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Cartas a un Ecologista.


Primera Carta.

Aunque en estos momentos no pueda ver tu cara imagino que el desconcierto y la duda te embargan por completo. Haciendo un esfuerzo  intento calibrar tu confusión  llegando a la conclusión  que no das crédito a lo que están viendo tus dos ojos. Creo que abrirás el sobre con cautela, desconfiando al máximo de tu declarado enemigo que al parecer tiene algo que decirte, cuando tan convencido estabas que entre tú y él está todo dicho.

No temas no es mi intención incomodarte, de vez en cuando “le da a uno un aberrunto” y había pensado que tal vez tú y yo podríamos intercambiar pareceres durante un rato, a través de una imagen y de la imaginación.
Dentro del sobre hay una foto dedicada, es para ti,  simplemente un regalo mío y no pretendo con ello caerte en gracia, ni siquiera justificar lo que hago. No me hace ninguna falta ni lo uno ni lo otro, solo quiero intentar que visualices un par de cosas que de otro modo seguramente te hubieran pasado desapercibidas. Quizá la propia carta hubiera terminado en la papelera dedicatoria incluida.
Coge la foto mírala detenidamente, haz un gran esfuerzo, traga saliva si quieres, abstráete por un momento de la realidad. Ese que posa con el gran ciervo a sus pies soy yo, EL CAZADOR.

Ya está todo dicho, visto, juzgado y sentenciado soy un puto asesino, un ser despreciable y vil que no tiene escrúpulo alguno en matar un magnífico animal a sangre fría solo para divertirse. Un abyecto personaje que caza sin haber motivo ni razón para ello, con la única finalidad de saciar su sed de sangre cuando hace ya muchos años en los que no hace falta matar para sobrevivir. Además me sirvo de un perro, al que seguramente obligo a ayudarme en mi repugnante labor a la que tengo la soberbia y la desfachatez de llamar deporte.
Unos ojos alejados de la realidad rural  verán esto o poco más. Debe ser difícil de asimilar que haya otra realidad más allá de la gran urbe.  Acostumbrados al macilento gris del hormigón y al acre tufo del asfalto, a ver a los animales encerrados y “felices” libres de todo peligro en zoológicos en lugar de muertos y abiertos en canal preparados para hacer embutidos. Esos perro atados, bañados, perfumados y pulcramente peinados tratados como “personitas” deben parecerte sin duda el paradigma de la felicidad y el respeto animal.
Para una mentalidad moderna que tal vez piensa que las lechugas deberían cultivarse en macetas y los conejos en el campo comer y copular hasta hartarse en lugar de servirnos de alimento. Para alguien que posiblemente no haya tenido contacto con la muerte debe ser poco menos que imposible visualizar un mundo donde la principal ley que impera es la de matar o morir, comer o ser comido. La muerte no es estética, ni bien recibida por nadie pero si necesaria y no precisa de ser justa le basta con ser real.
Estás en tu derecho de no comer carne o no matar con tus propias manos, pero yo que no pienso igual que tú también estoy en el mío al hacerlo. Con ello no pretendo otra cosa que la de asegurar una muerte rápida y digna a los animales que como y la única forma que tengo es hacerlo yo mismo. Te sorprendería lo rápido que mata una bala, unos perdigones, una flecha incluso el propio cuchillo de un CAZADOR mucho más certero que el del matarife aburrido y malpagado o la caldera hirviente del matadero donde caen los cerdos estando la mayoría todavía con vida.

Una simple cuestión de principios y de respeto a la vida, por  contradictorio que pueda parecer.  Supongo que estas alturas no me veré en el compromiso de explicarte que la vida está llena de contradicciones, con tu edad ya deberías haberlo aprendido.
Tampoco voy a caer en la táctica facilona de llamarte pusilánime por no atreverte a matar o por ser fácilmente impresionable.  Ni encasillarte en determinadas tribus urbanas que son propensas “al porro y al litro.” Ni  buscaré la manera de contarle cinco pies  al gato con el fin de arrastrar por el barro todas las cosas en las que crees. No es mi estilo, ni  me hace falta porque el gato hace tiempo que anda cojo con trazas a quedarse minusválido.

Mi pensamiento liberal y tolerante  me impide investirme del derecho de insultar a otra persona solo porque piense o actúe de manera distinta a la mía.

Sigamos con la fotografía. Que rostro más alegre luzco, todo ha salido perfecto, he conseguido una gran pieza y estoy realmente contento…¿Tú crees? ¿Acaso no ves algo extraño en el rictus de mi sonrisa y una velada sombra en mis ojos?

