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El Lobo acecha hasta cuando duerme


Cuentan las bestias del lugar que la primera en hablar fue la luna. Asomándose por la rendija que abrió con su afilada uña en el lúgubre manto de la noche. Preocupada, presintiendo la tragedia se dirigío a la piara de esta manera:

-Criaturas de la noche, hijos míos hoy tengo un mal augurio, el lobo anda cerca y está de cacería. Al alba lo vi buscando vuestras huellas por las charcas del lugar hallándolas en la junquera grande junto al cerro donde a veces se atalaya. Por eso si una vez allí percibís su olor corred como alma que lleva el diablo. Ese lobo sobre sus dos patas es mucho más peligroso que una manada de los cuatro, os dará alcance si le dais ocasión, os morderá con sus metálicos e invisibles colmillos y os dará muerte sin dudarlo. Caza para comer, no elige a sus presas por sus colmillos sino por su carne, solo los más jóvenes estáis a salvo. Tened cuidado y no hagáis ruido, ni le deis oportunidad  de descubriros, os intuirá, os verá y hasta os olerá si os acercáis demasiado. No seréis los primeros en caer si, ya ha cazado a varios de los vuestros por estos lares y ha regresado a por otro más.

Y esto fue lo que ocurrió.

Que mañana más desapacible amaneció el Sábado, nublada a más no poder entre brumosa y panza de burro. Ocultando al Septembrino Sol que de haber tenido oportunidad nos hubiera abrasado a todos sin piedad.

Esta mañana torcaces tocan y por la noche si aparecen, “Jabalines”. En todas las vacaciones solo he hecho una tirada que haya merecido la pena y es que aunque cada  día abundan más también andan más esquivas. Con la escasez o mejor dicho la ausencia de codorniz se han convertido en la única pieza de la media veda. La única forma de dar gusto al dedo y sacar a pasear la escopeta y de escopeteros anda el coto muy sobrado, una lástima. Nada de madrugar, cogerlas a la salida del dormidero es tarea imposible, vuelan a las nubes y salen todas por el cauce del río. Señal del acoso sufrido en los últimos años, el primero fui yo y reconozco que hice mal. Como principiante autodidacta quemé los puestos de tanto cazarlos y con eso varié sus costumbres. Pero no lo sabía, pensaba que no era importante, hoy día se que no es así. Lo difícil es hacérselo entender a los cuatro cabezas huecas que te dicen que no hay palomas cuando tú en tres horas has visto más de cien.

Un frugal almuerzo en compañía de mi hijo y ambos salimos a comprobar las bañas donde por la noche acecharemos a los guarros. Lo suyo es dejar nuestro olor muy temprano con el fin de que el aire lo disipe y de urdir una estrategia según sea la charca elegida. De las cuatro que conozco y ofrecen más garantías dos están machacadas por las “cabras mentirosas” de mi primo tercero. Otra sin tocar y la cuarta presenta unas profundas, frescas y prometedoras huellas de esa misma noche. No hay duda donde montar el puesto, una vieja atalaya de sobra conocida sobre las rocas del cerro que tengo unos sesenta metros enfrente. Últimamente me suelo colocar entre ocho y quince metros de los pasos del jabalí porque espero pronto usar el arco que ya tengo esperando en el armero. Pero el rastrojo pelado no me brinda ningún refugio a poca distancia y hoy tengo que asegurar el lance. No por tener un especial anhelo de colgar una pieza sino por mi congelador que está demasiado tiempo vacío.

Continúa el cielo medio plomizo. Mientras nos acercamos al cerro donde tirar las palomas Uncas levanta un bando de perdices que nos dislocan el corazón y nos dejan con la boca abierta. La escopeta ni siquiera se ha movido de mi brazo, ni pensar en apuntarlas ya llegará su tiempo.  Con el día tonto sucede lo que me temía, sin calor las torcaces vuelan erráticas y no se acercan mucho a tierra, a estas alturas saben que se la juegan. Elijo el paso que sube desde los chopos del río y las siembras hasta los pinos más altos del monte para tirarlas.

