Viaje al centro de La Mancha.

Atardece, desde dura cinta de asfalto. Pétrea y fría autovía que me acerca a mi destino partiendo en dos los rasos manchegos. Desde mi coche observo el naciente ocaso. No es lo mismo, ni siquiera se le parece. Atalaya viviente y rápida que devora kilómetros en lugar de disfrutar el paisaje. Máquina infernal e imprescindible que nos sirve para alejarnos de la embrutecedora ciudad hasta el corazón de la propia naturaleza. Ciudad que día a día devora nuestra alma haciéndola más insensible a las miserias humanas. Más la mía no ha de conseguirla cuando aprovecho sus  arteros artilugios para huir de ella. Quizá un día para siempre.

Hoy me conformaré con un viaje de caza del que me serviré para darle una digna patada en las pelotas al maldito fantasma de la crisis.
Creo que lo llevo todo, dos escopetas por si las moscas. Mochila de rastreo por si pintan bastos. Mochila de desuelle con su juego de cuchillos y guantes anticorte, por si hacemos carne. Seis kilos de sal para curar las pieles si es que cazamos alguna bonita. Mosquetones, cuerdas y ocho por si hay que rescatar una res de los barrancos abismales, nunca se sabe.  Perchas y cuerdas para colgar y desollar la caza que este aspirante a artesano gusta de trabajar con su herramienta. Perchas para la menor, dos cuchillos de caza, chalecos y seis cajas de cartuchos de sexta. Cuatro cajas de balas y ropa de abrigo de sobra. Una colcha para tapar los perros por la noche. Cámara de fotos por aquello de inmortalizar los lances. Dos cajones de naranjas que quiero traer llenos de carne y otro con los ingredientes necesarios para preparar un gazpacho manchego que allí llamaran “galianos”. Con mi hijo en el asiento de al lado y mis perros detrás podría decirse que a falta de mi mujer casi todos mis tesoros viajan a bordo de mi 4×4.
Visto mi raída ropa de caza y mis “botacas” de invierno, LOBACO es el mismo en cualquier sitio donde vaya. Aunque no quisiera decepcionar a nadie que espere encontrar en mi a un tipo genial y por desgracia se encuentre conmigo. Sin afeitar como casi siempre con la vista clavada en la carretera y la mente perdida en  divagaciones sobre el terreno a cazar y el desarrollo de la cacería. Nunca voy a monterías por la fauna de “portarifles” que se creen cazadores y ni siquiera conocen uno. Ni me fío de ellos ni me gusta lo que suelen hacer, simplemente por no juntarme con ellos ni arriesgarme a recoger una bala perdida. Voy a una cacería muy diferente. Me aseguraron que acudía a un gancho entre amigos  y con escopeta. Ese es ya otro cantar, veinte posturas como mucho en varios cortafuegos y una mancha llena de guarros con el cortijo a medio kilómetro. Comida, bebida y amistad para rematar la jornada, nadie en su sano juicio podría resistirse a semejante plan.
A mi coto ya ni subo, no me compensa. Pocas y duras perdices que requieren un esfuerzo demasiado grande para alguien que trabaja duro. El viaje agota y andar tras ellas con más de  “los cuarenta” no es lo mismo que cuando tenía veinte. El terreno es ondulado y exigente y las pocas o muchas perdices que hayan por suerte muy salvajes. Aún así quizá una vez al mes andaría tras ellas a probar suerte si la víspera pudiera hacer un puesto a los cochinos. Pero no podrá ser, la desidia y la ignorancia anidan en las mentes de la mayoría de los socios.  La mitad piensan que matar un gorrino en invierno a las tres de la mañana es un lujo que debería pagar a parte. Que eliminarlos del coto no es hacer un bien a la agricultura sino a mi despensa. Y yo que neciamente pensaba que eran ambas cosas. La otra cree que pueden hacerse las esperas “con menos papeles que una liebre”. Y en medio yo harto de aguantar las dos posturas.
Con este y otros pensamientos continuo viaje con la noche caída ya. Un relajado y agradable tránsito por una tierra que me resulta  más que familiar.
