CazadorEnLaOscuridad

Las palomas torcaces de «La calor»

2 30

Hay quién piensa que la caza de palomas torcaces es fácil, que sacar la escopeta y volver con las perchas repletas solo es cuestión de cartera o sabiduría para acertar con el sitio. También los hay quienes piensan que para hacer una cacería dura y sacrificada has de viajar al áfrica o a las cordilleras del Himalaya, que las penurias cinegéticas están reservadas a los países exóticos.

Yo voy a contar algunas de las mías para demostrar que no es necesario ni lo uno ni lo otro. Respetando de antemano a quienes tengan ambas oportunidades y cacen con ética y esfuerzo, para nada les envidio. Solo aspiro a atesorar un buen número de lances que me dejen buen sabor de boca. A esforzarme y saber lo suficiente para no esperarlas en las sombras escondido y fusilarlas de un ruin escopetazo mientras otean la orilla del río para bajar a beber.

Puede que así trajera el doble de piezas a casa, pero no me valdría la pena, me bastan un par de ellas para hacer un buen arroz y🕊 cazar como dictan las «no escritas» leyes del monte para dormir tranquilo.

 

La hora en que la siesta es para otros

Cuando la sangre te hierve de pura ansiedad por cazar y la escopeta te quema entre las manos, no queda otra opción que cargarla en el coche junto a tu perro, coger una buena cantidad de agua para sobrevivir y salir «arreando» hasta el monte. A 40º a pleno Sol y sin chispa de aire la caza se ve y se siente de otra manera.

Mientras, las gentes del pueblo caminan hacia el encame vespertino de la benefactora»siesta española», Yo, salgo en pos de las palomas torcaces aunque me miren como si estuviera loco, ni aunque fuera por vez primera.

¡Viva LA CAZA!, Y si estoy loco bendita locura.

 

21 de Agosto, Sistema ibérico-serranía media de Cuenca.

El Sol quemando la piel,  apretando en las sienes nada más bajar del coche, haciéndolas palpitar, pero no es cuestión de andarse con melindres, sino de «echarle cojones». Llevo medio año esperando para sacar el instinto prehistórico y no voy a quedarme en casa mordiéndose las uñas aguardando el puesto de la recogida de la tarde. Sería una desatino desaprovechar las horas que hay en medio, de recorrer el coto cuando lo tienes para ti solo y los animales sestean confiados entre ahítos y soñolientos.

A las cuatro de la tarde el Sol despliega todo su poder abrasador, con la tierra ya caliente el aire se vuelve casi irrespirable, los metales queman, los perros jadean y los cuerpos sudan para refrescarse. Deshidratarse es fácil, quizá para un pisaverde, para un «Paleto de ciudad» de esos que se ríen cuando ven un entrecejo, un pañuelo, una boina o una faja.

Pero mis ancestros sobrevivieron, pastorearon y cazaron aquí mucho antes de inventarse la rueda, los coches, los teléfonos móviles o el botijo.

 

¿Donde están las palomas torcaces con «la calor»?

>Como nacidas aquí y también supervivientes como mis antepasados son demasiado inteligentes para volar y mucho más para volar alto y lejos<.

Es hora de rebajar las cervezas del aperitivo, las judías del puchero o las copas del café, buscándolas en las frondas de los árboles solitarios. Las carrascas, los pinos majaneros y las nogueras del medio del rastrojo, los álamos de la ribera del río les sirven de atalaya y de sesteadero para aguantar la canícula sin que se les derritan las plumas.

>Arrimadas al tronco y las ramas más gruesas, con la ayuda de la suave brisa soportan la digestión y se guardan al tiempo de casi todos sus predadores<.

De casi todos, porque yo hace rato que camino por el rastrojo, aguantando a Uncas para que no corra y las levante. Con la vista clavada en el suelo para evitar las peligrosas víboras, a estas horas son más peligrosas que nunca y mi perro anda descalzo como todos.

 

>Ni siquiera los incansables vencejos que nunca dejan de volar te encuentras en el cielo a estas horas, están sobre las aguas del Júcar sobrevolando la corriente para atrapar el fresco y comerse cuatro bichos<.

Salvo algún que otro aflautado abejaruco cazando avispas o al lagarto ocelado recargando sus «baterías» y su piel mi perro y yo somos los únicos habitantes de monte.

A la orilla del regajo a veces hay una ligera tregua

Los pequeños «barranquetes» que antaño albergaban cientos de codornices a veces tienen «una poca» brisa que compartir con el perro del cazador. Parcos en aguas, con apenas un palmo de corriente, su frescura sirve para refrigerar la sangre del perro y su barro para mantener un rato el frescor.

>También los grandes árboles crecen en sus orillas y con ellos la esperanza de encontrar agazapada una gruesa dama azulona echando una cabezada<.