El forzado posar para la foto me obliga a disimular pero hay algo que nace de dentro que intenta pasar desapercibido por más que te esfuerces. Mi felicidad jamás podría ser completa porque arrebatar una vida siempre tiene un precio, más elevado cuanto mayor es el animal y más cercano está a parecerse a nosotros y créeme que este venado se parecía demasiado.
Mira ahora como agarro firmemente la cuerna con las dos manos, no se resbalará. Con mucho respeto intento mostrar a la cámara todo el esplendor de la madre naturaleza encarnada, resumida, condensada en un precioso animal.
Si fuerzas algo más la vista y estrujas otro tanto las neuronas podrás vislumbrar el agujero del certero balazo que recibió, acabando con él en un suspiro y evitando cualquier sufrimiento. Tampoco existió la posibilidad de que huyera herido para  terminar agonizando en mitad de la nada, de haber tenido la más mínima duda me hubiera abstenido de tirarlo.  El destrozo en la canal no será excesivamente grande, sin duda el principal trofeo además del recuerdo será su suculenta y nutritiva carne. Los cuernos también los guardo pero solo servirán para recordarme el lance, hacer el mango de algún cuchillo o cualquier otro útil que se me ocurra. Ahora mismo prefiero las proteínas. Antes de hacer la foto lo coloqué con cuidado, sin dejar nada al azar recogiendo las patas para darle un aire más flemático. Estirando el cuello para resaltar su majestuosa cabeza y escondiendo la colgante lengua para evitar cualquier desafortunada mueca que pudiera resultar grotescamente cómica. 
¿Y el rifle? ¿No debería empuñarlo para hacer más ostentosa mi gloriosa fotografía? Podría, pero no lo hago porque el protagonista es el ciervo no yo. El arma solo es un actor secundario y está donde debe descargado, limpio y a buen recaudo. Una herramienta de la que me valgo, un bello artefacto nada peligroso si se usa con prudencia, ni Santo, ni Demonio.
Mi perro como ves está pletórico, ensangrentado hasta los bigotes y resollando todavía por la lucha y la emoción de haber vencido a un animal que le supera en tamaño y fortaleza. Por mucho que te esfuerces no hallarás una sola huella de maltrato en su piel, perderás el tiempo. Las cicatrices que luce son el resultado de bregar en el monte y estoy seguro de que está tan orgulloso de ellas como yo de las mías.
Algo que se escapa a la fotografía por quedar oculto es lo abultado de mi cartera. No está llena de billetes como sin duda me gustaría. Los pocos que habían han servido para pagar un montón de tasas y papelotes del todo inútiles pero necesarios para cazar legalmente. Lejos de garantizar la sobrada experiencia y prudencia en el uso de las armas o la ética y nobleza del cazador son obtenidos a base de “aflojar la mosca” y de superar pruebas que rayan en la ridiculez. Molestan y hacen demasiado bulto.

Te sorprenderías si supieras cuantas lenguas viperinas aprovecharían la menor ocasión para descalificarme basándose en algo tan insignificante como un gesto desafortunado. Para recalcar en la noticia una ostentación que no existe o la zafiedad de una burla. Tampoco salen en la foto las trabas que los cazadores sufrimos a diario para practicar una afición legal y sobradamente costeada con nuestro esfuerzo. Que es vital para mantener el equilibrio natural y mantener a raya los daños a la agricultura y accidentes de tráfico.

De la desfachatez con la que se nos suele tratar ya hablaremos más tarde.

Ya ves lo que puede dar de sí una luctuosa y grotesca fotografía, pero antes de continuar quiero darte un par de datos sobre mi persona para que puedas conocerme algo mejor.
Al igual que tú crecí en un barrio obrero a las afueras de una gran urbe. Por suerte de chico jugué entre huertas y acequias fui testigo de los últimos usos tradicionales de labranza con animales de tiro y arrastre, de las ancestrales técnicas de mimar más que trabajar la tierra con las manos regarla con sudor y abonarla con estiércol. Cuando todo aquello desaparecía bajo toneladas de ladrillos y hormigón, bajo el venenoso plástico del infame invernadero, cuando mi destino como un apocado y gris urbanita parecía estar escrito, tuve la enorme suerte de tomar contacto con mis raíces ancestrales.

Volví al Pueblo por la matanza, esa tradición que entremezcla sin enturbiar la muerte con la alegría. La antaño prometedora celebración que aseguraba el sustento para varios meses, sin duda algo grande en otro tiempo en el que no podía haber mayor satisfacción que llenar la panza. Esa juerga cultural mitad sacrificio mitad culinaria que lleva aparejada al júbilo de la gente el finiquito del desdichado gorrino.

