Caminando entre bestias. 1 parte

A todas aquellas personas que jamás creyeron en mí

A esas ya les dedico otro día, o mejor nunca

Hoy será para la gente que me aprecia tal como soy

O precisamente por eso.

 

Quién no haya visto jamás cazar a un camaleón nunca podrá entender mis palabras, ni hacerse una idea siquiera. Ese soy yo ahora mismo un enorme camaleón, moviendo la cabeza a la misma velocidad con que los girasoles tornan la suya al Sol. Bamboleándola adelante y atrás hasta conseguir fijar la vista en mi contario.

El cochino recio, “arocho”, macizo, negro, colmilludo tiene el morro y la frente canos y relucientes a la luz de la luna. Lo he visto entrar de reojo casi de puntillas, iba a recetarse de bien de maíz y se ha encontrado al camaleón quedando convertido en estatua a cinco escasos metros de mí.

Me mira fijamente sin mover un solo músculo, por dos veces aspira el aire con su trompa para intentar descubrirme sin conseguirlo, no sería el mío un buen camuflaje si pudiera dar conmigo con su olfato. Tengo el rifle en el suelo por si las moscas y el arco en el regazo por si pintan bastos, el cebo más abajo entre 20 y 25 m oculto entre las sombras.

Volvemos a mirarnos intentando descubrir nuestros ojos y así pintar otra roca, otro abrigo, otra pared de una gruta donde cazador y presa se encuentran en mitad la noche, en la de los tiempos y esta misma, clara, fría y espléndida noche . Para repetir otro millón de veces más una escena tan cotidiana como real, tan hermosa como cruel, tan cierta como la vida misma.

Dos minutos después se marcha gruñendo tan quedamente que ni siquiera espanta al que está abajo desde hace una hora sin atreverse a entrar al maíz. Tampoco al que entrará media hora más tarde por sus pasos y se descolgará ladera abajo sin osar entrar al cebo. Era de esperar que no rompieran al claro con el desfile de personas que esta mañana vinimos a visitar los cebos y esparcimos nuestros olores a “tutiplén”.

Ha sido mi primera espera con arco y a pesar de no haber tirado he quedado más que satisfecho, dominando la situación en todo momento. Levantándome varias veces sin ser descubierto, he comenzado mi andadura derrumbando mitos por el suelo. Haciendo las cosas a mi modo, superando ampliamente a todos aquellos que se empeñan en ponerme barreras inexistentes porqué no son capaces de saltar las suyas propias.

Dejo el sitio cuando vienen a llamarme a mi eventual atalaya Murciana con la agradable sensación de que volveré para dar caza a una de aquellas bestias. A pie de una impresionante montaña que un día aunque todavía no sé cuando pondré mis pies en su cima para conquistarla.

Cuatro meses después cuando estoy a punto de hacer la segunda las cuerdas de mi arco estallan durante el vespertino entrenamiento llevándose con él ilusiones, disparador, loop, astillando dos de las cuatro palas y dejándome un sutil recuerdo en la mejilla. La primera idea fue la de hacer las cuerdas nuevas y las hice pero montarlas de nuevo era jugarme seriamente el tipo.

No pude evitar venirme abajo, después de tanto aprender, entrenar y prepararlo todo por segundo año me fallaba el puto arco. Lo colgué de la pared para verlo hasta el fin de los días, ahí sigue y ahí quedará. A decir verdad poco o nada me pesa, jamás llegue a entenderme plenamente con él, jamás encontré lo que busqué más allá de dos tardes buenas. Y doy por bien empleado el dinero gastado con todo lo aprendido, está y estará donde debe.

Resignado cogí el rifle, mi magnifico .300 capaz de matar a 500 metros para colocarme a diez. Menos mal que uno se cree ducho y venturoso al menos en adiestrar perros y tener tino para elegir esposa. La mía sabia como pocas temiendo con razón que descolgara el arco, lo montara a escondidas y me partiera la cabeza con él me regaló otro. Mientras llega espero aquí en la charca a que entre algún cochino.

COCHINILLO ASADO.

Mansa sin demasiado alboroto como alargando un suspiro leve cae quedamente la tarde de un día insoportable de monótono calor. Mientras los mosquitos intentan encontrar huecos por los que clavarme la cara con su trompa una pareja de tortolillas se me aparece. Se posan en el pino desde donde han de entrar los cochinos a unos ocho metros de mi silla, una me mira y desconfía un poco pero se arroja a beber, la otra espera, la llama y se largan las dos juntas en busca de otro estanque.

