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Los tres cochinetes de la malaleche.

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Los tres cochinetes de la malaleche.

Los cazadores guardamos un grato recuerdo de cada una de las piezas que hemos vencido. Gracias a los triunfos aprendemos, pero gracias a los fracasos aprendemos mucho más.
Estos son los tres animales que más me han enseñado en la vida, por suerte llevo abatidos algunos más.

 

Tres metros sobre las pipas.

El primer cochino que vi en libertad, aunque eso de verlo habría que ponerlo en cuarentena. El bicho ni era pequeño ni tonto, supo taparse con las pipas y con las sombras de la noche.

Fue en verano mientras disfrutaba plácidamente de los quince días de vacaciones que me correspondían. Cazando y sacando a mi hijo al monte cuando apenas era poco más que un bebé. Mejor que se imprimara cuanto antes de olores, colores y paisajes que luego cumple los tres años y ya solo piensa en videoconsolas.

Las palomas no se me daban mal, era el primero en llegar al sitio de noche y el último en llegar al pueblo tras él ocaso. Con el sonido de los disparos todavía en los oídos, el revuelo de las plumas del pelotazo en la retina. Y la paz que proporciona al cazador el ser parte del monte. En las horas dónde el calor pesa como una losa y hasta respirar cuesta un tormento, las buscaba tranquilamente por las choperas con mi perra, al salto. Las pocas que derribaba sabían a gloria por la belleza del lance y por su dificultad.

Pero me faltaba estrenar el magnífico rifle con el que mi novia me obsequió cuando nos casamos. Me hubiera casado con ella igual y además le di el gusto en contra de mi voluntad de hacerlo por la Iglesia. Una vez acabada la ceremonia y habiendo ajustado cuentas con el “encargado del chiringuito” le pregunté
-Mírame bien cariño ¿Me ves?
-Si claro ¿Te ocurre algo?
-No que va, es que hoy será el último día de tu vida que me veas dentro de una Iglesia-.Así fue y hasta hoy.

Un arma magnífica de las que ya no se fabrican, la madera tiene belleza y calidad a partes iguales. Las líneas tampoco es que sean provocadoras pero son armoniosas y el pavonado no está mal. La robustez y fiabilidad del sistema Mauser de doble tetón, el cañón flotado. Una precisión que ya quisieran otros rifles de mayor precio.

Eso más que saberlo lo suponía. Se me había metido entre ceja y ceja la peregrina idea de dispararlo por vez primera contra un jabalí. Tenía la absoluta certeza que pese a no haberlo usado nunca estaría sobradamente a la altura. Y no me equivocaba el fallo vino dado por otros motivos.

Decidí hacer la espera un día entre semana, no recuerdo cual.  No era miércoles ni jueves porque esos días eran vísperas o había caza. Sin haber buscado rastros me coloqué sobre las siete encima de una gran roca. Sobresalía del monte y caía justo encima de un campo de pipas donde había algunas tronchadas.

Elegí esa siembra porque estaba flanqueada por un barranco y una baña que tenía un gran barrizal. Donde suponía yo que iría a restregarse el cochino. Mi experiencia en las esperas era infinitamente menor que mi afición. Aún así no me lo pensé y me coloque en mi catrecillo dispuesto a apiolar un guarro y darle un estreno más que digno a mi .300wm.

Linterna no llevaba ni siquiera una pequeña para alumbrarme cuando me retirara. Visor tampoco. ¿Para qué la necesitaba? Si los del pueblo “los limpian” con una paralela atiborrada de infames postas. No llevan linternas ni cachivaches por el estilo, ¿No voy a ser yo capaz de cargarme uno con esta maravilla?

La tarde se deshilachaba poco a poco. En todo el verano había tenido un momento para sentarme a pensar. Así que estaba poco menos que en trance. El paisaje era precioso, indescriptiblemente bello para cualquier amante del campo. Las pipas aún verdes y el rastrojo todavía no se afeitaba al cero como hoy día.

Por aquel entonces mis escapadas al pueblo eran escasas. Lo echaba tanto de menos que cualquier momento de disfrute lo aprovechaba al máximo. Pero el jabalí seguía sin aparecer, yo no tenía ni idea de por donde debería hacerlo. Solo que acabaría por llegar el pie de la roca dónde estaba puesto. Intuía que allí había algo que el andaba buscando.