Qué cantidad de aromas de colores, de sensaciones y sabores que descubrí en ese viaje. Mi infantil cerebro no daba abasto a asimilar todos los estímulos y emociones que le bombardeaban sin darle tregua.
Burros, ovejas, perros por doquier, gallinas, gatos y pollos por todas partes, pájaros, conejos y corderos  a los que abrazarme para mi regocijo y la desesperación de mis progenitores. Las pulgas si recibieron con alegría mi infantil  cuerpo para encontrar un cálido cobijo de aquel lejano enero.
A media mañana del Domingo volvieron los cazadores con su botín, cuatro guarros y un zorro. Toda la gente de la plaza los recibió con alborozo, se aviaron los animales entre risas, tragos de vino, pan recién hecho y anécdotas. Se frieron en la misma plaza para todo aquel que quisiera llevarse a la boca un pedazo de los aromas de aquel lugar recóndito de la sierra en forma de tajada. Yo extasiado corría entre la gente que se preguntaba de quién era aquel chico que bullía y desenvolvía con soltura y masticando grandes pedazos de rústico pan recién hecho  y correosa carne frita.

Asimilando todo cuanto podía, entorpeciendo más que ayudando pero tan alegre como integrado en el ambiente. Sin duda había encontrado mi sitio. Aquella improvisada fiesta que mi pequeño cerebro no tenía noticia hasta entonces y que ese instinto que solo poseen los niños me hacía intuir que a pesar de parecer habitual tenía un fondo mucho más trascendente. Ni más ni menos la que tenía, tuvo y tendrá la llegada de los cazadores al poblado con el resultado de su cacería y el júbilo con que la tribu al completo los recibe como merecen.

Años después volví al pueblo convertido en un ecologista radical,  sin duda los estímulos de la ciudad pudieron conmigo. La ignorante arrogancia que nos regala la adolescencia a los machos de nuestra especie hizo mella en mi mente permitiendo que anidaran  unos valores que bienintencionadamente defendía a capa y espada pero en los que por suerte realmente jamás creí. Por suerte vi la luz, antes que fuera demasiado tarde y volví a buscar mis raíces esta vez definitivamente.

Ver la luz querido amigo no fue hacerme cazador porque siempre lo fui, sino alcanzar el suficiente raciocinio y capacidad de crítica para no juzgar a nadie sin conocerlo y a no odiar a mis semejantes por nefastos que sean sus actos o actitudes. 

Ya no abandoné jamás aquel ambiente preferí convertirme en uno de ellos y absorber como una esponja todo lo bueno e intentar erradicar lo malo en la medida de mis posibilidades. Y a día de hoy aunque no tengo la suerte de vivir allí todavía tengo cama y techo, la gente sabe del arraigo y el amor que siento por aquella tierra y soy considerado un vecino más.

Preferí aprender en lugar de humillar.

No me burlé de su tosquedad, de sus carrillos colorados, ni de los negros pañuelos que usaban las mujeres para cubrirse. Las boinas enroscadas hasta el entrecejo tenían su punto cómico pero el respeto que invariablemente sentí por los míos estuvo siempre por delante. Vergüenza debería darles a quién ha osado alguna vez llamarles paletos. Gente que creció y vivió en un mundo hostil, sin las modernas comodidades, bajo el yugo de una pesada y asfixiante dictadura, trabajando sin descanso y en muchos casos sin perder la sonrisa. Extrajeron la vida de la tierra con sus manos a costa de la suya, criaron una numerosa prole, cuidaron de sus animales que vivían con ellos en las casas que ellos mismos construían igual que todos y cada uno de los útiles y utensilios de uso cotidiano.

Como sufren hoy día esas gentes al vernos arrojar la comida a la basura como si tuviéramos derecho a ello. Qué lejos amigo mío que están de todo aquello nuestros modernos todoterrenos, las pijas cazadoras  y botas con membranas impermeables.

En los pueblos de la España rural y profunda se ha forjado nuestra moderna sociedad, de los pueblos emigró a las ciudades un contingente enorme de mano de obra que las construyo y engrandeció tal como las conocemos hoy día. Al menos podríamos tener la delicadeza de no humillarles con nuestro olvido y agradecerles aunque solo sea un poco muchas de las cosas de las que hoy día gracias a ellos tenemos.

Antaño mientras las mujeres se partían el alma trabajando y envejecían a los cuarenta años, los hombres en los pocos ratos libres que tenían andaban cazando por campos y montes buscando algo de carne extra que aportar a las bocas de su famélicas criaturas. Hielo, nieve, barro, lluvia o calor les obligaban a padecer todo tipo de penalidades para volver a casa con un par de piezas si había suerte o sino mojados y rotos por el esfuerzo.

Algo tan inmensamente grande no puede ni debe olvidarse jamás, en los pueblos hay una enorme cantidad de sabiduría y quién no quiera verlo está más ciego de lo que cree. La caza es uno de los pilares básicos de esa cultura y aunque solo fuera por eso ya merece la pena ser conservada y respetada como un bien inmaterial de reconocida raigambre. Por ese motivo decidí conocerla a fondo y desentrañar uno a uno cada secreto de los que la madre naturaleza atesora frente a nuestros ojos y que solamente regala a quien se adentra en ella sin miedo ni reparos. Alguien que piensa que el día que no se atreva a jugarse la piel por hacer algo que realmente le emociona ya estará muerto. 