También son buenas sus escasas sombras para hacer un alto, echar un trago a la garrafa y otear el horizonte, si hay una regla inviolable para el vespertino cazador de palomas torcaces es detenerse bajo una sombra.

>Si alguna se mueve por algún motivo la veremos antes de que nos descubra y nos cogerá preparados para intentar apuntarla y colgarla del chalecho<.

 

 

Tres  que han salido largas y dos tiros fallados no me desaniman fácilmente, estoy tan despierto y eufórico de hallarme donde me hallo que casi toco el cielo con mis sudorosas manos. 

Ya hace rato que sudo como un gorrino el día de su «sanmartín», que mi perro cambió de color en la ciénaga y que el agua comienza a escasear. >Quizá el carrasco que se ve a medio kilómetro tras las ondas de calor no sea un espejismo y me brinde la primera presa<.

 

Palomas torcaces/Recuerdos/CazadorEnLaOscuridadHubo suerte, la cogí despistada o con indigestión de grano

>Es hora de «echarle pelotas» al asunto otra vez y llegar hasta el pino en completo silencio, bordeando las pipas, por la parte donde más le aprieta el Sol<.

Uncas resuella de pura pasión al aguantarlo, le susurro y se tranquiliza porqué empieza a estar cansado y no porqué le falten ganas, ansioso por cobrar, por morder, por terminar uno de los lances con la boca llena de sangre y plumas.

A treinta metros del pino abandono la escasa protección de las pipas y me coloco justo detrás, con el Sol a la espalda, de estar estarán al abrigo del tronco que les brinda escondrijo y sombra. El pulso a mil por hora, las sienes palpitantes y la rozada nuca en carne viva no me impiden escuchar el torpe y ruidoso aleteo de las palomas torcaces justo al rodear, desde las ramas más bajas.

Tiro «conejero y apuntón» al tiempo, encare rápido pero sin olvidar «irme con ella» para dar un tirón a la escopeta y pulsar el mecanismo de su mortal lengua de fuego, en menos de veinte metros.

¡Eureka! gritó Arquímedes el gran descubridor, «tierra a la vista» dicen que un tal Rodrigo de Triana, a mi  que estoy igual de contento solo me sale un -¡Al suelo!, traela chico-.

Joder lo duras que son, con un «cartuchazo» de sexta y todavía viene aleteando en la boca del perro, un misericordioso batacazo en el suelo le quita todo padecer.

 

Cada una de estas palomas torcaces vale por diez

>Que le pregunten a Uncas sino, que no acierta a dejar tranquilo su rabo de puro contento que está. Acariciarlo y compartir sus babas, su aliento y el barro que lleva pegado es todo un placer para mi<.

Ahora en esta abandonada huerta donde hemos recalado y montado el puesto, apoyado sobre el tocón de un chopo muerto, mi perro se ha tumbado en la densa hierba justo a mis pies, para no perderse nada. Descansaremos un poco ahora que la tarde avanza y se ven volar algunas.

Pasa un rato y solo dos muy largas, «la calor» ya va menguando, va siendo hora ya de reemprender la marcha para subir a los altos de los puestos del río. Para cortarlas de camino al dormidero y así completar la percha para el gazpacho de mañana.

Así que –Vamos chico que «paluego es tarde». Volvemos sobre nuestros pasos para repasar la cercana ribera del río donde una descolgada de un «bandete» de cinco hará compañía en la percha a la del pino.

>Uncas patea el barro incansable, rabea, me mira, disfruta, ventea lejanas piezas e ilumina álamos, girasoles, rastrojos y hasta el mismo cielo con sus posturas y su clase. Se recorta sobre los plumeros del carrizo con el hocico negro del hediondo limo y estornuda divertido<.

Viene, me huele, lame mi mano y me mira, me reconoce y de nuevo sellamos nuestra vieja amistad, amistad de hombre, amistad de perro, amistad que dura ya muchos siglos.

Palomas torcaces/Recuerdos/CazadorEnLaOscuridad

 

2 Comments

  1. Muy bueno maestro, como siempre.

    ¡Un abrazo!

    1. Gracias Álvaro, un lujo tener un lector tan avezado en el arte cinegético.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡No te vayas sin suscribirte!Forma parte de la Comunidad

Solo tienes que introducir tu nombre y correo electrónico y empezarás a recibir en tu bandeja de entrada los últimos artículos publicados en el blog, contenido exclusivo para suscriptores y mucho más...

Veo que llevas un rato en el blog...¿Te está gustando el contenido?
Si es así, puedes suscribirte y formar parte de la Comunidad de Cazador en la Oscuridad que sigue creciendo día a día. Solo tienes que dejarme tu nombre y correo electrónico y empezarás a recibir en tu bandeja de entrada los últimos artículos publicados en el blog, novedades, contenido exclusivo para suscriptores y mucho más...