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Segunda Carta al Ecologista que dice ser mi enemigo

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Segunda carta

Tenemos el mismo origen

Al igual que tú crecí en un barrio obrero a las afueras de una gran urbe, por suerte de chico jugué entre huertas, campos y acequias. Voy a contarte parte de mi juventud en la segunda carta al ecologista.

Fui testigo de los últimos usos tradicionales de labranza con animales de tiro y arrastre. De las ancestrales técnicas de trabajar la tierra con las manos, abonarla con estiércol y regarla de sudor.

Todo aquello desapareció bajo toneladas de hormigón, bajo el venenoso plástico del infame invernadero.

Cuando mi destino como apocado y gris urbanita parecía estar escrito tuve la enorme suerte de tomar contacto con mis raíces más ancestrales.

Volví al Pueblo por la matanza, esa tradición que entremezcla sin enturbiarla la muerte con la alegría.

La antaño prometedora celebración que aseguraba el sustento para varios meses. Sin duda algo grande en otro tiempo en el que no podía haber mayor satisfacción que «llenar la panza». Esa juerga gastronómica y cultural que lleva aparejada el júbilo de la gente al finiquito del desdichado gorrino.

Qué cantidad de aromas de colores, de sensaciones y sabores que descubrí en ese viaje. Mi infantil cerebro no daba abasto a asimilar todos los estímulos y emociones que le bombardeaban sin darle tregua.
Burros, ovejas, perros por doquier, gallinas, gatos y pollos por todas partes. Pájaros, conejos y corderos a los que abrazarme para mi regocijo y la desesperación de mis progenitores.

El retorno de la partida de Caza

A media mañana del Domingo volvieron los cazadores con su botín, cuatro guarros y un zorro. Toda la gente de la plaza los recibió con alborozo. Se aviaron los animales entre risas, tragos de vino, pan recién hecho y anécdotas.

Se frieron en la misma plaza para todo aquel que quisiera llevarse a la boca un pedazo de los aromas de aquel lugar recóndito de la sierra en forma de tajada.

Extasiado corría entre la gente que se preguntaba de quién era aquel chico que bullía y desenvolvía con soltura. Masticando grandes pedazos de rústico pan recién hecho y correosa carne frita, sentado en la más cómoda de las piedras del lugar.
Asimilando todo cuanto podía, entorpeciendo más que ayudando pero tan alegre como integrado en el ambiente. Sin duda había encontrado mi sitio. Aquella improvisada fiesta que se sumó a la anterior. Mi instinto de niño me hacía intuir que a pesar de parecer habitual tenía un fondo mucho más trascendente.

Ni más ni menos la que tenía, tuvo y tendrá la llegada de los cazadores al poblado con el resultado de su cacería y el júbilo con que la tribu al completo los recibe como merecen.

 

Las raíces vencieron la ignorancia

Años después volví al pueblo convertido en un ecologista radical, sin duda los estímulos de la ciudad pudieron conmigo. La ignorante arrogancia que nos regala la adolescencia a los machos de nuestra especie hizo mella en mi mente. Anidaron en ella unos valores que bienintencionadamente defendía a capa y espada pero en los realmente jamás creí.

Por suerte vi la luz, antes que fuera demasiado tarde y volví a buscar mis raíces esta vez definitivamente. Ver la luz querido amigo no fue hacerme cazador porque siempre lo fui. Siempre fui Cazador, «aún cuando» no lo sabía

Es alcanzar el suficiente raciocinio y capacidad de crítica para no juzgar a nadie sin conocerlo. A no odiar a mis semejantes por nefastas que parezcan sus actitudes.

No me burlé de su tosquedad, de sus carrillos colorados, ni de los negros pañuelos que usaban las mujeres para cubrirse. Las boinas enroscadas hasta el entrecejo tenían su punto cómico pero el respeto que invariablemente sentí por los míos estuvo siempre por delante.