Tras veinticinco años de pasión cazadora mi vida es mucho más rica, he logrado la cima de mis aspiraciones cinegéticas y sin embargo tengo la impresión de tan solo haber arañado la cáscara. De haber leído únicamente las dos primeras páginas del libro de la vida. He alcanzado tales cotas de crecimiento y satisfacción personal  que nunca pensé siquiera poder acariciar con la punta de los dedos. Me he conocido a mi mismo con la intensidad de los lances y mis reacciones que casi siempre me sorprendieron. He vivido correrías que me han llevado a reír como un niño ante un triunfo o a llorar como un hombre al tener que sacrificar a mi perra moribunda. Incluso casi conozco de cerca a la parca porque a punto estuvo de llevarme con ella con ayuda de mi cabezonería y de una hipotermia. Pero  mirarla cara a cara en lugar de acobardarme ha fortalecido mi espíritu un tanto más.

No entiendo otra razón para acabar con una vida que la de comer su carne, creo firmemente que quién no lo hace no tiene derecho a matar y mucho menos a llamarse CAZADOR. Cazar no es un deporte, sobra todo atisbo de competición, de artimaña, de ansía, de ganar a toda costa. El gran cazador no sustenta su valía y prestigio en una enorme pila de cadáveres ni trofeos sino en los conocimientos que atesora y el respeto que guarda a sus presas.

Como antaño hicieron nuestros antepasados los que cazaban con lanza y bailaban alrededor de una hoguera.
Hoy día superada ya la cuarentena, habiendo sido padre, beber, seguir bebiendo de la fuente de la literatura y siendo proclive a ciertos devaneos filosóficos creo haber alcanzado cierto grado de madurez, al menos eso me gusta pensar.
A lo mejor mi falta de estudios universitarios me priven del entendimiento necesario como para comprender por qué una sociedad en apariencia moderna y tolerante para prosperar deba alejarse de sus raíces. Renegar de todo lo ancestral y primitivo, pisotear las costumbres y tradiciones para seguir avanzando sin saber muy bien hacía donde. Auspiciada y férreamente tutelada  por un Capitalismo consumista y aberrante, creando a cada paso enormes cantidades de basura, pobreza, polución  y mayor desigualdad entre sus semejantes. Es de locos comprobar a diario como la mitad de la humanidad tira a la basura los alimentos que precisa la otra media para no morir de hambre.

Al menos yo para saber quién soy quiero saber quién fui y así se lo enseñé a mi hijo.Le enseñe a matar por la necesidad de comer y no veo ninguna maldad en ello lo aberrante hubiera sido enseñarle a comer animales vivos.                                                                                                                              
Aprender de la vida es algo difícil y rudimentario, algo costoso a largo plazo, a cambio la vida te lo enseña todo sin contarte una sola mentira.

Segunda carta.

Este soy yo, ahora hablemos un poco de ti. Sin meter a todos en un mismo saco voy a intentar dejar algunas pinceladas al azar para dibujar el personaje que yo intuyo está leyendo esta carta lo más fielmente posible. Te conozco mucho más de lo que crees, es una ventaja de haber militado en tu bando, lleno hasta el borde de buenas intenciones pero vacío de respeto pero sobre todo de sabiduría.
Soléis ser seguidores de falsos gurús y de supuestos “Amantes de la tierra” que además de adoctrinar con utópicas razones pretenden acaparar el título y el oficio, dejándonos a los demás como simples cornudos consortes. Prefiero mil veces a “los de Teruel”, mal futuro le veo yo a  la Tierra que en manos de tales amantes.

La mayoría de sus acólitos suelen hacer un circo de su mundo interior, lo lucen, lo pasean con orgullo como la más absoluta de las verdades, haciendo el más espantoso de los ridículos. La percepción que tienen de la salvación del planeta pasa por el exterminio de la raza humana a la que consideran la causa de todos sus males, la más ruín de las plagas.
Les gusta la naturaleza y por eso reciclan  a veces incluso envuelven sus heces en bolsas de plástico para no dejar residuos en el campo.  Convirtiendo así lo  más biodegradable del mundo en el más desagradable de los desechos.
Se declaran demócratas e izquierdistas a ultranza pero no tienen reparo alguno en usar las más arteras artimañas para cometer sus tropelías. No pierden la oportunidad de manipular noticias escabrosas y atribuirlas a nuestro colectivo presentando ante la voluble opinión pública las fechorías de unos pocos por las acciones habituales de todos.
Metiendo a todos en un mismo saco  obviando la realidad de lo cosmopolita y rico que es el gremio cazador.

