Aquiles del Atávico atardecer

 

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Llegaste a mi de la manera más extraña e inverosímil, todavía no ando seguro si fue una conjunción planetaria, el destino o la casualidad que a decir verdad tampoco creo que exista. Tu hermana pequeña era quién debía ocupar tu sitio por desgracia murió en el parto dejando a tu dueño sin consuelo y a mi bastante compungido.

Jamás pensé que por azares de la vida fueras tú quien terminaría siendo mi mejor amigo una vez perdida la esperanza. Aunque la vida por corta y cruel te arrebatara de mi lado demasiado pronto.

Recorrimos 1300 kms en 27 horas para recogerte además de conocer y agradecer a mi querido amigo Ángel y su familia el regalo de un cachorro que pronto iba a ser uno más de los nuestros.

 

 

 

 

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Patizambo, curioso, rebelde y bonito a rabiar eras un cachorro que caías bien a cuantos te conocían.

 

 

 

 

 

 

Crecías y aprendías rápido, comías bien, eras un amasijo de nervios lleno de energía difícil de contentar y estar quieto más de tres minutos. Imposible hacerte una foto bonita salvo algunas excepciones.

 

 

 

 

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Esta siempre fue mi favorita que definía a la perfección la vida de “maltrato y trabajo duro” que ibas a llevar, si te viera el flemático y gallardo de tu padre tan serio y bigotudo como es.

 

 

 

 

 

 

Tu educación fue de todo menos fácil, en nuestro partido diario por la “cabezonería” siempre querías arrebatarme el título. A veces terminábamos bastante mal, pero nada tan serio para que dos amigos no volvieran a hacer las paces al poco rato.

 

 

 

 

 

 

Con tu primer jabalí llegó la revelación que no esperabas pero te aguardaba desde dentro. Tu raza hizo honor a tus orígenes para sacar la fiera que dormía dentro tuyo, al principio dudaste pero tardaste muy poco en asumirlo.

 

 

 

 

 

 

 

Ahora que conocías tu destino solo quedaba enseñarte tu sitio, tu lugar dentro de una familia de cazadores, el trabajo que desempeñarías para conseguir carne a casa.

 

 

 

 

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Rastrear la caza herida por el arco o por el rifle para no perderla en el monte. En cuatro clases diste muestras de ser todo un experto como confirmarías más adelante con el único rastro real que hicimos juntos y llegamos a más de quinientos metros tras las huellas de un jabalí que ni siquiera había rozado con mi bala. Te sobró el rastro de miedo que iba saliendo de sus pezuñas e imprimiendo sobre la tierra y los roces que dejó su atropellada carrera para encontrar su huida.

 

 

 

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Al llegar a la madurez te convertiste en todo un señor con una estampa preciosa representativa de tu raza y tu clase.

 

 

 

 

 

 

Acudimos juntos al reencuentro con tu madre, tu otra hermana y alguna que otra cita con amigos y jabalíes de por medio.

 

 

 

 

 

 

 

Además de nuestras propias cacerías que disfrutábamos juntos desde el cobro hasta la recompensa.

 

 

 

 

 

 

 

 

Eras tan duro que resultaba muy difícil reconocerte una herida sino la veíamos claramente, algunas pasaban inadvertidas hasta que te era imposible disimularlas. Parecía que quisieras evitarnos verte sufrir y ese fue por desgracia el germen de tu ruina.

 

 

 

 

 

 

 

Comenzaron las pequeñas perdidas de orina que no parecían afectarte, más allá del engorro que suponía andar detrás tuyo con la fregona. La primera visita al veterinario resultó con un tratamiento para la inflamación de la próstata. La segunda una ecografía en busca de piedras en la vejiga sin ningún resultado.

Tu cuerpo que no daba en absoluto ningún síntoma de gravedad aguantó una tercera y te dejé descansar un poco antes de volver a llevarte y recibir el brutal mazazo.

LEISMANIA en estado avanzado, pese a que no dabas muestras de estar enfermo los malditos protozoos te comían por dentro. El diagnostico era indiscutible y las pruebas no dejaban lugar a dudas. Con el carísimo tratamiento se despertó el peor de los cuadros que podía darse. Agravado por unas cuantas espigas enquistadas que afloraron en tus dedos en forma de purulentos e infecciosos abcesos.

 

 

 

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Diez días después tras 72 horas de hospitalización la Veterinaria te desahució, conteniendo la rabia y las lágrimas firmé el jodido papel más difícil de mi vida autorizando tu eutanasia.

 

 

 

 

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Tu manta y tu botella se quedaron esperándote sin saber que no ibas a volver y tu familia sin consuelo alguno porque sabíamos que jamás volverías. Una enorme tristeza cubrió nuestra casa con tu ausencia, tres cafés, dos puñados de arándanos y un enorme sentimiento de culpa fueron todo mi alimento durante los tres días siguientes.

Si hubo alguien culpable de tu muerte y nuestra desgracia no fue otro que yo mismo. Inmerso en multitud de proyectos y viviendo en el lugar equivocado no fui capaz de entender la gravedad de lo que ocultabas. Las facturas del Veterinario casi acabaron con nuestra maltrecha economía  y aún hoy nos llegan sus efectos. Pero todos estuvimos de acuerdo en gastar hasta el último euro si con ello hubiésemos podido salvarte la vida.

Mi vástago demostrando una inusual entereza fue el más sereno de los tres, te tiene prometido dedicar el primer jabalí que cace.

Tu segunda Madre te quiso lo mismo o más que la primera encontró un resquicio de consuelo grabando tu nombre en su piel.

 

 

 

 

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Varias veces encontramos a Uncas tumbado en tu sitio sobre tu manta, como lloraba cuando se la quité para guardarla. El pobre te quiso mucho más de lo que los torpes humanos lleguemos un día a comprender.

 

 

 

 

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Para mi quedó la penitencia de colgar estas torpes palabras y el trabajo de  intentar definir lo que fuiste. Como homenaje a la más extraordinaria de las criaturas que nos enseño como LA GRANDEZA no es cuestión de razas ni tamaños. Al animal que demostró ser “MUCHO MÁS QUE UN PERRO” y más leal que la mayoría de humanos que conozco.

Y estas imágenes que te darán vida de nuevo cada vez que alguien tenga a bien reproducirlas para conocerte.

 

 

 

 

 

Hasta siempre Aquiles, Hasta siempre AMIGO.

 

 

 

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