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Antes de dormir.


Desde la ventana cuelga su mirada que aún ansía traspasar el horizonte, entre tanto su corazón cada vez más cansado nunca ha dejado de latir por él. Mientras sueña despierto espera a que llegue el niño recién bañado para acostarlo y contarle una de sus historias antes de dormir.
Mira una y otra vez el verde prado donde juegan los conejos entre dos luces y clava su mirada más allá, en la espesa ribera del río donde ya deben estar hozando los gorrinos.
La barba que nunca cuidó ni de corta ni de larga y mucho menos se preocupó de rasurar, la calva sin un solo pelo desde hace mucho y unos fieros y azulados ojos que jamás se cansan de mirar el campo. Poco hace que lo anduvo y poco falta para volver y aun así los minutos le parecen horas; Llega el niño de la mano de la madre que lo deja en la cama sin decir palabra, nunca le gustó su suegro y a él ni puta falta que le hace.

 

 

-¿Agüelo que miras?-
-Nada chico, solo el cielo, el monte, el prado, el aire, los conejos y a mi alma dispuesta para salir a encontrase entre ellos-.
-Que raro hablas macho-.
Ríe como cascabel mientras el abuelo le sonríe con ese rictus forzado del que nunca ríe sin razón mientras se reconoce y conforta en las palabras del niño. Con apenas cinco años ya se conoce casi todos los pájaros del campo y ha enseñado a obedecer a su perro.
-¿Qué cuento me vas a contar hoy?-.
-Hoy voy a contarte una historia para que aprendas a distinguir entre la avaricia y la caballerosidad, de cómo la caza despierta lo más ruin y lo más noble del interior de las personas-. –Quizá todavía no me entiendas pero apréndetelo porqué cuando seas grande puede ayudarte a encauzar tu vida por el camino correcto-.

El pequeño no le entiende pero le respeta tanto que se mete de un salto entre las sábanas, coloca su rubia cabeza sobre la almohada y con los ojos como platos espera impaciente el relato del abuelo.

 

 

< Cazar con un amigo o con alguien que tenías por tal no suele costar de averiguar más allá de cuatro lances o tres jornadas como mucho.
Lo ideal es reconocer a tu compañero de cacería como la persona que esperas. Compartir la dureza, las penas y alegrías, los triunfos y fracasos, la merienda y el esfuerzo en pleno campo une mucho a las personas. Engrandeciendo sus cualidades y dejando de lado los defectos que todo Ser humano lleva impresos en su carácter y sus actos determinan.
Por desgracia la mayoría de las veces suele ser al contario, la avaricia, el egoísmo y la mezquindad hacen acto de presencia en la persona que pensabas era un dechado de virtudes. Pasa y demasiado a menudo que quién tu tenías por gran cazador termina siendo un ser vacío carente de toda ética rayano en el esperpento.
Es lo que tiene conocer a las personas en las soledades del monte cuando no hay más juez ni testigo que la propia Naturaleza. Ahora entenderás porqué yo cazo solo>

 

 

-¿Entiendes mis palabras pequeño Hércules?-
-Todas no Agüelo pero las guardaré en mi cabezota hasta que las entienda-.

 

 

EL ESCARMIENTO

 

 

 