Se amparan en unas leyes hechas a su medida por políticos apoltronados con ninguna vocación de servicio  público que “les doran la píldora” con tal de ganar votantes y trabajar lo menos posible.

De esta forma ganan algunas veces y consiguen siempre que paguemos los mismos sus descomunales salarios y dietas, su incompetencia, sus multas con afán recaudatorio, los daños de las especies cinegéticas a la agricultura, los accidentes de tráfico y sus inmerecidas subvenciones. Seguro que me dejo algo.

Con todas estas razones y con la única autoridad que brinda el apoyo de las risotadas con los amigotes se presentan en el monte, en los pueblos y en los campos de España con intención de impartir “justicia animal”.

Declaran que el campo es para los animales y niegan sin pudor alguno que existan plagas que asolan cosechas de comarcas enteras, ni lobadas tan numerosas que matan decenas de cabezas de ganado. Por lo visto hay animales que no les importan, tal vez si supieran que los lobos se comen vivas a sus presas destripándolas hasta desangrarse cambiarían de parecer. De momento quieren saberlo.
Intentan convencernos que el plomo es un veneno tan letal que el más leve contacto puede llevarnos a la más dolorosa de las muertes a pesar de no haber estudios concluyentes que demuestren tal falacia.
Pisotean las costumbres de los lugareños, intentan imponerles sus conocimientos sobre los animales y su medio, a base de estudios y nombres científicos obviando de plano la sabiduría popular. Pretenden enseñar a hacer hijos a unos padres de familia numerosa.

Gracias a todas estas presiones se están gestando enormes sobrepoblaciones de animales en los P.N. que terminarán generando problemas sanitarios a corto plazo. Prefieren ver animales moribundos y enfermos antes que abatidos a los pies del cazador, sin rubor alguno, con dos cojones.

Dejar a la naturaleza a su libre albedrío es algo muy romántico sin duda pero demasiado peligroso para ser real. Quizá en las ruinas de Chernobyl donde no hay personas ni intereses humanos  sea un tanto posible, yo tengo mis dudas. Defender que la caza es innecesaria sin argumentos válidos además de ser una gran mentira es una enorme irresponsabilidad.

También los hay que asaltan granjas con alevosa nocturnidad, los que ríen la cogida de un torero y los que comen verdura para evitar productos de origen animal e inútilmente intentar evitar mancharse las manos de sangre. Y de paso mirar por encima del hombro a los que no hacemos lo mismo, mentes tan lúcidas que creen conocer la verdadera esencia de la naturaleza y la vida. Cuando se enteren que no hay especie vegetal o animal que se vuelva en contra de la suya van a tener un serio problema. Dejémoslos en “su mundo” sin más propagandas. 

Lejos a años luz de aquellos valientes hombres y mujeres que se colocaron bajo los barriles de desechos nucleares que algunos desalmados arrojaban al océano.
O los que tienen suficientes agallas para aguantar los cañones de agua con que los balleneros les premian cada vez que intentan interponerse en su macabra barbarie.
Ni de aquel triste e intencionadamente  malogrado Doctor Burgalés precursor de los movimientos conservacionistas que alucinaría si viera  el cúmulo de desvaríos y necedades en los que lo que han acabado convertidas todas sus teorías y buenas intenciones. Por cierto ese hombre también fue CAZADOR. Llegáis tarde, me parece que esto ya lo hemos vivido y superado hace algún tiempo, esas hipócritas actitudes las conocemos en este País. Antes que vosotros hubieron otros que durante años intentaron hacernos creer que masturbarnos era pecado y todos hemos comprobado “de primera mano” que es una burda falacia. A otros perros con esos huesos.

¿Sigues creyendo que eres más tolerante y más humano que yo? ¿Qué quieres más a tu perro? ¿Qué sabes cagar en el campo? Despierta ya que el mundo cambia a cada momento y mucho me temo que la breve historia de amor político-ecologista está tocando a su fin. Hay plagas de animales por todo el País y por desgracia vuestros métodos están comprobadamente abocados al fracaso.

Ambos somos conscientes que en la España rural se cometen barbaridades. Los animales se maltratan por sistema, se consideran objetos  y se valoran muy poco, vestigios de épocas pasadas que sin duda hay que erradicar. Las tierras se envenenan con productos químicos de dudosa eficacia que sin duda engordan más el bolsillo de los especuladores  que los granos del nutricio cereal o la dulce golosina de la vid. Por no hablar de talas, residuos y otras formas que tienen algunas gentes en darle uso a la tierra amparándose en poseer una escritura que reconoce como legítimos dueños. La caza, si la caza necesita una profunda reconversión para volver a situarla donde merece, alejarla del mal llamado “DEPORTE” y de la especulación del vil negocio que algunos han hecho de ella. Precisa que se conozca en las escuelas como el modo de controlar el equilibrio natural y la profunda tradición que nos ha traído hasta nuestros días. Y está pidiendo a gritos eliminar a toda esa tropa de indeseables que a base de hacer animaladas presume de cazadores y de ello solo tienen la licencia en el mejor de los casos.

Pero para acabar con todas estas conductas aberrantes no es preciso acabar con la cultura intrínseca de un Pueblo. Ni humillar a la gente imponiendo absurdas normas ideadas en despachos por técnicos expertos  que no han pisado más campo que el de fútbol. No es necesario ni tampoco es justo. También es injusto verter sobre la caza la culpa de la extinción de las especies de nuestros campos pasando por alto la transformación, mecanización del medio y el masivo envenenamiento de la tierra. El daño que hacen los desmontes, parques eólicos, carreteras, urbanizaciones o infraestructuras totalmente prescindibles en muchos casos.

Bien gestionada la caza es hoy por hoy la única medida de gestión real y comprobada  capaz de  garantizar un control poblacional de las especies eficaz y duradero. Aceptada en la mayoría de los Países desarrollados, aprovechada también como medida de actuación para intentar contener las plagas que son otro de los azotes que sufre nuestra maltrecha agricultura. Sin olvidar las toneladas de proteínas en forma de carne que se pueden obtener de las canales una vez  higienizadas y trabajadas convenientemente. Sinceramente sigo sin entender como alguien que se precia de aprovechar convenientemente los recursos naturales sigue poniendo la zancadilla a la menor ocasión. Carne a bajo costo y puestos de trabajo para transformarla ¿A quién puede molestar algo tan conveniente en la época que vivimos?

Pero al menos yo creo que todavía hay lugar para el entendimiento,  has llegado hasta aquí y has aguantado con estoicismo todas las verdades que he colocado encima del tapete, eso es sin duda una actitud que merece un respeto. Has logrado que crea en ti y eso requiere por mi parte una atención especial contigo. Te propongo que me acompañes, aunque soy un recalcitrante cazador solitario contigo haré una excepción. Para que conozcas ambas caras de la moneda, por ti por mí y por la naturaleza creo que merece la pena que nos tomemos una mutua molestia.

Te invito a que derroches tus instintos en lugar de reprimirlos, a abrir tu espíritu para que entren en el todas las emociones que te tengo preparadas y  tu alma al intenso disfrute de la naturaleza en estado puro. Puede ser peligroso pero nada que merezca realmente la pena está totalmente exento de peligro. La naturaleza es dura, no es ninguna novedad.
Déjate llevar, confía en mí y descubrirás la manera más intensa, auténtica y real que tiene el homo sapiens de amar la naturaleza y la vida.

Mis salidas cinegéticas poco tienen que ver con las que hayas podido visionar hasta ahora en una pantalla, en uno de esos programas o producciones que intentan reflejar la realidad de la caza en fincas bien cuidadas y abundantes en piezas. Esa es una cara de la moneda pero yo suelo usar la del otro lado, caza salvaje o primitiva si así lo prefieres. Salir de caza, para cazar, para vivirlo,  a cualquier precio enfrentándote los elementos y a tus limitaciones si las tienes. Donde lo hicieron mis antepasados aunque por desgracia aquellas tierras cada vez se parecen menos a lo que en su día fueron. Conozco perfectamente el terreno y aunque cace poco disfruto con cada captura.
Integrarte en el campo como un ser vivo más que lo conoce, lo siente, lo ama y darle a la caza el valor añadido de cierto riesgo no exento de peligro siempre solo. Llegar más allá de tus facultades físicas, del esfuerzo, del sacrificio para competir contigo  mismo y alcanzar esa perdiz que se ha subido a un cerro o aguantar en el aguardo, tienen su recompensa únicamente con volver a casa sano y salvo.
Cuando te hagas con alguna presa esta llevará la grandeza aparejada a la dificultad de su captura  independiente de su tamaño. Como dijo en su día el Maestro Delibes y personalmente he podido comprobar. Esto que parece a simple vista una cosa pueril o semifantástica te lleva a conocerte a ti mismo de una forma más intensa a respetar por encima de todo las leyes naturales.

A sentir como toda la fuerza que la tierra desprende anide en tu pecho, dejando al descubierto que tu primitivo ser,  aflore se derrame y se muestre en toda su plenitud. A sentir emociones que hasta el momento desconocías al alcance de cualquiera  porqué no se consiguen con dinero.

También te induce a explorar tus pensamientos dotándolos de cierto grado filosófico y espiritual, a ejercitar tu capacidad de crítica tan embotada por la moderna inutilidad.
Y como no a apreciar el verdadero  valor de una cama donde descansar, un plato donde matar el hambre y un vaso de agua fresca con la que aplacar la sed.

Explorar un mundo nuevo para ti, que te aguardaba bajo la suela de tus botas cuando pasabas de largo por los senderos. Odiando y renegando de todo aquél que portaba un rifle o una escopeta aunque no le conocieras.

