Caminando entre bestias III. Cazando la noche.

A todas aquellos seres que sufren la ignorancia, la injusticia y la barbarie.

 

Dicen que Septiembre es un mes nefasto porque lo peor de la esclava vida urbanita vuelve a comenzar tras las vacaciones. El trabajo, las clases, llegar a fin de mes sin un duro, volver a ver el careto de tus vecinos y parientes “más queridos” retomar aquello que por unos días pensabas haber dejado atrás. Y lo peor volver a sentirte atrapado en una vida que no te pertenece cuando apenas unos días antes pensabas que eras libre en mitad de la Sierra y la noche.

 

 

 

 

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Para mi es el mejor de todos, las últimas salidas de caza a palomas, a cochinos del año, el otoño con el invierno a las puertas y el pueblo vacío. Cesan las calores y las primeras lluvias cuando las hay están exentas del frío helador del invierno. Comienza el nuevo ciclo vital del Cazador al igual que la temporada de setas que son todo un regalo para los sentidos. Por eso año tras año retorno al pueblo la última semana hábil de la Media Veda para darle el finiquito y de paso hacer las últimas esperas de pipas y rastrojo.

Tienen la parcela empezada por varios sitios, varias entradas bien por el monte, por el rastrojo o por la siembras aledañas y una minúscula charca profundamente horadada a diez metros escasos de ella. Las huellas tampoco daban esperanza de un orondo visitante quitándose las calores en ella pero las demás charcas que conozco están fuera de la ley y demasiado expuestas para arriesgarse. Con el arco todo cambia y un primalete de 30 kg se convierte en un machejo de 60 Kg si logras hacerte con él y yo estaba tardando demasiado ya.

 

 

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Esta noche con la linterna cogida con bridas, la confianza a prueba de bombas, el instinto a flor de piel y mis escasas facultades vengo a esta siembra por segunda vez. El aire vuelve a ser mi aliado una vez más, cada vez estoy más seguro que quiere decirme algo. La caída del Sol ha sido espectacular sobre los montes y los cogotes de las pipas manchadas con su anaranjado fluido que derrama pintándolas generoso.

 

 

 

 

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<Muérete ya so cabrón que con lo mucho que ardes y lo que nada llueve cualquier día nos achicharras>.

 

 

 

Ni siquiera con mis Dioses puedo dejar de ser malhablado, es lo que tiene decir siempre la verdad, la inexcusable, la urticante verdad, la verdad del niño del borracho y del Cazador hecho a si mismo. Un corzo acatarrado sale del lugar donde aparque el coche y comienza a ladrar como si estuviera loco, parece una bruja histérica. La de veces que en un pasado lleno de mitos, leyendas y miedos lo habrán confundido con una de ellas.  Una pena que Aquiles no sepa abrir cerraduras porque él con sus nueve kilos de mala uva se basta para tenerlo hecho chorizos cuando vuelva yo a recogerme.

La noche se cierra y salen de farra los omnipresentes tejones, van y vienen con su letanía de gruñidos guturales y tamborileos regruñendo y soplando cada vez que dan con el recio olor mis pasos. Un rato después los mismos cochinos que dos noches antes espanté con mi torpeza y después corrí con el coche por los rastrojos hacen acto de presencia. También huérfanos como es costumbre en estas tierras. Aflora la emoción, los nervios duran menos de lo que tardan los guarros en tronchar las primeras pipas. Entre el resplandor de las luces del pueblo y el medio kilo semanal de arándanos que llenan mis ojos de proteínas puedo ver más lejos de donde los escucho. Centro mi atención en el más grande, es más taimado y más difícil de sorprender pero el otro es tan pequeño como el último que maté, si puedo elegir me quedo con este y si no iré a por el otro.

 

 

 

 

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Se escuchan enredar y gruñir para localizarse el uno al otro, sin mover una sola torta que delate su posición exacta para buscar un hueco entre los tallos. En una de sus idas y venidas abro el arco, apunto al callejón donde lo espero y enciendo sin que dejen de hacer ruido por más de un minuto, no los veo desarmo y descanso. Deben entrar al agua pero mucho me temo que me encontraran en medio y saldrán “echando hostias” así que valoro la posibilidad de ir a buscarlos. Enciendo tres veces más hasta que decido ir a rececharlos en medio de aquel mar de hojas secas que crujen como pan tostado.

Me incorporo de la silla y coloco los pies en posición, alumbrando el suelo para memorizar el camino y esquivar así las hojas caídas y secas. Sin dejar de escuchar los ruidos comienzo por echar un pie tanteando el suelo antes de descargar el peso y contorsionarme para esquivar las tortas de girasol que crujen solo de mirarlas. Dos, tres cuatro pasos, crujido y parón, los sonidos cesan y yo me detengo a esperar acontecimientos.

Tres minutos después vuelven a masticar y yo reemprendo mi acercamiento, estoy a menos de diez metros del animal, tenso el arco anclo y alumbro sin llegar a verlo. Justo donde debe estar el guarro se vuelven más tupidos los girasoles, continuo el acercamiento en paralelo. Al intentar ponerme en su línea rozo una hoja estrepitosamente y se callan los dos, el más lejano sigue comiendo pero mi presa se evapora en el aire. Maldigo para mis adentros unas cuantas veces.

No queda otra que acercarme a por el otro animal a sabiendas que es demasiado chico, sin idea de abatirlo pero con ganas de vencerle. Avanzo pausadamente sin hacer apenas ruido, poco a poco hasta colocarme a menos de diez metros del bullicioso mascar. Me detengo a recuperar la calma y no trasmitirle la tensión que llevo por el acercamiento, evitando mirar hacia su posición para que no se sienta observado. Debería verlo ya no estará ni a diez metros, decido intentar el lance porque el ruido de las “mascadas” a última hora me ha parecido contundente.

Me relajo y abro el arco, anclo, apunto, enciendo esperando encontrar un rollizo bermejo y nada. No se ve el cochino esta tan cerca pero tan oculto que es inalcanzable, las dudas pesan de nuevo más que los ladridos de la bruja. Solo por curiosidad intento acercarme un poco más y se larga regruñendo pausadamente con “voz tan infantil” que de haberlo visto tampoco lo hubiese tirado, lo identifico con el más pequeño que vi hace dos noches.

La perlada noche de parpadeantes estrellas me reconforta un poco del cabreo al apercibirme una vez más que ando por un mundo de bestias. De bestias que nunca deberían estar armadas con un rifle cuando su maldita ignorancia los dispara. Sin tener ni puta idea que al privar de la guía y el amparo de sus madres estos animales acudirán a comer al mismo sitio cada día aumentando los daños en lugar de zanjar el problema.

Espero que las nuevas generaciones no repitan el mismo patrón indecente. De ser así no contaran en el campo conmigo para nada más que encontrar la puerta de salida.

Un último vistazo  a la montaña antes de marcharme para agradecerle una vez más el estar aquí y ahora.

 

 

 

 

 

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Mientras camino de vuelta hacía mi coche “la bruja” vuelve a ladrar con la misma histeria que a la bajada. Se le escucha mientras se aleja y se pierde entre los ecos del valle tornando la negrura de la noche en pura magia. A lo lejos el cárabo reclama a su compañera para seguir cazando juntos en el rastrojo.

Las capturas quedarán para otro día hoy habré de conformarme con las emociones, y vaya si me conformo.

 

Categorías: vivencias | Etiquetas: , | 6 comentarios

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6 pensamientos en “Caminando entre bestias III. Cazando la noche.

  1. Jennifer

    Me encantaria poder pasar una de esas aventuras de caza tan bonitas.

    Me gusta

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