Primitivo, Atávico y Auténtico

Carta final, ya nos conocemos, hasta podríamos ser amigos

0 18

Carta final, ya nos conocemos y podríamos ser amigos.

Ambos somos conscientes que en la España rural se cometen barbaridades. Los animales se maltratan por sistema, se consideran objetos y se valoran muy poco. Vestigios de épocas pasadas que sin duda hay que erradicar.

Las tierras se envenenan con productos químicos de dudosa eficacia. Sin duda engordan más el bolsillo de los Laboratorios que los granos otrora nutricios del dorado cereal o la dulce golosina de la vid.

Por no hablar de talas, residuos y otras formas que tienen algunas gentes en darle un mal uso a la tierra amparándose en poseer una escritura que reconoce como legítimos dueños.

La caza, si la caza necesita una profunda reconversión para volver a situarla donde merece. Alejarla del mal llamado “DEPORTE” y de la especulación del “VIL NEGOCIO” que algunos han hecho de ella. Precisa que se conozca en las escuelas como el modo de controlar el equilibrio natural. Como la profunda tradición que nos ha traído hasta nuestros días.

Y está pidiendo a gritos eliminar a toda esa tropa de indeseables que a base de hacer animaladas presume de cazadores y de ello solo tienen la licencia en el mejor de los casos.

Pero para acabar con todas estas conductas aberrantes no es preciso acabar con la cultura intrínseca de los pueblos. Ni humillar a la gente imponiendo absurdas normas ideadas en despachos por técnicos “espertos” que no han pisado más campo que el de fútbol.

 

No es necesario ni tampoco es justo.

También es injusto verter sobre la caza la culpa de la extinción de las especies de nuestros campos. Pasando por alto la transformación, mecanización del medio y el masivo envenenamiento de la tierra. El daño que hacen los desmontes, parques eólicos, carreteras, urbanizaciones o infraestructuras totalmente prescindibles en muchos de los casos.

Bien gestionada la caza es hoy por hoy la única medida de gestión real y comprobada. Capaz de garantizar un control poblacional de las especies eficaz y duradero. Aceptada en la mayoría de los Países desarrollados, aprovechada también como medida de actuación para intentar contener las plagas. Otro de los azotes que sufre nuestra maltrecha agricultura y un peligro latente para el tráfico en cualquier clase de vía.

Sin olvidar las toneladas de proteínas en forma de carne que se pueden obtener de las canales una vez higienizadas y trabajadas convenientemente. Sinceramente sigo sin entender como alguien que se precia de aprovechar convenientemente los recursos naturales sigue poniendo la zancadilla a la menor ocasión.

Carne a bajo costo y puestos de trabajo para transformarla ¿A quién puede molestar algo tan conveniente en la época que vivimos?

Pero al menos yo creo que todavía hay lugar para el entendimiento. Has llegado hasta aquí. Has aguantado con estoicismo todas las verdades que he colocado encima del tapete y con ello te has ganado mi respeto. Te propongo que me acompañes, aunque soy un recalcitrante cazador solitario contigo haré una excepción. Para que conozcas ambas caras de la moneda.

Te invito a que derroches tus instintos en lugar de reprimirlos. A que abras tu espíritu para que entren en el todas las emociones que te tengo preparadas. Prepara tu alma para intenso, verdadero y atávico disfrute de la naturaleza en estado puro.

Puede ser peligroso pero nada que merezca realmente la pena está totalmente exento de peligro. La naturaleza es dura, no es ninguna novedad.

 

Mis salidas cinegéticas poco tienen que ver con las que hayas podido conocer.

En uno de esos programas o producciones que intentan reflejar la realidad de la caza en fincas bien cuidadas y abundantes en piezas.

Esa es una cara de la moneda pero yo suelo usar la del otro lado, caza salvaje o primitiva si así lo prefieres. Salir de caza, para cazar, para vivirlo, a cualquier precio enfrentándote los elementos y a mis limitaciones que todavía ando buscándolas. Donde lo hicieron mis antepasados aunque por desgracia aquellas tierras cada vez se parecen menos a lo que en su día fueron.

Integrarte en el campo como un ser vivo más que lo conoce, lo siente, lo ama.  Llegar más allá de tus facultades físicas, del esfuerzo, del sacrificio para competir contigo mismo, sin apuestas ni fanfarronerías. Alcanzar esa perdiz que se ha subido a un alto cerro o aguantar en el aguardo hasta que amanezca.

