Primitivo, Atávico y Auténtico

Cazador hasta la muerte

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Entonces, en mitad del desaliento no era capaz de discernir si debía seguir luchando o abandonar.

Lo único que tenía seguro era no desprenderme de mi equipo y mi arma.
Un cazador igual que un guerrero o un aborigen lo precisa para estar completo.

Se aferrará a su arma para reconocerse a sí mismo en mitad de la nada y para que le reconozcan cuando lo encuentren.

 

Cuenca  Junio de 2007 .

Fin de semana corcero en mi coto, sito para más señas en el término municipal de mi pueblo . Aunque para ser sincero confesaré que no nací aquí. Soy hijo indirecto, de segunda generación.  Pero no se que tiene esta tierra que me hace volver a ella. Semana tras semana buscando mis raíces que cada día ahondan en ella un tanto más. Aquí  he pasado los mejores momentos de mi infancia, de mi juventud, de mi vida cazadora. Me hice a mi mismo como Cazador y es donde me siento más libre y vivo.

La sociedad sortea cinco días por socio en los cuatro meses hábiles de la caza al duende. Los que pueden entresemana y los que no aprovechamos los fines de semana para salir en busca de tan escurridizo y bello animal. Entonces me tocó cazar el Sábado.

El viernes antes de acostarme preparé los trebejos y miré al cielo con la esperanza de que al día siguiente no cayera una sola gota de agua. Llevaba haciéndolo toda la semana o al menos que no fuera mucha. Porque una sola cosa tenía clara. Cayera lo que cayera tras veinte días haciendo planes para cazar tan bello animal iba a salir aunque nevara.

Antes del amanecer, entre dos luces recorría caminos y veredas en busca de un machete que fuera decente. Cualquier animal representativo y magro bastaría para colmar mis aspiraciones venatorias. Y a ser posible poder hacerme con él tras un bonito y emocionante lance.  Tranquila y parsimoniosamente escudriñé cada rincón de las siembras y sus lindes. Ribazos y regajos que pudieran esconder la furtiva silueta del capreolus sin escucharlos siquiera. Ya era raro.

De momento el agua se aguantaba en las nubes. Raudas atravesaban el cielo que cubría mi cabeza y más bonito me parecía a medida que transcurría la mañana. Sobre las once tras el almuerzo di por concluida la salida y volví a la casa donde me esperaban mi mujer y mi hijo de corta edad.
Después de comer comenzó a lloviznear.

Meditaba mientras tomaba el café  haciendo tiempo para volver a salir. Mirando por el ventanal y desoyendo las quejas de mi mujer que al ver la lluvia comenzó a albergar la esperanza de que no saliera aquella tarde.

Pero la caza es mucho más que una mera afición. Aquellas personas afortunadas que la sienten con pasión, a quienes les bulle la sangre al ver una simple perdiz en arrancada. Se les acelera el pulso ante la visión de una res a la carrera no se detienen por cuatro gotas de agua.

Una fuerza interior les mueve a despreciar cualquier peligro o contratiempo  que les pueda suponer abortar una salida. Porque con ello dejarían de vivir el cúmulo de sensaciones y sentimientos tan difíciles de describir.

Como de experimentar por alguien que solo sale al campo a por un par de cuernos. Para eso conozco otros métodos más baratos, efectivos y sobre todo menos exigentes.

 

Un mal augurio en forma de granizo.

Sobré las cinco de la tarde aparque mi coche al principio del camino al monte. Con el barrizal que había no pensaba meterlo pues las ruedas que calza son dadas al derrape en estos caminos tan difíciles. Así que cogí  rifle, chubasquero, balas, catre, vara y comencé a bajar por el camino. Después de subir  una empinada cuesta, una vez en la otra vertiente bajándola terminaría por acercarme a una siembra. Donde pensaba apostarme y fundirme con el paisaje.

No hube recorrido aún la mitad del camino cuando en menos de lo pía un pollo el cielo se cerró y descargó contra mí a traición. Con toda la mala uva del dios que se venga de quien osa desafiarle. Pero no era agua sino ladrillos en forma de hielo, una granizada brutal se me vino encima.

