Publicaciones etiquetadas con: hideputa

El fantasma de la lluvia


Este ha sido uno de mis últimos aguardos, tan emocionante, peligroso y real como para ser narrado.

Al pie de una preciosa loma, de cara a una baña y por desgracia demasiado cerca de la salida del cochino.

2015-09-19 09.31.53

Por el zapato que gasta y los “soplios” que daba el bicho merece la pena. Un montón de kilos de carne, una hermosa y recia piel además de unas defensas que seguro aprovecharán para algo bonito.

 

2015-09-19 09.34.50

Aquí tenéis el relato mis fieles seguidores, he vuelto a por él y no apareció esperemos la próxima vez repita la suerte del primer día aunque caigan chuzos de punta y se desplome el cielo sobre mi cabeza.

 

______________________________

 

-¡EL LOBO! ¡EL LOBO HA VUELTO!¡ALLÍ JUNTO AL BARRANCO ESTA APOSTÁNDOSE PARA MATAR!-

Los histéricos ladridos del corzo llenaron la quietud del monte los minutos previos al ocaso, mientras el cielo se preparaba para descargar a jarros sobre la tierra su liquido y puro tesoro. La noche, esa noche húmeda y templada a punto de caer presagiaba una tragedia, una tragedia de lo más mundana en por aquellas sierras. El monte, el viento y la luna que de normal eran propicios a las presas acordaron que esa noche le había llegado el turno del cazador. Este miró al corzo sin inmutarse al tiempo que le perdonó la vida sin razón, aún así estaba allí para cazar.

<Lluvia, lluvia impertinente y cansada que traída por el frío y áspero viento terminará por mojar todas mis cerdas desde la cola hasta la jeta. Que placer desprenderse del calor de esta manera aunque después de ofrecerme un buen atracón de pipas pienso llegar a la poza y darles un buen masaje de barro. Ese corzo cobarde con el alboroto que ha organizado me las ha puesto de punta el muy canalla. Cualquiera diría que el hideputa del lobo ese es mucho más listo que yo y hasta capaz de darme muerte. Llevo tantos años esquivando a los hombres, sus perros, sus maquinas, lazos y añagazas que no voy a inquietarme a estas alturas porque un lobo ande acechando en mi zona de careo. Los corzos son tan exagerados, debe ser porque su largo pescuezo los delata en cualquier siembra mientras que nosotros mucho menos ágiles, mas grandes y pesados andamos por donde queremos sin llamar la atención. Me apuesto mis negros cataplines contra su regia y cursi corona a que me harto de pipas y el lobo ni me barrunta. Soy capaz de acercarme por detrás darle un gruñido que lo hará saltar de su atalaya y largarme después escojonao perdío.>

Mientras el cochino se decide a bajar de la loma, bajo el tupido manto de entristecidos girasoles el cazador ha sacado el rifle de su maleta y envolviéndose en su pesado manto se ha hecho invisible, ha desaparecido en el mar de pipas.

Comienza de nuevo a llover, con fuerza golpeando las gachas cabezas de los carasoles arreciando la polifonía del campo. Sobre su cabeza se abre un pasillo de nubes que empujan la tormenta hacia el norte respetando su postura. Los truenos estallan muy cerca y las luces iluminan el campo con cada relámpago de una manera tan lúgubre que parece un bombardeo. Aún estando en medio no hay peligro alguno porque el aire esta noche además de ocultar su olor se llevará la tormenta muy lejos, eso sino cambia de idea. Hace pocos días que levantó el puesto por culpa de la tormenta pero entonces su cachorro le acompañaba y es demasiado valioso para ponerlo en peligro, pero esta noche está solo y la caza se presenta difícil. Intuye que es una prueba y debe superarla con nota así que un rayo resultará demasiado poco para obligarlo a desistir.

Tímida, sutilmente, la luna asoma vergonzosamente por un costado de la inmensa boina de oscuras nubes que cubre al cazador. No se aprecia siquiera una estrella, espera verlas por algún claro del cielo con la esperanza de que el aire lo lleve hasta él. Pero Maese Ostro tiene otros planes y de momento llueve, le acaricia la cara y le susurra que aguante firme, como suele hacer.  

Un golpe sordo, una carrera segura y cercana le advierte al cazador que ha llegado la visita. A unos diez metros a la derecha se eleva un enorme majano que el tiempo transformó en húmedo.Todo él alberga una tupida junquera y en ella se ha refugiado el marrano que se mueve a su antojo dentro de ella. Va y viene por sus gateras removiéndolo todo, poniendo patas arriba cada una de las hierbas y las piedras que a su paso encuentra. La espesura le cobija por eso cuando sale por uno de sus lados aspira el aroma mojado de la noche para deleitar sus sentidos y asegurarse que está solo.

Continúa careando y formando escándalo, el cazador ya sabe a quién se enfrenta por sus maneras y modales. Pesado, fuerte, tosco, desconfiado y seguro de si mismo es un animal viejo y solo. Baja por el barranco que flanquea la junquera y se detiene muy cerca del cazador. Este le escucha, le siente muy cerca a su derecha un poco más bajo que él. Justo al volver lentamente la cara repara en su error. La hierba que bordea el cauce esta aplastada a tres metros escasos de su atalaya delatando la trocha por donde saldrá el animal si se decide. Está en un claro de la siembra de carasoles, al descubierto con la luz suficiente para que el animal lo descubra a una distancia tan escasa. El corazón le da un vuelco cuando le escucha sorber de nuevo el aire y su mano bajo el pesado y adusto ropaje retira silenciosamente el seguro del arma. Se tensa sin mover un solo ápice su postura y sus facciones, si sale será difícil intentar un tiro rápido desde la cadera pero confía en algo mucho más sabio que él, su instinto. Tras un interminable momento que al cazador se le antoja un siglo el jabalí no ha salido.