Cuando te hagas con alguna presa esta llevará la grandeza aparejada a la dificultad de su captura independiente de su tamaño. Como dijo en su día el Maestro Delibes y personalmente he podido comprobar.

Esto que parece a simple vista una cosa pueril o fantástica te lleva a conocerte a ti mismo de una forma muy intensa. Y a respetar por encima de todo las leyes naturales.

A sentir como toda la fuerza que la tierra desprende anide en tu pecho. Dejando al descubierto que tu primitivo ser, aflore se derrame y se muestre en toda su plenitud. A sentir emociones que hasta el momento desconocías al alcance de cualquiera porqué no se consiguen con dinero. Ni todas las personas son capaces de experimentarlas.

A apreciar el verdadero valor de una cama donde descansar, un plato donde matar el hambre y un vaso de agua fresca con la que aplacar la sed.
Explorar un mundo nuevo para ti, que te aguardaba bajo la suela de tus botas cuando pasabas de largo por los senderos. Odiando y renegando de todo aquél que portaba un rifle o una escopeta aunque no le conocieras.

 

Aprenderás que los animales reaccionan y se adaptan a la presión del cazador.

Lo difícil que resulta capturarlos y lo rápido que aprenden porque les va la vida en ello.
No sufren terror, ni psicosis ante el peligro, solamente se ponen a salvo o lo intentan. Los que caigan bajo mis disparos sin duda serán los peor dotados. A eso se le llama selección natural.

No dudo que disfrutes de tus paseos por el campo con tu perro. Pero que alcances el mismo grado de compenetración que yo comparto con los míos lo veo muy difícil.
Vive y caza conmigo, se mueve muy rápido entre las matas y se asegura  de vez en cuando que yo ando detrás guardándole las espaldas. Se para en seco y me mira cuando sabe dónde está la pieza. Me habla en un idioma que solo yo entiendo perfectamente. Tenemos una relación entre cazadores del mismo clan. Cada uno juega su papel, de distinta especie pero con el mismo instinto predador que trasciende sobradamente las invisibles barreras.

Bregar juntos por el monte nos ha unido de tal manera que casi puedo sentir el dolor de sus heridas. Y asegurar sin equivocarme que la sangre que de ellas brota es tan noble, tan roja y caliente como la mía.

Un día tras las perdices o mejor aún tras lo que salga, puede ser inolvidable. Aunque cargues durante kilómetros con un par de pesadas liebres, te olvides de coger merienda o tengas que beberte el agua de los charcos.
Estas son puras anécdotas que quedan en la memoria solo un rato. Lo que jamás olvidaras es la arrancada potente de la perdiz la suavidad  y aroma de sus plumas y sus bonitos colores.

El admirable mimetismo de la rabona encamada, aplastando su piel sobre sus huesos. La agilidad de la enorme torcaz que parece tan torpe pero vuela tan rápido y tan alto como si quisiera llegar hasta el Sol. Subir en la noria que gira por la historia de nuestros campos y que no puede ni debe detenerse. Se despertarán en ti sentimientos tan intensos que te harán sentir más vivo, más libre que nunca.
Cuanto más difícil sea el lance mayor satisfacción te brinda, más emoción el cobrar la pieza.

Acariciarla y colgarla por el pico para que no se despeine es otra de las maneras que tengo de mostrarle respeto y admiración. Después en casa la pelaré y guardaré alguna de sus preciosas plumas. La cocinaré a fuego lento, con la leña que cogí en el mismo monte en primavera.  Si todavía piensas que el Cazador mata por diversión aún hay más.

Dos son las piezas que más aprecia el auténtico Cazador. La que le gana en justa partida venciendo sus poderosos instintos. Y la que en lugar de humillarte te engrandece y te obliga a mostrarle la “calvorota” y reverenciarla justamente quitándose el sombrero.

La otra es la que indultas por ser demasiado fácil de abatir y no ofrecer una oportunidad de Cazar. Esa la dejas marchar con la esperanza de que aprenda a ponerse a salvo de los “escopeteruchos” que por desgracia todavía pueblan nuestros campos.

  Aquí es donde más nos  parecemos les odio y desprecio tanto como tú.

 

O quizá quieras acompañarme una noche de aguardo a los jabalíes.

La oscuridad y la profundidad de la noche pasaran a ser nuestras aliadas, cambiaremos de piel y de mundo por unas pocas horas. Las palabras Soledad y paciencia adquieren una nueva dimensión, no hay espacio para los nervios, ni las dudas.

