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Los cinco cochinetes de la malaleche.


 

Desde siempre me gustó la caza incluso en  mis sombríos y  por suerte ya lejanos tiempos de Ecologili recalcitrante aunque no era consciente de ello tenía el veneno de la caza agazapado y latente por mis venas. Fue en el verano de 1989 cuando acompañando al que luego sería mi mentor cuando despertó con toda su furia y me impulsó a amar y a respetar la vida de la forma más auténtica que conozco, cazando.

Aunque tenía un arco de caza metido en el armario, no lo utilizaba porque ni sabía ni tenía donde hacerlo, la escopeta me cautivó y dejé el arco para muchos años después. Poco tardé en salir solo a cazar, caminar por mi cuenta y elegir por mí mismo el camino. Anduve varios años sin perro, aprendí mucho de las costumbres de los animales leyendo, escuchando a los viejos y  contrastándolo después en el campo. El coto aunque modesto albergaba una más que decente población de perdices. Bravas y auténticas como pocas me enseñaron lo que es la caza dura, auténtica y a disparar como es debido. En las zonas libres del pueblo de Chiva tirando los estorninos y zorzales afinaba la puntería y depuraba la técnica año tras año.

El tiro en cancha me sedujo por lo festivo del asunto, me gustan las armas y muchas de sus modalidades pero a día de hoy pienso que para competir no es necesario segar una vida. Luego llegó el rifle, regalo de bodas de mi novia, todavía recuerdo el día que lo recogí de la armería y de los años que pasó encerrado en el armero sin haberlo disparado ni una sola vez. Las batidas me traían por la calle de la amargura, las pocas a las que asistí me defraudaron si no por engañosas, al menos por dudosas, las esperas por el contrario me atraían mucho más. La soledad para mí tiene un extraño y agradable sabor auténtico.

En mi largo peregrinar por el mundo de la caza siempre busco evolucionar al igual que en la vida. Ir más allá, aprender, conquistar nuevos retos y para mí los aguardos son el máximo desafío. A día de hoy trato de hacerlo lo mejor posible, disfrutando sorbo a sorbo con deleite cada uno de los minutos que suelo pasar en el puesto y espero que cuando haya dominado a la perfección la modalidad de rifle,  poder avanzar hasta lo más alto: el arco de poleas y el primitivo. Con el tiempo si nada lo impide, construiré un buen arco con mis manos y pondré un cochino patas arriba.

Aquí van cinco relatos de los cinco animales que más me han enseñado en la vida, por suerte llevo abatidos algunos más.

TRES METROS SOBRE LAS PIPAS

El primer cochino que vi en libertad, aunque eso de verlo habría que ponerlo en cuarentena porque el bicho ni era pequeño ni tonto, supo taparse con las pipas y con las sombras de la noche.

Este verano va ha hacer diez años de aquel encuentro. Disfrutaba plácidamente de los quince días de vacaciones que me correspondían en suerte, cazando y sacando a mi hijo al monte cuando apenas era poco más que un bebé. Mejor que se imprimara cuanto antes de olores, colores y paisajes que luego cumple los tres años y ya solo piensa en videoconsolas.

Las palomas no se me daban mal era el primero en llegar al sitio de noche y el último en llegar al pueblo tras él ocaso. Con el sonido de los disparos todavía en los oídos, el revuelo de las plumas del pelotazo en la retina y la paz que proporciona al cazador el ser parte del monte. En las horas dónde el calor pesa como una losa y hasta respirar cuesta un tormento, las buscaba tranquilamente por las choperas con mi perra, al salto las pocas que derribaba sabían a gloria por la belleza del lance y por su dificultad.

Pero me faltaba estrenar el magnífico rifle con el que mi novia me obsequió cuando nos casamos, que nadie piense mal que me hubiera casado con ella igual y además le di el gusto en contra de mi voluntad de hacerlo por la Iglesia. Una vez acabada la ceremonia y habiendo ajustado cuentas con el “encargado del chiringuito” le pregunté

-Mírame bien cariño ¿Me ves?

-Si claro ¿Te ocurre algo?

-No que va, es que hoy será el último día de tu vida que me veas dentro de una Iglesia-.Y así fue y hasta hoy.

Un arma magnífica de las que ya no se fabrican, la madera tiene belleza y calidad a partes iguales, las líneas tampoco es que sean provocadoras pero son armoniosas y el pavonado no está mal. La robustez y fiabilidad del sistema Mauser de doble tetón, el cañón flotado y una precisión que ya quisieran otros rifles de mayor precio, aunque esto más que saberlo lo suponía. Se me había metido entre ceja y ceja la peregrina idea de dispararlo por vez primera contra un jabalí y tenía la absoluta certeza que pese a no haberlo usado nunca estaría sobradamente a la altura. Y no me equivocaba el fallo vino dado por otros motivos.

Decidí hacer la espera un día entre semana, no recuerdo cual solo que no era ni miércoles ni jueves porque esos días eran vísperas o había caza. Sin haber buscado rastros ni nada por estilo me coloqué sobre las siete de la tarde encima de una gran roca que sobresalía del monte y caía justo encima de un campo de pipas donde había algunas tronchadas. Elegí esa siembra porque estaba flanqueada por un barranco y una baña que tenía un gran barrizal donde suponía yo que iría a restregarse el cochino. Mi experiencia en las esperas era infinitamente menor que mi afición pero aún así no me lo pensé y me coloque en mi catrecillo dispuesto a apiolar un guarro y darle un estreno más que digno a mi .300.

Linterna no llevaba ni siquiera una pequeña para alumbrarme cuando me retirara y visor tampoco, pero ¿Para qué la necesitaba? Si los del pueblo “los limpian” con una paralela atiborrada de infames postas y no llevan linternas ni cachivaches por el estilo, ¿No voy a ser yo capaz de cargarme uno con esta maravilla? La tarde se deshilachaba poco a poco y yo que en todo el verano había tenido un momento para sentarme a pensar solo, sin agobios estaba poco menos que en trance. El paisaje era precioso, indescriptiblemente bello para cualquier amante del campo o de la vida. Las pipas aún estaban verdes y el rastrojo todavía no se afeitaba al cero como hoy día. Por aquel entonces mis escapadas al pueblo eran escasas y lo echaba tanto de menos que cualquier momento de disfrute lo aprovechaba al máximo. Pero el jabalí seguía sin aparecer, yo no tenía ni idea de por donde debería hacerlo solo que acabaría por llegar el pie de la roca dónde estaba puesto porque intuía que allí había algo que el andaba buscando. A las ocho ya comenzaban a esfumarse mis ilusiones pero yo no me movía del sitio.

El Sol estaba suficientemente bajo como para darme cuenta de que había elegido mal la ubicación de mi postura, lo tenía a la espalda tapado por la alta loma donde descansaba la piedra.  Ese sería el primer sitio en oscurecer, justo donde debía entrar el guarro. Cualquiera hubiera caído en la cuenta pero yo busqué el sitio sin saber, y sin  saber me coloqué y cuando caí en la cuenta era demasiado tarde. El único sitio que me pareció más adecuado para mejorarme era otra roca situada en el cerro de enfrente pero el barranco me obligaba a pasar por la baña y esa era el único lugar que tenía por seguro que visitaría el guarro entrara por donde entrara. Nueve y media.

-Joder que borrico que he sido, aún están pasando palomas de recogida y yo apenas veo la siembra, la oscuridad será total de aquí a nada-.

Contrariado decido retirarme en cuanto dejen de pasar las últimas aves porque a  los cazadores además de matarlas también nos gusta verlas. Por fin me levanté con el culo dolorido y echándome el rifle al hombro di el último vistazo para despedirme de aquel idílico paisaje, me agache a coger el único archiperre que llevaba, el catrecillo comprado en Córdoba un par de años antes. Fue entonces cuando escuche claramente un sonido delator y concentrando mi atención en el punto de dónde surgió me llevé la grata sorpresa que tanto tiempo llevaba esperando. Un cochino de mediano tirando a grande se movía entre los girasoles, despacio zorreando pero sin poder evitar el ruido que las anchas hojas producían al rozar su voluminoso cuerpo. Como me temblaban las patas de la emoción que no de miedo, el rifle lo tenía yo en las manos y también la ventaja de ver sin ser visto. El pipar por donde andaba el cochino estaba situado a mi izquierda algo más alto que el que yo tenía a mis pies, el animal ya casi en completa oscuridad bajo por…por la baña, joder en algo he acertado y perfiló su negra silueta en la orilla del carrizo. Si le hubiera disparado entonces seguro que me habría hecho con él pero además de estar temblando como un flan, quise evitar a toda costa que cayera al barranco porque sacarlo de allí si era difícil. Por eso ni me moví seguí allí en lo alto de mi piedra como si fuese una estatua del cera. Cuando quise darme cuenta el animal se había situado debajo de mí, justo donde yo lo esperaba pero como también esperaba ya no se veía un pijo.

Con los nervios de punta me eché el rifle a la cara muy despacio y… –Mierda imposible apuntar con semejante tembleque-. El guarro se va pero vuelve y parece que estoy algo más templado, verlo no lo veía pero escuchaba su charabasqueo a menos de diez metros y si lo hería me daría tiempo a trincarlo con un segundo tiro pues si huía  por dónde había venido había suficiente claridad para verla y me daría tiempo a cortarlo. Respiré hondo sin hacer muchos “visages” y tomé aire profundamente, expulsé la mitad y apunté sin siquiera ver el punto de mira. Levanté el arma hasta el cielo para centrarla bien y cuando tuve la “Bola entre la uve del alza” bajé hasta donde suponía estaba el animal, apunté a la más absoluta oscuridad Y disparé. El estampido fue brutal reverberó astillando la noche en mil pedazos y hasta me pareció ver la silueta del cochino recortarse sobre la tierra del sembrado con el fogonazo.

Silencio, por décimas de segundo hasta el mundo dejó de dar vueltas al menos yo no escuché ni el susurrar del agua en el barranco y el guarro por un instante se detuvo como si se hubiera quedado petrificado. De lo único que estaba seguro era que la bala había impactado en el lugar dónde había  apuntado. El cochino echó a correr con estrépito sin el menor rasguño a pesar de no haber más de seis metros entre el cañón de mi rifle y el corpachón del guarro. Estupefacto todavía, descolocado por la rapidez de los acontecimientos ni siquiera cargue de nuevo el rifle, lo vi trasponer por el sitio donde lo esperaba y siguió su camino sin dejar rastro de sangre ni de herida alguna, lo único herido que hubo esa  noche fue mi orgullo. Siete años más tarde en esa misma charca debuté con un gorrino mediano.

EL FANTASMA.

Este también me chuleo de lo lindo y me hizo cabrear de lo lindo, no le disparé porque ni siquiera lo llegué a ver. Una vez más la impaciencia me ganó la partida en favor del jabalí.

Aquella tarde por darle gusto a mi esposa perdoné las torcaces vespertinas. Para ser sincero tampoco me daba tiempo a estar a higos y a brevas porque las últimas palomas pasaban muy tarde y los guarros solían entrar pronto. Me coloqué en una siembra a la vera de un camino apenas transitado de cara a unas pipas más que resecas que se clareaban de maravilla. Estrenaba visor y linterna, la cosa prometía lástima que todo quedara en eso, una simple promesa. Anocheciendo todavía escuchaba las andanadas con las que un viejo amigo obsequiaba a las palomas que entraban altas. Tarde casi sin luz y malo que es el pájaro resultado de cero patatero que me contó al día siguiente lo conocía ya de antemano. Al cerrarse la noche escuche el motor de su viejísimo patrol  alejarse y por fin pude disfrutar de la soledad del campo, huelga decir que lo primero que hice fue probar la linterna y el visor. Alucinado estaba con el resultado podía ver hasta los ojos de los pájaros insectívoros que duermen acurrucados en el suelo al amparo de las pipas, confiando que la zorra no dé con su rastro.

