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El Río


 

Tras seis meses sin venir al pueblo hoy he recibido a mis amigos para celebrar el encuentro anual del cuál soy anfitrión. Desde Alicante y desde Madrid han recorrido largo trecho para reunirnos, reír, beber, contar mentiras, verdades y comernos una Caldereta de las más recias, y así lo hacemos.

Tras la sobremesa a casi todos se nos caen los ojos, así que lo mejor es echarse una buena “siesta española” para recargar un poco las baterías al amor de una fresca y tierna almohada.
Yo no soy menos pero la cama me sabe más bien a poco, cambiaré de buen gusto su relativa comodidad por otras sensaciones, olores y sonidos aunque haya de tenderme en un soporte mucho más precario. El pueblo es más que tranquilo por lo pequeño, no falta un tractor, un perro desvelado, un vecino o vecina declarando a voces que su siesta y la de los demás se la trae “al fresco”.
Poco me cuesta arrancar el coche en medio de la canícula de este rabioso y seco mes de Julio y conducir tres kilómetros hasta El Júcar.

 

 

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Antes de llegar divisamos a lo lejos la fronda de la chopera posicionando claramente nuestro destino y brindándonos la promesa de una sombra agradable y protectora. Imponentes árboles que elevan sus brazos desafiando al cielo y se dejan acariciar por el tenue vientecillo, casi podríamos llamarlo brisa. El susurro relajante y apaciguador que se forma al rozar de las hojas termina por convencerme de haber elegido el lugar adecuado. Cruzamos “La acequia de los cangrejos” hasta llegar a la playa que conozco desde chico y que he visitado cien veces. Un lugar tranquilo donde las someras aguas discurren parsimoniosas y sin peligro.

 

 

 

 

Poco me cuesta encontrar acomodo entre los alfombrados y suaves cantos de la orilla mientras mi chico “hace bailar” los más planos a rabiosos saltos sobre el agua. Uncas su perro tras rastrear y reconocer el sitio se mete en el agua más cenagosa para refrescarse y escarbar en busca de bichejos. Una vez puesto todo en orden, mecido por la brisa y arrullado por el suave canto de los pájaros no tardo mucho en caer en un profundo sopor que me transporta a épocas lejanas…

 

 

 

 

Escucho risas de mujeres que trabajan agachadas en la orilla, mujeres de antaño a juzgar por sus ropajes, lavan  ropa a fuerza de agotar sus rodillas y brazos. Lucen vestidos muy sencillos, algunas gastados y descoloridos por el uso cotidiano. Rascan una y otra vez las retorcidas prendas en sus tablas bien untadas con “jabón de sosa”.

No se sobresaltan con mi presencia, ni me han visto, no dejo de ser un “Onírico Viajero” fuera de su tiempo y lugar que nadie puede ver ni advertir su presencia. Lavan y ríen, como si el trabajo no les pesara y no les quedara un largo trecho hasta el pueblo con el cesto de la ropa recién mojada doblando el peso a transportar. Frotan sin dejar de charlar animadamente y cuando terminan se arremangan las faldas para entrar en el Júcar y mojarse ellas también.

Ocultos desde los juncos dos chavales de unos quince años las observan mientras se esconden de “la pareja” que a caballo han estado a punto de descubrirlos poniendo lazos y pillarlos con las manos en la masa. Cazan lo que pueden para ayudar al sustento de su casa, visten pantalón corto, botas de serraje remendadas y camisas de indefinible color. Miran a las muchachas más jóvenes con la curiosidad y la candidez de hace cien años. Algunas se remangan aún más las faldas para salpicarse y ruborizar aún más a los muchachos sin saberlo y seguir riendo un rato más. Mientras las más viejas reniegan y rezan remugando entre dientes.

>>Joder si salpican y que jaleo montan con tanto griterío, ahora mismo parece que estén discutiendo a grito pelado, llegan hasta mi los salpicones y me están mojando la cara…<<

 

 

 

 

Abro molesto los ojos que se desbordan de luz con muy poco, mientras se acostumbran a la claridad el perrazo aprovecha mi descuido para darme un beso en los morros con su “hocicarro”. Viene a darme novedades, así que le doy un cariñoso “calvote” le acaricio y mientras escupo el sabor a babas, agua de río y cieno lo mando otra vez a jugar al agua con tres palabras amables:
-¡Tira so cabronazo que me llenas de mierda la cara, la madre que te parió!-.
El animal se da por aludido y rabeando contento por la misión cumplida vuelve a meterse en el agua para continuar su búsqueda. Mi hijo sigue en el mismo sitio con su férrea fijación de aprovechar hasta la última piedra plana que encuentre para hacerla rebotar en el agua. Le llamo y apenas se gira, ni puto caso todo de nuevo en orden para dar otra cabezada.