A las ocho ya comenzaban a esfumarse mis ilusiones. El Sol estaba suficientemente bajo para darme cuenta que había elegido mal la ubicación de mi postura. Lo tenía a la espalda, tapado por la alta loma donde descansaba la piedra. Ese sería el primer sitio en oscurecer en cubrir la siembra con su sombra. Justo donde debía entrar el guarro.

Cualquiera hubiera caído en la cuenta pero yo busqué el sitio sin saber y cuando caí en la cuenta era demasiado tarde. El único sitio que me pareció más adecuado para mejorarme era otra roca situada en el cerro de enfrente. Pero el barranco me obligaba a pasar por la baña y esa sería el único lugar que tenía seguro visitaría el guarro. Entrara por donde entrara. Nueve y media.

Contrariado decido retirarme en cuanto dejen de pasar las últimas aves porque además de matarlas también me gusta verlas. Por fin me levanté con el culo dolorido. Echándome el rifle al hombro di el último vistazo para despedirme de aquel idílico paisaje. Me agache a coger el único «archiperre» que llevaba. Un catrecillo comprado en Córdoba un par de años antes.

Fue entonces cuando escuche claramente un sonido delator. Concentrando toda mi atención en el punto de dónde surgió me llevé la grata sorpresa que tanto tiempo llevaba esperando. Un cochino de mediano tirando a grande se movía entre los girasoles. Despacio zorreando. Sin poder evitar el ruido que las anchas hojas producían al rozar su voluminoso cuerpo.

Como me temblaban las patas de la emoción que no de miedo. El rifle lo tenía yo en las manos y también la ventaja de ver sin ser visto. «El pipar» por donde andaba el cochino estaba situado a mi izquierda. Algo más alto que el que yo tenía a mis pies. El animal ya casi en completa oscuridad bajo por la baña y perfiló su negra silueta en la orilla del carrizo.

Si le hubiera disparado entonces seguro que me habría hecho con él. Pero además de estar temblando como un flan, quise evitar a toda costa que cayera al barranco porque sacarlo de allí si era difícil. Por eso ni me moví, seguí allí en lo alto de mi piedra. Como si fuese una estatua del cera. Cuando quise darme cuenta el animal se había situado debajo mía, justo donde yo lo esperaba. Pero como también esperaba ya no se veía un pijo.

Con los nervios de punta me eché el rifle a la cara muy despacio y… –<Mierda imposible apuntar con semejante tembleque>-. El guarro se va pero vuelve y parece que estoy algo más templado. Verlo no lo veía pero escuchaba su «charabasqueo» a menos de diez metros. Si lo hería me daría tiempo a trincarlo con un segundo tiro. Si huía  por dónde había venido había suficiente claridad para verlo y me daría tiempo a cortarlo.

Respiré hondo sin hacer muchos «visages» y tomé aire profundamente. Expulsé la mitad y apunté sin siquiera ver el punto de mira. Levanté el arma hasta el cielo para centrarla bien. Cuando tuve la “Bola entre la uve del alza” bajé hasta donde suponía estaba el animal. Apunté a la más absoluta oscuridad Y disparé. El estampido fue brutal, reverberó astillando la noche en mil pedazos. Hasta me pareció ver la silueta del cochino recortarse sobre la tierra del sembrado con el fogonazo.

Silencio, por décimas de segundo hasta el mundo dejó de dar vueltas. Al menos yo ni escuché el susurrar del agua en el barranco. El guarro por un instante se detuvo como si se hubiera quedado petrificado. De lo único que estaba seguro era que la bala había impactado en el lugar dónde había  apuntado. El cochino echó a correr con estrépito sin el menor rasguño a pesar de no haber más de seis metros entre el cañón de mi rifle y el corpachón del guarro.

Estupefacto todavía, descolocado por la rapidez de los acontecimientos ni siquiera cargue de nuevo el rifle. Lo vi trasponer por el sitio donde lo esperaba. Siguió su camino sin dejar rastro de sangre ni de herida alguna. Lo único herido que hubo esa  noche fue mi orgullo. Siete años más tarde en esa misma charca debuté con un gorrino mediano.

El bermejo impasible

Fue otro de los que me hicieron perder la fe en abatir un guarro y comenzar a creer que tenía alguna especie de maldición, gracias a la cual no sería jamás capaz de abatir un marrano por pequeño que este fuese. 