Ya no abandoné aquel ambiente, preferí convertirme en uno de ellos y absorber como una esponja todo lo bueno que aprender de aquellas gentes. Defender mi postura y combatir lo malo en la medida de mis posibilidades. Hoy día tengo cama, techo y la gente conoce mi profundo amor hacía la tierra de mis orígenes.

Vergüenza debería darles a quién ha osado alguna vez llamarles paletos.

Gente que creció y vivió en un mundo hostil, sin las modernas comodidades, bajo el yugo de una pesada y asfixiante dictadura. Trabajando sin descanso y en muchos casos sin perder la sonrisa. Extrajeron la vida de la tierra con sus manos a costa de la suya, criaron una numerosa prole. Cuidaron a sus animales que vivían con ellos en las casas que ellos mismos construían igual que todos y cada uno de los útiles y utensilios de uso cotidiano.

Como sufren hoy día esas gentes al vernos arrojar la comida a la basura como si tuviéramos derecho a ello. Qué lejos amigo mío que están de todo aquello nuestras pijas cazadoras y botas con membranas impermeables. Y las tenemos gracias a ell@s.

 

la Caza un bien Cultural.

En los pueblos de la España rural y profunda se ha forjado nuestra moderna sociedad, no debemos olvidarlo. De los pueblos emigró a las ciudades un contingente enorme de mano de obra que las construyo y engrandeció tal como las conocemos hoy día.

Antaño las mujeres se partían el alma trabajando para los suyos y envejeciendo a los cuarenta años. Los hombres en los pocos ratos libres que tenían andaban cazando por ásperos montes. Buscando algo de carne extra que aportar a las bocas de su famélicas criaturas. Hielo, nieve, barro, lluvia o calor les obligaban a padecer todo tipo de penalidades para volver a casa con un par de piezas si había suerte o mojados y rotos por el esfuerzo.

Algo tan hondo no puede ni debe olvidarse jamás. En los pueblos hay una enorme cantidad de sabiduría y quién no quiera verlo está más ciego de lo que cree.

La caza es uno de los pilares básicos de esa cultura y aunque solo fuera por eso ya merece la pena ser conservada. Respetada y obligada a respetarse como bien cultural de reconocida raigambre. Por ese motivo decidí conocerla a fondo y desentrañar uno a uno cada secretos. Los que la madre naturaleza atesora frente a nuestros ojos y que solamente muestra a quien se adentra en ella sin miedo ni reparos.

Alguien que piensa que el día que no se atreva a jugarse la piel por hacer algo que le emociona ya estará muerto.

Treinta años de pasión cazadora después mi vida es mucho más rica. He logrado mayoría de mis aspiraciones cinegéticas. Y sin embargo tengo la impresión de tan solo haber arañado la cáscara. De haber leído únicamente las dos primeras páginas del libro de la vida. Alcanzado tales cotas de crecimiento personal que jamás hubiera conocido en la gran urbe.

Vivido lances que me han llevado a reír como un niño ante un triunfo Y a llorar como un hombre al tener que sacrificar a mi perra moribunda.

Tener bien cerca a la parca, a punto estuvo de llevarme con ella con ayuda de mi cabezonería y de una hipotermia. Mirarla cara a cara en lugar de acobardarme ha fortalecido mi espíritu un tanto más.
No entiendo otra razón para acabar con una vida que la de comer su carne, es el único derecho que tengo para matar.

Cazar no es un deporte, sobra todo atisbo de competición, de artimaña, de ansía, de ganar a toda costa. El buen gran cazador no sustenta su valía y prestigio en una enorme pila de cadáveres ni trofeos. Son los conocimientos que atesora y el respeto que guarda a sus presas quienes lo harán grande o insignificante.

Como antaño lo fueron nuestros antepasados esos que cazaban con lanza y bailaban alrededor de una hoguera.

 

El presente, el futuro.