En el más puro y absoluto de los silencios, en la soberbia intimidad que el monte te ofrece sin más testigos que los millones de ojos de las rutilantes estrellas. Acompañado por los demás animales nocturnos que te reconocen y respetan igual que tu a ellos.

Si haces las cosas bien y respetas las reglas podrás llevarle a los tuyos una enorme cantidad de carne.
Y Sentir el atávico instinto de ser el Cazador de tu clan ofreciéndoles el alimento conseguido de la tierra solo con tus manos e inteligencia. Ese será el mayor de los trofeos, mucho mejor que cualquier tablilla.

De esa manera podrás dejar de ser cordero para convertirte primero en raposo y en lobo después, acariciar la idea de ser primitivo por unas horas o quizá no dejar de serlo nunca. Comprobar cómo los animales reconocen en ti a su peor enemigo, te barruntan y temen de una manera distinta al resto de humanos que no han cazado jamás. No es malo ni bueno, es la señal de que has encontrado tu sitio en la pirámide natural y alimenticia.

Al igual que hicieron tus antepasados clamarás en el monte a grandes voces para hacerte un sitio entre las demás bestezuelas.
Y tus antepasados estén donde estén te escucharán y sentirán orgullosos de ti. Esos, los  que se estremecen cada vez que alguien intenta mancillar algo tan sagrado para ellos como es la caza.

Los tuyos, los míos los que vistiendo pieles y blandiendo lanzas aguardaron a los cochinos en la oscuridad. Cortaron leña para hacer carbón o sacrificaron un cerdo un día de fiesta para llenar la barriga de su hambrienta progenie.

Los que salieron antes del alba, regresaron de noche medio rotos y se sentaron a contar historias al amor de la lumbre. Aquellos que guardaron en la memoria multitud de historias que pocos quieren escuchar hoy día.

Los que te han traído hasta aquí para que acaricies a través del papel fotográfico la suave piel del venado. Para que sientas como yo siento ahora mismo una pizca de remordimiento y una arroba de orgullo cazador y montuno.

Puedes estar seguro de que ya no serás el mismo, volverás más fuerte, más seguro. Con ganas de comerte el mundo para empezar y con la certeza de que has vivido por vez primera. Porque cuando la vives con intensidad, la naturaleza te premia te sonríe cada vez que la miras a la cara y te advierte del riesgo que corres si tienes los suficientes arrestos como para osar desafiarla.

Te agradece que la sientas, te regala inolvidables amaneceres que el Sol le fecunda a la madrugada y que esta generosa los alumbra solamente para ti.

 

Todo y nada más que eso es la caza.

Aunque parezca fácil requiere experiencia cierta sabiduría y desenvoltura. Quizá una vez me acompañes prefieras ver como cuelgo un par de perdices en lugar que un zorro engulla un bando entero. O peor aún que las mate una cosechadora que el zorro como Cazador si tiene derecho a matar.

Hay quién piensa que no tenemos derecho a seguir cazando, a ser diferentes. Pero hay algo que juega a nuestro favor. Algo demasiado grande como para poder detenerlo por la obstinación de unos cuantos o por un iluso decreto. No podrán acallar nuestra voz y menos aún nuestro instinto. Por mucho empeño que pongan en ello, por muchas trabas que nos pongan o si la  prohíben. Nunca dejaremos de cazar, la Caza es parte de nosotros y sin nosotros no hay caza.

Aunque consigan desarmarnos construiremos arcos, flechas, azagayas, lanzas, armas y útiles primitivos con los que seguir nuestro camino a través de nuestro instinto.

Ese latido que nos estremece las entrañas al escuchar la carrera de una res. El impulso que nos apremia a perseguirla y capturarla para conquistar con ella nuestra libertad.

Jamás podrán acallar el aullido del lobo que dentro llevamos y sueña esperanzado poder descansar junto a la tierra. La tierra en la que hemos cazado vivido, sangrado, sudado y caminado entre Sol y Luna, una y mil veces.
Ni detener el latido que cada jornada nos impulsa a levantarnos muy temprano y avanzar hacía el monte que nos aguarda deseoso para que ocupemos nuestro espacio en él.

Porqué son muchas más las razones que nos unen que las que nos separan. Si te decides no dejes de avisarme estoy seguro de que aprenderemos mucho caminado juntos por los montes. Sería una lástima dejar pasar una oportunidad tan buena como esta.

Mientras lo piensas yo iré haciendo una gran lumbre que terminará en las brasas con que poder asar el solomillo del venado. Voy a dedicar la mañana a aviarlo porque no puedo permitirme el lujo de estropear ni un gramo de su aromática y nutritiva carne.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *