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El «marranaco» y la cochina de Paco

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Hay veces en que la vida nos golpea tan fuerte que de lo único que tenemos ganas es de quedarnos quietos sin más. Aguantar por aguantar, vivir por inercia sin ilusión. Ni siquiera la seria certeza de abatir un «marranaco» es suficiente para emocionarte.

Tal fue mi caso hace ahora un par de años cuando Aquiles murió, tal era mi desaliento que dejé la caza apartada. La dejé por tiempo indefinido al faltarme mi compañero para disfrutar de ella.

Mi amigo Paco sabedor de todas mis cuitas y de lo que aquél perrete significaba en nuestras vidas no tuvo reparos en llevarme «a la fuerza» con él. Acepte por cortesía, me parecía feo despreciar la invitación a sabiendas que lo hacía para ayudarme a superar el trance.

 

No solo me invitó a uno de sus puestos, sino que me consiguió un permiso para hacer legal el mínimo de los detalles. Su esperanza era que matara un «marranaco» para olvidarme un rato de la pérdida de mi amigo, mientras él irá a probar suerte en una siembra quinientos metros más abajo.

 

El puesto más extraño que jamás cace

Mientras a la tarde aún le queda cuerda para rato navegamos con mi «lanrober» camino de la serrezuela donde Paco tiene ubicado «mi puesto». Hablamos de la caza, se nos cruzan algunos conejos y un poco más adelante en la cantera los vemos por doquier. Vaya plaga de animalejos sabrosos que de estar a mi alcance harían compañía a la torta de los gazpachos.

Situado a pocos kilómetros de mi casa jamás imaginé que en tan corto trayecto pudiera darse una plaga de jabalíes además de los conejos. Rodeado de naranjos, viñas y almendros el barranco donde voy a ponerme no me inspira mucha confianza. Pero aquí se caza con cebo, Paco los cuida y repone para aquerenciarlos y para recabar información de sus comensales.

Dejo el coche al pie del cerro a escasos doscientos metros, donde termina el camino, donde comienza un inútil vallado de un naranjal. Por algún sitio se colarán para destrozar las gomas y darse un baño en el improvisado Spa «gorrinero». Bajamos y me da las instrucciones para encontrarlo, me advierte que hay un viejo macareno que lo ha burlado en un par de ocasiones.

Por costumbre y por desapego a la caza le hago poco caso, estoy allí más por cumplir con él que por la pasión cazadora que hasta hace una semana encaminaba mis montunos pasos. Me pongo en camino. asciendo por el empinado monte perfilando la arboleda hasta que descubro la senda del marrano. La rodeo para no delatarme, sigo subiendo tan abstraído que me paso del puesto y termino en la cumbre.

Busco la planicie arrellanada que me ha indicado y no la encuentro así que decido hacer una vez más caso de mi experiencia e instinto.

Le pregunto por mensaje un par de referencias más y diez minutos después estoy sentado frente al bidón, pero más arriba de donde se sienta él.

Sin apenas equipo tengo que improvisar el camuflaje y situarme más lejos de lo que me gustaría. A casi treinta metros del cebo, esperemos al menos recelen y no me lo pongan muy fácil, de ser así no pienso disparar.

 

 

Era verdad que había un «marranaco»

Me gusta más la ubicación elegida que la suya y sabiendo que el «marranaco» le coge el aire es posible que también la conozca bien. Así que estoy un poco más alto para verlo llegar o verlo una vez en el cebadero. No me agrada este tipo de caza sobre animales tan aquerenciados, lo mío es tirar al paso buscándoles la vuelta.

No sé exactamente que voy a encontrarme esta noche aquí arriba, de lo que si estoy seguro es que no dispararé sobre un cochino «abocicado» en el bidón comiendo confiadamente como uno de granja.

En menos de media hora oigo el primer suspiro, si que es grande el cabrón. El «marranaco» ha subido por la orilla de los pinos y aunque se ha parado justo por donde entré gracias a mi camuflaje olfativo no ha logrado descubrirme.

Recela porque ha visto o al menos olido el coche, sabe que estoy por allí, pretende encontrar mi rastro pero no sabe donde. Baja otra vez abajo a buscar el leve hilo de mi olor, sube de nuevo y se para cinco metros debajo mío, aunque no consigo verlo lo escucho respirar.

