Primitivo, Atávico y Auténtico

Donde menos esperas salta la liebre, el fin de «La Maquina»

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Este antiguo refrán lo aplicamos los cazadores a los aconteceres fortuitos que nos suceden en el campo entren en terreno cinegético o en cualquier otra salida. Todos aquellos casos que para bien o para mal nos cogen por sorpresa y nos ponen en nuestro sitio cuando no suponen un riego y/o cura de humildad. Hoy queridas gentes amantes del campo y sus avatares os traigo un episodio de los que empiezan bien, acaban mal y por suerte al remate quedan en la memoria como una mera anécdota. Un pequeño accidente con «La Maquina» en plena sierra, en una de esas circunstancias que por acostumbrada terminas por confiarte y «metes la pata hasta el garrón». Ya se sabe en el monte donde menos esperas, salta la liebre.

 

Todo empezó con la compra de «La Maquina»

Así lo llamaba yo en secreto durante los tres años largos que lo padecí y disfruté a partes iguales. Tras deshacerme del segundo 4×4 que entre mi mujer y yo compramos con nuestros ahorros, cayó en mis manos «La Maquina». Se alinearon los planetas con un tiempo de bonanza económica, en época de disfrutar del campo con un hijo al que llevar al pueblo todos y cada uno de los fines de semana del año.

El caso es que un enorme jeep Grand Cherokee de segunda o tercera mano, propulsado con un motor de 6 cilindros a gasolina me pareció la herramienta perfecta para rodar por rastrojos y caminos «a pijo sacao». Con sus 185 c.v. de potencia y sus 22 litros de consumo cada 100 km, al principio resultó una fiera un tanto difícil de domesticar, pero solo al principio. Mi estilo de conducción tranquilo por carretera y las suaves manos de mi mujer lo llevaban hasta un contenido gasto de 17 litros.

En los caminos la cosa cambiaba, el potencial de «La Maquina» me poseía y confiando en sus posibilidades, su seguridad y mi destreza hice con él auténticas locuras. Siempre solo y sin nadie más transitando por allí, en las horas de más calor cuando volvía de acechar las torcaces, casi siempre con algunas de ellas colgando del gancho que monté en el techo del maletero.

 

Bicheando por los montes

Los caminos anchos, despejados y con visibilidad de las labores del verano dejaron paso a las invernales cerradas, heladas y destrozadas pistas del monte. La mayoría abandonadas, antaño recorridas con mulas o a pie para bajar la madera y demás productos del monte, a principios de milenio solo podían andase con una buena máquina.

Y las andaba de cabo a rabo, paseando casi siempre «al ralentí», para descubrir al furtivo corzo, a la paloma, a la ardilla o al arrendajo. Bajando las empinadas cuestas que flanqueadas por barrancos directos al mismo infierno en caso de caer al fondo de uno de ellos. Ya no era cosa de velocidad sino de pericia y tener los ojos muy abiertos para sortear obstáculos a menudo ocultos por la vegetación que pudieran dar una sorpresa.

Todavía recuerdo las escapadas otoñales «a setas» con mi vástago, con el campo vestido de oro y verde esperándonos callado tras la comida y el café de sobremesa. Por los serranos caminos a tope de barro que a nadie le merecía la pena pisar para coger una cesta de hongos. Para nosotros eran el dulce de cada tarde.

Cierra pronto el monte por esas fechas, bueno cerrar no cierra, solamente apaga las luces para que se vayan los extraños.Los de casa seguimos bicheando un rato más mientras las sombras lo cubren todo y el monte cambia de inquilinos entretanto despliega su noche y su magia.

 

Los pasos altos de la dehesa

Así llamaba yo al camino que atravesaba la cumbre de la antigua dehesa del pueblo, donde más hongos se criaban. Un largo camino vecinal, destrozado, embarrado y angosto por varios sitios. De el descendían otras pistas que llevaban hasta el pie de las lomas, hasta las labores y caminos más amplios y accesibles. Algunas tan perdidas que tenían brotes de  los robles de un par de metros de alto.