Algunas nos evitan a pesar del camuflaje y las únicas que entran a tiro lo hacen desde atrás sin dar siquiera tiempo a encañonarlas. Estamos en una pendiente, y aparecen por donde menos te lo esperas poniendo aire de por medio al menor atisbo de peligro. No nos queda otra que resignarnos y hacer planes para la siguiente temporada.  Si nos da tiempo al año que viene en ese mismo cerro haremos dos puestos de leña donde cogerlas por sorpresa cuando estén hartas de verlos. Pero por este año  tras dos horas de frustrantes “caligrafías” con el cañón de la escopeta se termina la caza en aquel entorno. Por la tarde acudiremos al paso de vuelta  ese que nunca falla.

Una vez de vuelta en el pueblo “echo” la siesta del gorrión que para mí es la mejor de todas. Antes de comer para dormir lo justo, no sobrecargarte de calorías y aguantar toda la tarde tirando y la noche en aguardo. Me despierta mi señora, <hay que ver que cada día está más guapa>. Así se lo hago saber pues no está de más dorarle un tanto la píldora con el fin de  “comer poco morro” a la hora de salir de caza. Me da la grata noticia de que por la tarde se marchará con unas amigas y sus maridos a la vaquilla de San Mateo, a merendar. Yo que no soy amigo de muchedumbres y que prefiero una junta de torcaces o una piara de guarros a una plaza llena de gente le deseo que se divierta. Y ya puestos le digo que si es capaz de ver la vaca entre el gentío le eche una “afoto” y me la mande por “guasap”.

Casi al medio día ya el Sol, entre tontunas, nubes que van y vienen ha terminado por aparecer; calienta de lo lindo. Veremos si a las palomas las atosiga tanto como para hacerlas planear a la altura de los árboles.

Nada más comer un viejo del lugar con el que tengo cierta confianza me dice que los gorrinos están machacando las pipas. Pero no es capaz de concretar el lugar donde debo aguardarlos. Todo son incongruencias, desvaríos “sin ton ni son”, dice que todos los días sale y ni mata gorrinos ni palomas.  Me fío lo suficiente de él como para hacerle caso, no creo que vaya  a arriesgarse a engañar a su mejor cliente, es él quien me abastece de aguardiente para el invierno. Al final prefiero seguir mi instinto, seguiré con mi plan de ocupar mi atalaya de la baña que tengo prevista.

Sobre las cinco ya estamos en el puesto. Antes de subir a lo alto del cerro damos una vuelta por los alrededores por si hay alguna paloma echada sesteando entre los robles. Salen tres que fallo como un borrico. Esto de no tirar un centenar de platos de cuando en cuando me pasa factura, la puta crisis que cada día nos afecta más. Con las palomas cazadas “al salto” cien veces más difíciles que he volcado por estos lares en mi trayectoria de cazador. Una vez colocados y perfectamente camuflados en el puesto la vista es espectacular. Estamos en uno de los sitios más bellos y altos del pueblo. En los límites del coto donde sin duda pasarán la mayoría de las palomas que han estado comiéndose las pipas durante el día. Las espero sobre las seis pero quizá sea por lo tonto del tiempo o porque por allí no ha tirado ni pasado nadie en varios días comienzan a aparecer al poco de ponernos.

La primera pese a estar perfectamente tapados por el puesto y con la cara “enmascarada” no se acerca más de cuarenta metros. Atravesada pero ofreciendo un buen blanco le cojo los puntos y la derribo cayendo con las alas abiertas y haciendo un bonito “helicóptero”. Vamos los tres a cobrarla y hasta me hago una foto con ella, es un “machaco” el tiro ha sido bueno y la grata compañía invita a celebrar los aciertos de la tarde. La segunda me la canta mi hijo, entra ciega pero alta y escorada a la izquierda, la tapo le corro la mano y cae como una pelota. Un amasijo informe de plumas revueltas que Uncas se apresura a coger con la boca con todo el cuidado de que es capaz un perrazo rústico como él. Un abrazo paterno-cánido-filial para celebrar que la percha ya está hecha antes de la hora del paso, antes de que aparezcan de cualquier parte sin avisar.