Hoy día superada ya de largo la cuarentena, he sido padre, sigo bebiendo de la fuente de la literatura y sigo cazando. Creo haber alcanzado cierto grado de madurez, al menos eso me gusta pensar. Aún así hay cosas que se me escapan.Quizá mi falta de estudios universitarios me priven del entendimiento necesario como para comprender.

A una sociedad en apariencia moderna y tolerante que para prosperar deba renegar y alejarse de sus raíces. Renegar de todo lo ancestral y pisotear costumbres y tradiciones para seguir avanzando sin saber muy bien hacía donde.

Auspiciada y férreamente tutelada por un Capitalismo consumista y aberrante. Creando a cada paso enormes cantidades de basura, pobreza, «telemierda», polución y mayor desigualdad entre sus semejantes. Es de locos comprobar a diario como la mitad de la humanidad tira a la basura los alimentos que precisa la otra media para no morir de hambre.

Al menos yo para saber quién soy quiero saber quién fui y así se lo enseñé a mi hijo.

Le enseñe a matar por la necesidad de comer y no veo ninguna maldad en ello lo aberrante hubiera sido enseñarle a comer animales vivos.
Aprender de la vida es algo difícil y rudimentario, algo duro que debe basarse en principios sólidos inherentes al ser humano. A cambio la vida al contrario que las falsas ideologías o religiones te lo enseña todo sin contarte una sola mentira.

 

Como antes dije «fui monaguillo antes de fraile».

Este soy yo, ahora hablemos un poco de ti, sin meter a todos en un mismo saco voy a intentar dejar algunas pinceladas al azar. Intentaré dibujar el personaje que intuyo está leyendo esta carta lo más fielmente posible.

Te conozco mucho más de lo que crees, es una ventaja de haber militado en tu bando. Lleno hasta el borde de buenas intenciones pero vacío de auténticos conocimientos y sobre todo de respeto.
Seguidores de falsos gurús y de supuestos “Amantes de la tierra” que adoctrinan con utópicas razones «científicas» casi nunca comprobadas. Además de acaparar el título y el oficio de amantes dejándonos a los demás como simples cornudos consortes.

Prefiero mil veces a “los de Teruel”, mal futuro le veo a la Tierra si cae en manos de tales amantes.

La mayoría de sus acólitos suelen hacer un irrisorio e irreal circo de su mundo interior. Lo lucen, lo pasean con orgullo como la más absoluta de las verdades, haciendo el más espantoso de los ridículos. La percepción que tienen de la salvación del planeta pasa por el exterminio de la raza humana a la que consideran la causa de todos sus males.

Les gusta la naturaleza y por eso reciclan a veces incluso envuelven sus heces en bolsas de plástico para no dejar residuos en el campo. Convirtiendo así lo más biodegradable del mundo en el más desagradable de los desechos.

Se declaran demócratas e izquierdistas a ultranza pero no tienen reparo alguno en usar las más arteras artimañas para cometer sus tropelías. No pierden la oportunidad de manipular noticias escabrosas y atribuirlas a nuestro colectivo. Presentando ante la voluble opinión pública las fechorías de unos pocos por las acciones habituales de todos.

Metiendo a todos en un mismo saco obviando la realidad de lo cosmopolita y rico que es el gremio cazador. Sin tener ni «puta idea».
Se amparan en unas leyes hechas a su medida por políticos apoltronados con nula vocación de servicio público. Estos «les doran la píldora» con tal de ganar votantes y trabajar lo menos posible.

 

De esta forma ganan algunas veces.

Consiguen siempre que paguemos los mismos sus descomunales salarios y dietas. Su incompetencia, sus multas con nulo interés educador y enorme afán recaudatorio. Los daños de las especies cinegéticas a la agricultura, los accidentes de tráfico y las inmerecidas subvenciones. Seguro que me dejo algo.

