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La mujer del Cazador. Ese Ser maravilloso.

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Dedicado a ti que tantas horas me has esperado. Para que sepas que te quiero. Y para que quieras seguir esperando muchas más. Con la esperanza tal vez vana que comprendas la grandeza de la caza y así entiendas porqué tantas noches has dormido sola.

 

 La mujer del Cazador.

Al intuir que despunta el día abre los ojos, tras comprobar que de nuevo está sola. Lleva amorosamente la mano a su mejilla para intentar atrapar el beso que antes de marcharse Él le dejo prendido. Con la mayor ternura que un corazón montuno es capaz de entregar en esa hora en que arde por salir de caza.

Un par de sacudidas le bastan para componer el desorden de la almohada en sus cabellos. Para alejar de una tacada los jirones del sueño que puedan quedar rezagados en su mente. Mientras, se sienta al borde de la cama y atrapa su melena en una pequeña coleta. Pone un pie en el suelo para incorporarse.

Serán los  únicos gestos que le hacen falta para tomar un punto de apoyo y comenzar a mover el mundo. Con la grandeza y facilidad como  llevan haciendo durante miles de años casi todas las de su género. Mientras camina hasta el baño para terminar de acicalarse con coquetería, repasa las huestes que forman su Reino.  Nada puede estar al azar, cualquier desperfecto sería una falta grave de disciplina. Una silla mal colocada o un cojín fuera de su sitio recibirán la pronta corrección de su férrea voluntad.

Por el camino aprovecha para abrir la portilla del hogar y avivar los rescoldos con un vetusto hierro. Así volverá a  disfrutar del calor de la leña, el más sano que existe. Nada calienta mejor que un buen leño traído del monte la pasada primavera. Cuando el campo saluda de nuevo a la vida y la vida se enamora de nuevo de él. En el tiempo en que las hembras preñadas son una promesa de futuro. Cuando el vuelo de las  aves que regresan una de libertad.

Las brasas chisporrotean  molestas por la intrusión. Sin saber que su incandescente belleza es efímera, crujen, bullen y saltan queriendo escapar. Una fuente de barro cargada de magra carne tiene el propósito de concebir un suculento asado. Reposa en la parrilla esperando a que el calor comience por obrar el milagro. El de extraerle los jugos y efluvios que se guardan en su interior.

Ella y su aletargada hermosura revivirán de nuevo tras dos o tres manotadas de agua helada y un simple cepillo.
El café mientras observa el crepitar de las llamas sienta a estas horas de maravilla.Lo sorbe con deleite, disfrutando cada minuto de la soledad que le brinda la ocasión. Fuera hace frío como corresponde a esta época del año. Un frío atroz que hiela las aguas más puras y vuelve las hojas del revés.

Los pájaros han comenzado a desperezarse rebullendo ateridos de un lado a otro sin poder poner demasiado empeño en volar. Mira por el cristal de la ventana y una vez más no comprende cómo alguien pueda salir por gusto. Pasea por el salón donde están expuestos todos y cada uno de los recuerdos de su vida y los trofeos de él. Se ha levantado un ligero vientecillo que sin duda hará más insoportable el estar caminando fuera, pero. Su hombre no lo siente, ella lo sabe pero padece del mismo modo.

Sufre porque sufrir es privilegio de mujeres bravas, de las que son esposas y madres. La angustia la acongoja cuando el aguardo se retrasa porque ya se sabe, que de noche todos los gatos son pardos. Está tan unida a él que siente su frío y su dolor desde la distancia. Lo siente como suyo porque es esposa, madre y mujer. Igual que lo siente Él.
De nada valen sus anhelantes mensajes al móvil en las frías y largas noches invernales. Cuando el frío después de dejar de sentirse se torna en dolor.

<<¿Ya vienes? Te vas  a quedar helado ahí arriba>>

Él los lee y no puede evitar un sentimiento de culpa. Sin duda desaparece cuando llega a casa y tumbándose a su lado la estrecha fuertemente para hacerse sentir. Ella no puede comprender qué tiene el monte para atrapar así a quién tanto la ama.  Para arrancarle de sus brazos en fechas señaladas, para privarle del placer de despertar a su lado.

Ahora el viento es más fuerte, viene del norte y puede que traiga nieve. Sabe arreglárselas solo pero aún así ella tiene el corazón un tanto desazonado, porque a veces  es demasiado temerario.
Desde el sofá observa el fondo del salón, en una vitrina la foto de su hijo.
Él también caza, siguiendo la senda que su padre le marcaba bebió las mismas fuentes y sudó camisa y pellica mucho antes de ir a la escuela. En ella se formó para llegar a ser arquitecto pero la verdadera esencia de la vida la aprendió en otra parte.

Él espíritu de sacrificio, la honestidad, la humildad  y la dureza no se aprenden en los libros. Las enseña la vida y pocas cosas la reflejan de manera más fiel que la realidad de la vida y la muerte. La caza en estado puro. Caminó mucho tiempo tras las huellas de un gigante y terminó por ser gigante también.