Ni siquiera fue en una espera, tampoco lo busqué, lo encontré como quién no quiere la cosa y le tiré. En lugar de un jabalí cobre una gran porción de vergüenza, algo más de experiencia y un monumental cabreo. Un penoso día de caza menor, solo como es  mi ley y costumbre.

Tras pocas oportunidades, un par de fallos y algunos kilómetros detrás las perdices decidí cambiar de sitio. Dejé las lomas para cazar una viña donde es seguro que podría tirar algún zorzal al salto. Y así demostrarme a mí mismo que todavía tenía algo de tino con la escopeta.

Como de costumbre lo primero al llegar al coche es arrancarlo para que vaya calentando y así tenerlo listo cuando me siento al volante. Subo la perra al maletero y guardo la escopeta en su funda. Cierro el portón y subo al coche. Enfilo la empinada cuesta abajo que me llevará hasta mi destino. Cuando aún no he recorrido veinte metros veo un enorme perrazo en la misma orilla del monte.

Una estrecha faja de monte bajo que separa la loma del camino, en la misma entrada de la única parcela que hay en esa vertiente. Allí sin saber de dónde ha salido hay un perro enorme y negro que me mira con interés. Avanzo diez metros más… -<¡Joder si no es perro que es gorrino…a por él!>-.Parar el coche y abrir atrás fueron décimas de segundo. Un empellón a la perra para que no bajara. Sacar la escopeta de la funda para sacar…¡UN PAR DE CARTUCHOS DEL SEIS!

En aquel tiempo no llevaba balas por la simple razón de que mi escopeta era seminueva y un polichocke invector+ pasaba de los 120€. Por eso y porque era tan optimista como para pensar en darle en breve el pasaporte a algún jabalí con el rifle. A todo esto el jabalí que tenía frente a mí se delató como una hermosa y rolliza hembra. Cosa que deduje cuando sus seis o siete espabilados bermejos salieron del monte al camino.

Comenzaron a cruzar el camino. En menos de lo que pía un zorzal una segunda piara se unía a la primera. Que la estaba esperando en lo alto del cerrete opuesto a la loma de donde habían salido. Mientras yo terminaba de cargar la escopeta. Entonces salió una tercera piara que se unió al grupo formando el “ganao” más  libre y salvaje que yo había visto nunca.
-<joder si es que no los había visto nunca>-. se me llenaron los ojos de jabalí. Fue entonces se me ocurrió el hacer «una de las mías».Analicé rápidamente la situación.

<Si salgo corriendo tras ellos disparando se asustarán y se “darán el piro” dejándome con dos palmos de narices. Pero si disparo a ese tan curioso que está a unos cuarenta metros una de dos o lo hiero y se pone a dar vueltas como un loco. Lo cual me permitirá acercarme en dos zancadas y rematarlo. O se me viene encima para atacarme. Con poner una rodilla en el suelo y dejarlo entrar lo “entaco” a diez metros como hacía Buffalo Bill>.

Aquello visto desde fuera debió ser un espectáculo. Menos mal que no había nadie mirando y menos mal que no estaban por allí los de verde.
La radio del coche a toda leche…TRANQUILO MAJEEETE EN TÚ SILLÓN…el coche arrancado, con la puerta y el portón abiertos. La perra acojonada dentro y yo que me arrodillo tapo al cochino y…-<Uy laputamadre si que está lejos…más de lo que esperaba>-. El animal observaba impretérrito aquel ser de otro mundo que debí parecerle yo. Porque humanos sin duda habría visto, quizá de lejos…¿Pero tan zumbaos?

Ya había llegado demasiado lejos como para dejarlo escapar así que tapé al desdichado bermejo y -¡POUMMM!- Allá que fue con dos cojones.
-<Lamadrequeloparió, ni se ha inmutao el jodío>-
La estampida fue general entre quince y veinte animales salieron por patas, todos corrieron más o menos veloces. Ponían tierra de por medio entre ellos y el “colgao” la escopeta que se agachaba y les disparaba un inofensivo cartucho perdicero. ¿Todos?

Todos no el que menos corría fue el bermejo que recibió la andanada de perdigones en su duro y tupido pelaje que ni siquiera se sacudió. El bicho se limitó a girar 180º para mostrarme lo gordos que eran sus güevos. Al trotecillo se fue alejando moviendo las nalgas con un más que humillante contoneo.

Y yo allí parado al lado del coche con la escopeta en la mano y cara de gilipoyas. Rodilla en tierra escuchando la canción que decía por enésima vez…TRANQUILO MAJEEETE EN TU SILLOOOOOOON.
Enfadado conmigo mismo y humillado por un guarrete que no debía pesar más de 40 kg enfilé hacía el pueblo dando por terminada la caza. <-Se acabaron por hoy los tiros>-.

La próxima tarea que tenía por delante es averiguar si era más tonto por no llevar balas. Por tirar un cochino pequeño al lado de un camino con perdigones. O por no poder dejar de mirar cómo se alejaban socarrona y grotescamente sus pelotas haciéndome la más cruel de las burlas. Totalmente merecida por mi estupidez y mi torpe inexperiencia.

 

El Cochinazo sorprendido.

Fueron pasando los años y seguía sin hacer carne pero mi ánimo no desfallecía. Es lo que tiene la caza cuando la afición aflora y termina por volverse pasión.

Una  arraigada forma de vivir la naturaleza donde lo necesario es integrarse en ella y lo de menos el botín cosechado.

Mis ansias por cobrar un animal grande aumentaban en mayor proporción que mi experiencia. Lejos de presentir que el momento se acercaba, me conformaba con mi aciago sino. Me dedicaba a salir día tras día tras los corzos y jabalíes. Esperaba llegara el día en encontrar uno más o menos descuidado. Porque  suerte lo que se viene a llamar “la suerte” seguía brillando por su ausencia.

Ya sabía casi todo “lo que no se debía hacer” para cobrar una pieza. Por lo tanto ya tenía medio camino recorrido. Ahora solo me faltaba saber “lo que había que hacer” para conseguirla. Probando toda suerte de trucos y estrategias estaba en la fase del camuflaje integral. Camuflaje y enmascaramiento al más alto nivel, desde entonces parezco un camaleón de más de noventa quilos.

Esa linda mañana del Junio más seco «quel ojo de un tuerto»bajé del coche dispuesto a pasar la mañana con más ilusión que convencimiento. Cogí el catre, el trípode y la máscara que esa misma semana había acabado de hacer. No caminé más de doscientos metros hasta la postura, un paso que había intuido en lugar de descubrirlo. A base de errar una y otra vez.

Sin hacer apenas ruido me senté y fue entonces cuando el Sol comenzó a  irradiar parte de su fuerza y belleza. No llevaba diez minutos sentado en la linde de el monte. En una rala siembra de cebada de las peores que he conocido en años. Cuando en la linde opuesta de la misma a unos treinta metros de distancia “negreó” la silueta un extraño, y alargado animal.

Un animal era seguro, se exponía a la matinal luz sin el menor recato lo que dejaba sin duda a la vista su pelaje y proporciones. las dudas eran otras. <¿Si la cebada que tenía en mis pies media apenas treinta centímetros?¿Cuál sería la alzada de aquel bicharraco que se me antojaba debía tener más de uno de longitud?>< A fin de cuentas las dobladas espigas no alcanzaban a taparlo por entero>.

-<Tejón no es, demasiado oscuro, meloncillo tampoco, no hay muchos por aquí y el tamaño no concuerda. No puede ser otra cosa que un zorro. Sin duda debe ser un zorro con el pelaje ennegrecido y la cola en posición horizontal.><-¿ Que extraño tan negro y con una postura tan forzada?>.

Tan intrigado estaba que ni siquiera estaba alterado o emocionado. No veía el lance por ningún sitio. Si no reconocía al animal que tenia frente a mí a tan pocos metros. No se movía no había forma de saber si estaba de cara o de culo. Tampoco estaba totalmente atravesado sino terciado más bien. Poco tiempo atrás había vendido el visor por falta de prestaciones. Mis prismáticos desaparecieron un día entre las fauces de mi perro Teniendo que apañármelas a «ojímetro» tampoco podía hacer otra cosa que esperar.

Dos minutos quizá tres y el animal se convirtió en un hermoso jabalí de más que mediano porte.Bastó un simple movimiento de su cabeza para identificarlo y encender de golpe todos mis sentidos de depredador. Levanté el rifle para apuntarlo en un disparo más que sencillo. Pero cada uno tiene sus manías. La mía es no disparar sin ver completamente el blanco. Y lo cierto era que del Jabalí solo acertaba a verle el lomo y poco más.