Aprenderás que los animales reaccionan y se adaptan a la presión del hombre cazador. Lo difícil que resulta capturarlos y lo rápido que aprenden porque les va la vida en ello.
No sufren terror, ni psicosis ante el peligro, solamente se ponen a salvo o lo intentan y los que caigan bajo mis disparos sin duda son los peor dotados. A eso se le llama selección natural.

No dudo que disfrutes de tus paseos por el campo con tu perro, pero que alcances el mismo grado de compenetración que yo comparto con los míos lo veo harto difícil.
Vive y caza conmigo para mí y para él. Se mueve muy rápido entre las matas y se asegura mirando de vez en cuando de que yo ando detrás guardándole las espaldas. Se para en seco y me mira cuando sabe dónde está la pieza “me habla” en un idioma que yo entiendo perfectamente. Tenemos una relación entre cazadores del mismo clan, cada uno juega su papel, de distinta especie pero con el mismo instinto predador que trasciende sobradamente las invisibles barreras. Bregar juntos por el monte nos ha unido de tal manera que casi puedo sentir el dolor de sus heridas y asegurar sin equivocarme que la sangre que de ellas brota es tan noble, tan roja y caliente como la mía.

Un día tras las perdices o mejor aún tras lo que salga, puede ser inolvidable aunque cargues durante kilómetros con un par de pesadas liebres, te olvides de coger merienda o tengas que beber el agua de los charcos.
Estas son puras anécdotas que quedan en la memoria solo un rato, lo que jamás olvidas es la arrancada siseante y potente de la perdiz, el suave tacto de sus plumas y sus bonitos colores. El admirable mimetismo de la rabona encamada, aplastada sobre sus huesos o la agilidad de la enorme torcaz que parece tan torpe que vuela tan rápido y tan alto como si quisiera llegar hasta el Sol para escapar de mis disparos.

Envuelto en la voragíne de la vida y la muerte, protagonista de tu propia historia te surgirán las inevitables dudas de si lo aprendido hasta entonces es cierto. Subido en la noria que gira por la historia de nuestros campos y que no puede detenerse jamás se despertarán en ti sentimientos tan intensos que quizás desconocieras y que te harán sentir más vivo, más libre que nunca. 

Cuanto más difícil sea el lance mayor satisfacción te brinda, más emoción el cobrar la pieza. Acariciarla y colgarla por el pico para que no se despeine es otra de las maneras que tengo de mostrarle respeto y admiración. Después en casa la pelaré y guardaré alguna de sus preciosas plumas y la cocinaré a fuego lento, con la leña que cogí en el mismo monte en primavera. Ahora recordarás con cierto rubor aquello del Cazador que mata por diversión, aún hay más.

Dos son las piezas que más aprecia el auténtico CAZADOR. La que le gana la partida, la que vence a sus poderosos instintos, la que en lugar de humillarte te engrandece y te obliga a mostrarle la calvorota y reverenciarla justamente quitándote el sombrero. La otra la que indultas por ser demasiado fácil de abatir y no ofrecer una oportunidad real de cazar, esa la dejas marchar con la esperanza de que aprenda a ponerse a salvo de los escopeteruchos, que por desgracia todavía pueblan nuestros campos. De nosotros depende erradicarlos.

Seres del todo indignos de llamarse CAZADORES cuando no tienen reparo en matar crías o dejarlas huérfanas. Que utilizan cualquier método por cruel que este sea para llenar el morral, la mayoría de las veces con la única intención de presumir delante de sus etílicos correligionarios. 
Les odio y desprecio tanto como tú.

Si lo prefieres en lugar de salir a la menor, si no quieres reventar tus pulmones y tus botas caminando hasta el fin del mundo tras la rojiza estela que dejan las alas de la perdiz, puedes venirte una noche de aguardo a los jabalíes.
La oscuridad y la profundidad de la noche pasaran a ser nuestras aliadas, cambiaremos de piel y de mundo por unas pocas horas. Las palabras Soledad y paciencia adquieren una nueva dimensión, no hay espacio para los nervios, ni las dudas.
Estás solo porque quieres estarlo, en tu puesto que has hecho tu mismo, en el más puro y absoluto de los silencios, en la soberbia intimidad que el monte te ofrece sin más testigos que los millones de ojos de las rutilantes estrellas. Acompañado por los demás animales nocturnos que te reconocen y respetan igual que tu a ellos.
Si haces las cosas bien y respetas las reglas podrás llevarle a los tuyos una buena presa y una enorme cantidad de carne.