Pasa otra hora y las únicas que entran van largas o avisadas. Se ven bastantes, sobrevuelan el río a baja altura porque están ahítas de pipas y llevan los buches hinchados de agua. Entra otra y la hiero, suelta un chorro de plumas pero cae muy larga y se recompone. Otra después de buscarla donde cayó salió como si nada de la copa de una encina.

Otras tres pasan por mi derecha sobre la pendiente, les atizo y cae una de ala hay que bajar unos doscientos metros hasta el río para cobrarla. Tres palomas de tres tiros sin contar los dos “acuses de recibo” hoy estoy “sembrao” si esta noche el jabalí me da la más mínima oportunidad “no le va a valer” la suerte. Mando a la tropa, el chico de sargento en el suelo una paloma es muy fácil cobrarla y aquí arriba ha comenzado la hora feliz. Una vez se acercan al río  sucede algo sorprendente, desde el suelo la paloma coge fuerza y se sube hasta los altos chopos de la ribera. Bate las alas tan fuerte que la oigo antes de verla desde arriba, sin duda está tocada pero no he visto exactamente el árbol donde se posaba.

Si no lo veo no lo creo, una torcaz herida hace alas y te vuela un mundo antes de pararse o caer, pero una vez en el suelo es presa fácil. Pues esta no, es de las duras de pelar y me hace bajar hasta abajo a buscarla para arrearle estopa allá donde se halla posado. La situación es comprometida pues aunque no hay nadie por los alrededores estoy en una zona de seguridad. O peor dos, pues hay una vereda bajo la suela de mis botas, pero un Cazador que se precie no abandona una pieza herida sin darlo todo por hacerse con ella. Tras media hora de intentar avistarla la dejamos por imposible, con cierta desazón decido dar por concluida la jornada. <Con dos ya tenemos bastante, se acabó el herir sin cobrar>. Algo más que probable por la dificultosa orografía del terreno. Todavía perdonaré otra por volar demasiado alta y no tener seguridad en abatirla y cobrarla.

Al subir al puesto y como por arte de magia aparecen de repente entre los árboles dos más, grandes como pavas que me cantan el chiquillo y el perro antes de que yo las vea. Cojo la más delantera y la derribo casi a tenazón doblando el espinazo más de la cuenta. He notado un tirón, casi me lastimo pero eso aquí y ahora carece de importancia son gajes del oficio de Cazador, el más antiguo del mundo. Con tres y con el Sol escondiéndose toca recoger y salir “atacando” hacía el coche, son casi las ocho y al puesto del gorrino me gusta entrar de día. Una vez la luz se esfuma los bichos montunos recelan el doble de cada ruido que escuchan.

Llegamos en diez minutos al pueblo después de devorar la carretera a velocidad de rally, hemos visto por el camino a Sainz y a Coma y les he sacado el pie por la ventanilla al adelantarlos por la derecha. Cambio de perro y de arma, fuera puesto y jaulón grande que hace falta sitio si matamos un bicho. El saco de dormir que mi hijo se compró Verde oscuro – Verás Padre, por aquello de si alguna vez me lo llevo al aguardo- y mi “Adredón de campaña artesanal”. Una bolsa con “manduqueo” que contiene el apetitoso manjar de la carne que sobró del almuerzo y pan. Es la última espera del año a la que acudimos por daños, pudiéndonos quedar toda la noche. Las siguientes serán muy cortas así que si hace falta nos quedaremos hasta el alba.

