Primitivo, Atávico y Auténtico

¿A los cazadores nos falta algún tornillo?

1 169

A estas alturas resulta del todo inútil explicar, ni siquiera al profano que de puntillas se acerca a la caza, que somos seres singulares. Especiales, únicos, particulares, específicos, individuales, exclusivos, peculiares, diferentes, representativos de una pulsión que nos empuja a jugarnos el tipo en más de una ocasión. La juventud y el arrojo suelen hacer mal casamiento a la hora de asumir riesgos y aún la madurez de un «Cazador espíritu libre» suele esconder sus peligros a poco que se encandile con un lance o ansíe una presa. Tengo la más que fundada sospecha que a los cazadores nos falta algún tornillo.

 

La vida de un cazador guarda muchos secretos.

Con los años hay lances que se olvidan, algunos del todo y otros parcialmente. La mayoría de los mejores permanecen nítidos en los cajones de la memoria para que el polvo de lo mundano no los ensucie ni los oculte. La inalcanzable perdiz que conseguimos abatir con ayuda del mejor perro y una cuidada estrategia dormita junto al jabalí. Ese que engañamos haciéndole creer que en lugar de nosotros eramos el tocón de un vetusto árbol.

Pero los lances inconfesables, los que por prudencia o vergüenza permanecen ocultos en nuestra memoria tarde o temprano asoman para delatarnos. Aquellas situaciones comprometidas de las que el «cazador» fantasmón hace gala y alarde en «el bareto» para fanfarronear y«tirarse el pisto» . Para tratar de enmascarar una mediocridad que ya no engaña a nadie.

También las situaciones ridículamente comprometidas cuyo fin es conseguir un puesto o jornada de caza, sobresfuerzos, remojones, noches en blanco o de vigilia, etc… Incluyendo palizas en inhumanos trabajos de las que terminas exhausto y que por otro motivo jamás harías, todo llegar para pensar como apunté anteriormente que a los cazadores nos falta algún tornillo.

 Y todo por volver a sentirse Cazador, para volver al monte, por volver de nuevo a la caza.

 

Personalmente guardo alguno que otro.

Ya conté anteriormente alguno de esos peligrosos lances y situaciones extrañas, con las canas asomando ya por mis barbas he perdido la poca vergüenza que no gasté dejando el tarro vacío. Así que no descarto contar alguna «hazaña» que otra más que de seguro incitarán a mis lectores a evocar las propias.

 

La vuelta al pueblo un verano más

Fue hace muchos años ya, por el ochenta y pico. En aquellos tiempos por causa de una expresa prohibición paterna guardaba yo una pequeña batería de carabinas «plomeras» en casa de una tía. Para el verano conseguía meterlas en algún coche y transportarlas hasta el pueblo donde daba rienda suelta a mis ansias predadoras y con el transcurso de los días aprendía a disparar decentemente.

En aquellos años el pueblo todavía era pueblo, con carros, «ablentadoras», borricos, ganados, callejuelas, pilones, fuentes y sobre todo muchos«gurriatos». Las viejas casas cubiertas de tejas árabes, remiendos y agujeros les proporcionaban un hábitat incomparablemente ideal. En la era todavía se amontonaban toneladas de nutritivos cereales que los ponían gordos como pelotas.

El desaparecido pilón de la fuente les servía de abrevadero al igual que los charcos que las idas y venidas de los botijos dejaban en el raído encementado de la plaza. Las falsas acacias, los paraísos y los olmos les ofrecían sombra donde sestear sus serranas canículas. Si alguna vez existió el edén del passer domesticus fueron los antaño pueblos rurales de España.

Por depredadores que contuvieran aquellas hordas «gorrioneras» solo estábamos los gatos, algún cernícalo o mochuelo y los chavales armados con sus ilegales e incombustibles carabinas de muelle o pistón. Con una población desproporcionada y un agricultor que por entonces solucionaba las plagas a base de veneno lo más benefactor y juicioso era cazarlos a tiro limpio.

 

Aquella mañana recién llegado de la urbe

Tras desembarcar y despedir a mis tíos que marcharon a la capital para llenar la exigua despensa cogí mi escopetilla y me encaminé hacía la plaza. Aún antes de asomar tomé mis precauciones para no ser pillado «In fraganti» por la autoridad competente pues lo mío tendría doble pena.

La primera sería la multa correspondiente y la segunda las hostias de mi progenitor cuando se enterara que poseía y escondía armas para cazar a sus espaldas.

Tras comprobar que el carnicero ambulante desaparecía en lontananza y las mujeres con sus cestos se retiraban, salvo cuatro viejos que me servirían de cómplices la plaza quedó para mi solo.

-¡Arréales fuertes cazador que nos dejan sin grano!-

Poco aliento le hacía falta a mi voluntad para dedicarla a disparar los espabilados «pajaretes» que en cuanto advertían mis intenciones cambiaban de rama o se alejaban piando y enseñándome las posaderas sin un solo rasguño. Fallando un tiro tras otro, todo radiado por los «agüelos» que al Sol maduraban fui haciéndome a la idea que todavía no estaba listo y necesitaba practicar.

