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La Espera al jabalí.


Si tengo que decantarme por una modalidad de caza la espera es mi favorita por lo difícil, lo ancestral y porqué no necesito la ayuda de nadie para el triunfo o el fracaso. Soy Cazador solitario, me gusta componérmelas solo y a la hora de la verdad estaremos los tres solos, la noche, el Jabalí, y mi instinto.

Cazo sin casetas sin mallas ni cebos, en lo salvaje, en las siembras, bañas y pasos a base de leer rastros y hacer cábalas con los distintos indicios que encuentro escritos o dibujados en el campo.

 

 

>Ensamblando las piezas que el monte te va ofreciendo a poco que entres en su mundo te servirán para montar el rompecabezas del que dependerá el éxito o el fracaso.<

 

 

 

 

 

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Lo primero es airear bien la ropa, desde el día anterior la saco del armario para extenderla, con las sillas. Con las botas hago lo mismo sino me las calzo a primera hora para comenzar a orearlas pisando monte.

Como suelo madrugar lo primero será un desayuno recio para ayudar al cuerpo a llevar la mañana y dar tiempo de sobra a los bichos a encamarse.

 

 

 

 

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Cosa de poco, algo de embutido, lo sobrado de la cena y lo nunca me falta un poco de la careta del primo doméstico del Jabalí. A veces también como verdura en forma de aceituna o guindilla.

Tras el café y antes que Lorenzo “se pase de calores” toca salir en busca de rastros en todos  puestos que cazo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una vez visitados llega la fase de eliminación, los primeros serán los que no hayan tenido visitas recientes. Siempre teniendo en cuenta la parte más importante de todas, el aire y sus puñeteros vaivenes que pueden dar al traste con la mejor de las estrategias.

El día pasa demasiado lento una vez se tiene la decisión tomada, lo mejor emplearlo en algo útil y entretenido al tiempo. El época de setas está decidido de antemano pero en verano con calor el monte no conviene andarlo. Además no saber que paraje poder pisar y dejar rastro por si el aire cambia y ha cambiarse el puesto.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mejor sacar “La bestia negra” de su funda y hacer unas cuantas dianas mientras doy un par de vueltas a la caldereta que preparo para la comida. Lentas pasan las horas mientas la mente divaga y recuerda lances pasados en el mismo puesto, mientras se barajan hipotéticas sorpresas  en las conductas o querencias del jabalí.

La hora de ponerme siempre la cálculo por la caída del Sol nunca por el reloj del móvil, el de muñeca hace más de treinta años que aguarda inútilmente en el cajón. El móvil está pendiente de hacerle compañía pero de momento me hace falta.

 

 

 

>No es difícil valerse de las humanas y naturales aptitudes que vuelven a nosotros una vez nos deshacemos de modernas e inútiles ataduras<

 

 

 

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Cuando se acerca el ocaso sino antes cargo el coche repasando todos y cada uno de los útiles que he de llevar. Los perros nunca faltan a la cita porque si se da bien la noche serán los primeros en tomar posesión de la pieza. Mientras yo lo intento se quedarán en el coche a más de un kilómetro por si les da por ladrar.

                        LA      CAZA

 

 

Una vez en el sitio todo acompaña para componer un plácido remanso de paz, un regalo para los sentidos. La sensación de tiempo, de civilización, la prisa y el stress desaparece cuando vuelvo a sentarme en mi puesto que para mi es mucho mejor que el sillón de mi casa.  Todo se los lleva la brisa sin dejar ningún rastro si he acertado con mi posición y puedo burlar las jugarretas del aire.

 

 

 

 

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Ese aire montuno, caprichoso y Serrano que unas veces se esmera en descubrirnos por tapados que estemos y otras hace justo lo contrario por enmascararnos aunque estemos sentados en un raso. Ese mismo aire lleva entre sus brisas a la rana voladora; es como yo llamo al chotacabras gris (Caprimulgus europaeus). Una especie de hibrido entre vencejo y halcón que agradable y etéreamente te sorprende y saluda cada vez que sobrevuela tu postura rozándote el sombrero.

 

 

Cuando toda la luz se marcha y la oscuridad cubre por entero el rostro de mi mundo todo a mi alrededor vuelve  a cambiar para volverme a sorprender. Para volver a recordarme que estoy de nuevo “en casa”, en mi asiento preferido a pesar que lo ocupe muy pocas horas al cabo del año.

Es ahora cuando las gentes del campo ya no recelan mi presencia, algunas como los tejones (Meles meles) me conocen desde hace tiempo. Les alimento con el escaso pan que le sobra a mi bocadillo o alguna barrita energética olvidada y revenida en el fondo de mi mochila. Tienen una piel bonita, son bulliciosos y hace mucho que dejan de confundirse sus guturales “tamboriles” con los gruñidos del jabalí.

Cuando la luna sale y toma altura bañando mis soledades con su luz vuelve mi monte a ser el mismo de siempre, a cobijarme entre sus marañas y riscos para permitirme volver  a ser el que siempre fui. Una vez más me reconforta encontrarme justo donde quiero.  Es entonces cuando escucho un ruido justo bajo la sombra del pino que crece muy cerca de la charca sirve como rascadero y refugio a los suidos.