-<¿Le tiro o no le tiro?- -Mira tú que si estando “tan a güevo” todavía se me va>-.
Las pulsaciones a tope y la adrenalina saliendo a chorro vivo hasta por las orejas. Jamás fueron buenas consejeras y si malas precursoras de necias actuaciones. POUMMM, castañazo y otra vez quepeino la crin de un marrano.

El animal sale echando leches completamente desorientado porque no sabe de dónde le ha venido “el rayo vengador”. Lo que si intuyó era que de haberle acertado bien podía haberlo tronchado  en dos por la mala uva que traía. La recarga del rifle le dio una ligera idea de “quién” podía ser el que había ido a fastidiarle el almuerzo. Se escurrió a la carrera tras dos chaparras que tenía frente a mí.

Sin dejar de correr adiviné la trayectoria que llevaba y cuando salió otra vez tras la chaparras ya lo estaba siguiendo con el arma sin dejar de correr paralelo a él. En otra chaparra más abajo en la línea casi del monte tenía la salvación el gorrino. Justo antes de entrar en ella me vio y freno en seco. Lo apunté y…
-<Mierda si está en una zona tan oscura que otra vez no veo el punto de mira, JODER>-.

Estuvo parado frente a mí como quince segundos. Yo cabreado porque no veía el punto de mira pero distinguía perfectamente el bulto del jabalí. Seguro de no errar el tiro levanté el rifle hasta el cielo para enrasar el punto de mira con el alza. Lo baje hasta el guarro apuntando al centro del animal. POUMM, Castaña.

-<Otra píldora cabrón, ahora si estás listo…pero ¿No puede ser?…>-.
En lugar de rodar como un conejo se había metido de lleno en la chaparra y dentro sí que estaba oscuro. Corrí por medio de la cebada atropellándola. Me pare frente al gran árbol esperando escuchar los estertores de un animal agonizante. NADA.

Era demasiado para mí, si no quería salir lo sacaría yo. Ahora se trataba de un asunto personal y no pensaba en darme por vencido. Las ramas de la encina llegaban hasta el suelo. Así que bajé el rifle a la altura de la cadera. Quité el seguro y cerrando los ojos para no pinchármelos entré de golpe en la peligrosa penumbra.

En la embestida perdí el sombrero arañándome la calva con las puntiagudas hojas. Por más que miraba y remiraba no veía al jabalí ni daba crédito a mis ojos.
<Imposible haberlo fallado con este rifle a esa distancia> Pero el guarro se las había “pirado “con viento fresco. Así me lo indicó un rodeo que di al árbol y descubrí sus pisadas delatoras. Lo seguí un trecho pero no había sangre ni signos de tropiezos en los matorrales. Humillado de nuevo por un gorrino al que podía haberle dado un par de capotazos de cerca que lo tenía.

Recogí, no tenía el cuerpo para más desatinos. Una vez más había perdido y lo aceptaba. Difícil vivir lejos y aclimatarte al monte la misma mañana. Sumergirte de pronto en plena naturaleza, en los cambiantes paisajes, asimilarlo. Poner en práctica las habilidades que uno ha aprendido por si mismo a base de errores.

Tiempo al tiempo, que es el mejor maestro que hay. Los doscientos metros hasta el coche me sirvieron para dejar de maldecir al jabalí. Lejos de ser culpable merecía mi respeto por lo bien que había jugado las pocas cartas que tenía para ganar la partida. Lo admiré en lugar de maldecirlo.

También me di cuenta que había perdido en el fragor de la lucha el chambergo que llevaba puesto. Volví a buscarlo no fui capaz de encontrar. En el único rodal donde la cebada aún estaba verde se quedó escondido el sombrero. Lo encontraría mi hijo dos meses después. tras haber segado la parcela hasta que no segaron la parcela.

Cortado por el peine de la segadora. A día de hoy todavía lo conservo como el recuerdo de aquel animal. Un jabalí que supo ganarme cuando estaba en clara desventaja.

Lo remendé y lo llevo con orgullo aunque esté hecho un desastre.

 

Los tres cochinetes/Narraciones/Cazadorenlaoscuridad

El viejo chambergo muchos años después.

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