Con todas estas razones y con la única autoridad que brinda el apoyo de las risotadas con los amigotes se presentan en el monte. En pueblos, fincas y campos de todo el País con intención de impartir «justicia animal».

Declaran que el campo es para los animales y niegan sin pudor alguno que existan plagas que asolan cosechas de comarcas enteras. Lobadas tan numerosas que matan decenas de cabezas de ganado haciendo peligrar la economía de familias enteras. Con una visión eugenésica de la naturaleza por el simple hecho de desconocer sus mecanismos, para ellos hay animales que valen más que otros. Si supieran que los lobos se comen vivas a sus presas destripándolas hasta desangrarse cambiarían de parecer. De momento quieren saberlo.

Intentan convencernos que el plomo es un veneno tan letal que el más leve contacto con él puede llevarnos a la más espantosa de las muertes .A pesar de no haber estudios concluyentes que demuestren tal falacia.
Pisotean las costumbres de los lugareños. Intentan imponerles sus conocimientos sobre los animales y su medio, a base de estudios y nombres científicos obviando de plano la sabiduría popular.

Pretenden enseñar a hacer hijos a unos padres de familia numerosa.

Gracias a todas estas presiones se están gestando enormes sobrepoblaciones de animales en los P.N. que terminarán generando problemas sanitarios a corto plazo. Prefieren ver animales moribundos y enfermos antes que abatidos a los pies del cazador, sin rubor alguno. Con dos cojones.

Dejar a la naturaleza a su libre albedrío es algo muy romántico sin duda pero tan peligroso como ir real. Quizá en las ruinas de Chernobyl donde no hay personas ni intereses humanos sea un tanto posible, yo tengo mis dudas. Defender que la caza es innecesaria sin argumentos científicos y coherentes además de ser una gran mentira es una enorme irresponsabilidad.

También los hay que asaltan granjas con alevosa nocturnidad, los que ríen la muerte de un torero o un niño por el hecho de querer serlo. Los que comen verdura para evitar productos de origen animal. Intentar inútilmente mancharse las manos de sangre y mirar por encima del hombro a los que no hacemos lo mismo.

Dejémoslos en «su mundo» sin más propagandas.

Mentes así de «lúcidas» creen conocer la verdadera esencia de la naturaleza y la vida. Cuando se enteren que no hay especie vegetal o animal que se vuelva en contra de la suya van a tener un serio problema.

Lejos, a años luz de aquell@s valientes que se colocaron bajo los barriles de desechos nucleares que algunos desalmados arrojaban al océano.
O los que tienen suficientes agallas para aguantar los cañones de agua con que los balleneros les azotan cada vez que intentan interponerse entre ellos y su macabra barbarie.

Ni de aquel  intencionadamente malogrado Doctor Burgalés que nos enseño los entresijos de la Naturaleza y sus seres, humanos incluidos. Alucinaría si viera el cúmulo de desvaríos y necedades en los que lo que han acabado convertidas todas sus teorías y buenas intenciones. También fue Cazador. Llegáis tarde, me parece que esto ya lo hemos vivido y superado hace algún tiempo. Esas hipócritas actitudes las conocemos en este País. Antes que vosotros hubieron otros que durante años intentaron hacernos creer que masturbarnos era pecado y todos hemos comprobado «de primera mano» que es una burda falacia.

 

A otros perros con esos huesos.

¿Sigues creyendo que eres más tolerante y más humano que yo? ¿Qué quieres más a tu perro? ¿Qué sabes cagar en el campo? Despierta ya que el mundo cambia a cada momento y mucho me temo que la breve historia de amor político-ecologilistica está tocando a su fin.

Hay plagas de animales por todo el País y por desgracia vuestros métodos están comprobadamente abocados al fracaso. El insuficiente relevo generacional de futuros cazadores no está asegurado y eso jugará en su favor. ¿No resultaría gracioso que «Al remate» solo quedásemos cuatro y nos tuvieran que pagar por cazar? Nada es imposible.

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