La Luna, el cochino y la montaña.

He decidido pasar la tarde navegando entre pinos a bordo de mi coche que marcha de nuevo cargado hasta los topes como cada vez que viajo de caza. Enormes zorzales chisporrotean desde las copas de los pinos y cruzan la pista a mi paso, perdiendo sus rechonchas siluetas entre el hermoso claroscuro que  todavía sobrevive en la calurosa tarde. Aprieto con firmeza la bota contra el pedal quiero arribar pronto a mi destino. Acudo a su llamada, voy derecho a su encuentro.
Esta es la tercera vez que transito esta sierra y la conozco lo suficiente para saber en qué curva me encuentro con exactitud. Poco antes de tomar la entrada a la finca reparo en algo extraño que se encuentra bajo un árbol, algo que la última vez cuando salí no estaba. Una figura expectante que me mira fijamente, sentado en el suelo “a la india” con su enorme rifle en el regazo.

Haciendo guardia, esperando a alguien que soy yo, luciendo esa seductora y singular sonrisa tan suya que le diferencia del resto de mortales, sin duda es él. Freno en seco en mitad de la pista, paro el coche y de un salto me sumerjo sin oxígeno, a pulmón y sin miedo en su Mundo Libre.
Un abrazaco entre un Oso y un Lobo no es cualquier cosa, ni un botellín bien fresco para arrancar el polvo del camino, ni una foto juntos para dar testimonio de mi llegada al resto del grupo. Esta vez coincidimos cinco de los catorce, la experiencia promete porque voy a convivir con dos de los miembros de última incorporación a quién apenas conozco en persona. Gente de “patanegra” sin duda, estoy más que ansioso.
Varios han sido los motivos por los que cerré mi temporada de caza en mi coto a las cuatro horas escasas de comenzarla allá por el mes de Noviembre. Un año más me faltaron perdices, liebres, zorzales y me sobró vergüenza para toparme cara a cara con tanto matarife suelto como anda suelto por allí y ser capaz de morderme la lengua. Con los años me he vuelto más cercano a las personas de bien pero mucho más intransigente a las injusticias y egoísmos. Sobre todo cuando se trata de cuidar la tierra que considero mía por origen, de quienes se las dan de cazadores y jamás vieron uno ni de lejos. Jabalíes sobran, hay “a patás” pero el papeleo no está nada claro por la dejadez de quién no quiere aguardar en invierno y yo no estoy dispuesto a ser furtivo en mi coto después de pagar como todos. Mi veterana escopeta cascó sin remedio con una avería tan cara que no me trae cuenta resucitarla ya cumplió su cometido.
Por eso ando un tanto desentrenado y panzudo debido a los meses de inactividad, a la ansiedad que me produce no poder cazar con mis perros y a una lesión cervical. Un mal inevitable bien mirado, tarde o temprano sucedería. Pasar muchas horas de posturas forzadas con el noble fin de llevar habichuelas a mi casa ha terminado por pasarme factura. Ya ha remitido un tanto el dolor, tras dos sesiones de terapias orientales acupuntura incluida llevo una oreja llena de perdigones y tres gruesas vendas elásticas pegadas sujetando mi espalda. No voy mal preparado del todo pero de hacer grandes esfuerzos ni pensarlo. Nada de quitar piedras, cortar leños, ni arrastrar jabalíes o colgarlos yo solo, esta vez lo mejor me estará vedado por mi resentida salud.
<Gracias por tu Ancestral Medicina Paco Ruíz>.
Aprovechando la coyuntura de que hoy ha sido día feriado en honor a “sanvicentenosequién” y la invitación de mi querido amigo he salido atacando después del café con mi esposa, que uno es “ansias” pero cumplidor. Podía haber echado el día de ruta viajando sin prisa deteniéndome en cada pueblo a contemplar el paisaje pero he decidido esperarla y tener la mesa lista para comer juntos. La Mujer del Cazador no merece menos.
< Gracias a ti querida continuaré siendo un espíritu libre>.
Una vez en la cabaña sueltos los perros y descargados los escasos víveres y equipajes compartimos las primeras y mejores horas del encuentro, como si no nos hubiésemos visto en meses y hace apenas veinte días escasos. Saboreamos el anochecer tratándonos con la naturalidad de la gente que se trata a diario y la amistad de toda una vida. Hay dos compañeros puestos por eso no hacemos mucho ruido con nuestros enredos cotidianos de arqueros. Los demás vendrán mañana temprano para echar un rato a la recogida en los pasos, ya lo hemos hecho otras veces con escaso éxito pero esta vez algo me dice que va a ser diferente. Antes de las diez vuelve el hijo de mi amigo, un estupendo chaval con la caza mordiéndole las entrañas desde adentro.
<Gracias Muchacho por querer tanto a mi hijo y descubrir junto a tu padre los entresijos y recovecos de la caza>.
Al otro amigo lo “rescatamos” a regañadientes sobre las once. Cenamos entre risas, bromas y buenas sensaciones que compartimos con los demás amigos ausentes a través del móvil. Por desgracia uno de los que esperábamos no ha podido venir y todos lo sentimos a nuestra manera. Los postres y las copas que sin ser lo más esperado también hacen su papel, brindamos casi todos, desde varios sitios de la península y el más Cercano desde los fríos y lejanos fiordos del norte.
<Señor Chivas Regal gracias por librarme de la resaca a pesar de “tupirme” con su ingesta>.
Hacemos los planes pertinentes para el aguardo del amanecer que emprenderemos en cuanto lleguen los que faltan, suponemos que sobre las siete. Todavía nos da tiempo a apurarnos una segunda botella antes de irnos a dormir entre bromas pasadas ya las cinco, casi cuando debíamos levantarnos.
A las siete abro el ojo y escucho el suave rumor del búfalo mientras descansa a pata suelta en la habitación de al lado, de los viajeros ni rastro así que media vuelta y a esperar acontecimientos. Sobre las ocho y cuarto vuelvo a escuchar otro aviso de mensaje en el teléfono y me levanto pensando que es una alarma. Ya puestos me visto y en esas ando cuando veo entrar el coche de Abel el otro socio de la finca hacia la cabaña. Abrazos y parabienes, con él viene Manuel más abrazos, estos largamente esperados. Entramos y tomamos un café para terminar de trazar un plan y coger desprevenido algún cochino que a punto de encamarse ya se habrá alertado con nuestra presencia. No están muy convencidos cuando les explico mi plan de dar un gancho, adivino la incredulidad en sus rostros. No tienen mucha confianza en desencamar cochino alguno con un ojeador “gordete”, medio lisiado con sus dos perros mimados y bien comidos. Cosa mía es demostrárselo y a falta de rehala nada mejor que una manada de lobos bien compenetrada para espantar la caza. Sobre todo si son de pueblo como yo y los míos.
<Gracias mis valientes, juntos hasta la victoria,>.
Parten hacía los puestos y yo me quedo haciendo tiempo cambiando la pila gastada al punto rojo de mi visor que como de costumbre dejé encendido. Salgo por la entrada con Uncas de avanzadilla y Aquiles en retaguardia medio asustado al verme empuñar el atronador rifle. El último día anduvimos tirando y está algo soliviantado, creo que le molestan más las vibraciones que rebotan en su alargada panza que el estruendo del disparo en sus orejas. Subo la empinada ladera poco a poco, en silencio salvando las innumerables ramas de la poda del año pasado. Sin duda son el paradigma de la ignorancia y dejadez medioambiental de este País de pandereta. Primero sacan la pasta con las tasas para la tala y luego permiten cubrir el suelo con un montón de peligrosas ramas secas. Casi un cuarto de hora me cuesta ascender hasta media falda y encontrar el balcón natural que bordea la empinada y preciosa cumbre de la montaña. Allí arrancan las verticales e impracticables paredes y allí es donde espero encontrar algún cochino confiado en aquel monte perdido.

Me detengo para trazar el recorrido en la mente y al mirar al frente me siento sobrecogido por la increíble belleza del lugar. Es indescriptible la sensación de grandeza y superioridad al mirar desde arriba un paisaje tan inmenso, cuajado de pinos y rocas afiladas que sin hablar suponen una clara amenaza.
Al frente muy lejos otra dura sierra cuajada de las anaranjadas luces del amanecer que ensucian las rocas se perfila contra el horizonte, los “moraos” y verdes del escaso matorral contrastan los colores y la hacen todavía más bella. A mi lado miles de pinos enhiestos desafían al hombre que ose subir a sus dominios cerrándole el paso y encaminándole hacia las rocas y su desdén. No sería difícil despeñarse y rodar hasta la pista abstraído como estoy por tanta hermosura, la suave brisa “a mi favor” termina por poner un inquietante  y misterioso sonido a la mañana. Continuo caminando hacia el Sur recechando los claros que veo desde mi privilegiada atalaya. Abajo a más de seiscientos metros está la pista y los puestos a la larga dentro del monte, tres rifles y dos arcos de los que matan.
Un tiro ha estallado allá abajo por el final claro y nítido como es restallar de un enorme látigo. Aquiles se ha puesto a ladrar, le tranquilizo para que se calle y continuo mi camino para restarle importancia al disparo y así distraerlo. Uncas se para y me mira pidiendo instrucciones, al momento sigue peinando los doscientos metros que me rodean por todos lados. Como un caballo galopa buscando emanaciones y se detiene a ratos para buscarme con la mirada. Tan pronto veo sus rojizas manchas por el costado como escucho su charabasqueo por la lo alto. Le dejo cazar a su aire mientras observo como Aquiles retoma su trasiego de rastros y empieza a dar muestras que puede llegar a ser un buen perro para recechar.