La lluvia ha concedido una ligera tregua y la bestia debió creer que precisa de su amparo para salir al claro donde las negras simientes no alcanzaron a cuajar la vida. Donde sin duda sería un blanco fácil para cualquier enemigo suyo. También pudo ser que diferenciara el sonido de las gotas golpeando el maletín portarifle de manera distinta al girasol, un sonido desacostumbrado por aquellos lares. El cazador se relaja un poco sin distraer su oído de las evoluciones del suido centrando a la vez su vista en la charca que tiene frente a él. Ahí espera abatirlo, a unos veinte metros frente a su postura, porque le gusta sentirlos cerca y porque por mucho que llueva el trasegar del animal ha de resultar inconfundible.

De nuevo la lluvia y un ligero cambio de postura para empeorar las cosas y reparar que el mando de accionar el foco al mínimo roce se enciende a su antojo. No ocurre nada extraño por ello, un destello blanco en mitad de la siembra bien puede pasar por un relámpago, mejor dicho cuatro. Caprichosos los cambios  del aire, ahora traidor sopla terciado hacía el cazador llevándole de lleno la tormenta. La tregua ha llegado a su fin, el viento cambió de idea, de igual forma que el agua arrecia y impide escuchar cualquier sonido. El cazador sigue inmóvil a pesar que llueven bombas de nuevo, los rayos se acercan y los truenos pretenden acobardarlo sin conseguirlo. Ni siquiera ha sacado la mano de su embozo para salvar el bocadillo que su esposa le preparó y ahora yace a su lado medio empapado sobre su mochila. Mas lo siente por estropear el esfuerzo de ella que por quedarse sin cenar. Esta es su noche y tiene la oportunidad de demostrarse a si mismo que es capaz de abatir un verraco como el más curtido de los Aguardistas. A ellos debe mucho de lo que sabe y a ellos lo dedicará si consigue abatirlo.

Barranqueando el jabalí ha vuelto ha colocarse esta vez a su espalda, le rebasa y continúa hozando hacia abajo. Sube a la siembra de la otra orilla y se detiene. Le está mirando, el animal observa por momentos al cazador que bien puede parecerle un viejo apero olvidado o un montón de alpacas cubiertas al resguardo de la lluvia. No recela y vuelve a subir por el barranco hasta su trocha. De nuevo la tensión, los dedos apretando el arma y el codo presto como resorte dispuesto a liberarse del ropaje de un simple y veloz gesto. No sale el gorrino, en lugar de ello sube a la otra orilla y desde la siembra da un respingo y sale arrollando la vegetación que encuentra a su paso. Sin duda el aire ha llevado los efluvios del predador hasta su jeta y ha barruntado peligro, el mayor peligro de todos los que hay por aquellas tierras.

El cielo ha cesado su llanto y el jabalí se ha alejado, poco alarmado para gruñir pero lo suficiente para poner tierra  y agua de por medio. El aire torna rumbo norte y el cazador está dispuesto a aguantar otro rato más. Quizá no sea el sitio más cómodo del mundo pero es su sitio de eso no tiene duda. En mitad del campo solo,dueño de su destino y si regresa del gran señor de aquel monte, libre como pocas veces un homo sapiens puede sentirse.

Otra vez la lluvia que esta vez vuelve a caer con fuerza y señala al cazador que es la mejor hora para retirarse. Con su musical cadencia cubrirá sus pasos y borrará sus huellas. Este se incorpora y blandiendo su fusil arrasa con su faro el mar de gigantescas flores que le hace isla anegandolo por los cuatro costados. Busca el brillo verde de unos ojos que le ayuden a encontrar su presa entre tanta negrura, no los descubre. Emite un gruñido y baja el arma, recoge sus trebejos, coloca su manto sobre su cabeza y hombros para protegerse, para descomponer su delatora figura, dedica unas palabras quedas y se marcha.

Esta noche has ganado tú, la próxima vez veremos-.

Desde lo alto del monte el jabalí ha podido observarlo todo, con las cerdas de punta ha visto la luz barriendo las siembras buscando en vano su cuerpo para matarlo. También como con el apretón de agua ha desaparecido en la nada arrollando a su paso cada metro de pipas que entraba a su alcance. Allí a lo lejos todavía le ve entre las lluvias su tétrica silueta barrer las siembras  con la luz de cien lunas.

<Maldito corzo sarasa y cobarde, eso no es lobo ni hombre siquiera, es la propia muerte enmascarada. Es invisible cuando espera, no tiene rostro, solo su ácido y acre tufo a plumas, chuchos y lavanda lo ha delatado en el último momento.Cuando acecha no hace ruido, ni se mueve, no esperas encontrarlo tanto tiempo después del ocaso y lo peor no teme acercarse a nosotros porque no es de este mundo. Es un fantasma que seguro volverá y matará sin piedad con su palo de cien lunas.>

Poco a poco, con el cuerpo descompuesto y las cerdas tan hincadas por el miedo que ni la densa lluvia es capaz de acurrucar, el cochino retoma cansinamente su vereda. En el fondo de su corazón espera no tener que volver a ver al fantasma de las cien lunas pero en el fondo sabe también que volverá. 

 

    Continuará.

Categorías: vivencias | Etiquetas: , , , | Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: