El duelo

He pasado los últimos cuatro años aprendiendo y entrenando, mejorando mi puntería y equipo para llegar hasta esta tarde, aquí y ahora. Atalayado con mi arco en la mano a no más de doce metros de la charca.

 

Solamente el hondo respirar del campo tal vez sus poderosas montañas, el aliento del Solano o el esplendor de esta calurosa  tarde pueden atisbar sin llegar a concebir tan magnífico aunque fugaz espectáculo.

 

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No existe sensación ni sentimiento moderno capaz de definir una dicha tan atávica como la mía, para sentirlo has de volver muy atrás. Transformarte en una más de las bestias del campo, más  animal que humano, un predador en lo más alto de la pirámide natural y en lo más bajo, puro y auténtico de la evolución humana.

 

 

Agazapado sobre una ligera silla de lona, camuflado de cabeza a pies espero a un enorme jabalí que tengo por seguro acudirá a la cita. Llevo varios días observando la impronta que sus “zapatos” no pueden dejar de marcar en el barro cada vez que entra a beber en la charca. Intuyo su tamaño y conozco su entrada por sus marcas de barro en las enormes hojas de girasol que rodean los cuatro costados de la baña.

El agua limpia que allí reposa me prometió  esta mañana que el animal acudiría y mi instinto de fiera montuna confía en que así será.

Cuando llega me coge por sorpresa, esperaba escucharlo antes de salir de la trocha de arriba  pero ha gastado tanto sigilo que lo escucho por vez primera  sacudirse las “orejotas” a cincuenta metros de mi posición.

Apenas se ve el campo a pesar de la cercanía, las enormes flores se encargan de tapar la escasa luz que queda, ya solo puedo escucharlo para situar con precisión su andadura. Va y viene por las protectoras sombras que lo cobijan sin atreverse a entrar pero sin reparar en mi figura, mi rastro o mi olor. A menudo se detiene para aspirar el cargado aire de la tarde que amenaza con volverse noche y que no llevará mi tufo.

Para cuando yo me descubra será tarde para él.

Mejor debiera haberlo sido porqué las estúpidas dudas de Homo Sapiens ganaron al instinto del Neanderthal. Ese poderoso cerebro casi mágico que todos poseemos, que nos ha permitido conquistar el mundo con  enorme éxito para nuestra especie y la perdición para las demás. Ese saco amorfo de gris materia que a veces nos conduce por el derrotero acertado esta vez me juega la mala pasada de “hacerme verlo” en la charca bebiendo sin hacer ruido y sin ideas de revolcarse.

Abro las setenta libras del arco con la confianza puesta en la letal punta matadora. Apunto al bulto oscuro del agua y enciendo la luz roja para comprobar el engaño en lugar de tomarle los puntos al costado de la bestia. Un ronquido sordo, potente y malhumorado sube desde la junquera apenas cinco o seis metros donde yo apuntaba. Destenso lentamente y espero acontecimientos con la vista clavada en el oscuro bulto que me dirige gruñidos tan toscos como maldiciones.

 

…y el cazador por un instante se convierte en presa.

 

Es tan grande y osado que se prepara para subir a buscarme, mi inseparable rifle espera sobre la mochila. No dudo en dejarlo, esta noche voy armado con algo más fiero que él, la seguridad de dejarlo “seco”en cuanto me muestre su costado.

Gruñe, ronca e intenta amedrentarme para descubrirme, se mueve hacia mi e impasible lo espero para cumplir el duelo más justo y equilibrado que en años han visto estas tierras.

Se detiene a mi altura está muy cerca, tanto para distinguir la enorme, pesada e imponente figura con la que quiere intimidarme.

Gruñe de nuevo, me está mirando y duda entre largarse o dar una lección al intruso que ha llegado en la noche a tocarle las pelotas, pero no se atreve.

Aprovecho para hablarme, de nuevo mi cabeza piensa por si sola y el pensamiento que la recorre es escuchado por el jabalí.

>>No sabes y jamás sabrás quién soy aunque de sobra me conoces, soy  ese al que no puedes oler que no escuchas cuando camina, el ser que no tiene rostro, que no te teme, Soy El fantasma de la lluvia,  y he venido a llevarte conmigo<<

Esta vez la luna faltando a su promesa se pone en contra mía para ayudar a mi presa. Justo detrás mía cuando vuelvo a tensar el arco, a cinco segundos de anclar la cuerda y soltar el mortal veneno en forma de saeta. A solo cinco de alcanzar la gloria descubre mi espectral figura recortándola sobre su disco y espantando al jabalí.

Usando el muelle de sus cuatro patas da un tremendo salto para ponerse a cubierto mudando el pesado gruñido de enfadado por el ligero y febril  de un terror antiguo.

El cerebro del “moderno” ya no gobierna, el último alarido del marrano ha sacado de su letargo al ancestral instinto que intentará atrapar su presa a cualquier precio.

Cojo el poderoso rifle para darle alcance, mientras se aleja al trote por el espesar de los artificiales girasoles. Le “arrimo” dos píldoras entre los claros por donde me ha parecido verlo con la luz de la antorcha.

Con su escape termina el duelo que decido declarar en tablas y postergarlo dos años más. Cuando vuelvan a nacer de nuevo las pipas de laboratorio y cubran otra vez la charca con sus enormes sombrero.

Habrá de ser otra noche porque a pesar de la promesa de la charca, sus susurros hechos brisa y el oscuro manto que ya lo cubre todo ambos hemos ganado y perdido, de nuevo Vivimos los dos.

 

 

Categorías: vivencias | Etiquetas: , , , | 2 comentarios

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2 pensamientos en “El duelo

  1. Titin

    Un duro y enjuto rival.

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