 

Lo huelo, le oigo justo delante mío, una pequeña depresión y una zarza le tapa pero está ahí. Tan cerca siento al «marranaco» que el más mínimo roce lo pondrá en alerta y se esfumará como un fantasma sin dejar rastro.

La dificultad de la caza con cebo radica en dejar entrar al bicho para que se confíe, recelan, desconfían y muchas veces no entran. Parece más fácil de lo que aparenta, la técnica es justo la contraria a la caza al paso donde los animales entran casi sin miedo.

Tengo el rifle en el regazo, pero lo dejo quieto, tal vez levantándome poco a poco descubra su cabeza y a esta distancia récord sería víctima.

 

 

Eso si tuviera ganas, llevo tan poco tiempo inmerso en el monte que su magia aún no me ha hecho efecto, de momento el rifle se quedará donde está 

Cinco, diez minutos permanece el «marranaco» en su pretendido escondite hasta que decide marcharse tan sigilosamente como llegó. Otro día y en otras circunstancias seguramente lo hubiera hecho conmigo, en el maletero de mi coche.

 

Frente al cebadero

Aún es de día cuando comienza a cantar el Gran Duque para remarcar su territorio, debe estar bien gordo el cabrón con todos los conejos que tiene al alcance. Mientras las sombras acuden a ensombrecer romeros y pinos comienzo a agradecerle a Paco la intensidad de este momento. Todavía no se escucha nada, ningún jabalí trasiega al alcance de mis agudas orejas que cuido como un tesoro. Mi vista se acostumbra poco a poco a la falta de luz, hoy la luna sale muy tarde así que en poco rato apenas veré más allá de mis botas.

Calma, calma pura, naturaleza y sosiego que va entrando por los poros de esta plácida noche del mes de Julio. Más allá, en la costa deben estar sudando la gota gorda, yo en mi atalaya me he puesto un ligero forro polar. Por detrás mío las luces de la lejana autovía me indican claramente mi posición y me permiten ubicarme en el terreno. Por delante vagamente atisbo el bidón del maíz y la cadena que lo sujeta al árbol todavía refleja un poco.

Ya se escuchan carreras, gruñidos y ramajes por los campos del pie del monte, ya están haciendo de las suyas. De cuando en cuando se escuchan cerca para después alejarse sin llegar a irse del todo. Justo tras el cebo hay un enorme caballón recuerdo del viejo huerto que fue un día. Tras el se escuchan los cochinos desde hace poco rato. Es una piara muy escandalosa, demasiado, se nota que están tranquilos. Gruñen, se empujan y corren amparados por el pequeño talud que a veces les descubre el lomo.

 

Tras el «marranaco» comienza el partido

Yo que de fútbol se lo mismo que de punto yugoslavo por un momento fui testigo, expectador y arbitro del encuentro más extraño que hubiera sospechado jamás.

«… Señoras y señores la alineación jabalinera termina de saltar al campo eufórica y con ganas de comerse el esférico con forma de bidón. La capitana al frente dirige a sus huestes por la plaza al son del gutural gruñido típico de la especie, coreando su himno…»

«Dan la vuelta completa, saludando al respetable con devoción, se pavonean ante su hinchada y se dirigen al centro de la plaza para formar. Por un momento se detienen todos, callan y a una señal de la capitana comienza el encuentro…»

«Se dirige con decisión hacia el bidón y de un potente jetazo, de un cabezazo sublime lo envía por el aire hasta que hace tope con la cadena. La pelota cae al suelo y todos los jugadores comienzan a darle con su trompa para que suelte el maíz o confiese algún delito…»

«Pero ¿Que sucede?. Desde el palco han encendido uno de los focos y todos los jugadores se quedan por un instante mirando, petrificados a ver que sucede. Una estruendosa bengala, un estampido infernal salido desde allí y le ha dado un infarto capitana, una pena que haya tanta violencia en el deporte…»

 

Cazar sin equipo ni ganas, fracaso seguro

Nada más apretar el gatillo todo ha terminado en segundos, como si nunca hubiera sucedido, como si nunca hubiese pasado. Junto al vacío bidón del maíz yace el cuerpo de la hembra que dirigía a toda la tropa de «primalones». Maldigo mi suerte y me alejo para intentar digerir la situación.