Voy al encuentro de mi amigo Gonzalo, al corazón de  La Sierra del Águila. Un muchacho más joven que yo con mucho más pelo y con una agradable sonrisa. Ha tenido la suerte igual que yo de pasar sus días de vacaciones escolares en plena naturaleza y eso deja huella, una huella que nos hermana. Su poblada y oscura barba enmarca unas agraciadas facciones y le da cierto aspecto de bandolero. Unos enormes ojos revelan su carácter afable y conciliador. Pocas personas conozco con su calidad humana, tan leal con los suyos. Anfitrión e invitado agradecido que no se ve nunca satisfecho por más agasajos y atenciones que tenga con sus amigos. Poco tardamos en entablar amistad cuando nos conocimos y poco tardé en invitarlo a “La Lobera”. Le espero en la gasolinera del pueblo más cercano y cuando llega nos abrazamos sin vergüenza como hacen los amigos de verdad. Se monta en su coche y nos guía hasta su cortijo donde nos espera su padre y el amor de una lumbre campera. Al llegar descubro una gran casa de campo y las naves para las labores, árboles y más árboles y un patio grande donde suelto a mis perros que ya están más que hartos de coche.
Mi amigo cocina una oronda y jugosa tortilla de patatas con aceite de verdad. El vino es delicioso y la compañía inmejorable. Cuando caen de sus posturas sin haber visto ni rabo Alfonso, Ángel y el hermano de Gonzalo termina sus quehaceres cenamos opíparamente. Tras la cena se hace entrega del regalo del grupo de amigos ha conseguido para Gonzalo, un “podenquete” andaluz con el hocico largo e inquisitivo que ya hace sus primeros pinitos tras los conejos.
Y es que una persona que pasa la mitad de sus vacaciones limpiando y pintando su cortijo para poder invitar a sus amigos merece un podenco o quizá una rehala entera.
Por la mañana el suelo ha cambiado sus ocres tonalidades por los monocromos y blanquecinos matices de un manto de tupida y gélida escarcha. Nos levantamos con el ánimo por las nubes dispuestos a disfrutar el día que promete venir cargado de caza, emociones y camaradería. El frío ni se siente, un café “cortijero” y una visita a la viña para mejorar el tránsito intestinal sin ayuda de “bififus” ni libro de ese libro que necesitan “los paletos de ciudad” para poder cagar en el campo. Ya estamos listos para partir haciendo tiempo hasta que nos avisen. Medico y suelto los perros y mientras se solazan echo un rato bueno con Alfonso.
Es un hombre mediano, de ojillos inquisitivos y sonrisa franca. Tiene cierto aire de mezcla entre el granujilla y el empollón de la clase. Aún siendo de letras es todo un experto en maquinaria y un artesano del cuero y los cuchillos. Un improvisado cocinero y  supongo que sería capaz de pilotar una avioneta estudiando dos vídeos de internet. La dedicación y la excelencia que dedica a todos sus trabajos se ven claramente en los resultados. Sorprende la educación y humildad en una persona que sabe casi de todo, esa es la cualidad que más admiro en él. Esa y que tiene los arrestos suficientes para perder media mañana acarreando reses desde el fondo de un barranco porque al igual que yo la carne que mata no la abandona.
Unos problemas “burrocraticos” dan al traste con el gancho, que se le va ha hacer. Y la verdad no me extraña, unos tipos armados y vestidos de verde no pueden tramar nada bueno. ¿Un gancho a los cochinos decís?¿Estáis locos con los pocos que quedan? Esos “animalicos” no merecen que los matéis hombre, sed civilizados y dedicarse al amor. Mejor todavía nos dedicamos a ensoparnos con las cojonudas gachas que prepara Alfonso en dos “patás”. Luego tertulia al amor de la lumbre y arreglamos medio mundo en un “pispás”. A última hora improvisamos un campo de tiro y aprovechamos para limpiar armas y repasar mecanismos con la esperanza de ponernos a la espera en los cortafuegos donde pensábamos cazar de mañana.
A pesar de no cazar en la finca donde se daba el gancho acudimos a comer al cortijo para dar cuenta de todos los víveres que se habían comprado para la ocasión. Al entrar en el patio el edificio  impresiona por lo grande y cuidado que está. Espero una reunión de gente fina y “encorbatada” y unas paredes repletas de trofeos de Señorito. Imagino paredes atestadas de “bocas” y cuernas “medallables” de las que se consiguen con la cartera. Por suerte me equivoqué y como lo celebro, el pabellón de caza que hacía las veces de comedor estaba adornado con viejos enseres campesinos y algunas cuernas representativas. Muebles antiguos perfectamente conservados y un hogar encendido con buena leña de encina. Los dueños resultan ser gentes sencillas y camperas que derrochaban amabilidad, nos trataron como invitados de lujo. Los demás cazadores como cualquiera de nosotros saben destripar gorrinos. Como no va a estar uno a gusto, las chuletas, los embutidos y los aperitivos ponen la guinda que falta a tan esplendido yantar. Y el vino, no olvidemos que estamos en tierra de excelentes caldos.
Tras la sobremesa un poco antes del ocaso nos subimos a la sierra y nos sentamos en los puestos. Una cosa es no poder hacer el gancho y otra no hacer una espera.
EL CORTAFUEGOS.
Nada más llegar veo las pisadas de un animal de respetable porte. Vestidos con toda la ropa de abrigo que llevamos nos sentamos mi hijo y yo en un lado del cortafuegos de unos ocho metros de anchura. Un tiradero corto, habrá que andar espabilado o entrarán y no nos daremos ni cuenta. El frío se hace notar y alerta mis sentidos en toda su plenitud, en pocos minutos estamos bien colocados y confundidos con la vegetación. Llevo mono y rifle prestado, un Blaser .30-06 Sprg. con culata sintética que a pesar de ser un arma magnifica a mi me parece una carabina de perdigones. Acostumbrado a mi largo y pesado rifle a decir verdad me inspira poca confianza. Es igual, si aparece un cerdoso pienso tomarle bien los puntos y dejarlo sentado para arrastrarlo cuesta abajo y hacer con él un buen guiso.
Con el ánimo por las nubes por lo tomada que está la finca escucho al Gran Duque elevar su canto a la noche dándome la bienvenida. Ululando desde su atalaya la enorme y heráldica rapaz nos saluda, nos reconoce como predadores montunos y nocturnos. Calla pronto para no delatarnos, mi respeto hacia él obra el milagro de la camaradería. El tauteo de un zorro me saca de mis pensamientos para dedicarle uno a él. < Maese raposo puede entrar que estará seguro más si un día me viera armado con arco en lugar de rifle no le prometo lo mismo, y le aseguro que me verá>.
Ruidos a mi izquierda, muy cerca a menos de diez metros como mucho, sin duda los cochinos. Con el aire que sopla desde arriba no pueden descubrirnos pero están tan amoscados como para no romper a lo limpio. Trasiegan tras las enormes matas sin atreverse a dar la cara pues intuyen un enorme peligro. No se equivocan mi hijo los llega a tener a tres metros, soplando y tomando aires para tratar de descubrir que son aquellos dos bultos estáticos e informes que han crecido en la mancha de un día para otro. Al rato se escucha otro cochino, quizá mayor por su discreta entrada que ubico unos seis metros frente a mí. Silencio, media hora o quizá más de espeso, tupido y gélido silencio en el que mi hijo comienza a dar síntomas de frío. A sabiendas de que un lance afortunado le compensará con creces el sufrimiento decido aguantar, somos al menos siete posturas y no conviene alertar a los cochinos.
Vuelven los visitantes a la misma mata, el aire arrecia y la noche estruja el frío para hacernos desistir de nuestro empeño de llevarnos  a uno de sus hijos con nosotros. Soplidos, aspiraciones y hasta gruñidos. Carreras y silencios para escuchar pero de romper a lo limpio nada. Suena un disparo a mi derecha, cálculo que a quinientos metros, chillidos de cochina y de nuevo silencio. Los de “tras la mata” ni se inmutan, siguen con su jaleo pero sin atreverse a salir. Otro tiro y al rato un coche sube a por el cazador que ha tirado y pido la recogida, mi hijo ya comienza a preocuparme y los  guarros no creo que den la cara hasta que nos larguemos. Veinte minutos más tarde Gonzalo viene a por nosotros y montamos en el coche de Ángel, en diez minutos estamos recobrando el calor en la candela. Bebiendo, hablando, riendo y esperando que bajen la enorme, oronda y sana cochina que se ha conseguido abatir. Cuando la bajan se empeñan en fotografiarnos con ella y le damos el gusto, Aquiles toma posesión del animal como si fuera una presa suya.
La cena fue de antología y la vuelta al cortijo de casualidad. Gran velada que tardaré tiempo en olvidar. Mi chaqueta la encontraría al día siguiente y el móvil termino en el coche del hermano de mi amigo.
El día siguiente amaneció cubierto, con la nieve amenazando taparnos el suelo con su blando y esponjoso manto. Nos pusimos pronto a la tarea de recoger palomas zuritas para hacer una tirada. Zuritas semisalvajes criadas en semilibertad, sueltas en el campo con las alas de un gavilán, el cuerpo de una tórtola tan escurridizas como anguilas. Cuatro amigos que apenas disfrutan de lo lindo aunque la gallinaza le llegue a los tobillos. Disfrutan de lo lindo y perdonan almuerzo y lo que haga falta para estar un rato juntos que por desgracia será demasiado breve.