Esas sendas de antaño eran mi ruta habitual, por ellas accedía a los lugares más recónditos del monte, donde nadie más llegaba. Las caras más ocultas de cada loma, las cuestas más alejadas de los caminos principales donde el tránsito setero no alcanzaba, eran mis campos de recolección habituales. Sin mirar pelo, atravesaba aquellos caminos ancestrales, con los rastros de los antiguos troncos todavía marcados en el suelo.  «La Maquina» sorteaba cada tronco podrido, cada pedrusco, cada brote o los pasaba por encima sin dejar más rastro que las rodadas en la hierba.

Jamás he salido de las sendas ni pisado con mi coche más allá de los caminos, nunca he usado el monte como pista de «trail». Para aprender a conducir «off road» me han bastado los caminos y pistas de mi pueblo. Yo llego con mi coche hasta el monte donde necesito llegar no para hacer el gilipoyas.

 

Donde menos esperas salta la liebre

Aquella tarde subí a la dehesa por el camino de las labores, el de abajo, el fácil y despejado camino que llevaba hasta la fuente. Poco antes de llegar existe un «llanejo» donde se crían los pies azules, otras de mis setas favoritas. Ascendiendo por las lomas que lo rodean raras veces no he llenado mi cesto cuando es temporada, así que ese llano al fondo del valle es ruta obligada.

Mi tío venía de copiloto y mi hijo en su asiento trasero, montado en su pequeña silla adaptada, Melba en el maletero, pasamos toda la tarde entre hojarasca y olor a humus. Rebuscando y encontrando una buena cantidad de setas buenas y sanas. Poco a poco el Sol se fue escondiendo y cambiamos la semioscuridad bajo los árboles por la claridad del camino. Me había sabido a poco la tarde, así que decidí alargar la excursión aunque la noche se nos echara encima.

Tome de nuevo el camino y subí hasta la fuente, no bajamos, desde el camino se veían las piedras que la enmarcaban perfectamente. Ascendimos por una cuesta junto al barranco bastante «facilona» y doscientos metros más allá enlazamos con el camino de la cumbre. Enfilamos el camino de los pasos altos de la dehesa.

Algo mojado por las recientes lluvias, salvo dos o tres umbrías donde no llegaba el Sol apenas había charcos. De no ser por el barro rojizo que se pegaba a las ruedas dejando un sutil rastro por donde rodaba «La Maquina» no había señal de peligro. Aún así andaba con cien ojos, sobre todo con el freno, con la carga tan preciosa que llevaba detrás no era cuestión de arriesgar. Recorrimos las tres cuartas partes del camino sin un solo «arrastrón» sin el mínimo patinazo.

 

La vida entera en 10 segundos

Fue al llegar a un collado, el suave «alterón» que lo coronaba antes de «enfilar» la brutal bajada cuando me confié y solté de golpe el acelerador. El cambio automático de «La Maquina» accionó una marcha más baja para compensar y con ello llegó el desastre. Los embozados dibujos de las ruedas perdieron todo su agarre y atacamos la cuesta derrapando de lado a lado dando volantazos para no tropezar con los taludes que se alzaban ambos lados del accidentado camino. Al final a unos doscientos metros venía una cuesta a derechas y una caída considerable.

La bajada aumentaba la inercia y por tanto la velocidad a pesar de no pisar el acelerador, del freno ni me acordé, lo mismo el ABS hubiera salvado la situación.

Fueron los setenta metros más largos de mi vida que acabaron rebotando el culo del coche y dándonos «de morros» contra un pino de respetable calibre. «La Maquina» se levantó del suelo con sus cuatro ruedas y sus 2000 kg de peso con la violencia del brusco golpetazo.

 

El desenlace y el último viaje de «La Maquina»

Por suerte no hubo daños físicos salvo una leve contusión en la rodilla de mi tío y un crío que se asustó más por el brusco despertar que por el accidente, la perra en su jaula ni se enteró. El coche quedó con el morro destrozado con el radiador tocado y el liquido del cambio goteando. Llegamos sin problemas al pueblo, al cazadero del día siguiente y regresamos a casa sin problemas.

Dos meses más tarde «La Maquina» dejaba sitio al «lanrober», el X-Trail que todavía tengo y entre los llantos de mi pequeño se lo llevaba la grúa al desguace. Con él se marcho la mejor época de andar por el monte, la más intensa, aquella donde no había limites en el camino.

Y es que como ya sabemos, donde menos esperas salta la liebre.

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