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El último aguardo en el pozo

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Todos los cazadores guardamos en el morral de la memoria un paraje emblemático, uno que nos emociona especialmente. Ese sitio donde por uno o varios motivos hemos descubierto al lobo que llevamos dentro o simplemente tenemos un gran reto personal con alguno de sus habitantes. Un enclave por si mismo, distinto solo para nosotros, un espacio que guarda nuestros secretos venadores y que nadie salvo nosotros alcanzamos a comprender. De ese lugar quise despedirme yo aquella noche, la peor noche que he pasado cazando en el monte desde que tengo memoria. Los humanos somos así de complicados, a menudo el mal no nos lo hace el entorno, nos lo hacemos nosotros mismos porque lo llevamos dentro. En ese emplazamiento tan especial para mí tuvo lugar el último aguardo en el pozo.

 

Preparando el último aguardo en mi coto

Mientras preparo el equipo de rastrojo mi mente no deja de despedirse de aquellos preparativos en aquel lugar, de la enormidad de aquel paraje. El ritual cien veces repetido se torna monótono y vulgar precisamente cuando la tarde está mas hermosa.

Está decidido y no hay vuelta atrás, esta noche será el último aguardo en el pozo.

Camino entre enormes y desproporcionados girasoles creados en laboratorio, tétricos experimentos que se dan únicamente en esta parte del término por ser la más escondida.Una vez montado el respaldo, colocado el parapeto, el colchón y la manta abro la maleta del rifle y le meto las dos únicas balas que me quedan.

Hoy no traigo el arco, la distancia no puede ser menor en un campo pelado no puedo colocarme más cerca. Los treinta metros que me separan de la baña me parecen excesivos para arriesgar con una flecha mal colocada. Mañana 8 de octubre se abre «la general» y no es cuestión de dejar un jabalí herido o tener que andar buscándolo entre escopeteros.

Al menos la tarde o lo poco que queda de ella es todo un poema, lánguida ha querido solidarizarse con mi ánimo al enfrentarme con este aguardo. No porque sea el último aguardo en el pozo sino por el descorazonador panorama que presenta este coto que hasta ayer consideraba como mío. Todo ha cambiado, desde la ética y honestidad de gran parte de los socios hasta el agotamiento de la caza menor y la mala gestión de la mayor.

Los bandos de perdices son historia del pasado igual que las muestras que mis perros marcando las abundantes codornices agosteñas. Los inalcanzables corzos solamente están para quienes viven muy cerca o los fusilan desde el coche, a traición. Todo ha cambiado, todo se ha ido a la mierda.

Hoy día solo quedan torcaces, de las que he dado buena cuenta y he disfrutado de lo lindo y algún que otro jabalí desperdigado. Me largo de aquí a buscar otros pagos donde pueda perderme, desaparecer por las noches, donde no conozca a nadie.

 

Entrará muy tarde, lo mejor es dormir

Deglutida la cena en mi improvisado y montuno diván doy un par de tragos a la petaca y me tumbo «panzaarriba» para ver las estrellas. Hoy está nublado y la noche pese a no tener luna se presenta iluminada como un mal amanecer. La cercana ciudad tras la sierra refleja toda su inmundicia lumínica sobre el campo, confundiendo a quienes solo queremos sentirlo en equilibrio y armonía. No queda una sombra que me oculte en este adulterado erial de gigantescas y artificiales flores. El último aguardo comienza de mala manera y son demasiados ya.

Recuerdo las primeras e infructuosas esperas de hace veinte años, cuando el monte era monte y la siembra era siembra. Cuando los corzos no escupían la cebada por estar ahíta de inmundicias químicas. Cuando los bandos de perdices me hacían descargar mi «pajotera» y americana escopeta  y se largaban como si nada. ¡Que tiempos de volver bolo pero feliz después de como decía el filosofo «haber cazado»!

Por desgracia no volverán, la agricultura intensiva, supraproductora y los escopeteros están aquí para quedarse y por eso yo me largo. Atrás quedaron los días en los que cazaba solo, porque escaseaba la codorniz y nadie apreciaba las bondades de un buen puesto de torcaz. Atrás los aguardos tras las siegas porque todos cazaban en las siembras altas de día, hasta el anochecer como mucho. Porqué de noche la zorra se los come, no caerá esa breva.

Atrás quedará todo ello y ellos, permanecerán para seguir matando jabalinas matriarcas, dejar rayones huérfanos y apiolar las tres perdices «cansinas» que todavía resisten medio envenenadas.

Todo sin detenerse a escuchar el grito del cárabo, disfrutar del tauteo del zorro o el trasiego de los tejones, sin maldecir, sin reparar en la belleza de la aurora o atreverse a pasar la noche solos en monte.

Atrás quedará todo porqué yo me largo. Atrapo la correa de mi rifle al tumbarme, si alguien quiere darme una sorpresa lo tiene difícil. Coloco mi «Oso negro» bajo la almohada y cierro los ojos para abandonarme a la pesadilla.

 

El primer sueño una pesadilla

Estoy justo al otro lado del barranco escuchando a los jabalíes entrar casi de día. Aún no son las siete y han bajado el monte gruñendo sin preocupación, de que pueda escucharlos un depredador que ande cerca. Arrebujado en mi manta a menos de 5º aguanto la emoción sin sentir nada de frío. Uno sube y el otro no se escucha, debe ser el más grande y listo. Hoza el lecho del barranco levantando las resecas hojas de chopo para comer gusanos, raíces y otras delicias del campo.