De repente sin un lugar donde guarecerme y sin creer en un dios al que encomendarme. No me hizo falta entonces como no me hace falta ahora. Dejando el rifle bajo el tronco de un pino para que los pedruscos no dañaran el visor. Me abrigué como pude acurrucado en el suelo. Tapándome la cabeza con las manos para amortiguar las pedradas que amenazaban con lapidarme vivo.

Los golpes no eran muy dolorosos pero si constantes y molestos cuando coincidían varios en el mismo punto de mi anatomía. En medio de un pelado sin poder guarecerme los sufría estoicamente  y esperaba terminasen lo antes posible.

Los rayos que caían cada vez más cerca  me hicieron presagiar que aquella tarde había verdadero peligro en el monte. Los truenos aumentaban la sensación de amenaza pero solo son ruido. De alcanzarte un rayo el trueno que lo acompaña jamás llegarás a oírlo.

Aguantaba con la tranquilidad que da el hacer las cosas libremente y no tener que buscarse excusas ni culpables más allá de uno mismo. Con la conciencia tranquila pensé en mi hijo, en mí mujer, en la ilusión que me hacía el volver a verlos.

Tras veinte angustiosos e inacabables minutos el granizo cesó dejando una alfombra de piedras de hielo y de cortezas de pino arrancadas. Comenzó entonces la misma impertinente llovizna de por la tarde, acompañada por una brisa. Con Toda seguridad con la tarde ya avanzada hacía descender la temperatura por debajo de los 10º.

Calado hasta los huesos me encamine a la postura con las piernas temblando todavía reponiéndome del sobresalto. Con la cura de humildad que me había dado la madre  la naturaleza.

¿Abandonar? ni se me pasó por la cabeza, de situaciones comprometidas tengo un saco lleno y cuando lo cierre empezaré otro. Cuando llegué al puesto rodeado de altas hierbas ahítas de agua estaba empapado hasta la médula. Me acomodé en mi catre y me dispuse a esperar la llegada del Corzo que compensara de aquella epopeya.

La tarde quedó esplendida como queda el campo después sufrir tras una gran tormenta. Se recompone, se ríe  y se muestra en toda su plenitud. El cielo de un azul intenso y provocador. Aborregado por las nubes dejaba escapar entre ellas los rayos que aún le quedaban. Suspendidos en el aire iluminaban las verdesmeraldas cebadas suavemente mecidas por el viento.

Aquel  mar donde sin duda naufragarían gustosamente  los pensamientos de todos los poetas y enamorados de la toda la comarca.

Incluyendo a los corzos y a mí. 

Ya casi estaba recuperado del percance y comenzaba a disfrutar del espectáculo cuando escuché al causante de todas mis desdichas.

-GUAOOOOOOOOO,GUAOOOOOOO,GOOOOA-.

<Asoma el hocico que te dejo seco como la mojama. Donde tú quieras amigo corzo por debajo de trescientos metros estás listo>.

El corazón me latía desbocado y mis ojos escrutaban hasta dolerme. Escudriñando la vegetación que faldeaba el monte de donde provenían los desafiantes ladridos. El animal a pesar que no podía verme sabía que andaba por allí con aviesas intenciones. Y ese fue el barrunto que sin duda le salvó la vida.

Comenzaba a sentirme mal por el frío intenso acrecentado por la brisa. Se colaba por cualquier resquicio de mi precario ropaje para enfriar aún más toda el  agua que me empapaba. No pensé en ningún momento en dejar el puesto. Convencido como estaba que entraría en calor con andar cien metros escasos. Cada vez que sentía el aire helador recorrer mis ropas un escalofrío recorría mi espinazo como un  molesto calambre.

Las manos hacía ya rato que ni las sentía y los pies comenzaban a dolerme. Pensaba aguantar hasta después del crepúsculo, al menos verlo terminar porque estaba comenzando y era realmente hermoso.
Sin embargo la realidad me golpeó cruelmente por segunda vez en el mismo día. La naturaleza volvió a retarme. Y esta vez por poco gana.

Al  Lubricán en esa hora bruja donde es imposible discernir si lo que vislumbramos  es lobo o perro.

Y quizá en ello nos vaya a ambos la vida.

 

Las señales del peligro.