Otro rally hasta las inmediaciones del puesto donde disminuyo la velocidad y detengo el “lanrover” a la orilla del camino a unos cien metros de mi atalaya. Con todo el silencio que nos caracteriza sacamos los trebejos del coche y entre dos luces nos dirigimos al puesto. Andamos por el camino en línea recta hasta que este gira hacía la derecha y lo abandonamos para seguir rectos hasta nuestro puesto. El sitio es cojonudo para una emboscada  gorrinera un balcón natural de rocas que afloran en el filo del redondeado cerro. A unos cincuenta metros el rastrojo y un poco más allá un barranco donde vierte sus aguas la baña que hay a mi derecha. Donde esta mañana aparecieron impresas las huellas de un marrano grande. Tengo un tiradero amplio hacía la derecha y escaso a la izquierda porque el cerro se adelanta y me tapa la visibilidad. De sobra para “darle pasaporte” a un guarro si aparece .

Nos preparamos, una sábana vieja protegerá el saco de enganchones y de producir ruidos indeseables, colocado entre las aliagas mi hijo estará de lujo. Se tumba a unos tres metros de mí mientras me acomodo sobre la roca viva para evitar roces y arrastres que puedan asustar a nuestras presas. Le doy su cena, una de las fiambreras con carne fría y un trozo de pan. El agua ya la lleva el en la cantimplora y el cuchillo le cuelga del cinturón desde que salimos de casa esta mañana. Nos despedimos, a partir de ahora estaremos muy cerca pero sin hablar unas cuantas horas. Coloco mi cena a la izquierda sobre la roca igual que el teléfono que ya no enviará la foto del puesto a mis amigos por falta de luz. Cargo el rifle y lo coloco sobre el maletín abierto a mi derecha, con la retícula encendida y la linterna bien colocada encima del visor. Me siento al modo indio sobre mis piernas y con un golpe de vista sobre la pluma que pende del cañón compruebo que el aire me será favorable una noche más. Miro a mi alrededor y me recreo.<Que bonita es mi casa leche> <Con razón quiero que una vez palme esparzan mis cenizas por aquí, para no perderla de vista>. Es la hora de los pensamientos profundos. La hora bruja, la del lubricán donde el caminante no distingue al perro del lobo y le puede ir la vida en ello. Sobre todo si es un jabalí que viene con la tripa llena de pipas para bañarse en la charca. Miro a mi hijo y se me ponen los pelos como escarpias de la emoción, y la verdad no es para menos.

<Que pronto me has hecho viejo jodío, tan generosa es la vida contigo al dejarte medrar a tus anchas como cruel conmigo al retirarme sus auxilios de mi cada día más estropeado pellejo. Aquí de noche, en este pedazo de sierra donde guardo media vida, hoy sin duda la tengo entera porque estás aquí conmigo. Y que poco me vas a durar, pronto esas escandalosas urracas que te parecen las muchachas de tu edad se tornaran en bellas y voluptuosas “tortolicas”. Ansiosas de atraparte entre sus alas usando de añagaza su bello plumaje y su atrayente olor. Será entonces cuando yo sienta que mi tiempo ha pasado  y le darás a tu madre el mayor disgusto de su vida. Cuando te pasen los primeros ardores y el suave y delicado aroma de las hembras de nuestra especie ya no te nuble los sentidos volverás. Y lo harás para aspirar los perfumes que la noches de caza como esta están deseando embrujar a todos los que en lugar de vociferar por calles y bares prefieren su silencio y la quietud que nos brindan para nuestro deleite> 

Al rato me canso de aguantar la postura y decido encamarme, algo me dice que los cochinos van a tardar mucho en llegar. La roca es bastante cómoda para ser roca, solo tengo que adaptar mis costillas y mis huesos a sus sinuosidades. No tardo en encontrar la postura y entregarme a los brazos de Morfeo sin temor. Con ese nombre tan horrible es machote seguro y en sus brazos no corro ningún peligro.

Estoy de nuevo en el puesto a palomas de la tarde con mi hijo, reímos y hablamos de la caza y de la vida, hacemos planes sobre encontrar un coto cerca de casa en el caso de dejar este y sino también. Necesitamos cazar más a menudo, disfrutar de estos instantes irrepetibles entre los dos que a buen seguro jamás olvidaremos. Pronto comenzará a  pedir ocupar un puesto él solo porque intuyo ya le está pesando experimentar todas las sensaciones de un aguardo menos la de disparar sobre el jabalí, cazarlo el mismo …

Me despierto y me escurro hacía debajo de mi improvisada y pétrea cama para estar más cómodo, el chico no da ruido seguro que duerme, hambre dijo que no tenía de momento. Antes de pactar nuestro silencio me dijo que no pensaba dormirse pues el cielo estaba tan bonito que prefería contemplarlo hasta saciarse. Tranquilidad absoluta en la charca, seguro que hasta que los guarros no se pongan “púos” de pipas no entrarán y aún es temprano, <La que deben estar “líando”destrozando tortas de girasol>. Otra vez a planchar la oreja, esta vez “panzarriba” para deleitarme con los millones de estrellas que se hallan justo encima de mi cabeza para coronarme rey aunque sea republicano y por una noche.

Un firmamento secreto que solo yo conozco y al que poco a poco voy encontrandole nombre. Esa tan grandiosa, vetusta y sabia se llama doctor Félix y aquella que otros llaman polar que siempre está observándonos desde el mismo sitio y nos sirve de guía la llamo Taranis.

…Hemos intentado cobrar la paloma del río sin conseguirlo y el muchacho está visiblemente afectado por dejar un animal sufriendo,  habrá de asumirlo tarde o temprano. No es fácil para alguien que respeta la vida dejar una a medio acabar. Yo mismo sufro ese mismo mal, ya sea con una perdiz, una paloma o un pequeño zorzal. Le dejo la escopeta para que tire a una vaina vacía de las que lleva en su chaleco. Le dispara dos veces y apenas la toca. Dos torcaces aparecen de la nada y con un giro que me deja las vértebras trabadas me quedo con la más grande…

Todavía no estoy cómodo, más abajo aún. Antes de moverme compruebo que todo el campo es quietud para no espantarlo, allá abajo en la baña no se escucha ni un mirlo. Es raro que tampoco se oigan los tejones. De momento todo es silencio aparte de los chotacabras que croan sobre nuestras cabezas con sus vuelos kamikazes. Miro el teléfono bajo el edredón las diez menos cinco, aún es pronto. Que a gusto estoy aquí, ya quisiera el señor “lo moñaco” hacer colchones tan cómodos como es esta roca.

Ahora sueño que soy el “tio de la vara” y ando repartiendo estopa entre las turbas de políticos que asolan y arrasan nuestra piel de toro. Los azules cobran de lo lindo pero los “rosados” y alguno que se piensa rojo no se quedan con menos parte. Hay uno especialmente cabrón que se está riendo mientras la gente en la calle ”las pasa canutas”, pequeñajo, gafotas y con orejas de duende hasta parece que se burle de los que no tienen su misma suerte. Me voy para él pero se me escapa…lo alcanzo y le arreo…se va, ya no se ríe…otro estacazo. Joder no sé si esta parte del sueño será o no la fase REM pero me lo estoy pasando de cojones…

Aunque estoy lo suficientemente cómodo para seguir durmiendo por un rato el bullir de la charca me despierta. Escucho durante un minuto tal vez dos. Ningún gruñido y bastante estropicio no parecen ser propios de los gorrinos. Serán los putos tejones que acuden a confundirnos y a beber después de la pitanza. <El día que os declaren pieza cinegética las flechas de mi hijo os llevarán directos a una caldereta>. <Si, ese muchacho que ahora mismo está aquí conmigo, tiene un arco y  tantas ganas de daros caza como yo de probar vuestra suculenta carne>.  Me recuesto otra vez, coloco las costillas en su hueco y de nuevo caigo en un profundo sopor.

Por un momento me veo desde arriba, no es nada extraño para mi soñar que soy testigo de mis andanzas. Otras veces he sido espectador de mis peripecias mientras duermo y no es algo desagradable. Pero aunque me reconozco y sin duda estoy esperando a los cochinos, no voy vestido como hasta hace un rato. Me cubre la espalda una enorme piel de lobo con sus fauces abiertas a modo de  fiero tocado sobre la cabeza. En lugar de botas me cubro los pies con pieles de jabalí y tiras de cuero, mis pantalones de raído camuflaje son esta vez de rígido cuero toscamente curtido. Agazapado como estoy en este momento, pero despierto escucho los sonidos de la charca e intuyo por fin a los guarros. Frente a mí ya no hay carne en una fiambrera de plástico y una cantimplora con agua sino un trozo de salado tasajo de ciervo y una calabaza con una caña por tapón.  A mi derecha el rifle ha sido sustituido por una gruesa, pesada y afilada lanza de roble. Los cochinos salen al rastrojo y los escucho perfectamente a mi derecha. Mi brazo se prepara, siento la tensión en todo el cuerpo y  me incorporo parcialmente blandiendo la lanza, dispuesto a ensartar al primero que se atreva a cruzar por delante, por el estrecho que hay entre el rastrojo y el barranco. Ahora los oigo perfectamente están bajado la cuesta a quince escasos metros, gruñendo, resoplando y al parecer algo contrariados…

El sueño que me tenía en sus garras bien sujeto desaparece por completo, el instinto lo disipa al escuchar la piara. Por un momento he mezclado el sueño con la realidad y los cochinos han hecho acto de presencia. Los oigo a muy pocos metros a mi derecha no más de veinte, tras las aliagas. Escucho uno por delante que se acerca al paso. Gruñe tan fuerte que parece que esté justo delante de mí, pero delante mío solo hay vacío. Empuño el rifle sin hacer ruido y miro hacia abajo, los veo perfectamente negras sombras que se mueven trotando por  el rastrojo. O es ahora a nunca, al menos uno o dos ya han cruzado el paso y están tras las rocas fuera de mi alcance. Tumbado en el suelo el apoyo es muy firme y la distancia aún siendo de noche no es muy larga. Me echo el visor a la cara mientras apunto al que en ese momento cruza frente a mí, a la derecha hay otro que le sigue un poco más atrás. Veo el bulto en el visor perfectamente y enciendo. El animal da un respingo asombrado y se queda clavado en el sitio al mismo  tiempo que le disparo.

La patada del .300 que recibe es tan brutal que lo tumba patas arriba al mismo tiempo que estalla la noche en mil pedazos de estrellas. Escucho al de mi derecha correr sin atreverse a traspasar el haz de luz, sin duda ese ha aprendido una lección que en días venideros puede salvarle la vida. Sin quitarle ojo al vencido, veo como patalea y le mando otra “píldora” directa a la cabeza. Pero fallo, por falta de cálculo del desnivel el tiro ha quedado alto. Un gruñido agonizante y tétrico me anuncia que no se va a escapar, mientras a lo lejos escucho un ruido extraño y dirijo mi arma hacía él. Nada, esta vez sí será un tejón. Temen poco a los disparos, el año pasado tire un cochino mientras uno comía a diez metros y ni se inmutó. El chico se incorpora y me pregunta si está muerto. Le digo que está sufriendo porque patalea y pienso en bajar por las piedras a rematarlo con el cuchillo. La bajada es escarpada pero nada del otro mundo y el cochino está casi muerto. Le enfoco de nuevo y veo que apenas se mueve, el tiro ha sido un poco alto pero mortal. Dos patadas más y expira, nos damos un abrazo y lo miramos sin creérnoslo todavía.