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Aquella espectacular y limpia mañana de Domingo todavía era temprano para liarse a voces, con el sueño a medio desgranar y la tranquilidad de andar disfrutando unas buenas vacaciones. A pesar de mi carácter rebelde no me permite dejar que me pisoteen, sin saber muy bien dejé pasar la ocasión de decirles cuatro verdades. Una de esas veces que haces algo sin saber porqué pero sabiendo que has hecho lo correcto, sabiendo de antemano que tragándote la hiel encontrarás mejor solución.
Eran dos, dos caraduras de los que aún siendo familia no se aguantan, de los que evitan hablarse cambiando de acera, pero se habían encontrado en mi mejor puesto palomero el día de la apertura. Sabían de sobra quién era el autor de los mínimos cambios que hacía para acomodar mi puesto portátil en la vegetación. Sabían que era yo quién allí cazaba y aun así andaban repartiéndose las posturas. En cuanto me vieron subir con mi “Lanrober” por la empinada y pedregosa senda se pusieron alerta e hicieron “manada de hiena” para dar apariencia de tener razón porque eso es lo que hacen los cobardes cuando se creen descubiertos. Lejos de intimidarme o cabrearme siquiera di media vuelta para desandar lo andado. Mi primer pensamiento fue colocarme justo delante de ellos para matarle unas cuantas palomas en los “Hocicos” pues a diferencia de ellos sabía perfectamente por donde entraban y salían. Uno de ellos ya comprobó en el pasado la humillante amargura de esa técnica en sus carnes pero su avaricia y escasos lances debían habérselo hecho olvidar.
Cierto es que en un coto social si no está acordado de antemano nadie tiene preferencia sobre ningún puesto. Tampoco es menos cierto que la caballerosidad y el pundonor que debe tener un Cazador le hace alejarse de molestar a los demás en lugar de aprovecharse de ellos. Y así obrábamos la mayoría, excepto aquellos dos “cazandangas” que por ser incapaces de buscarse un buen puesto habían de robar uno al mejor palomero del pueblo>.
La mañana del Jueves siguiente madrugué de nuevo para ir “a palomas” sin saber muy bien donde colocarme pues tengo la premisa de no cazar un puesto dos días seguidos para no “quemarlos”. La intrusión de “los hienas” me había descuadrado los planes así que no lo tenía nada claro. Mientras apuraba mi chupito de “agua de fuego” del desayuno se encendió una bombilla en mi cabezota al percatarme que era un día laborable.
Con pocas esperanzas conociendo las artes y destreza palomera de aquellos dos recorrí los cuatro kilómetros para subir la cuesta donde el Domingo andaban “carroñeando”, con la esperanza que el trabajo les hubiera impedido repetir su “hazaña”. La sonrisa malévola que mi boca dibujó al comprobarlo terminó por hacerse carcajada. Mejor que yo sabía que mi aviesa y retorcida mente iba a encontrar la manera de darles un más que merecido escarmiento. Bajé los trastos, solté a mi perro que por entonces se llamaba Uncas y me coloqué en el primero de los puestos de la cumbre dispuesto a recibir las palomas que venían del dormidero.
La cumbre y el Júcar abrían un espacio que les servía de corredor aunque a primera hora pasaban muy altas, y más pasarían tras haber aguantado apenas cuatro días antes el tiroteo de hiena. Los dos “figuras” más malos que “arrancaos” no habían dejado pluma o vaina alguna y yo que los conocía bien presentí que no debían haber “tocado pluma”. Aun así dejando pasar las imposibles conseguí bajar una que cayó desde una altura considerable regando tomillos y aliagas con sus frágiles y azuladas plumas.
Entonces la bombilla se encendió, fue todo una coger aquella paloma y desplumarla al azar en siete sitios a ambos lados de mi puesto para fingir ocho “pelotazos” en el radio de aquella postura.
Una vez pasaron las madrugadoras llego la hora de subir a la cresta apenas doscientos metros más arriba para tirar las que revoloteaban buscando comida y acomodo. Las vistas eran impresionantes y los enormes pinos del lugar les ofrecían una buena atalaya para otear el peligro antes de bajar a beber al río o a comer al rastrojo.
Pero ese día el peligro era yo, perfectamente camuflado entre una encina y un enebro las recibí a escopetazos logrando tumbar tres más al suelo. Tres que desplume convenientemente regando estratégicamente de plumas cuantas aliagas, romeros y tomillos encontré marcando a la perfección el mapa de la cacería perfecta.
Más que satisfecho decidí retirarme, aún volaban algunas pero las dejé para otro día, ya tenía bastante que desplumar y todavía quedaba la tarde. Antes de irme del lugar lo recorrí con la vista saboreando de antemano “el careto” de los sinvergüenzas al ver semejante “esplumaero”. El broche final lo puse en el puesto de mañana con los restos del almuerzo del día anterior que vacié de mi vientre para que no tuvieran problema en encontrarlo, por aquello de marcar el territorio>.
-¡Hala que guarro agüelo, le dejaste una mierda a esos dos cabrones!-.
-¡Niño que te lavo la boca con jabón de sosa del que hace tu abuela!- Luego dirá tu madre que te enseño a decir tacos-.
-Si los aprendo de ti-.
-Bueno pero no practiques tanto que tú todavía tienes enmienda -.
-¿Y agüelo los cabro…digo los cazandangas como tu les dices volvieron y pisaron tu mierda?-.
– No sé chico si volvieron al lugar aunque presiento que así fue y que tampoco disfrutarían con lo que allí encontraron-.-Al año siguiente el día de la apertura en aquellos dos puestos hice una de las mejores tiradas de mi vida-.
-Agüelo te quiero mucho y cuando sea grande seré tan buen palomero como tú-.
Le besa la mejilla intentando que el único lagrimón que rueda por sus arrugas no termine en el rostro del crío. Lo tapa sintiendo que su tiempo ha expirado pero puede irse tranquilo con el deber cumplido. Espera un rato de pie junto a la cama, recreándose en la quietud de la criatura y poco antes de irse murmura susurrando.
-No chico, tu serás mejor-.
Apaga la luz mientras su vida entera se arrebuja ya dormido entre las sábanas presintiendo que a la propia le queda medio suspiro. Le despide con una ultima mirada y un solo pensamiento.
Será esta madrugada cuando todos duerman, cogerá su rifle, su chaqueta y su gorro y partirá hacía el monte a encontrase con su destino. Volverá a la matriz de la tierra, la que le vio nacer aquella donde siempre había querido volver, aquella que jamás debió abandonar.

 

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