Esta vez llevo la linterna roja, aconsejado por otros aguardistas más veteranos he optado por poner un filtro a la linterna para que no parezca el faro de una nave espacial. Alumbro esperando ver al «agricultor» en el lecho del barranco pero nada, subo poco a poco y descubro al vigía que no se fía un pelo del resplandor rojizo que le apunta directo a los ojos. Apago y echo una meada de puros nervios mientras los gorrinos a más de cincuenta metros ni se inmutan.

Ha llegado la hora, no aguanto más, me quedo con uno o se van los dos a criar hermosos rayones. Mientras se rasca en el pino alumbro el enorme corpachón que tengo enmarcado en la cruceta del visor. Intento controlar el pulso, dominar mis emociones pero no es posible, disparo sin rozarle el pelo, asustándolo tanto que se detiene a vomitar y a cagarse en «tos mis muertos». Al día siguiente la pequeña teckel que le sigue el rastro confirma todo lo aprendido la noche anterior.

 

Vana lucidez al despertar

Mientras dilucidaba si me había despertado el onírico trueno de mi rifle escucho un pitido intermitente más siniestro todavía. La puta carretilla elevadora del matadero llega con su sirena hasta las mismas entrañas del monte. Cuatro noches seguidas del mes de Agosto pasé en las siembras de abajo con el pitido de esa máquina apagando el trasiego de mis tejones. Puede que esos simpáticos «animalejos» ya se hayan hecho a escuchar ese inmundo pitido taladrándoles la noche.

Yo jamás podré acostumbrarme al acoso de las malditas maquinas cuando me hallo suelto y libre, en lo salvaje.

Por el otro lado del coto, tras la carretera es todavía peor, allí en el precioso vallejo que separa Dehesa de Solana el jodido tren del AVE destroza la quietud de las sombras hasta bien caía la noche.  No hay manera de zafarse del rumor de la carretera, de la perversa y perturbadora huella del hombre y sus contaminaciones.

Quiero encontrar otros pagos, otra soledad, otra noche. Un coto donde no tenga arraigo, donde nada me turbe a la hora de aceptar las injusticias, suficiente alejado para que nadie me encuentre si quiero perderme. Donde los matarifes no tengan nombre propio, donde no sean mis vecinos, donde no conozca más caminos que aquellos que me sirvan para alejarme de la humana estupidez.

 

El último aguardo a ras de suelo

Es la tercera vez que me incorporo para otear la charca y comprobar que todavía no hay nadie, tomo el rifle y miro por el visor que me lo confirma. No tengo idea de la hora que es, tampoco me importa, estoy aquí para disfrutar. Vuelvo a tumbarme, trabo de nuevo el portafusil del rifle del brazo y caigo de nuevo rendido en brazos de morfeo.

Estoy tumbado con todo mi equipo justo al lado de las naves del polígono industrial y me despierto. Junto a mi hay una familia que me señala con el dedo, tienen una niña que me confunde con un «sintecho» y un caniche que me ladra. El hombre se asusta mucho al verme armado y coge su móvil para llamar a la policía. Su mujer lo detiene mientras me mira fijamente, sabe que no debe temer nada de mi aspecto o de mi arma, que igual que lo era su padre solo soy un cazador.

Vuelvo a despertar y esta vez si escucho leves ruidos junto al agua, son mis tejones que han venido a despedirme, les voy a echar de menos. Ellos me enseñaron mucho más que cualquier humano a distinguir los sonidos de la noche a ras de suelo. Bullen por aquí y allá chapoteando, gruñendo, mastica y rascando en el barro. Uno se acerca hasta mi posición y gruñe al detectar el olor de mis botas marcado en el suelo.

Hasta siempre amigo, cuenta con que ya te estoy echando de menos, con suerte también encontraré a tus congéneres allí donde cace vuelva a cazar.

Duermo otra vez, por poco tiempo. De nuevo junto a la charca pero esta vez es otra, una más tapada doscientos metros monte arriba. De nuevo estoy de aguardo, de nuevo tumbado en el suelo, esta vez acompañado de mi hijo. Escucho como ahora los ruidos en el agua y me incorporo, tomo el rifle y me quedo con una cochina bien tierna.

 

 

 

 

Volveré a dormir dos o tres veces más hasta que las luces del alba despunten por las Serranas montañas de Cuenca. Abriré los ojos, medio dormido, legañoso y contemplaré por última vez uno de los parajes más hermosos de esta tierra.

 

Otra vez que no pudo ser

Me desperezo, no hay mucho tiempo hasta que esto se llene de escopetas y perros, la noche ha pasado sin pena ni gloria al parecer, el último aguardo ha llegado a su fin.  Despierto con sorpresa al comprobar las frescas huellas de un jabalí de gran porte que ha entrado a beber, no se ha bañado ni ha hecho ningún ruido que lo delatara.

 

Era de esperar, un cuerpo cansado y una mente atormentada son malos compañeros de aguardo, malas compañías cuando se persigue un jabalí tan listo y silencioso.

Desde la comodidad del asiento de mi «lanrober», con la misma apatía con la que llegué la tarde anterior dejo atrás el pozo, las siembras, los caminos y las veredas entre aliagas que tantas veces recorrí escopeta, arco o rifle en mano. Me deleito con los vuelos de los primeros pájaros y atisbo en lontananza el enorme bando invernal de las torcaces.

Saldré con mi hijo a probar suerte con ellas porque conejo y liebre no hay y a las perdices ni tocarlas.

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