Mi proyecto de treestand.

Cazar con rifle cubre sobradamente casi todas las posibilidades en cuanto a distancias, no es nada fácil abatir presas aunque lo parezca pero técnicamente es posible. Todo radica en la templanza y puntería del cazador, el equipo y ajuste adecuados y sobre todo las oportunidades.

Desde el suelo con el rifle no terminaba de cuadrar una postura que me gustara para cazar a largas o medias distancias. La ondulada orografía de mi coto o la espesura de sus siembras acotaban mucho el posible campo de visión y por  lo tanto la distancia de tiro.

Intuía que desde las alturas además de mejorar esa distancia y eliminar la posibilidad de ser descubierto visualmente las sensaciones serían diferentes. En cada salida anhelaba la posibilidad de elevarme unos cuantos metros sobre el suelo para poder ver tras la loma o para ver la baña desde un ángulo mucho más favorable.

Varios meses rumiando el asunto con un recién adquirido equipo de soldadura “inverter” que soldaba solo y varios carros de supermercado hallados en una cuneta  y comencé a juntar hierros.

Al principio sin tener referencias sobre un cachivache similar todo fueron experimentos, pensé que un piso y un simple apoyo para la espalda tendría más que suficiente para aguardar desde las alturas y ahorrar peso que en principio se preveía grande.

Cuando lo probé me convencí de todo lo contrario, valía la pena cargar poco trecho con mucho hierro y pasar una Espera cómoda y agradable.

 

 

 

 

 

 

Quité y añadí elementos hasta llegar a la que esperaba fuera mi silla definitiva. No era ligera pero la comodidad y el tener todo a mano durante los Aguardos superaban con creces el esfuerzo de cargar con ella.

 

 

 

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Aunque todavía no utilizaba el arco era cuestión de tiempo llevarlo conmigo así que en su diseño no faltó un soporte para cada arma. Almohadas para estar cómodo, dos estantes donde guardar prismáticos, bebida, munición, o cualquier cosa que fuera necesaria.

Un piso reducido pero muy confortable y estudiado que me permitía variar la postura con facilidad incluyendo un soporte para la vara del rifle. El anclaje al árbol multidireccional y regulable para mayor seguridad y rapidez en el montaje.

Y dos plumas de gallina de guinea hacían de catavientos perfectamente visibles en la semioscuridad de mis Aguardos Serranos.

 

 

 

 

 

 

El transporte fue el  tradicional ” a las costillas” para tener las manos libres y poder cargar armas y escalera, el conjunto completo superaba los 30 Kg.

 

 

 

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Tras los últimos retoques llegó el día de montarlo en el campo y de comprobar todos los mecanismos además de pensar en futuras mejoras.

 

 

 

 

 

 

Todo salió a pedir de boca y colocarlo fue tan fácil como había previsto, fijado, elevado, anclado y regulado en tres minutos. El “trajín” metálico fue considerable pero los animales están acostumbrados a escuchar en el campo un sinfín de tractores, máquinas, remolques y aperos ruidosamente parecidos. Un motor, un portazo, un arrastre, un ajuste de hierros y carracas, lo escuchan frecuentemente sin extrañarse.

La prueba definitiva llegó la primera noche que me aposté en él y me entró un marrano a la media hora después de liar una considerable “ruidera”.

 

 

 

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El primer año lo monté varias veces y disfruté de las vistas de lo lindo, arriba todo cambiaba y pasaba casi desapercibido como había previsto. La solidez y comodidad eran aceptables pero a mis desgastadas vértebras cervicales un respaldo tan bajo le pasaba factura a las pocas horas.

No tardé en evolucionar el “armatoste”.

 

 

 

 

Además del respaldo y el reposacabezas que darían tregua a mi pescuezo aproveche para hacerle un receptáculo en la parte trasera del piso para guardar los accesorios de montaje. También añadí dos cajoneras interiormente forradas y provistas de una puerta corredera para llevar los “trebejos” preparados y evitar el uso de la mochila.

Por peso y dimensiones lo hicieron imposible de cargar a la espalda así que inventé un sistema de ruedas para subirlo a la baca de mi coche sin arrastrarlo. Un rodillo para izarlo por el tronco de los árboles sin romper el respaldo además de hacerlo abatible para reducir las dimensiones del conjunto.

Almohadas y cojines nuevos y más mullidos completaron el “ladderstand”, que es el nombre que dan los Norteamericanos a las sillas montadas sobre escaleras..

 

 

 

Treestand acabado

 

 

 

No llegué a estrenarlo, a pesar de haber gastado una pequeña suma de dinero en su construcción y decenas de horas en su diseño y montaje.

Todo ello lo doy por bien empleado con el simple aprendizaje y la experiencia adquirida, a menudo basta recorrer el camino para darnos cuenta que lo que andamos buscando lo tenemos en el punto de partida.

 

 

 

 

 

 

 

Hoy día descansa ya sin ruedas en la finca de uno de mis mejores amigos, él si le dará el uso para que fue concebido aunque lo dejará montado y bien fijo en un lugar definitivo.

Desde que comencé en serio con el arco las distancias se han acortado tanto que solo disfruto acechando desde el suelo. Para ello he creado y construido un nuevo equipo del que hablaré próximamente.

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