 

 

 

 

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Es el momento cumbre de la Espera y de la noche, la quietud se diluye, la mente entra en un trance de sosegada calma potenciando al máximo todos los sentidos para esperar acontecimientos.

 

 

<-Ya estás aquí y hace rato que te espero.->

 

 

El animal escucha, el hombre escucha, nada salvo el gran fantasma del búho real (Bubo bubo)  interrumpe la atención de ambos. Se ha descolgado sin el mínimo roce desde lo alto dejandolos boquiabiertos, cayendo justo en medio del rastrojo para atrapar un roedor que chillando entrega su vida muy a disgusto. Tal como vino se funde, se diluye en la noche y la partida continúa entre los dos contendientes, Cazador y presa que no por ser antagónicos son necesariamente enemigos.

Ya ha pasado más de una hora en silencio y sin embargo el jabalí sigue ahí, un mecanismo interno así lo dice y es menester hacerle caso. Espera un error de su contrario porque se sabe presa y entiende que tras cada mata puede haber un predador. Sabe también que se juega el pellejo en cada paso, que debe salir al descubierto, a la clara y delatora luna para llegar al desparasitador y fétido barro. Otra hora pasará sin dar señales, mientras el Homo Sapiens se esfuerza en cambiar su anquilosada figura sin hacer ni el más mínimo ruido.

 

 

 

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Y la luna que ya ha alcanzado su cenit es todo fulgor, una claridad y apabullante como delatora. La cercanía es tal que cualquiera de los dos podrán verse y delatarse con un solo movimiento. Los tejones hace rato que no salen del cobijo del barranco, hasta los ratones de campo (Apodemus sylvaticos) se han emboscado a mi espalda entre las matas por donde les escucho trasegar. Con o sin luna la vida continua en el corazón del monte que late por todos lados llenando de vida la noche y de Paz a quién la disfruta.

Cinco horas después la luna ya se ha ido y todavía quedan algunas mas para que Lorenzo asome entre los dientes montañosos que al este despuntan por la sierra. Un par de sordos y quedos ruidos se han escuchado bajo el pino y anuncian el pronto desenlace. Mientras la oscuridad lo cubre todo, cuando ya no es posible ver más allá de tus pies o tus dedos. La quietud del monte se ve rota por el leve susurro que producen unas negras pezuñas hendiendo una tierra dura y fría.

 

 

 

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>No puedo verte pero te escucho y vienes derecho hacia tu muerte<

 

 

 

 

El jabalí (Sus scrofa) abandona la protectora sombra del pino con un suave pero firme trotecillo, se mete en el agua, bufa, placenteramente gruñe y hunde la jeta en el barro. Hozando recorre la intrincada charca recogiendo algunos moluscos y raíces que masca con fruición y glotonería. Mientras tanto una oculta y tétrica figura le observa, le sabe ya perdido, se recrea en sus movimientos y agradece una vez más la suerte de haber encontrado su lugar en el mundo.

La fantasmagoría que las ramas recortan en el horizonte son lo único que se intuye desde que se fue la luna y la noche alcanzó una nueva dimensión. Solamente se escuchan los gozosos gruñidos del suido y su trajín mientras se revuelca disfrutando su último baño. El Cazador levanta su arma mientras su corazón se acelera tanto o más que nunca como queriendo salirse del pecho respira hondo mientras toma puntería.

Cuando el animal sale del charco se sacude entrechocando sus orejas con un sonido tan fuerte y característico que llega al cazador apostado apenas veinte metros del agua. El rifle se tensa y una luz equivalente a diez mil lunas alumbra al jabalí como el protagonista del drama en el teatro de la noche. Un trueno destroza su negra calma poniéndola del revés, delatando a quién ya no necesita esconderse porqué su trabajo ha terminado. El gorrino tumbado de costado expira sin más agonía que tres escasos segundos ni más pena que la de haber vivido y muerto libre.

La espera ha terminado, ahora empieza lo más grande, descargar la tensión de los últimos minutos y traer el coche con los perros. Ellos saben muy bien lo que han de hacer para hacerlo suyo y lo que disfrutará el cazador viéndoles morder un animal al que ya no pueden hacer daño. Hoy no rastrearán pero otro día si por desgracia el tiro no es del todo certero y el animal escapa malherido habrán de perseguirlo y cobrarlo.

 

No siempre cazo con rifle, ni siempre tengo la suerte de conseguir vencer a mi presa. Otras la noche, la caza y el arma se vive de manera distinta.

 

Caminando entre bestias II

 

Otras veces cazo en los pagos de algún amigo en sus puestos con cebo.

 

La Luna, el cochino y la montaña.

 

 

 

 

 

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Esta fue una tierna jabalina y el lance ya está escrito.

 

 

 

El Lobo acecha hasta cuando duerme

 

 

 

Una vez en casa queda el trabajo más sucio pero también más respetuoso de despiezar al animal y guardar su carne. Todo un ritual donde nada se tira y los perros también tienen su parte.

Despiece de jabalí.

 

 

 

 

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Seguro que comprarla saldría más barato, menos esforzado y mucho más moderno. Pero yo no lo cambio un solo costillar de mi jabalí por todos los solomillos de Kobe del mundo.

 

 

 

 

 

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