La montaña se pone seria conmigo y decide cerrarme el paso, quiere ponerme a prueba y no voy a defraudarla puedo estar estropeado pero mi orgullo es más fuerte y pesado que todas sus rocas. La terraza termina en una escarpada pendiente con una muralla intermitente de afiladas rocas y algún que otro precipicio. Las ramas secas lo cubren todo y empeoran la ya suficientemente peliaguda situación, yo solo pienso en ir hacia adelante. Con el rifle colgado puedo pasar por cualquier sitio teniendo cuidado de no resbalar pero Aquiles lo tiene mucho peor por su estatura sus cortas patas y su puñetera cabezonería. Ando y desando buscando una salida lo más próxima a mi ruta y al final opto por introducirlo por el hueco que forman las ramas de un enebro, único paso posible para salvar el terraplén y la posible caída. Paso como puedo partiendo una gruesa rama que estremece el valle con su crujido y alarman a mis amigos pensando en una caída.
<Tranquilos muchachos al Lobaco le quedan todavía noches que aguardar y muchas ramas que partir,  no os olvidéis que lo de leñador me viene de estirpe>.
Casi diez minutos me cuesta bajar hasta la pista y reunirme con mi “amigo oso” que como suponía era el que cerraba la armada. Su sonrisa y su buen hacer me anticipan lo que intuyo con solo verlo:
-Ya tenemos la caza hecha Lobaco-.
Que grande el tío, el “tirascazo” era suyo y le había acertado a un “gorrinote” en el codillo en plena huida cochinera, está eufórico y no es para menos. Nos acercamos para que lo muerdan los perros y tardan muy poco en engancharse. Les dejo sin animarles pero orgulloso de ellos, no hace ninguna falta que se ensañen más allá de lo que les mande su instinto. El jabalí es precioso rojizo de pelaje, recortado, escurrido y coronado por una bonita joroba que da un aire de bestia salvaje y montuna. Nada que ver con los osos hormigueros altos y albares que yo cazo largos a más no poder. Me agacho y le acaricio, aunque no lo he cobrado yo sin duda he tenido mucho que ver en su captura y lo siento un poco mío. Mío y de todos los demás que aguardan noticias expectantes desde sus posturas.
Después de cargarlo, llevarlo a la casa y hacernos las pertinentes fotos de la captura, mientras los demás preparan el almuerzo Abel y yo aviamos al animal poniendo,o especial cuidado en cada corte. El destazar un bicho con miramiento y buen hacer es una parte de la caza que más respeto merece. Abel no quita ojo a las evoluciones de los cuchillos sobre piel y carne, es un tío cojonudo este Abel igual que “hermano oso” nos cede su finca, su cama y su puesto y eso no lo hace cualquiera.
<Gracias una vez más Abel, por todo macho>.
Saciado el hambre y el bicho hecho carne toca celebrar y hacer participes a los demás. Fotos y parabienes vuelan por la red mientras nos apretamos otra botella de ron caribeño en honor a nuestro querido Ernesto. Los perros tienen su recompensa de carne de venado cocida que les hemos preparado en agradecimiento a su gran trabajo. Se la doy con las mismas manos que los protegen, los castigan, los cuidan, los acarician y los aman. Unas manos que ellos quieren y respetan. Las manos de su amigo, su jefe y su guía, las manos del macho alpha de su manada.
Sobre las cinco corren a ponerse los tempraneros, yo apuro algunos minutos más con mi “Hermano oso” porque ha llegado la fatídica hora en que te sabe igual de mal irte que te sabría de bien quedarte. Poco antes de las seis estoy puesto en el sitio perfectamente pertrechado para aguantar cinco horas de espera, Un “ratejo” que pasará rápido además que apenas hace frío. Si no fuera por mi perfecto camuflaje la luna me delataría en cuanto anocheciera, pero he puesto especial cuidado en ello. No me gusta cazar con luna, los bichos del campo me ven, hasta yo me veo perfectamente. Cada vez que “camaleónicamente” muevo una mano enguantada para alcanzar el agua o rascarme las pelotas, una terapia más que recomendable para aliviar el aburrimiento, el stress y la tensión del aguardo . Pero es lo que hay y este año no puedo permitirme el lujo de desperdiciar oportunidad alguna así que aplicarse toca y a soportar la luna por mal que me caiga.
Ya es de noche y brilla como un farol “la asquerosa”. Veo con perfecto detalle todo cuanto acontece a mi alrededor y estoy seguro que cualquiera de mis movimientos no pasarán desapercibidos, así que me vuelvo estatua. El oído lo tengo perfectamente entrenado y a menudo cierro los ojos para ubicar mejor los sonidos. A mi derecha un ratón que arrastra algo entre la hierba y a mi espalda varias rapaces que ululan al grito agonizante de algo que se parece ser un conejo herido. Pasan un par de horas sin más entretenimiento que el de mirar el vaivén de la pluma que uso de catavientos atada a la boca de mi rifle.