<Los animales eran todos del mismo tamaño…es lo primero que compruebo antes de disparar…sino localizo la cochina grande disparo a uno de los que son igualones y así no hay error posible>

Esta vez si lo ha habido, la cochina lleva las ubres llenas de leche y me aterra la posibilidad de haber dejado una ristra de huérfanos sin madre ni guía. Mando un mensaje a Paco y le digo que yo ya estoy listo, que en cuanto lo esté él nos vamos de allí. Yo estoy dispuesto a irme a la mierda.

El equipo de caza lo tengo en mi pueblo, linterna frontal, el sombrero, la silla y todo lo demás así que hoy cazo con lo justo, sin frontal, una silla prestada y con una gorra de la fórmula 1. A trompicones, voy descendiendo del monte, me gusta andar discretamente de noche, marcando únicamente mi posición para que no me peguen un tiro.

La noche es tan negra que me desbarro cincuenta metros y termino en el talud de un campo de naranjos. No tiene valla así que salto sin pensarlo dos veces y mi tobillo se acuerda de toda mi parentela. Medio cojo, acalorado y muy cabreado consigo llegar al coche para soltar a Uncas, el único perro que me queda.

Paco llega enseguida y me cuenta su experiencia al paso, es nuevo para él cazar en las siembras y viene eufórico. Le cuento yo lo mío y tras beber copiosamente de la garrafa de agua de emergencia subimos al monte rifle en mano. Por cercanía cabe la posibilidad que la bala haya pasado la hembra y herido otro jabalí, es difícil pero posible así que lo mejor es no tentar más a mi ya jodida suerte.

 

La bajada y aviado de una cochina deforme

Uncas va por delante nuestro, yo con el rifle en guardia baja, si hay un jabalí herido no nos sorprenderá y podré darle pasaporte en un pispás. Llegamos hasta el cebo y la cochina muerta, no hay signos de «arrollones», ni más sangre que la brotada hace un rato de mi infortunada presa. Uncas pistea el rastro de los fugados aquí y allá sin encontrar nada. Nos acercamos hasta donde se detuvo el «marranaco para encontrar sus huellas y hierba aplastada. «Le cedo mi rifle a Paco y comienzo a arrastrar la gorrina, cuesta abajo va casi sola.

 

Una vez junto al coche observamos con detenimiento el animal que nos tiene confundidos. Es extrañamente jorobada y fea, casi amorfa.

Al abrirla la cosa no mejora, su carne es tiene un tono amarillo un tanto extraño, que no la librará de mi caldereta.

Las vísceras y la grasa tienen el color y la textura normales así que agarro mis cuchillos y me pongo al trabajo de desollar, eviscerar y descarnar.

 

La maldita bala de punta de plástico ha destrozado más carne de la necesaria, cuando las termine no compraré más. El .300 Win. Mag. tiene parada de sobra para dejar seco cualquier marrano a cualquier distancia sin los putos plásticos.

Poco da la noche más de si, salvo el rato que dos amigos echan en el coche mientras se alejan del lugar. Comentarios distendidos entre los que se entienden y comparten afición y amistad, el «marranaco» vuelve a salir a relucir como no podía ser de otra manera.

Aún es pronto para disfrutar de la caza faltando una de las criaturas con quién la compartía. Hoy le he echado más de menos que nunca, lo que hubiera disfrutado  Aquiles mordiendo la cochina.

Dejaré pasar el tiempo antes de retomarla, antes de volver a tener otro de esos pequeñajos paticortos y alargados.

El tiempo que no cura nada sino que pone distancia entre el dolor que causó la herida. 

 

4 Comments

  1. Buen relato maestro, enhorabuena!!!.

    Y no te preocupes, si no es antes, será después, pero nos volveremos a encontrar con esos amigos que vamos dejando por el camino.

    ¡Un abrazo!

    1. Gracias «Pequeño saltamontes», los amigos de verdad nunca desaparecen, siempre están, siempre estamos ahí.

  2. Sole Martínez

    Se echan mucho de menos a los animales cuando se mueren, pero la vida es así, la muerte nos vendrá a todos por igual tarde o temprano.

    1. Cuando los tienes a tu alrededor y mueren en parte por culpa tuya nunca podrás olvidarlos.

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