Cuando llevaba ya un rato quieto escucho un charabasqueo y asumo al instante que  tengo un cochino justo en la parcela de enfrente a unos sesenta metros, no tiene escapatoria. Tiemblo como un flan, no tengo miedo pero la emoción de tener una pieza tan ansiada al alcance de mi rifle me hace perder el aplomo y decido respirar hondo y esperar a calmarme. Los sonidos aumentan de intensidad pero no de lugar, suenan las hojas resecas de los girasoles y ya no puedo aguantar más echo la luz…y lo busco pero no está, sin embargo ha parado de hacer ruido. ¿Se habrá ido? Sin hacer ruido lo dudo.  Fareo con una potencia digna del foco de un  concierto de Heavy Metal  sin dejar de temblar un momento dudando si seré capaz de acertarle en caso de ver el brillo del ojo delator pero nada, apago y espero. Dos, tres minutos y el ruido vuelve.

-<Esta vez antes de encender lo ubicaré mejor…ya debe estar justo enfrente>-. Al encender vuelta a lo mismo, cese del ruido, Tembladera a pesar de estar apoyando el rifle en la horquilla y los únicos ojos que se ven son los de los pajaretes. Hasta el “entrecejo arrugao” les veo, con la potencia de la linterna y el visor a tan corta distancia, hartos de que los desvele, pero del gorrino ni rastro y  ya me estoy empezando a mosquear de lo lindo. El tembleque está siendo sustituido por un acaloramiento generalizado que le está produciendo el cabreo que cojo cada vez que soy consciente de estar haciendo el gilipoyas. Tercer apagón y un tercer barrido y otro apagón y otro cabreo y al fin que decido esperar que comiencen otra vez los sonidos para ir a buscar al cochino o al espíritu causante de tanta psicofonía.

Vuelve el guarro a triscar las hojas y yo comienzo a caminar pero “Mierda pa mi”el suelo parece estár recubierto de pan tostado, por despacio que ande aquello cruje como un demonio. Harto ya de tanto desatino y con el jabalí en modo “silence” echo a correr a toda leche hacía donde debe estar y enciendo la linterna intentando mantener medianamente el pulso. Nada ¿Pero es que estoy loco o qué? No al menos no por ese motivo, la orografía de mi pueblo es muy suave pero ondulada, los cerros son  alargados y se siembran como es menester así que una vez  en el sitio pude comprobar que el jabalí estaba AL OTRO LADO de las pipas donde yo lo ubicaba.Justo al otro lado, a escasos diez metros había otra siembra y el animal hacía tanto ruido que parecía estar mucho más cerca. Por lo visto el haz luminoso le pasaba un par de metros por encima de la cabeza cada vez que apuntaba a la siembra donde yo lo intuía. Por eso el bicho no hacía mucho caso y continuaba comiendo una vez apagaba.

Otro más que me dejó tan tocado que ese año decidí no salir más de espera, dedicarme a las palomas y a mi esposa que me traía más cuenta.

 

EL BERMEJO IMPASIBLE.

Este fue el otro de los que me hicieron perder la fe en abatir un guarro y comenzar a creer que tenía alguna especie de maldición, gracias a la cual no sería jamás capaz de abatir un marrano por pequeño que este fuese. 

Ni siquiera fue en una espera, tampoco lo busqué lo encontré como quién no quiere la cosa le tiré pero en lugar de un jabalí cobre una gran porción de vergüenza, algo más de experiencia y un monumental cabreo. Un penoso día de caza menor solo como es  mi ley y costumbre, tras pocas oportunidades, un par de fallos y algunos kilómetros tras las perdices decido cambiar de sitio. Dejaré las lomas por hoy para cazar una viña donde es seguro que podré tirar algún zorzal al salto para demostrarme a mí mismo que todavía tengo algo de tino con la escopeta.

Como de costumbre lo primero al llegar al coche es arrancarlo para que vaya calentando y así tenerlo listo cuando me siento al volante. Subo la perra al maletero y guardo la escopeta en su funda, cierro el portón y subo al coche. Enfilo la empinada cuesta abajo que me llevará hasta mi destino y cuando aún no he recorrido veinte metros veo un enorme perrazo en la misma orilla del monte. Una estrecha faja de monte bajo que separa la loma del camino, en la misma entrada de la única parcela que hay en esa vertiente. Allí sin saber de dónde ha salido hay un perro enorme y negro que me mira con interés. Avanzo diez metros más y -<¡Joder si no es perro que es gorrino…a por él!>-.

Parar el coche y abrir atrás fueron décimas de segundo, un empellón a la perra para que no bajara y sacar la escopeta de la funda para sacar…¡UN PAR DE CARTUCHOS DEL SEIS! En aquel tiempo no llevaba balas por la simple razón de que mi escopeta era seminueva y un polichocke invector+ pasaba de los 120€. Por eso y porque por entonces era tan optimista como para pensar en darle en breve el pasaporte a algún jabalí con el rifle. A todo esto el jabalí que tenía frente a mí era una hermosa hembra cosa que deduje cuando sus seis o siete hermosos y rollizos bermejos salieron del monte  y comenzaron a cruzar el camino antes de que yo saliera del coche. En menos de lo que pía un zorzal una segunda piara se unía a la primera que la esperaba en lo alto del cerrete opuesto a la loma de donde habían salido y yo aún estaba cargando la escopeta. Entonces salió una tercera piara que se unió al grupo formando el “ganao” más  libre y salvaje que yo había visto nunca.

-<joder si es que no los había visto nunca>-. se me llenaron los ojos de jabalí y entonces se me ocurrió el hacer una de las mías.

Analizando rápidamente la situación, si salgo corriendo tras ellos disparando se asustarán y se “darán el piro” dejándome con dos palmos de narices. Pero si disparo a ese tan curioso que está a unos cuarenta metros una de dos o lo hiero y se pone a dar vueltas como un loco lo cual me permitirá acercarme en dos zancadas y rematarlo o se me viene encima para atacarme y con poner una rodilla en el suelo y dejarlo entrar lo “entaco” a diez metros como Buffalo Bill. Aquello visto desde fuera debió ser un espectáculo, menos mal que no había nadie mirando y menos mal que no estaban por allí los de verde.

La radio del coche a toda leche…TRANQUILO MAJEEETE EN TÚ SILLÓN…el coche arrancado, con la puerta y el portón abiertos, la perra acojonada dentro y yo que me arrodillo tapo al cochino y…-<Uy laputamadre si que está lejos…más de lo que esperaba>-. El animal observaba impreterrito aquel ser de otro mundo que debí parecerle yo porque humanos sin duda habría visto…¿Pero tan zumbaos? Ya había llegado demasiado lejos como para dejarlo escapar así que tapé al desdichado bermejo y -¡POUMMM!- Allá que fue con dos cojones.

-<Lamadrequeloparió, ni se ha inmutao el jodío>-

La estampida fue general entre quince y veinte animales salieron por patas, todos corrieron más o menos veloces. Ponían tierra de por medio entre ellos y el “colgao” aquel de la escopeta que se agachaba y les disparaba un inofensivo cartucho perdicero. ¿Todos? Todos no el que menos corría fue el bermejo que recibió la andanada de perdigones en su duro y tupido pelaje, ni siquiera se sacudió. El bicho se limitó a girar 180º para mostrarme lo gordos que eran sus güevos y al trotecillo se fue alejando moviendo las nalgas con un más que humillante contoneo. Y yo allí parado al lado del coche con la escopeta en la mano y la cara de gilipoyas; rodilla en tierra escuchando la canción que decía por enésima vez…TRANQUILO MAJEEETE EN TU SILLOOOOOOON.

Enfadado conmigo mismo y humillado por un guarrete que no debía pesar más de 40 kg enfilé hacía el pueblo dando por terminada la caza, se acabaron los tiros. La próxima tarea que tengo por delante es averiguar si soy más tonto por no llevar balas, por tirar un cochino pequeño al lado de un camino y con perdigones. O por no poder dejar de mirar cómo se alejaban socarrona y grotescamente sus pelotas haciéndome la más cruel de las burlas, totalmente merecida por mi osadía y mi torpe inexperiencia.

EL GUARRO INALCANZABLE.

Con este estuve un tiempo descolocado entre lo que pudo ser y no fue,  lo que pudo haber sido y lo que sin duda un día será, un tiro largo con el resultado de abatir una buena pieza.

Una cálida mañana de Junio andaba yo ejerciendo otro estéril rececho al imposible y mítico capreolus. Aunque eran las ocho pasadas y el sol estaba ya muy alto decidí a no dar por perdida la mañana y apostarme un rato en una peña desde la que se dominaba mucho terreno. La vista era preciosa la verde siembra era ya por aquellas fechas seco rastrojo, pero la faja de monte y el horizonte perfilado entre rocas y nubes daban un encanto especial a aquel rincón del coto. Sabedor de la buena vista y oído del corzo me senté en una gran roca con los pies colgando. Dejé el trípode que esa misma semana había terminado de montar a mí lado pues lo empinado del terreno no me permitió desplegarlo para usarlo en caso de tener que hacer un disparo lejano. Nunca había tirado un bicho desde una distancia grande, ni tampoco pequeña, nunca había disparado a ningún animal aunque tenía cierta experiencia tirando con rifle y el mío lo manejaba especialmente bien. El rastrojo que tenía frente a mí tenía se extendía al menos hasta los ochocientos metros que sumados a los cincuenta o más que lo separaban del monte donde yo estaba apostado era ya una distancia más que considerable.

Montaba mi rifle por aquél entonces un silba 1,5-6×42 RI no se veía mal a través de él pero tenía muy claro cuáles eran sus limitaciones, así que comencé a trazar una línea imaginaría para tener claro  hasta donde podría alcanzar mis balas con relativa eficacia. Doscientos metros y ya era mucho pero hasta ahí me la jugaba a que el corzo mordería el polvo. Entonces el único guarro que había despierto en todo aquel monte decidió cruzar a plena luz del día el rastrojo en paralelo a mi postura lejos, lejísimos pero ni me lo pensé, a la mierda con la línea imaginaria voy a intentarlo. No había tiempo calculé la distancia a ojo más de trescientos metros así que apoye los codos en una roca que tenía delante y me acomodé apresuradamente. Apunte como un metro por encima de su crin y otro medio por delante de su jeta y sin dejar de seguirlo BOUM tirascazo que te crío. La bala impactó justo al ras de su crin pero tres metros tras el por lo empinado del terreno y como era de esperar el gorrino arrancó la moto y mientras cargaba el segundo y apuntaba al mismo sitio pero adelantando un metro por delante esta vez para compensar la rapidez del prófugo. Boum segundo tiro que impacta en el mismo sitio y que me deja a menos de un palmo de cobrar mi primer guarro con un tiro memorable. La tercera bala se perdió en  el monte acostumbrado a la escopeta y a tirar a los conejos en matorral el tercer tiro siempre va tras la pieza aunque ya se haya tapado. Algo totalmente innecesario tratándose de caza mayor, munición metálica y distancias estratosféricas.

Que sensación más extraña experimente en aquel momento, entre la derrota por haber perdido una pieza muy codiciada por mí hasta el momento y el triunfo de saberme mucho mejor tirador de lo que pensaba. Acudí al tiro como está mandado y nada ni sangre ni nada más que las huellas del “tornillazo” del guarro sobre la tierra reseca. Como suele ocurrir en estos casos desde el polo opuesto se percibe todo con mayor claridad y la distancia me dejo asombrado, allá a lo lejos apenas se veía mi trípode apoyado sobre la gran roca. Volví a casa entre apesadumbrado y contento, pero intuyendo una vez más que el goce de abatir caza mayor me estaba vedado por alguna misteriosa fuerza que no alcanzaba a comprender. Ya eran demasiadas coincidencias para no sospecharlo, hay quién en su primera batida mata tres jabalíes y quién lleva años intentándolo. Llevaba tres intentos con este y todos fallidos, nunca tenía la suerte de encontrar una res desprevenida y para una vez que salía una a lo limpio estaba allá “donde Cristo pegó las tres voces”.

Pero no estaba todo perdido, después de la demostración de templanza y tiro que me había hecho a mí mismo una tenue luz de comenzó a brillar en ese lugar secreto donde los cazadores albergamos la esperanza y la ilusión de colmar nuestras ansias venadoras.

EL COCHINAZO SORPRENDIDO.

Fueron pasando los años y aunque seguía sin hacer carne pero mi ánimo no desfallecía, es lo que tiene la caza cuando la afición aflora y termina por volverse pasión. Una  arraigada forma de vivir la naturaleza donde lo necesario es integrarse en ella y lo de menos el botín cosechado.

Mis ansias por cobrar una res aumentaban en mayor proporción que mi experiencia. Lejos de presentir que el momento se acercaba, me conformaba con mi aciago sino y me dedicaba a salir día tras día en pos de corzos y jabalíes hasta que un día consiguiera encontrar uno más o menos descuidado porque  suerte lo que se viene a llamar “la suerte” seguía brillando por su ausencia. Ya sabía casi todo “lo que no se debía hacer” para cobrar una pieza, Por lo tanto ya tenía medio camino recorrido ahora solo me faltaba saber “lo que había que hacer” para conseguirla. Probando toda suerte de trucos y estrategias estaba en la fase del camuflaje integral, materia que aprendí en el ejército. Camuflaje y enmascaramiento al más alto nivel, desde entonces parezco un camaleón de más de noventa quilos.

Esa linda mañana del Junio más seco que recordaba en años bajé del coche dispuesto a pasar la mañana con más ilusión que convencimiento. Cogí el catre, el trípode y la máscara que esa misma semana había acabado de hacer, no caminé más de doscientos metros hasta la postura, un paso que había intuido en lugar de descubrirlo, a base de errar una y otra vez. Sin hacer apenas ruido me senté y fue entonces cuando el Sol comenzó a  irradiar parte de su fuerza y belleza. Hostigando y haciendo retroceder a las sombras de la noche, que amedrentadas prometieron volver cobardemente en cuanto los rayos de Lorenzo mermaran su altura y poder abrasador. No llevaba diez minutos sentado en la linde de el monte con una rala siembra de cebada de las peores que he conocido en años, cuando en la linde opuesta de la misma pero a unos treinta metros de distancia “negreo” la silueta un extraño, y alargado animal. Un animal era seguro se exponía a la matinal luz sin el menor recato lo que dejaba sin duda a la vista su pelaje y proporciones, pero <¿Si la cebada que tenía en mis pies media apenas medio metro?¿Cuál sería la alzada de aquel bicharraco que se me antojaba debía tener más de uno de longitud?>< A fin de cuentas las dobladas espigas no alcanzaban a taparlo por entero>.

-<Tejón no es, demasiado oscuro, meloncillo tampoco no hay muchos por aquí y el tamaño no concuerda. No puede ser otra cosa que un zorro, si debe ser un zorro con el pelaje ennegrecido y la cola en posición horizontal.><- Que extraño tan negro y con una postura tan forzada>. Tan intrigado estaba que ni siquiera estaba alterado o emocionado, no veía el lance por ningún sitio al menos no reconocía al animal que tenia frente a mí a tan pocos metros. No se movía no había forma de saber si estaba de cara o de grupa, tampoco estaba totalmente atravesado sino terciado más bien. Como tiempo atrás había vendido el visor por falta de aumentos para tiros largos y los prismáticos desaparecieron un día entre las fauces de mi perro, tampoco podía hacer otra cosa que esperar. Dos minutos quizá tres y el animal se convirtió en un hermoso jabalí de más que mediano porte Bastó un simple movimiento de su cabeza para identificarlo y encender de golpe todos mis sentidos de depredador y levantar el rifle para apuntarlo en un disparo más que sencillo. Pero cada uno tiene sus manías y la mía es no disparar sin ver completamente el blanco y lo cierto era que del guarro solo acertaba a verle el lomo y poco más.