 

 

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El Sol exhausto de repartir tanta calor termina por desaparecer del todo dibujando una preciosa aureola sobre la vegetación que perfila el horizonte. Una irregular e indiscreta raya que parece haber trazado un inocente niño entre la sutil inexperiencia y la cándida hermosura.

El chotacabras croa sobre mi cabeza deslizando su etérea silueta sobre lo que hoy es rastrojo y hasta hace bien poco una preciosa y verde siembra tupida y rica en bichejos que llevarse al pico. Tendrá que conformarse con famélicos mosquitos y con suerte alguno que lleve mi sangre medio lobuna en su panza para variar menú y coger fuerzas. A lo lejos un cárabo y algo más al sur un gran duque clavan su canto en la ya oscurecida brisa vespertina. Este año los aires me está siendo más que propicios, creo que la naturaleza quiere recompensarme por algo bueno que le haya hecho o tal vez por no haberle hecho nada malo.

Ya es de noche, más la negrura nunca será completa en esta parte del coto, el “relumbre” que escupen las nubes sobre el rastrojo lo impedirán y la claridad será como de media luna. Las pisadas que encontré de mañana en el cubierto y fétido lodo eran más bien pequeñas, anárquicamente repartidas por el exterior, típicas de animales inexpertos. Aun así hago caso del sabio dicho que reza “Uno pequeño tiene más carne que ninguno” y de antemano sabiendo que los cochinos pequeños son los que destrozan las siembras soy consciente que siempre conviene abatir alguno. Conviene darles alguna tregua porque este año están haciendo auténticos estragos en “las pipas”.

 

 

 

 

El interior del manantial es una intrincada red de canales y túneles abovedados por manojos de juncos el refugio ideal para los cochinos, un auténtico S.p.a. que parece ideado por un paisajista con el fin de agradar a los guarros en lugar de ser una charca natural. El pino desde el cual lo observan antes de entrar para estar seguros no tenía navajazos sino algún que otro bocado y viejo ya de días.

Escucho un tarameo, son al menos dos y vienen gruñendo al unísono, acompasadamente para parecer más grandes y fieros lo cual los delata medianos y huérfanos. Gruño yo por lo bajo, es mi particular manera de cagarme en “tos los muertos” de los matarifes con escopeta que por aquí hacen carrera un año detrás de otro. Vienen a cobijarse en la sombra del pino antes de entrar al agua así que levanto el rifle apuntando al hueco que dejan sus ramas más bajas para esperarlos.

Muy nerviosos entran al visor, con el miedo a flor de ojos, de piel y pezuñas. Temerosos de no saber que les espera, de ignorar como defenderse ante un efluvio extraño que han olido por allí, de no saber como actuar a falta de una madre protectora. El primero parece más grande a pesar que lo medio tapa una aliaga, le apunto y sin encender le arreo un “tirascazo” que lo empuja medio metro por el suelo y quita todo el hambre de golpe a la desamparada criatura.

Busco al otro y lo veo correr levantando polvo por la retícula, sin dudarlo bajo el arma. Era casi un rayón y yo no mato rayones ni con un palo, ni con arco y mucho menos con un .300 que deben quedar como carne picada. Me temo lo peor, me acerco hasta el finado animalejo lo cojo de una de sus traseras patas y las cosas no me cuadran. O yo estoy muy fuerte o el animal apenas sobrepasa los 20 kg cuando lo levanto con una sola mano sin apenas esfuerzo. No llego arrepentirme de quitar un animal que pronto estaría sin comida en mitad del crudo invierno conquense pero no es ni de lejos lo que había venido a buscar.

 

 

 

 

 

 

No estoy contento, he de soltar los perros para que lo muerdan y llevarlo a mi casa para mi familia. Una vez cargado en el coche, camino de casa, el primer pensamiento fue cocerlo para mis perros, ha sido demasiado fácil y no debería comerlo. Una presa tan desvalida y cándida no tiene mucho mérito a pesar de haberla cazado a ocho metros escasos a ras de suelo.

 

 

 

 

 

 

Una vez “aviado” y descubierta la tierna, blanca y fragante carne mi mente cambia de idea y hace la noche un poco más llevadera. Frita o braseada será una delicia que ofrecer a los míos y servirá para calmar el exaltado ánimo al “topar” el primero de lo que presentí una tropa de jabalíes huérfanos.

Por desgracia no me equivocaba.

 

Categorías: vivencias | Etiquetas: , , | Deja un comentario

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