Para ser cazador no precisó más que amar la naturaleza e integrarse en ella, matar por la necesidad de comer y respetar la presa vencida. Por instinto, con pasión, sin ánimo de coleccionista. Llevando por bandera toda la ética y educación que aprendió de sus padres

Ha reparado en su foto y se palpa el vientre que en su día fue bondadoso y le entregó la generosidad de crear una vida a partir de las suyas. Entre los dos comenzaron la nueva historia. Algo mucho más grande que el mundo y más precioso que todas las joyas. Con su propio cuerpo lo alumbró, lo cubrió, lo alimentó.

No puede evitar que las lágrimas afloren en sus ojos. Al recordar el primer instante en que su hijo, mientras mamaba, clavó su mirada en ellos. Tampoco puede olvidar todas y cada una de las cosas que sin palabras se dijeron. Tantas como para llenar varios libros en una sola mirada.Hoy día tiene los amorosos brazos de otra mujer a su alcance, un cuerpo que lo ama aunque de otra manera y lo protege porque es mujer como ella.

Como se temía la nevada ha hecho acto de presencia. Blanquísimos y algodonosos copos caen suave y silenciosamente sobre la cáscara de la tierra. Como si no quisieran tocarla y despertarla del largo letargo invernal. Se alegra que así sea no por el espectáculo, que es hermoso como lo es ella sino porque el cazador con nieve no puede cazar. Recoge sus bártulos y hasta otra, algunos lo llaman “días de fortuna” pero él, su hombre prefiere llamarlo ética.

La nieve tan querida por su hijo en la niñez. Se regocija contemplando toda ese esplendor que la Madre Tierra ha querido ofrecerle solo para ella.

Sin querer evoca tiempos que por ser pasados no volverán, tiempos felices que han quedado atrás para siempre. Suspira hondamente y una lágrima redondea su carrillo para caer sin prisa en su regazo. Quizá no haya quedado toda esa dicha  atrás sin remedio. Tal vez un día no lejano su hijo siembre el vientre de su esposa. Quizá entre los dos hagan renacer esa olvidada alegría con la promesa de una nueva vida.

Ya se oye el motor de coche, ya está aquí el torbellino de perros, prisas, escopetas y abrigos mojados, conoce  de sobra la ceremonia de llegada.
Primero entrarán los perros sacudiéndose y poniéndolo todo perdido. Intentarán subirle encima y lamerle la cara porque son perros y porque la quieren tanto que darían su vida por ella.

Después el hombre de la casa recortará su altiva y rústica figura sobre la puerta y le saludará con un abrazo y un beso. Entrará con las botas llenas de barro directo al refrigerador en busca de una cerveza. Comenzará el tedioso relato de la cacería. Luego hay que secar la escopeta cuanto antes no se vaya a oxidar. Ella se la regaló, tiene más de veinte años y parece nueva por los cuidados y el mimo con que la trata.

A todo esto habrá que añadir que el coche llevará barro hasta las manillas de las puertas. Él se negará a limpiarlo porque dice que esa tierra es de su pueblo y la tierra es lo más sagrado que hay. Lo único que perdura.
Ella pasará por alto la suciedad que traen los perros consigo porque son parte de la familia. Permitirá que se echen al calor del hogar porque mil veces prefiere faenar limpiando que verlos ateridos en el garaje.

Luego recibirá solicita y amorosa los arrumacos tan esperados y escuchará con atención. Sin el mínimo interés, sin hacer caso alguno  todos y cada uno de los lances. Su hombre puesto en pie braceando, adoptando las posturas más peregrinas le relatará con ardor y sin necesidad.

Siempre vuelve derecho a casa porque prefiere el calor de hogar con su mujer al griterío y la fanfarronada del bar del pueblo. No necesita demostrar lo buen cazador que es mostrando su abultada percha. Al terminar una jornada le basta compartir los lances con su adorada esposa aunque sabe que no le escucha. Y si, finalmente, se deja caer por el bar del pueblo lo harán juntos. No necesitan el permiso ni la bendición de nadie para vivir su vida y les importa poco o mejor nada lo que la gente pueda llegar a pensar.

A estas horas los cálidos aromas que escapan de la tranquila incandescencia del hogar anuncian que el asado está casi listo.
Preparado con el mimo y el saber de la buena gente del campo, hierbas aromáticas, vino y muchas horas de cocción.

Los Domingos su mujer no cocina. Sobre todo cuando la lumbre bondadosa en calor y hermosura brinda la posibilidad de un buen asado a  la vieja usanza. Desaprovechar la ocasión sería casi una herejía.

Comerán juntos hablando de cosas pueriles o trascendentales. Saboreando todos y cada uno de los finos matices que tiene la buena carne. Serán ricos, millonarios, aunque tengan tres hipotecas y hagan piruetas para llegar a fin de mes.

Y no necesitan más para ser felices si se tienen el uno al otro. Y en el ambiente se respira el aroma de la auténtica caza.

4 Comments

  1. jolin que bonito

    1. Y que bonita está con su cuchillo al cuello.

  2. Ole! Con eso lo digo todo.

    1. Con ella no podía hacer nada menos valioso.
      Y seguro que me he quedado corto.

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