Primitivo, Atávico y Auténtico

La primera Perdiz jamás se olvida.

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«…salió estallada en sonora estampida dejando a la perra boqueando, enfiló un potente vuelo que solamente el halcón o el potente disparo concebido por el hombre podía contener, un disparo que ha cambiado mas de una vida comenzando por la mía, porqué la primera perdiz jamás se olvida».

…Mientras la recogía acariciaba su yerta y conmovedora hermosura

Ante la imposibilidad de devolverle la vida para lanzarla al espacio y tornar a disfrutar de su vuelo y bravura le atusaba la plumas para dejarla bonita. No la guardé en el chaleco donde su plumaje hubiera quedado hecho trizas, la colgué por el pico de mi cinturón sabedor que no le hacía daño, quise pasearla por el campo por vez última.

Jamás volví a ser el mismo, ni hubiera podido serlo. El embrujo, la potencia, el salvajismo, la realidad del monte y la belleza de la perdiz me atrapó para siempre. Solamente dejé de cazarlas en aquellas tierras cuando su número disminuyo y estuvo en peligro real.

Las amaba tanto que decidí dejar de cazarlas para no ser cómplice de su exterminio.

 

La primera perdiz jamás se olvida

No puede olvidarse el enorme arsenal de sensaciones que transmite al ser humano cazador ser artífice y testigo de la vida en estado puro. No conozco nada comparable a ese despertar a la naturaleza que proporciona el cúmulo de sensaciones de abatir una perdiz solo con tus medios.

Quizá vuelvas a sentirlo cuando la primera res quede yerta a sus pies, ese momento es parecido pero a la par muy diferente. En ese momento ya eres cazador y conoces los entresijos del monte, la primera perdiz en cambio te los insufla en vena como un torrente de sentimientos encontrados.

Los humanos cazadores además de carne y trofeos cazamos sensaciones.

La carne la comemos, nos alimenta y se disfruta su sabor al tiempo, nos ayuda a evocar el lance y la jornada unos cientos de veces al prepararla y saborearla. El trofeo se admira, rememoramos la dificultad de su captura con sus matices y nos incita a superarnos en el próximo lance.

Las sensaciones perduran y dominan en ambos casos siendo más duraderas en el tiempo, más longevas que el mismo recuerdo,  mas inalterables que un guiso, una cabeza o tablilla en la pared.

 

El embrujo de la perdiz roja

Tan difícil de explicar como emocionante de vivir, de complicado es estampar en cualquier soporte que no sea el campo, la pila de sensaciones que se viven tras la primera patirroja. Desde la búsqueda de la pieza por las lomas, pasando por el «contacto»con ella que nos transmite nuestro perro y a la vez amigo. El estudio de una buena estrategia para sacarlas a tiro donde más nos convenga, la continua presión de vernos sorprendidos en lugar de sorprenderlas.

La tensión elevada al limite cuando conseguimos cortar su huida y tenemos el perro puesto. El boqueo del amigo que no late y apenas respira, el arranque y el tiro casi siempre difícil cuando no imposible. Los pelos de punta al sacarla de la boca del perro que también quiere poseerla un poco más, la hermosura, la rudeza hecha pájaro y todo lo que viene después.

El color, el olor, el aire, los sonidos, el entorno y la libertad.

Tras el primer lance todo termina y toda acaba de empezar, el frío que hasta entonces no se había hecho sentir con fiereza nos muerde para despreciarlo, no en vano somos gentes duras del campo. El aroma del romero y el tomillo nos inflama las «narices» como un regalo que guardara ese día solamente para nosotros y el invisible pero existente telón cae a plomo hasta nuestros pies.

El telón que cubría un paisaje, que descubre una ley de vida que había estado oculta hasta entonces, y seguirá oculta para quienes cazan «la granja» sin medida o solo cazan perdices para presumir en el bar.

El telón que ocultaba una vida de la que formabas parte sin saberlo que has descubierto en la soledad del monte, donde ocurren las cosas grandes.

Quienes la aman no la codician

Poco tiempo voy a dedicar a las personas que cazan por puro egoísmo en lugar de pasión, sin cumplir las leyes naturales, con ansia o sin motivo, quienes matan por matar. Aquellos que fusilan perdices a peón o cazan a retranca para hacer o poseer una percha y un mérito que no les pertenece. No merecen mayor atención que nuestro desprecio colectivo, el deseo que vivan muchos años pero alejados de monte y escopeta.

No puede existir maldad más perversa que la de matar en lugar de cazar, de convertirse en alimaña en lugar de predador, de ensuciar el monte con sus desperdicios y presencia.

 

Unas lineas a modo de homenaje

”Caminamos faldeando el ondulado cerro entre escarchas y romeros que hielan perfumando la gélida mañana. Mi amigo anda siempre por delante y yo sabiendo que en lo suyo en un maestro le sigo ciegamente allá donde me lleve. Ambos caminamos al unísono como un solo ser dividido en dos cuerpos y seis patas.

Al llegar a la cumbre se detiene en seco sin decir nada, se gira rabeando para quedarse convertido en una bella estatua. Boquea aspirando él espeso aire invernal, con su limpia mirada clavada en algo que yo solo puedo intuir y está detrás mio.

Un ruido a mi espalda, un arranque apresurado, un rojizo vuelo y un trueno que al monte mismo acobarda para culminar un lande inolvidable.

Mi amigo la trae suavemente en la boca, meneando su cola me mira con sus ojos color caramelo, y yo que apenas puedo contener la emoción me agacho para coger la perdiz. Para envolver su cuello con mi brazo y compartir con él la gloria de un lance inolvidable.”

La primera perdiz jamás se olvida porque es un salto importante en la vida de todo predador, el comienzo en la metamorfosis del simple hombre al cazador

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