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Hermano Zorro espero no me guardes rencor.

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Extraordinariamente callado es como ha quedado el campo después del disparo al hermano zorro. Tras el trueno todo enmudece, hasta el arroyo calla por unos instantes al oído del Cazador.

Dura poco como es su ley, en poco rato la vida torna por sus fueros a poblarlo todo como si nada hubiera pasado. Sus ruidos, voces y cantos vuelven a su trajín, como si no fuera con ellos. Si el disparo acierta en el blanco y el animal muere en el acto el Cazador ya tiene el ego más que satisfecho de por vida.

O al menos hasta que un fallo garrafal se lo arrastre por el suelo en dura cura de humildad.

Un «calorcillo» agradable sube desde las tripas a quién ve su presa vencida en un instante, testimonio de un trabajo bien hecho. Así es la caza, se gana o se pierde según se tenga el día.

 

Hermano Zorro espero no me guardes rencor.

Una vez muerta la pieza toca cargarla para llevarlo al desolladero para aprovechar sus partes, esta vez no podrá ser por tratarse de un zorro.  No queda otra que dejarlo en una linde para que sea aprovechado por los necrófagos que a pesar de su mala prensa son animales muy necesarios.

Siempre me supo «a cuerno quemado» matar un animal para abandonarlo, como siempre me reventó la mala fama y el desprecio que se tiene por el zorro.

Un animal tan extraordinario y misterioso no merece ser tratado con saña. Una bestezuela salvaje no posee ninguna de las actitudes ni cualidades humanas, tampoco sus vilezas. Por mucho que el imaginario cazurro, por más que cuentos y leyendas lo hayan difundido durante siglos.

No puedo hacer cosa mejor que recitarle una letanía a modo de despedida y respeto. Siempre lo hago cuando mis armas y mi instinto le cobran al monte una víctima.

 

No eras un demonio, Hermano Zorro.

Se te nota algo flaco y cabezón Hermano Zorro, señal que andabas cambiando el pelo y te he cogido en el cambio de estación. Viéndote aquí tendido y sin fuerzas en nada te pareces al demonio matador que tantas veces he escuchado relatar.

Nadie osaría decir acariciando tu hermosa piel que eras tan listo como de ti cuentan, que robas gallinas a plena luz del día. Mas bien pareces un inofensivo animal de peluche de los que tenía mi hijo sobre su cama cuando era chico.

Y sin embargo lo eras. Eras tan sibilino para engañarme una y otra vez en tus querencias, para esconderte en el último momento y dar al traste con mi cacería.

Tan astuto para descubrirme apostado en las bañas cuando aguardaba los jabalíes que tanto disfrutas cuando comes sus entrañas. La de noches que he escuchado tu enojado tauteo al encontrar mis olores en tus mundanos trasiegos.

Tan inteligente como osado para quitarme las palomas «al descuido» jugándote terminar tus días con mis plomos en tus carnes prisionero en las mandíbulas de mi perro. Han sido varias Columbas las que te has llevado en mis posturas dejando de ellas el mero recuerdo de un chorro de plumas prendidos en las aliagas.

Cierto invierno encontraste tu despensa en mi gallinero, de el te surtiste a tu gusto y antojo. Dejando tras tu visita nada más que sangre, plumas y cuatro gallinas viejas muertas de miedo. Por no hablar de los gazapetes y perdigones que te meriendas cada vez que la ocasión la pintan calva. Sin duda tenía motivos para darte muerte por ladrón, para salvaguardar el quebrantado honor del Homo Sapiens dominante.

 

La ley del campo.

Como humano soy merecedor de todos sus adelantos y artificios inventados durante siglos por los míos. Los mismos que he usado para confabular en tu contra y ganarte la partida. Ya no robaras más gallinas, ni más palomas a nadie. Con la pinta que tienes ahora es imposible que caces conejo alguno por enfermo que ande o aproveches las perdices «alicortás» de los Domingos.

Sin embargo ni ahora te odio, ni jamás te he odiado.

Hermano zorro tu no eres más humano que los otros bichos de aquí. Tampoco eres una alimaña, palabra soez e intolerante como pocas que solo utilizo contra el humano ruin. Ni tienes poderes sobrenaturales, ni odias a las gentes, ni disfrutas robando o haciendo el mal, simplemente eres un zorro.

Un Zorro astuto que se vale de las artes aprendidas de sus mayores para sobrevivir y dar de comer a sus crías al tiempo, con todo el derecho del mundo. Por ello salvo en contadas ocasiones no suelo darte caza, te admiro y respeto hasta tal punto que prefiero verte vivo para aprender de ti. Solo cuando veo andas renco, flaco o has criado en demasía me animo con cierta desazón a darte caza cuando la oportunidad se me presenta.

Y ahora te tengo muerto y no puedo comerte, triste trabajo me aguarda el dejarte aquí tan tieso. Si tu piel fuera tupida la curtiría para usarla como abrigo.

Te quedarás aquí para enseñar a otros zorros a guardarse de mi olor, para advertirles del peligro, para cumplir la ley del campo. Para que aprendan a guardarme las distancias y no descuidarse sino quieren terminar como tú, tendidos sobre su piel y sus huesos.

 

Como recuerdo tuyo me llevaré una foto.

No voy a hacerte más fotos que la que tengo, no te enarbolare como un estandarte para alardear de la gloria de mi triunfo . Ni te escupiré, ni te daré golpe alguno. No mereces mis insultos, mis airadas soflamas, ni mis desdenes, no mereces otra cosa que volver  a la tierra donde un día volveré también yo.

  No hay mayor gloria para un ser arraigado al Monte que volver a sus entrañas después de haber hollado su pellejo.

La ignorante soberbia humana trata siempre de desacreditar aquello que desconoce, que odia, que teme. No sin rasgos de velada admiración arroja sobre algunos seres toda una sarta de difamaciones. Quizá para protegerse de si misma, quizá para mantenerse alejada de su verdadera naturaleza.

Por eso Hermano Zorro no te colgaré de un árbol o atraparé en una alambrada, no preciso humillarte para sentirme mejor Cazador.

En lugar de ello me llevaré el hermoso recuerdo de un buen lance y tu parte del «Solecillo» de esta» tarde Marcera» que ya no necesitarás.

 

 

 

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