-<¿Le tiro o no le tiro? ¿Mira tú que estando “tan a güevo” todavía se me va>-.

Las pulsaciones a tope y la adrenalina saliendo a chorro vivo por las orejas jamás fueron buenas consejeras y si malas precursoras de necias actuaciones. POUMMM, castañazo y otra vez que le peino la crin de un marrano. El animal sale echando leches completamente desorientado porque no sabe de dónde le ha venido “el rayo vengador” lo que si intuyó era que de  haberle acertado bien podía haberlo tronchado  en dos con la mala uva que traía. La recarga del rifle le dio una ligera idea de “quién” podía ser el que había ido a fastidiarle el almuerzo y se escurrió a la carrera tras dos chaparras que tenía frente a mí. Sin dejar de correr adiviné la trayectoria que llevaba y cuando salió otra vez tras la chaparras ya lo estaba siguiendo con el arma sin dejar de correr paralelo a él. Otra chaparra más abajo en la línea casi del monte era la salvación del gorrino pero, en ese instante me vio y freno en seco. Lo apunté y…

-<Mierda si está en una zona tan oscura que otra vez no veo el punto de mira, JODER>-.

Estuvo parado frente a mí como quince segundos y yo cabreado porque no veía el punto de mira aunque distinguía perfectamente el bulto del jabalí. Seguro de no errar el tiro levanté el rifle hasta el cielo para enrasar el punto de mira con el alza y lo baje hasta el guarro apuntando al centro del animal. POUMM, Castaña.

-<Otra píldora cabrón, ahora si estás listo…pero ¿No puede ser?…>-.

en lugar de rodar como un conejo se ha metido de lleno en la chaparra y dentro sí que está oscuro.Corrí por medio de la cebada atropellándolo todo en contra de mi costumbre y me pare frente al gran árbol esperando escuchar los estertores de un animal agonizante. NADA.

Era demasiado para mí, si no quería salir lo sacaría yo ahora se trataba de un asunto personal y no pensaba en darme por vencido. Las ramas de la encina llegaban hasta el suelo por lo que bajé el rifle a la altura de la cadera, quité el seguro y cerrando los ojos para no pincharme entré de golpe en la peligrosa penumbra. En la embestida perdí el sombrero arañándome la calva con las puntiagudas hojas. Por más que miraba y remiraba no lo veía y no daba crédito a mis ojos.

<Imposible que lo haya fallado con este rifle a esa distancia>, pero no estaba el guarro se las había “pirado “con viento fresco, así me lo indicó un rodeo que di al árbol y descubrí sus pisadas delatoras. Lo seguí un trecho pero no había sangre ni signos de tropiezos en los matorrales. Humillado de nuevo por un gorrino al que podía haberle dado un par de capotazos de cerca que lo tenía. Recogí no tenía el cuerpo para más desatinos, una vez más había perdido y lo aceptaba es difícil vivir lejos y aclimatarte al monte la misma mañana. Sumergirte de pronto en plena naturaleza, asimilarlo y poner en práctica las habilidades que uno ha aprendido por si mismo a base de errores. Tiempo al tiempo, que es el mejor maestro que hay. Los doscientos metros hasta el coche me sirvieron para dejar de maldecir al jabalí que lejos de ser culpable era víctima y que tan bien había jugado las pocas cartas que tenía para ganar la partida. Lo admiré en lugar de maldecirlo.

También me di cuenta que había perdido en el fragor de la lucha el chambergo que llevaba puesto y que aunque volví a buscarlo no fui capaz de encontrar. En el único rodal donde la cebada aún estaba verde y que escondió tan bien el sombrero que no lo encontré hasta que no segaron la parcela.

Cortado por el peine de la segadora, a día de hoy todavía lo conservo como el recuerdo del último jabalí que “me chuleo” antes de convertirme en el LOBACO. Lo remendé y lo llevo con orgullo aunque esté hecho un desastre.

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