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Fotografías de caza en redes sociales

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Merodeando por las redes

He tenido el lujo y «disfrute» de hacer todo un Master en fotografías de caza o como dicen los más eruditos en «fotografía cinegética». Recientemente he andado rebuscando por ese inmenso patio de vecinos, por el mercadillo del «todo a cien», por la «corrala» por no llamar gallinero a los bares de la última generación que son las «redes sociales».

Acertado estuvo quién les puso el apellido pues sin duda son el fiel reflejo de una sociedad más que perdida, mentidero como ninguno con una inmensa trastienda con mensajería privada.

De «personajes y personajas» que se dan cita en ellas no versará hoy mi escrito, eso lo dejaré para más adelante, para días venideros.

Hoy trataremos un tema mucho más espinoso y candente que el del «matalastoas»del colmillo pa´fuera o la maruja faltona y «marisabidilla», hoy el tema serán las fotografías adecuadas al noble arte cinegético.

 

Las primeras las nombraré de pasada

Por dejar clara mi postura pero sin hacerles propaganda. Independientemente de la especie suelen estar enmarcadas de basuras, despojos, cementos patibularios o aberrantes y maliciosas sonrisas que vienen a ser lo mismo. Un corzo tirado en el suelo sucio, con la lengua fuera y la mirada perdida, un venado enmarcando a su «matador» con sus poderosas cornamentas o un puñado de pájaros rotos y amontonados como una montaña de estiércol

Mención aparte merece el zorro cogido por los corvejones con la leyenda «Este ya no come más», todo un alegato al respeto, la esencia de la caza y a la inteligencia que apuntaba detrás de la escopeta. Igual que el  que cabalga un jabalí acelerándole las orejas, como si fuera montado en una vespa de las más vulgares. 

En si mismas llevan impresas una realidad de la caza, la impronta del cazador español por antonomasia, el hombre rudo del campo que extermina lo que le estorba o tiene por costumbre el «Pa que lo mate otro lo mato yo» o el «Quién guarda en el campo guarda para otro».

Una anacrónica y repugnante actitud egoísta y despectiva que aborrecemos gran parte de los cazadores y que nos pone a todos en el punto de mira de ecologilis y animalistos. Cuanto antes desaparezcan ciertas gentes y actitudes del campo, mejor andaremos todos, sociedad, cazadores y presas.

Aprovechando la asistencia de tanta lumbrera de natural malpensado citaré la foto que encabeza la portada de esta web y que no es otra que yo mismo elevando a lo más alto a mi querido perro. Los morritos pueden parece una indigna muestra de zoofilia pero solo eran un truco para llamar la atención del perrete en la pose de la foto.

 

En el extremo opuesto

Están las fotografías de caza de galería, las de «top model», fotografías perfectas y del todo imposibles sin las dosis adecuadas de pose o postureo, más parecidas a la portada del catálogo de una armería a el final feliz de una jornada de caza. Esbeltas mujeres o apolineos mocetones manejando armas con tal desaire que mas que un lance de caza recuerdan la torpeza de un político manejando una paletina el día que puso el primer ladrillo.

Otras optimizando la belleza natural del paisaje, atusando el plumaje a base de peine y cepillo buscan el respeto al animal maximizando el poder de imágenes editadas en ordenador como si esa fuera la ideal, única e idílica visión de la caza.

Quizá una caricia con las manos sucias de sangre sobre la perdiz o el detalle de descubrirse la cabeza a la hora de tocar el lomo del venado para pedirle perdón por su muerte sea más respetuosa que mil imágenes o cien mil palabras.

Bonitas algunas y espectaculares las demás, pero poco dadas al fiel reflejo de lo que significa bregar para cazar en el monte. Alérgicas a todo rastro de sangre, la sangre si, ese tejido que se derrama de forma natural cuando a un ser vivo se le hace un agujero.

Las hay también de perros de lujosa y limpia estampa, algunos con más apellidos que un marqués. Perrazos bien peinados formando un lienzo perfecto al que no le falta una escopeta, sus cartuchos, sus piezas correctamente peinadas y su paisaje idílico por detrás.

Solamente les sobra el tubo de plástico que llevan atado al pescuezo, necesario para la caza pero del todo prescindible en un idílico bodegón natural. Viene a ser como hacerle a un borrico la raya en medio y colgarle un par de pistolas.

Estas también representan otra realidad de la caza, quizá un tanto cargante, bastante artificial cuando se exagera y del todo alejada de las «hordas de hominídos venadores» rurales a la que modestamente pertenezco.

 

Mis fotografías de caza favoritas

Fotografías espontáneas, de los perros levantando su presa, con la escopeta en el suelo y la cámara en mano, de la sonrisa de un crío cuando mira la verdad de la caza por vez primera. Fotos reales con perros «mil leches» llevando el mismo nombre que sus veinte antecesores, fotos de perchas exiguas y trabajadas en manos recias apoyadas en escopetas de las corrientes. Fotografías de caza con platos cocinados con mimo que representan «la milla verde» de los animales que cazamos, el final del camino que cierra el circulo natural.

Las aves de presa merecen mención aparte por su belleza, también los inexpertos cachorretes patizambos con su primer pájaro, así como los ancianos con una perdiz y un escopetón remendado con cartuchos de cartón.

Fotografías que muestran gentes y animales que viven la caza de forma corriente, que la practican «desde hace tanto» que se les olvida que posan para una foto. Son fotos que al igual que las demás reflejan una realidad de la caza, al igual que las demás basta echarles una ojeada para atisbar que la orgullosa perdiz que sujetan terminará en la cazuela. Que la sonrisa del que posa con el enorme jabalí está pensando «en aviarlo» para hacer caldereta además de sacarle la «boca» para la tablilla, que la docena de zorzales fritos servirá para el aperitivo y no tendrá cincuenta de más para regalarlos o tirarlos a la basura.

Son las fotos que yo tengo, salvo la que ilustra este humilde y casquivano artículo jamás he visto motivo alguno para preparar el posado de una pieza. Tras la caza mis prioridades fueron tan rudimentarias como descargar, guardar las armas, colgar y aviar un bicho, desplumar pájaros o dar de beber a los perros.

 

Debemos ser coherentes

Han venido para quedarse, por desgracia el «yutub», el «güiter», el «fisbú», el «istagrán» y las demás pantallas cotillas forman parte de nuestra cotidiana existencia. Llegando a ser enfermizos en algunas personas causando serios problemas psicológicos de dependencia como la peor de las drogas. Su poder manipulador es inmenso, y son usados por «los malos» con arteras mañas para dividirnos en bandos.

De nosotros depende que no lo consigan, de nuestra forma de actuar, de nuestras fotos y cacerías depende la visión de la caza que tenga la voluble y mangoneada opinión pública. Quizá tengamos que buscar la ética por medio de la estética, pero sin exagerar, sin élites ni extravíos, sin demasiada pose ni exceso de sangre o desaliño.

Uno que hace años que se hace la raya «en medio» a bolígrafo y como mucho se enmascara la jeta cuando sale a cazar seguirá con su sombrero parcheado, la camisa descolorida y los pantalones que tenía cuando hizo «la mili» en el año de «maricastaña». 

Pero si vuelvo a cazar una perdiz su perro posará orgulloso detrás de ella para enmarcar a los dos protagonistas del lance, la «maquina tiracarchutos» y el Cazador «destartalao» quedarán fuera del encuadre.

Aunque solo sea por no estropearla.

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