Caminando entre bestias IV. Desenlace.

 

 

Esta historia no tiene fotos ni dedicatoria, en su lugar guarda un profundo respeto hacia la vida, la muerte y el espíritu del monte que vive dentro de algún@s de nosotros.

 

 

 

El juego es así de cruel porque no es un juego,

es algo más real que la propia muerte,

es la vida aquí en mi Sierra donde impera la ley del

monte

la única verdadera que conozco.

 

 

 

 

Oculto en la misma siembra donde las cada vez más secas, ruidosas y tostadas tortas de girasol me camuflan y esconden. Donde hace apenas cuatro días con nocturna alevosía receché a los rayones. Esta vez con el rifle para intentar tumbar al “ufalo” que deja sus zapatos marcados en el barro de la charca.

Sigo poniéndome cerca a menos de treinta metros pero este bicho entra rápido y tapado dando pocas oportunidades de descubrirme. Mientras anochece y los tejones rebuscan mi rastro malhumorados cruza por el vado un conocido coche pasando a escasos metros de mi atalaya, ni me barrunta ni me descubre. Yo tengo el mío a quinientos metros y también he caminando cruzado el vado del pequeño y seco riachuelo. Escoltado por sendos robles ocupando el lugar de la chopera que sin duda medraría en aquél lugar si el agua corriera por su viejo cauce. El rastrojo a ambos lados del vado convierte el reseco paso en un cruce de caminos de animales, vehículos y gentes montunas.
No hay señales de los cochinetes ni aunque las hubiera serían mi objetivo como nunca lo fueron. He venido a llenar el arcón y si tiene buenos piños los guardaré para hacer ese collar que prometí a mi mujer con el primer macareno que tumbara.

Pasa una hora, dos, tres y ni rastro de vida gorrinera, ni siquiera el corzo acatarrado del otro día se ha dignado a “ladrusquear”. Llevo solo tres balas de las cuatro que me quedan, con una sola debería bastarme. La linterna frontal se me olvidó pero no lo echaré de menos con la “lunaza” que va a lucir dentro de poco, saldrá por mi espalda y de seguro no me descubrirá.

Pasa otra hora y aunque los “siento” cerca no los veo, tengo el presentimiento que andan por aquí pero barruntan algo, no se fían y de momento no osan arriesgar el pellejo.
El reloj del pueblo marca las doce y yo levanto puesto, recojo la silla, la mochila y salgo de la parcela arrollando las pipas con estrepito. Normalmente salgo en silencio pero hoy tal vez por ser la última espera y no poder volver en meses delato mi posición sin recelos.

 

Una de esas veces que actúo sin saber muy bien porqué pero con la seguridad que servirá de algo aunque no tenga una idea clara del objetivo.

 

Todavía no he recorrido cincuenta metros en la leve semioscuridad que la luna me presta por el mondo rastrojo hacia el vado cuando “siento” un movimiento justo enfrente, al pie de los robles que cercan el riachuelo reseco que debo atravesar. Me acerco sin apretar el paso y a unos sesenta metros se escucha otro refregón más fuerte, otro gruñido. Enciendo y la estampida es instantánea son cinco y para mi gozo la primera es una enorme cochina que hace de guía y de madre.

La piara se me viene encima como un cercanías en perfecta formación con la jabalina a la cabeza abriendo la marcha en dirección al monte. Pasa a escasos metros de mi y la dejo escurrirse sin apuntarla, cojo el codillo del primer “Lechón” que ronda los cincuenta kilos con el punto rojo del visor y castaña. Sigue corriendo ante mi asombro, disparo sobre el segundo y tampoco cae aunque estoy seguro de haberle acertado.
Apago para que la noche me engulla, para que me oculte, para escuchar mejor y los escucho trepar cruzando un escarpado monte hacía el coto de al lado. Un doloroso bufido me advierte que al menos uno no ha podido seguir y meto la última bala en la recámara. Escucho la renqueante renqueante bajada del jabalí al rastrojo unos ochenta metros delante mío. Con el foco apagado lo oigo resoplar y caminar despacio hasta que lo apunto, enciendo y veo como se dirige al mismo barranco que he de cruzar para volver al coche. Un segundo antes de que baje le apunto, le envío la última píldora y aún estando casi parado no hace mención de recibir.

Me quedo a oscuras y sin munición, sin frontal que ilumine mis pasos y con un cochino herido oculto en el barranco que he de cruzar y que descubrirá mi posición en cuanto me mueva y haga ruido. Recojo las vainas y traspaso el oso negro de la mochila al cinto, emprendo la marcha con la tensión y las orejas clavadas en los ruidos que salen del estrecho barranco. Al llegar al coche me dan ideas de coger la otra bala que queda e ir por el bicho pero desisto. Si está empanzado como creo podríamos tener un percance y de echarle los perros no me fio.

Al rayar el Sol me levanto y con una barrita energética entre los piños que hará las veces de desayuno arranco mi “landrover” con rumbo al “barranquete” a cobrar mi jabalí. Estoy seguro que esta empanzado y a estas alturas tieso pero aún así echo la escopeta, además del chico y los dos perros.

Cinco minutos y dos kilómetros después aparco tras pasar el vado a escasos metros donde anoche anduve tirando tiros. Aquiles con su collar y traílla de rastreo nuevas se ve espléndido en su debut. Se niega a caminar cuando ve en mis manos la negra y ruidosa escopeta, conoce sus truenos de acompañarme “a palomas” y barrunta que hacen mucho daño. Lo cojo y lo llevo hasta el primer restregón de sangre y se pone a rastrear de inmediato hacia el barranco donde debe estar el cochino. Le sigo y bajo tras él, sale a cortar el rastro por la orilla opuesta y dos metros más adelante vuelve a bajar al reseco cauce ya con la traílla suelta y arrastrando. Aprovecho para agacharme e intentar vislumbrar el cuerpo del jabalí pero no logro ver nada, as zarzas forman una espinosa y oscura bóveda que ni la luz osa atravesar.

Salgo y me adelanto con la nada agradable sospecha que está metido en lo más frondoso del pequeño cauce. Diez metros más adelante mientras Aquiles entra y sale tropezando con rastros viejos y nuevos lo veo. Está vivo y el estómago me da un vuelco, sin pensarlo dos veces meto una bala en recámara y tapando el bicho disparo hacía su cabeza intentando cortar su huida. Es tal mi ansia por terminar con su sufrimiento que fallo como un imberbe novato. Respiro hondo y lo sigo mientras sale al rastrojo para cortarlo lo antes posible y evitar que Aquiles llegue hasta él. Avanza renqueante pero decide salir al descubierto más por huir que a enfrentarse conmigo. Me coloco frente a la gatera por donde aparece agotando sus fuerzas, precioso, soberbio con las orejas enhiestas y toda la dignidad que ha sido capaz de guardar mientras sangraba la vida. A tres escasos metros le apunto al ojo y lo dejo seco volteándolo con un brutal y cercano escopetazo.

Necesito alejarme para digerir la lección de humildad que termina de darme este bicho.  Con el ánimo medio descompuesto cruzo el vado entre los árboles para llegar al coche mientras veo de soslayo como Aquiles llega al cuerpo y toma posesión. Mi chico algo alarmado me pregunta que ha pasado y le digo que está muerto que suelte a su perro y vaya que yo iré enseguida con el coche para cargarlo. Guardo la escopeta mientras respiro hondo e intento recuperar el aliento, la vergüenza por la chapuza de dejar malherido un animal me acompañará el resto del día.

Ya en casa el ritual de siempre se repite aunque esta vez la alegría de llevar carne a la cueva es tristemente empañada cuando veo la horrible herida que atraviesa los dos jamones y pulveriza el fémur de mi presa. Resultó ser una cochina muy bonita arocha pura, maciza, corta, escurrida de los cuartos traseros, con joroba, crin y el rojizo pelaje a medio cambiar.

Meses más tarde en el banco de tiro descubrí que mi rifle desviaba cuarenta centímetros a la derecha, suficientes para explicar los dos anteriores fallos y la chapuza de la noche anterior.

 

 

Aquel día aprendí que el aplomo y el arrojo de tirar una piara a diez metros se esfuma tras la dignidad en la mirada del jabalí herido justo dos segundos antes de dispararle en la cabeza.

 

 

 

 

 

Categorías: vivencias | Etiquetas: , , | Deja un comentario

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