-¡Mía tú ese lo ha fallao a «cascoporro»!-

-¡Pos el otro se le ha ido «a guevo»!-.

-Hoy no es tu día «Constancio» quítale esa mira que llevas que no vale pa´na-.

Aquel comentario último me sacó de mi torpe intento por cazar mi comida y al tiempo de una interminable cadena de errores. El hombre que me había llamado por el nombre de mi abuelo me hizo fijarme en él. Un «figura» de minúsculos ojos de los que antaño mantenían a la gente despierta vigilando sus montones de grano porque crecían en la misma proporción en que menguaban los ajenos. Hacía años que tenía cuentas pendientes con él por un asunto que no viene al caso pero de suma importancia para mi, llamémosle «chivatismo».

Nunca me fíe de él, y el comentario que hizo sobre mi visor telescópico me tocó de verdad los cojones.

 

A los cazadores nos falta algún tornillo

Escuchar al gañan y cambiar mi postura bajo su higuera fue cuestión de minutos, en el callejón trasero de su casa con vistas a su palomar. Había visto revelado en los finos labios de reptil de aquel «elemento» un enigma que hacía tiempo quería descifrar.

Tenía una corazonada y desentrañarla solo podía costarme un «plomillo», una multa o un pescozón, o quizá todo junto.

Mi tío Valenciano y criador de palomas deportivas había regalado algunas parejas por el pueblo pero también extraviado otras más valiosas que nunca aparecieron. Hacía años que las gentes del pueblo no soltaban las palomas a su libre albedrío y en la iglesia pese a su altura no quedaba ni una. Y allí estaba yo con mi presentimiento

Tras un breve y sonoro vuelo desde el interior del corral apareció, gallarda, altiva, demasiado grande para ser una zurita del pueblo.  La paloma cruzada mas gorda que había visto hasta entonces y que sin saberlo habría de servirme de rancho de fortuna aquella misma tarde. Apunté a la pechuga con mi visor sin colimar, disparé y acusó el perdigonazo con tal ímpetu que salto al vacío para aletear sin más fuerzas que para caer entre mis manos. Un tiro de pura suerte de los que tienes en el momento más oportuno.

La recogí, la metí en mi camisa, abrí el arma y me dirigí a la que por entonces era mi casa sin mirar atrás consciente que no me había visto nadie. Con la certeza que si alguien me ha visto en un pueblo de 50 habitantes mi descaro y espectacular disparo pronto sería «vox populi».

 

Comida de supervivencia.

Nadie vino a buscarme a  la casa, lo cierto fue que mis tíos se entretuvieron de más en casa de unos parientes y regresaron ya muy tarde. Por suerte un Cazador y ya por entonces lo era siempre tiene sus recursos. Habiendo leña y unas parrillas había dado de sobra cuenta del correoso cuerpo de la paloma acompañando de un «currusco» de pan duro del año de la picor. Guardé la cabeza y el pescuezo para que mi tío corroborara mis sospechas que resultaron del todo fundadas.

Esta paloma está cruzada con los pichones que me desaparecieron hace tres años-.

-Me ha parecido demasiado grande para una zurita-.

-¿Donde la has matado?-.

-En el palomar del *******-.

-No podía ser otro-.

Quizá faltó poco para que me pillarán, pero menos faltó para desenmascarar al ladrón de palomas que operaba en el pueblo hasta que la gente decidió encerrarlas a todas. A mi tío salvo águilas y halcones que si tienen derecho a ello no volvieron a quitarle ninguna.

Los gorriones menguaron sus poblaciones al mismo ritmo que el pueblo fue perdiendo sus tejas árabes, sus casas viejas, sus montones de grano, sus ancestrales pilones y toda su verdadera esencia.

El tornillo que me falta andará perdido por las noches serranas de «mi pueblo», por la vereda, la dehesa o la ribera del río. Si alguien se lo encuentra por favor que lo arroje con fuerza bien lejos que a mi no me hace falta ninguna.

 

 

 

One Comment

  1. Es que si tuviésemos todos los tornillos en su sitio, probablemente elegiríamos una afición más sosegada y menos exigente…

    Gran relato Lobaco, enhorabuena.

    ¡Un abrazo y al monte!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡No te vayas sin suscribirte!Forma parte de la Comunidad

Solo tienes que introducir tu nombre y correo electrónico y empezarás a recibir en tu bandeja de entrada los últimos artículos publicados en el blog, contenido exclusivo para suscriptores y mucho más...

Veo que llevas un rato en el blog...¿Te está gustando el contenido?
Si es así, puedes suscribirte y formar parte de la Comunidad de Cazador en la Oscuridad que sigue creciendo día a día. Solo tienes que dejarme tu nombre y correo electrónico y empezarás a recibir en tu bandeja de entrada los últimos artículos publicados en el blog, novedades, contenido exclusivo para suscriptores y mucho más...