Todo ha transcurrido en apenas treinta segundos. Recogemos trastos y los cargamos en el coche. Mi hijo quiere hacerle un rastro al perro pero me parece demasiado indigno arrastrar el cuerpo del animal. Después de haberlo hecho sufrir unos segundos que se me han hecho interminables no pienso mancillar su noble cadáver con ninguna maniobra más. Es más estoy bastante turbado y solo tengo ganas de acercarme para cogerlo, tomar contacto con él y así pedirle perdón como siempre hago. Una vez abajo soltamos a Aquiles que poco tarda en gemir, gruñir y tomar posesión de la pieza como si la hubiera abatido él. Le hago un vídeo para enviar a mis amigos lo toco y siento que me perdona.Es la ley del monte, de la sierra, de la vida, una presa que recibe una muerte digna y necesaria para el campo y su especie a manos de un cazador. Lo cargamos y volvemos a casa para destriparlo antes de acostarnos, en mi cama al lado de mi esposa. Si no fuera porque está ella  hubiera preferido ver llegar el alba acostado sobre la roca. El contacto directo con la tierra me reconforta, me acerca todavía más a  mis orígenes y Maese Lorenzo cuando aparece por estas tierras es todo un espectáculo.

Mi hijo es todo un torrente de alegre y alocada información. De entre sus atropelladas palabras y peregrinas hipótesis saco la conclusión más coherente y coincidente con lo que he escuchado, visto y sentido. Primero los ha escuchado bañarse en la charca, rebozarse de barro y cruzar el arroyo aplastando el carrizo gruñendo y haciendo un ruido de mil demonios. Después mientras yo dormitaba los jabalíes han subido hasta el camino y al cortar nuestro rastro se han dado la vuelta alarmados y refunfuñando. Entre idas y venidas ha tenido una piara entera un rato a menos de veinte metros. Le pregunto si había tenido miedo y me responde que un poco. Conoce la profundidad de mi sueño y por un momento pensó que se nos echaban encima. Dice que en cuanto me vio coger el rifle se le paso del todo. Le sonrío y le tranquilizo, aunque ya no es necesario. Con la alegría del lance tiene bastante  y una vez en casa hace los honores de entrar arrastrando el jabalí en el porche.-Sabes Lobaco, cuando le vi los ojos brillar me llevé una alegría, pensé que tenía colmillos, con las ganas que tengo de hacerme un llavero- Le prometí regalarle las próximas defensas que consiga sino son muy grandes.- Porque no sé si sabrás que el tamaño no es indicativo de la edad ni del trofeo-.Después de esta lección de valor e inteligencia no he tenido más remedio que aguantar la emoción y dedicarle este relato.Gracias hijo por encontrar tu verdadera esencia siguiendo los pasos de tu padre.

Antes de dedicarme a la caza mayor sentía gran emoción cada vez que abatía una pieza. Ganar la partida a un animal salvaje en su medio, cuanto más difícil más gratificante resulta. Solo sin ayuda de nadie, con lo que iba desgranando y aprendiendo de mis experiencias y de la literatura. Pero cuando comencé en serio con las esperas y logré integrarme en el campo me di cuenta que había subido varios peldaños de mi humilde historia cazadora. Una cosa es “estar” y la otra el “ser”, sin duda un nivel superior donde apreciar la inteligencia de los animales y mucho más duro a la hora de acabar con ellas pues se parecen demasiado a nosotros. Lo de respetar las presas ya me viene de antes.

Ahora cada vez que consigo vencerlas con mi poca experiencia pero con la fuerte ayuda de mi instinto, no solo siento una grandeza nunca experimentada, sino que pienso firmemente que he nacido para esto. Lleve siete guarros tirados, cinco muertos en el sitio al primer tiro y dos fallados por culpa de unos nervios que creo haber conseguido atemperar. Ni de lejos pienso que no llegará el día que hiera o pierda una pieza pero si que seré capaz de resolver la situación sobre la marcha. De la misma forma que estoy aprendiendo a cazar en los pasos leyendo lo que veo en la tierra y siguiendo la corazonada que impulsa mi instinto. De momento salgo ganando.

 

 

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