 

Copas de chopo

 

Caigo entonces en la cuenta de la causa del alboroto, no es otro que una patrulla de urracas encaramadas a un árbol que cacarean y chillan irritadas por haberles ocupado su lugar de sesteo. Somos intrusos en su territorio y lo reclaman a una prudente distancia sin llegar a bajar al suelo. Con ese estridente arrullo mirando bajo el sombrero las copas de los chopos doy otra cabezada sin costarme mucho trabajo.

> Se escuchan los cencerros de las cabras que hacen de guía al rebaño, no tardarán en llegar, dudo mucho que Uncas les haga un buen recibimiento así que me incorporo, le llamo y le sujeto. Cuando llegan las primeras ovejas hasta el agua  se apiñan asustadas, aunque no puedan vernos nos presienten y hasta olerán el “pestuzo” a cieno con el que Uncas me ha perfumado hace un ratejo.

El Pastor casi roza la cincuentena, tiene la tez arrugada y un rostro cetrino por Sol y años. Se sienta en un enorme tronco caído; mientras con un ojo vigila el ganado con el otro lía un cigarrillo y da una severa orden a sus perros para que junten las descarriadas. El río es traicionero un poco más abajo a escasos cien metros está la antigua presa del molino y de caer un “ovejo” no sería la primera vida que se traga, ni animal ni humana.
Mientras observa extrañado la inquietud de sus “chicas” fuma con el pequeño cigarro colgando del labio, por la expresión de su cara le adivino alguna pillería propia de su oficio. No sin antes mirar a ambos lados saca del morral una liebre bien hermosa y la “avía” con su afilada navaja en un momento. La guarda de nuevo con cuidado replegando las patas sobre el vientre y se termina el cigarro. Mirando la posición del Astro Rey para saber la hora con exactitud de “Catedratico”, no es “coña” de lo suyo pero lo es. Los perros comen la apestosa sangre y tripas de la liebre, vestigios de otra época donde el hambre recordaba a cada momento que no había de desperdiciarse nada<<.

 

 

 

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Me despierto sin prisas, descansado y en paz con el mundo para comprobar que todo sigue en orden, el reloj del teléfono ni lo miro el de la muñeca hace más de treinta años que no lo cargo. No me interesa estropear el momento racionando el tiempo, es pronto y los demás estarán durmiendo o abriendo las primeras botellas. El perro entre espadañas y fango persigue todos los animalillos acuáticos que bullen entre sus patas. De cuando en cuando tras sacar el morro renegrido de fétido cieno mastica algo que espero sean raíces. Una enorme torcaz cruza el cielo dejando una regia y azulada estela para posarse bastante lejos, en las copas de la otra orilla, no le gusta lo que ha visto en su vuelo de reconocimiento. En poco más de un mes nos veremos otro año en los puestos más altos sobre el río.

No muy lejos se escuchan los aflautados cantos de los abejarucos que deben estar cazando libélulas sobre el propio cauce donde la pared se eleva y parece estar cortada a pico. La misma en la que nacieron hace pocos meses, en las oscuras cavidades sutilmente taladradas bajo tierra donde tienen sus nidos. Vuelan en círculos arrojándose sobre las aneas y atrapando de cuando en cuando algún insecto demasiado confiado que no los vio venir. Sin duda están enseñando a sus pollos las mismas técnicas que aprendieron de sus padres y  que les permitirán sobrevivir en su cercana emancipación. La mayoría han improvisado un palco en una rama y observan plácidamente posados las evoluciones de los neófitos arreciando las voces de sus flautas cada vez que se lanza alguno jaleándoles como si compitieran en las olimpiadas.

 

 

 

 

Me levanto y sacudo mis tejanos de oferta 2×1 mientras llamo al perro y a mi hijo para iniciar el retorno a casa. Mis amigos ya han empezado la fiesta y he de ayudarles a vaciar “botellines” y preparar las brasas y el jamón para la cena. Antes de irnos paseamos por la playa para despedirnos y llevarnos algunas de sus luces y colores. Para imprimarnos un poco más de la natural esencia de un rincón donde todavía no ha llegado la destructora mano del “Humano progreso”. Los tonos verdosos predominan en la superficie, las hojas se reflejan sobre el agua dejando entre ellas claros por donde se cuela la luz del Sol en un prematuro Ocaso. Otro día volveremos, quizá con más tiempo, con más tarde.

 

 

 

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De camino a casa adelantamos al ganado que viene de abrevar en el Júcar, como hizo desde siempre. Donde aquella lejana y prospera “La Mesta” tenía lugar de descanso para pastores y animales más antigua que el propio pueblo.
El pastor algo retirado del camino levanta la punta de su garrota para saludarme, por un momento me recuerda al de mi sueño que no debía de ser otro que algún antepasado mío.

Como orgulloso descendiente de este pueblo y de este noble oficio, en parte algo le debo el haber llegado hasta aquí.
Le devuelvo el saludo y desaparecemos tras la nube de polvo que levanta mi “Lanrover” despidiéndonos los tres de mala gana.

 

 

 

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