Cuando la tarde muere y sus estertores a causa del viento se tornan increíblemente rosaazulados. Se apresta a recibir a la luna que ya comenzaba a asomar tímidamente por él horizonte. En esa mágica hora tuve de levantarme porque ya no aguantaba más.

Después de pasar la tarde inmóvil y anquilosado resistiendo el frío y el aire helador mi temperatura interna estaba bajo mínimos. Saltaron todas las alarmas de mi cuerpo. No era un simulacro, iba en serio.

Intenté levantarme pero mis músculos no respondían, se habían abandonado al frío  y se negaban a obedecerme. Conseguí incorporarme con gran esfuerzo y cargando con mis trastos medio a rastras. Comencé a avanzar entre la cebada dando traspiés. Recogiendo todavía más agua con el roce de la empapada vegetación. 

El terreno irregular no ayudaba mucho y el barro que se adhería a mis “botacas” las hacía tan pesadas que avanzar requería un esfuerzo todavía mayor.Seguí avanzando a trompicones tropezando con todas las piedras y ramas del monte hasta llegar al camino. El calor lejos de volver a mi interior se consumía. Intentando calentar el agua que recubría mi cuerpo, las fuerzas comenzaban a abandonarme.

Al llegar al pie de la cuesta me recosté exhausto en el tronco de un gran pino y cerré los ojos para descansar mi aturdido cerebro. A escasos metros del lugar donde hacía pocas horas había salido airoso de la ira del cielo.El calor me abandonaba y la vida terminaría por escapar si no hacía nada por remediarlo.

No tenía fuerzas para levantarme cuanto menos para subir la gran cuesta que me esperaba impasible. O descansaba un rato o dejaba este mundo pero seguir sin tomar aliento era tarea imposible. Recuerdo con nitidez la pasividad con la que asumía mi destino y sin embargo no daba crédito a lo que ocurría en mi cabeza. No hacía nada por resistirme. Aquello me desconcertaba y me hacía todavía más vulnerable al frío y al abandono.

No sé el rato que estuve parado solo que me sobresaltó el ladrido del corzo esta vez desde muy cerca. Vino a despertarme, a ladrarme su  innegable victoria. A no dejarme morir por saberme inofensivo en aquella inexplicable debacle de mi animo y mi físico.

Desperté de aquel forzado duermevela sobresaltado y abrí los ojos. Entonces adquirí conciencia de la situación y mi mente comenzó otra vez a hacerse cargo de mi cuerpo de nuevo. Tomo los mandos para no perder.

Me rebelé a caer en aquella batalla. Sería ridículo después de tantas salidas, siempre en solitario con temporales peores. El quedarme allí congelado como un vulgar palito de merluza. Cierto es que un día descansaré aquí pero aún es demasiado pronto. ¿Y mi hijo?¿Mi mujer?¿y todo lo que me queda por cazar con mi perra?¿voy a dejar que ese corzo se ría de mí?

No, pero jamás volveré por Él. Le debo demasiado.

 

El renacer de las fuerzas.

Con gran esfuerzo volví a ponerme en pie y cargué con mis trastos lo mejor que pude. Comencé el ascenso de la gran cuesta resbalando y cargando más barro en las botas en la más completa oscuridad.
Más de media hora me costó llegar hasta el coche. Una vez en él con las manos medio muertas saqué las llaves. Arranqué y encendí la calefacción para recuperar un poco del calor necesario para conducir hasta al pueblo.

Pálido y temblando a más no poder pero victorioso. La bronca de la parienta estaba asegurada y con razón porque era muy tarde. Pero no iba a contar nada de aquello a mi mujer. Bastante tiene ya con aguantar mis locuras para cerciorarla de lo que sin duda más de una vez presiente.

<Que es verdaderamente posible que un día salga de caza y no regrese>. 

 

Cazador hasta la muerte.

Una más y de las gordas, esperemos falten más bien pocas porque la verdad me estoy haciendo viejo. Y aunque gano en experiencia y gasto un poco más de prudencia.

Nunca renunciaré a una tarde de caza como aquella. Aunque tenga que jugarme el pellejo un par de veces o tres y volver a casa sin pegar un solo tiro.   

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