Con más de doscientas metidas cuidadosamente en cajas oscuras nos dirigimos hacia el tiradero y en menos de una hora ya estábamos todos metidos en faena. La organización fue perfecta se soltaron dando oportunidad de escapar para que no fuera una carnicería, todos tuvimos las mismas oportunidades y se remataron todas las cayeron heridas. Por mi parte disfruté más del trabajo de mi perro que las cobraba a la orden y demostró entrega y disciplina a raudales.  Resultaron ser muy bravas y encajaban los tiros de sexta como las torcaces. No es que escaparan muchas pero las que cogían el aire a favor se convertían en  auténticos reactores. Yo estuve más bien mediocre con la escopeta,  ya me lo esperaba. Sin pegar un tiro desde el verano y poniendo toda mi atención en no tirar bajo por estar entre la gente todavía revolqué alguna con cierto mérito. Acostumbrado a tirar solo sin peligro dejar entrar las palomas más de lo recomendable para tirar bien alto suele dar como resultado el “tragártelas con papas”.
Quién si las bajaba bien era mi amigo Ángel. Andaluz oriundo del pueblo que más guasa guarda en su gentilicio y que por qué no decirlo, simplemente precioso. Ángel es una persona especial en todos los sentidos, tiene ese porte enjuto y serrano de la gente que sabe de campo. Y una mirada a la vez tierna y noble que te conquista nada más estrecha tu mano. Trata a los perros como a sus amigos igual que yo. Hoy luce un sombrero de ala ancha de camuflaje que enmarca perfectamente su franca sonrisa y que le da cierto aire de un “Cocodrilo Dundee” sureño y guasón. Un máquina este Ángel. Sigue las trayectorias con sus ojos sin menear la cabeza más de lo imprescindible y Tira las palomas que fallamos sin importarle la distancia, retorciéndoles las plumas con el plomo del ocho. Arquero y gorrinero consumado, tirador excepcional cuenta con cuatro buenos perros para ayudarle en la caza.
Mi hijo estrena ropa para la ocasión, faltaría más que los mínimos desahogos económicos de mi casa no fueran para él. Está un poco triste porque no puede disparar, quiere intentar bajar alguna paloma pero aún inexperto para dejar que dispare entre la gente. Ya habrá tiempo le digo, lástima que su infantil vehemencia no le permita asimilarlo. Aún así disfruta soltando palomas cuando llega nuestro turno y cuando le ayuda al amigo Alfonso con el que pasa un buen rato. <¡Anda y que no está orgulloso de lo bien que trabaja su perro!>.
EL ADIOS.
Terminada la tirada, recogidas vainas y piezas nos juntamos todos en el cortijo y partimos hacia el de mi amigo. Allí compartimos risas, cervezas y comida hasta que quedamos hartos. La sobremesa fue corta porque había que volver a casa y el viaje se antojaba peligroso por culpa del tiempo como así fue. Mientras nos hacíamos fotos y repartimos la caza algunos se hacían cábalas de si sería capaz o no de embutir todos mis trastos en el coche. En peores trances se ha visto el “lanrover”, si vieran como lo cargo cuando voy de vacaciones propondrían a la marca una placa conmemorativa en mi honor.
Todavía hube de acudir con Gonzalo a casa de su hermano al pueblo para recoger mi teléfono y escuchar la mayor verdad de todo el fin de semana. Quizá el destino me guardara esa última sorpresa y no olvidara el móvil por culpa del vino. Que dicho sea de paso no tiene ninguna y estaba sencillamente  cojonudo.
-Un placer LOBACO, ahora que ya sabes dónde estamos cuando tú quieras te dejas caer por aquí-.
-Si por mi fuera vendría a menudo pero estáis demasiado lejos-.
-¿Nosotros?, Que va tío el que estás lejos eres tú-.
Como no puedo dejar de darle al magín ni un solo segundo dando vuelta a esas palabras me despido de Gonzalo y me acomodo entre el ordenado galimatías de mi coche. <¡Y tiene razón que leche! Si por mi fuera viviría en “La Lobera” a varios tiros de piedra de aquí>.
De nuevo en ruta me alejo un tanto triste del lugar quizá contagiado por la agrisada tarde de invierno o quizá por el tiempo que ha de pasar para que vuelva a encontrarme con mis amigos.

Categorías: vivencias | Etiquetas: , , | 3 comentarios

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3 pensamientos en “Viaje al centro de La Mancha.

  1. Titin

    Te comprendo perfectamente.
    Yo añoraba tanto esos momentos y estar cerca de la naturaleza que hace algunos años di el paso y me volví al lugar donde tanto disfrutaba de pequeño en mis vacaciones.
    Un placer leerte.

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