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El corzo animal mitológico para este Cazador (I parte)

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El duende, tragabalas, cabirol, capreolus etc., todos esos nombres se quedan cortos para el corzo animal mitológico para mi. Durante mis años de «corcero en practicas» (no pasé de la práctica pues no fui capaz de abatir uno) los he perseguido hasta el aburrimiento sin resultado. Como «Cazador freelance» emprendedor, autónomo y autodidacta hube de aprender de revistas y libros cuál era el bicho de mis desvelos antes de ver uno en mi coto.

Esta circunstancia unida a las escasas oportunidades que tenía por temporada, el cambio, la dificultad del terreno para recechar y la baja densidad de animales fueron la causa que me hicieran desistir. Cambié el intangible, incorpóreo y fantasmagórico corzo por el omnipresente y sigiloso jabalí, dejé de lado los recechos para abarcar las esperas.  Y la verdad no me fue tan mal.

 

Un encuentro marcado a fuego

Siempre hubo algún corzo testimonial en los montes de mi pueblo, no se veían pero en los ganchos que se hacían por entones. Alguno que otro corrieron los perros, pero eran más listos que los «escopeteros» y nunca llegaban a cumplir en los centenarios puestos. De buena tinta sé que unos cuantos se equivocaron y cayeron a postazos, a principios de milenio destazándose entre pinos y aliagas para no dejar pistas del desaguisado.

De eso hace mucho ya, hoy día no hay paseo por el campo por sus zonas querenciosas donde mis perros no corran una corza con su cría o una pareja de enamorados.

Fue en una de mis primeras salidas cuando me topé con la más bella y preciosa de las criaturas del lugar, aquel encuentro espoleó mis ansias de tal modo que entre en su mundo de cabeza. Me empeñé en cazar uno para comer su carne y poseer su trofeo.

El primer día camuflado de cabeza a pies me metí en un regato para ocultarme de su poderosa vista, de pié apoyando el culo en el tocón de un pino inmóvil aguardaba que alguno osara cruzar el reguero sin darme cuenta que estaba colocado en la misma trocha. Mañana neblinosa, con el monte oliendo a humus de pino y hoja seca de carrasca.

No recuerdo bien que pájaro desvió mi vista de la orilla del barranco donde los esperaba, quizá un carpintero en traje de gala, a lo mejor una torcaz buscando pitanza, el arrendajo chivato o el mirlo furtivo y escandaloso.Lo cierto es que la corza se apareció a mi lado, cruzó a dos metros sin percatarse de mi presencia, embobado ante tan asombrosa criatura. Me dejó totalmente ilusionado y convencido que tendría más oportunidades como aquella con un macho.

El embrujo, de el corzo animal mitológico que tanto hablaban los escritos donde aprendía de sus andanzas y querellas me había atrapado sin remedio. La magia, la belleza de aquel animal extraño en aquellos pagos me cautivó hasta tal punto que soñé con ellos durante semanas. Entre el estudio, la estrategia y la caza los corzos formaron parte de mi vida durante muchas, muchas horas.

También muchas fueron las anécdotas, los encuentros y los intentos tras ellos, sin experiencia, sin suerte, a veces sin fe pero con constancia, con la recóndita esperanza de toparme con uno algún día que me ofreciera la oportunidad de cazarlo. Uno casi me costó el pellejo y a día de hoy todavía sigo creyendo que fue el propio corzo quién me salvó la vida.

En estas lineas voy a tratar de esbozar algunos de aquellas experiencias, quizá sirvan de ayuda para unos o para otros o simplemente de entretenimiento, cualquiera sabe.

 

Tras las palomas encontré a el corzo animal mitológico

Verano, media veda del «dosmilypoco» por aquel entonces ya no quedaban codornices, las palomas torcaces conformaban las únicas y trabajadas perchas que tenía al alcance. Los demás cazadores del pueblo tras la apertura y comprobación que las «coturnas» brillaban pero de ausentes colgaban la escopeta hasta Octubre.

Mientras ellos se dedicaban a sus huertos o colmenas, yo buscaba el pájaro azul que tantos gozos me dio en aquellos lares. Corría que me las pelaba con mi «lanrober» de entonces los caminos arriba y abajo, «a toda leche» para buscarlas y aprender sus pasos y querencias. Al amanecer naranja y legañoso las esperaba altas al paso del comedero, ese era el comienzo de la jornada, seguía la caminata hasta el río donde sesteaban tras la pitanza. Antes y después de comer con «la fresca» Serrana de los 40º no faltaba el paseo por las orillas del monte, para al final de la tarde esperarlas de camino al dormidero

Con el coche cruzaba el pueblo acortaba distancias, me acercaba varias veces al mismo sitio hasta dar por fin con ellas y acertar con sus costumbres y querencias. Las choperas donde sesteaban eran mis favoritas, dejaba el coche lejos y me acercaba para sorprenderlas cuando fácilmente me sorprendían ellas a mí. Lo normal era pasar calor, llegar agazapado como un siux, salir la paloma a treinta metros y fallarlas a lo cazurro.

¡Anda y que no aprendí yo a disparar en esos años!

 

El pasadero a las 13:30

No recuerdo el año pero si que era el día de la apertura, mi hijo apenas andaba y ya era hora de enseñarle a pisar monte. Lo monté en el coche, subí mi perra al maletero, escopeta, chaleco y sobre medio día me presenté en un paso a ver si había suerte con las palomas. Al final del camino, trescientos metros antes de mi destino dejé al coche en mitad de un barbecho, con la escopeta descargada y el niño de la mano emprendí camino. Buscaba una prometedora sombra donde cobijarnos del cabrón del Lorenzo que apretaba lo suyo el cabrón. Bordeando el paso donde antaño había visto la corza, mirando los árboles y el cielo apenas me percaté de lo que tenía enfrente.

Eran dos, jugaban y dudaban entre quedarse o irse, jóvenes e inexpertos sin duda, nos miraron igual que las cabras cuando miran el vacío de un barranco. Me detuve y alenté al chico a que se acercara a ellos sujetando la perra, no estaban ni a cincuenta metros y la escopeta por supuesto seguía inerte y descargada. El más grande se internó en la espesura, me quedé mirando al otro esperando que hiciera lo mismo mientras el chico se acercaba. Veinte metros y el corzo le mira pero no huye, dieciocho, dieciséis y ni se inmuta, catorce y baja la cabeza…

Como padre alarmado salí cagando leches hacía el corzo, ese animal mitológico pero peligroso al que su hijo no tiene ningún miedo. Salió el animal dando saltos como un poseso por los pasos del otro, el niño con lengua de trapo aprendió a decir corzo y vio de cerca un corzo macho al mismo tiempo que lo hizo el padre.

Cuando lo conté en el pueblo me trataron de gilipoyas por no haberlo dejado seco y haberme colgado así el primero. Al parecer el escopetero para graduarse como tal ha de entrenar con sus vilezas cada vez que tiene ocasión

Y yo que quieren que les diga, me quedo con la experiencia y el ejemplo que le dí ese día a mi hijo.

Quizá por el y por otros más hoy día es un excelente y respetuoso aprendiz de cazador.

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