Y Sentir el atávico instinto de ser el macho alfa de tu clan ofreciéndole a los tuyos el alimento conseguido de la tierra con tus manos e inteligencia. Ese será el mayor de los trofeos, mucho mejor que cualquier tablilla.
De esa manera podrás dejar de ser cordero para convertirte primero en raposo y en lobo después, acariciar la idea de ser primitivo por unas horas o quizá no dejar de serlo nunca. Comprobar cómo los animales reconocen en ti a su peor enemigo, te barruntan y temen de una manera distinta al resto de humanos que no han cazado jamás. Ello no es malo ni bueno, es la señal de que has encontrado tu sitio en la pirámide natural y alimenticia.
Y así quizá un día te descubras lanzando al aire un estruendoso berrido para pregonar al mundo entero que tú  solo has sido capaz de abatir una enorme y magnífica presa como he tenido la suerte de hacer yo hoy mismo.                                        
Al igual que hicieron tus antepasados clamarás en el monte a grandes voces para hacerte notar, para hacerte un sitio en el lugar donde siempre debiste estar, ese lugar que jamás debiste abandonar y al que siempre desearás  volver.

Y esos antepasados si pudieran oírte se sentirían orgullosos de ti. Esos, los de verdad los que se estremecen cada vez que alguien intenta mancillar algo tan sagrado para ellos como es la caza.
Los tuyos, los míos los que vistiendo pieles y blandiendo lanzas aguardaron a los cochinos en la oscuridad, cortaron leña para hacer carbón  o sacrificaron un cerdo un día de fiesta para llenar la barriga de su hambrienta  progenie.
Los que salieron antes del alba y regresaron  de noche medio rotos y se sentaron a contar historias al amor de la lumbre, guardando en la memoria multitud de historias maravillosas que muy pocos quieren escuchar hoy día.

Los que te han traído hasta aquí para que acaricies a través del papel fotográfico la suave piel del venado y sientas como yo siento ahora mismo una pizca de remordimiento, arroba y media de orgullo cazador y montuno. 
Puedes estar seguro de que ya no serás el mismo, volverás más fuerte, más seguro, con ganas de comerte el mundo para empezar y con la certeza de que has vivido por vez primera.                                                                                                       
Porque cuando la vives con intensidad, la naturaleza te premia te sonríe cada vez que la miras a la cara y te advierte del riesgo que corres si tienes los suficientes arrestos como para osar desafiarla. Te agradece que la sientas, te regala inolvidables amaneceres  que el Sol le fecunda a la madrugada y que esta generosa los alumbra solamente para ti.

Todo y nada más que eso es la caza. Aunque parezca fácil requiere experiencia  cierta sabiduría y desenvoltura. Quizá una vez me acompañes prefieras ver como cuelgo un par de perdices en lugar que un zorro engulla un bando entero. O peor aún que las mate una cosechadora que el zorro como CAZADOR si tiene derecho a matar.
Hay quién piensa que no tenemos derecho a seguir cazando, a ser diferentes.  Pero hay algo que juega a nuestro favor. Algo demasiado grande como para poder detenerlo por la obstinación de unos cuantos o por decreto.

No podrán acallar nuestra voz y menos aún nuestro instinto, por mucho empeño que pongan en ello, por muchas trabas que  nos pongan, como si la prohíben nunca dejaremos de cazar, la Caza es parte de nosotros y sin nosotros no hay caza.

Aunque consiguieran desarmarnos construiríamos arcos, flechas, azagayas, lanzas, armas y útiles primitivos con los que seguir nuestro camino a través de nuestro instinto. Instinto  atávico y primitivo, un latido que nos estremece las entrañas al escuchar la carrera de una res y un pulso que nos apremia a perseguirla y capturarla para conquistar con ella nuestra libertad.
Jamás podrán acallar el aullido del lobo que dentro llevamos y sueña esperanzado poder descansar junto a la tierra en la que hemos cazado vivido, sangrado, sudado y caminado entre Sol y Luna, una y mil veces.
Ni detener el latido que cada jornada nos impulsa a levantarnos y avanzar hacía el monte porque nos aguarda deseoso para que ocupemos  nuestro espacio en él.

Por eso he decido llamar tu atención con la intención de acercar posturas y trabajar por el bien de la naturaleza de una forma coherente y racional. Compartimos la maravillosa palabra CONSERVACIONISTA cargada de enjundia y buenas intenciones, el problema es que únicamente con la intención no basta.
Porqué son muchas más las razones que nos unen que las que nos separan. Si te decides no dejes de avisarme estoy seguro de que aprenderemos mucho caminado juntos por los montes y sería una lástima dejar pasar una oportunidad tan buena como esta.

Mientras lo piensas yo iré haciendo una gran lumbre que terminará engendrando las chispeantes brasas con que poder asar el solomillo del venado. Voy a dedicar la mañana a aviarlo porque no puedo permitirme el lujo de estropear ni un gramo de su aromática y nutritiva carne. Sin dejar de compartirla con mi perro y amigos.

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