus colmillos y escribirán sobre tu astucia y nobleza, tenlo por seguro. Yo les conozco bien.Poco ha durado el lance, la siembra se lo ha tragado. Ha desaparecido entre una cebada enana y rota pero  suficiente como para cubrirlo. Sé que está muerto porque tengo el disparo grabado en la memoria. Pero no he podido ver donde caía porque he cerrojeado mal desencarando el rifle y vuelto a encarar por si debía repetir el tiro. Lo perdí de vista en el momento que caía y lo busqué en otra parte al filo del monte para tratar de cortar su huida. Pero creo que no ha llegado hasta él, está en la siembra seguro. Los últimos resuellos han roncado demasiado cerca como para que se haya ido, tampoco ha tronchado ramas cosa casi imposible con la carrera que llevaba y el corazón partido.
Desmonto el puesto sin pena ni gloria, me ha sabido a poco, ni la emoción ni la adrenalina  ha hecho acto de presencia, quizá por eso he mantenido el temple.  Pero echo en falta una alegría que no puedo encontrar. La cara de mi hijo es un poema, no tiene rastro de miedo alguno. A pesar de haber tenido una bestia negra y salvaje a muy pocos metros en la oscuridad de la noche con la única protección de un rifle en manos de su padre. Le basta con ello para estar tranquilo y a mí me reconforta en parte la admiración y el respeto que siento hacía él cada vez que de nuevo constato su inteligencia o me sorprende con una de sus valentías. Y esta vez son ambas cosas, me narra su espera dándome detalles de veterano. Me dice que con luna el bicho no sale a lo limpio, que si ha escuchado al animal tronchar una rama, que se ha fijado en que no llevaba rayones. ¿Quién le ha enseñado todo eso? Seguramente lo habrá escuchado una vez y el instinto haya hecho lo demás.
-Lo he visto caer está muerto lo he escuchado morirse, es grande-.
-Lo sé hijo bastante grande, pero hasta que no lo tengamos a nuestros pies no cantemos victoria-.
Soltamos a Uncas para que nos preceda y encuentre al animal antes que nosotros, no hay peligro alguno y si lo hubiera mejor que se encare con él. Es lo suficientemente ágil y precavido como para no acercarse al cochino herido o en su último estertor.
Justo donde lo esperaba, entre las dobladas y ensangrentadas espigas hallamos la presa vencida. El noble cadáver del animal que momentos antes nos pareció enorme yace ahora pequeño e inerte con la mirada fija ninguna parte. El rifle es la segunda fiera a quién temer, queda descargado al momento, pues no será necesario mantenerla alimentada hasta la próxima cacería.
Un abrazo que me devuelve el calor y la vida, estrechar a mi pequeño en la soledad del monte me reconforta gratamente. Una mala fotografía queda colgada en la red para compartirla con los amigos. Una cuerda y el posterior arrastre hasta el coche. Y una llamada de uno de los mejores amigos que un hombre y un cazador puede tener. Aprovecho un descuido del chico para posar mi mano sobre el hocico del guarro y pedirle perdón. Remordimiento sincero y necesario cuando se trata de cazar en lugar de matar. Este instante es entre el animal y yo, solo nuestro cazador y presa, demasiado íntimo para compartirlo con nadie.
A estas horas, aun no siendo tarde parece estar la noche acabada, que ya no da para más. Parece que el día nos sorprenderá tras cualquier roble para asombrarnos e incitarnos a seguir cazando porque por esta noche todo esta cazado ya. Que sensación más extraña la que tengo mientras conduzco hasta mi casa. He cazado una pieza formidable y sin embargo una vez más estoy a merced de una estúpida normativa. Prefiero no encontrarme en el camino a los agentes que  respeto pero prefiero evitar. Pero ni siquiera llevándose el jabalí, el rifle y hasta el coche si lo quieren podrán arrebatarme ni un solo gramo de la gloria y la grandeza vivida en esta noche de cacería.

Una vez en casa, el Cazador abre el coche y coge al pequeño Aquiles para observar sus reacciones en su primer contacto con la bestia. Le sube al ensangrentado maletero pero el perro  teme al nauseabundo bicho, el tamaño y el hedor del guarro le supera y sus genes tardarán algo más en aflorar. Arrastrando el guarro hasta el colgadero y en semioscuridad mira hacía la otra puerta que tiene el mi campamento. Entonces la descubre, es la mujer del Cazador encima del entarimado que construyo con sus manos en la primitiva terraza. Con los brazos en jarras invocando una falsa actitud de enfado. Tiene en su cara el precioso mohín con el que tantas veces le ha  conquistado. Otro motivo más para sonreír y seguir apalancando la losa. Quizá con un poco de suerte sea capaz de alzarla y dejarla atrás. Todavía no.
 Está contenta, contenta de que hayan regresado sanos y salvos. Contenta de poder recoger en casa a su familia y contenta de tener en la despensa otro jabalí. Contenta porque quizá este giro que ha dado la noche cambie algo la decisión de su marido. Tal vez las cosas se arreglen un poco como espera que le arreglen su maltrecha espalda.
Aquiles entonces se desata, ha visto a Uncas morder y le imita arrancando enormes jirones de pelo de las crines del gorrino con su tenaza en forma de boca. Lo hace por instinto sin pensarlo, intenta alejar al otro perro de su presa y el Cazador tiene que reñirle un poco para que reine la paz. Tras izar al bicho lo abre en canal y lo destripa, recogiendo sangre para futuros rastros, Aquiles se queda debajo del chorro de sangre y lo deja, mancharse para que se empape bien, para que la sangre lo cubra y haga honor a su nombre. Para que  reconozca y asuma el papel que la vida le tiene reservado. Tras un rato le llama pero no viene, le quita pero vuelve y le deja. Lo alumbra con la linterna y ve claramente su rictus de desconcierto, está donde debe aunque más que saberlo lo intuye. La raza y la valía del perro está más que demostrada y la rubricará sobradamente al día siguiente estirando las colgantes pieles mientras su hijo lo desuella. Su anterior dueño tiene motivos de sobra para estar bien orgulloso

Salgo al exterior como cada noche a contemplar la luna antes de acostarme. La luna, la que intentó delatarme y no pudo, la que quiso cobijar al jabalí sin conseguirlo.  Está tan bonita que no le guardo rencor. Más baja y más preciosa.

Es más en estos momentos me gustaría volverme lobo para dejarme la garganta aullándole. Aullar y aullar todas y cada una de mis penas para elevarlas al  viento y dejar que se las lleve tan lejos como pueda. Un lobo que recibió un “postazo” por confiarse demasiado pero que está sanando las heridas y volverá o migrará mucho más fuerte y resabiado.

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