CazadorEnLaOscuridad

En el rastrojo. Caminando entre bestias II.

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En el rastrojo/Los Lances/CazadorenlaoscuridadMi último invento está casi listo. A falta de forrar los cojines puede ponerse a prueba en el rastrojo. Meses me ha costado idearlo y construirlo. Lo hecho a partir del carrito de bebé que hace mucho ya dejó mi hijo para caminar tras mis pasos.

…Y espero que dentro de poco pueda saltarme por encima. Pocas satisfacciones mayores da la vida como la del alumno sobrepasando al Maestro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el rastrojo

Una vez todo montado y recogido en el arnés salgo arreando para la charca dejando el coche lejos y en alto. No vaya a ser que Aquiles vea algún animal y le de por ladrar. Emprendo la marcha por una vereda estrecha,  adornada por cientos de girasoles que la flanquean. Los tronchados delatan claramente los pasos de los gorrinos.

Llego a un collado y desciendo unos ciento cincuenta metros hasta colocarme en el rastrojo de yeros. Los pajones están aplastados, unos veinte metros me separan de la charca. Es un vado donde se remansa el agua. A menudo pasan las maquinas para rajar ofendiendo la tierra con sus fieros arpones metálicos. Cuando no a esparcir el puto veneno fitosanitario.

 

Una vez montado el equipo de acechar en los rastrojos me relajo. Echo un ojo a mi alrededor  mientras reparo en un inquietante sonido. Pipas y mas pipas hasta donde la vista alcanza Y el estrépito que forman al troncharse es de sobra conocido por mi. No ha esperado ni cinco minutos desde que dejé de hacer ruido para delatarse.

Parece que tiene hambre o prisa por darse un baño para librarse de los molestos aguijonazos de insectos y ácaros. Ensimismado en el sonido recurrente, que delata claramente por donde carea el cochino cae la noche sin darme cuenta de ello.

Soy todo oídos, la charca es un trasiego de animales que vienen y van en la relativa negrura de la noche. Los tejones que deambulan por la charca ya no me confunden. Más bien entretienen y ayudan a mantenerme despierto. Un gato montés cruza el yermo rastrojo a pocos metros de mi figura sin intuirme siquiera.

Nada que temer a ser descubierto con el aire en la frente y el parapeto especulado soy más que invisible. Me siento reconfortado y pagado del tiempo y dinero invertido. Invisible en mitad de aquel desierto incapaz de esconder nada mayor que una rata.

El cochino está cerca muy cerca, no se atreve a entrar todavía pero merodea a poca distancia. A juzgar por el ruido del carrizo cuando lo roza con su corpachón. Debe ser grande por los zapatos que ayer marcó en el barro aunque tengo mis reservas por el jaleo que arma.

«La bestia negra» recogido de la tienda y puesto a punto hace apenas una semana aguarda a mi lado esperando acontecimientos. Provisionalmente montado con bridas mientras decido que artilugios montará su configuración final. Sediento de “hacer chicha” y yo dispuesto a darle el gusto.

El agua es ahora un disparate de gruñidos, ronquidos, chapoteos que tienen acojonada hasta a la más recia de las ranas. Hasta hace un rato croaban reciamente y ahora no osan decir «ni pío». Entre tamboriles guturales de tejón. Los carrizos aplastados a toda prisa distingo el palmoteo inconfundible de unas orejotas de marrano. El momento ha llegado y lo tengo casi todo listo para triunfar.

Me pongo a cuatro patas sin el menor ruido para no mostrar mi silueta por encima del espejo. Sin nervios ni dejar de estar atento de oído a los sonidos que provienen del agua. No veo al bicho pero por los ruidos que produce puedo emplazarlo con detalle.

Agarro firmemente el arco transmitiéndo toda mi confianza a su recia empuñadura. Solo es una máquina pero guarda entre sus cuerdas toda su potencia, justo la que necesito para atravesar al marrano que se baña apenas a veinte metros de mi postura. Lo demás he ponerlo yo.

Me arrodillo hasta que mis maltrechos y doloridos tendones protestan y se joden porque no les queda otra que joderse. Abro el arco, anclo en el labio y apunto a la charca. Veo perfectamente todo a mi alrededor. Excepto los escasos cinco metros cuadrados donde se baña ese jabalí que de tonto no tiene un pelo.

 

Otro huérfano

La negrura impenetrable me obliga a encender la linterna roja para descubrir apenas un metro de donde apuntaba un asustado jabalí. Un bermejo canijo de no más de 30 kg. Por supuesto solo como no debería estarlo, pero es una tradición por aquí. Otro huérfano y ya van dos.

El tío sale cuál tren del AVE de los que pasan a 250 km/h por debajo de mi casa. El cabrón de mi dedo aprieta por su cuenta el gatillo mandando la flecha a criar entre las pipas. En el rastrojo me incorporo enfurecido acordándome de todo lo “acordable”. A viva voz produciendo un silencio que me hace ser consciente que mi disparo no ha alertado al personal de la charca. Acostumbrado al rifle como estoy se me hace extraño no delatarme al disparar.

Me siento, echo un trago de zumo, una meada y me zampo un pastel de queso de cabra y simiente de amapola.

Contrariado decido dejar la espera para premiar mi torpeza. Tras meditarlo un poco prefiero quedarme. Hasta que el dueño de los zapatones aparezca entrada la madrugada o hasta que amanezca.

Es la ventaja de ser un espíritu libre, en una noche como aquella. Hecha a medida para sentirse libre, incluso después de fallar.

Tumbado en la misma tierra que me vio nacer como homínido hace ya más de cuarenta años y como Cazador hace ya unos cuantos miles. Con mi cuchillo bajo la almohada y las estrellas encendidas. Para que velen mi sueño y custodien mi arco duermo “a pata suelta”. Aún me despertaré un par de veces para comprobar que todo está en su sitio.Y que en la charca solo hay tejones.

Un rato antes del alba abro de nuevo los ojos y me recuesto de nuevo en mi postura. El aire fuerte y frio me despeja y obliga a taparme. Otro trago, otro pastel, otra meada y espero pacientemente hasta el amanecer.

Sale el Sol en el rastrojo para adornar coronando las espléndidas montañas que forman la Serranía Alta de Cuenca. Montes antiguos que parecen mucho más arcaicos y bonitos desde mi atalaya.

Enorme naturaleza que impone a quién la desconoce y reconforta a quién la vive desde dentro.

 

Ganar perdiendo

Cuando decido levantar puesto, buscar la flecha y traer el coche para cargar los trastos son casi las nueve. Suelto a Aquiles en el rastrojo, me mira con reprobación por dejarlo encerrado tantas horas. Una vez pega su nariz al suelo se le olvidan los pasajeros rencores. Espera encontrar el rastro de un guarro muerto o herido para subirse encima y tomarlo como suyo.

Pero eso tendrá que ser otro día, otro que la flecha haya alcanzado su objetivo en lugar de perderla entre las pipas. Hoy habrá de conformarse con la hermosura de las gigantescas flores a la luz de Lorenzo. Con compartir conmigo un buen plato de morro de cerdo asado en cuanto lleguemos a La Lobera.

En el rastrojo/Los Lances/Cazadorenlaoscuridad

 

Para Aquiles un perro con Alma. 

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