Ahora el viento mueve un tanto las nubes y por momentos la cubren,< todavía se va a joder la señora y le voy a matar un cochino en sus narices mal que le pese>. Pasan raudas cubriéndola por momentos aunque demasiado claras para evitar lucir su resplandor, otro cabreo. Me sigue y me delata, canta a los cuatro vientos para todas las bestezuelas del campo.-¡Cuidado hijos míos bajo esas pinturas y ropajes acecha  el lobo vuestro peor enemigo, fijaos bien y le veréis!-. Sigo en modo estatua.
Al rato con los pies helados y el ánimo por los suelos decido levantar puesto y calentarme yendo hacia la casa. No sé exactamente donde están mis compañeros de cazata así que antes de comenzar a hacer ruido miro el móvil para ver la hora. Las 22:19 de la noche y creo que nos recogen a las once. Miro los mensajes con aburrimiento y pregunto a quién ha de venir por nosotros:
-Por aquí no aparece ni “Montoro” a cobrar una factura, será porque termino de pagar trimestre-¿Vienes a las once?- Risas y asentimiento por parte del receptor por lo que decido estarme quieto para no joder la espera a los demás. No sé exactamente donde pero están muy cerca. Es entonces escucho una carrera, muy tenue y lejana pero claramente reconocible como una piara “gorrinil”.
Después de escucharlos un rato en la lejanía trasegando arriba y abajo hacen acto de aparición, de frente en fila india derechos a mi postura. Bajan la cuesta del monte perfectamente iluminada y se arriman al margen cuajado de hierba que los apenas los cubre. Salen de nuevo a lo limpio y se colocan debajo de un enorme pino que les tapa con la sombra de su tronco. Son cuatro o cinco, vienen regruñendo alegremente como una pandilla de adolescentes “gamberrotes” que van al asalto del huerto del “Tío Visente”. Sabedores de que el “Tio Visente” hace tiempo que no viene e ignorantes por completo de la figura que les acecha y sonríe pérfidamente para sí mismo. Uno a uno se presentan ante mis ojos que de momento contienen los nervios con aplomo. Están a cuarenta metros escasos y todos me miran cuando se detienen bajo el pino antes de seguir al comedero.
Al primero lo dejo pasar hasta el maíz para que cojan confianza. El segundo es mi elegido y le centro el punto en el medio del cuerpo. Aprieto el recién arreglado pulsador y no funciona <¡Mierda “pa” mi¡> se va al maíz y se para el siguiente bajo el árbol. Le apunto sin foco gracias a la luna que hace un rato maldecía y cuando lo tengo dispuesto presiono con ganas el disparador.<¡Otra mierda!> Seguro puesto y sin acordarme yo que tengo costumbre de quitarlo en cuanto me acomodo y dejo el rifle apuntando hacia el puesto. Ahora si estoy nervioso, adivino otros dos cochinos tras las hierbas pero el que va a entrar al pino es el último de los que se ven y el coche debe estar a punto de llegar. Entra el último y quito el seguro, se cosca del ruido le meto el punto en la pata delantera derecha porque está terciado, si le arreo cae como un saco con el .300.
No cayó, le aprieto tan fuerte al gatillo que el tiro sale desviado y se clava en el suelo sin acertarle aunque yo pienso que sí, que se ha tragado mi “colmillo de plomo”. La estampida es brutal todos salen a la carrera hacía mi y giran antes de llegar a los dos metros de rambla que me separan en altura. Uno ha cogido la curva por el peralte con más gracia que Barberá adelantando a Dovicioso en el Gran premio de China 2006 pasando a poco más de un metro mío. Ninguno me ha visto sigo siendo el lobo, un Lobo “burreras” con el rifle pero al fin y al cabo lobo. Ni siquiera me muevo para escuchar al que he tirado que ha salido monte abajo y se escucha “charabasquear” en la leña seca y roncar, varias veces. Creo que está herido y muriéndose por eso no hago ningún ruido. Roncar se le escucha roncar mucho y fuerte ¿Demasiado?
Para aflojar los nervios cojo el móvil miro el grupo y leo,- Lobaco termina de tirar-. Les digo que creo que le he cascado pero que se ha corrido monte abajo y se ha escondido pataleando entre la leña.
-Traer luz y un perro que se ha “jodío” mi linterna y el frontal no sé ni donde para-.
Veinte minutos después aparece el coche y salimos todos a la pista. Les cuento el lance y salimos con la perra tras su busca. Donde le tiré no estaba, ya lo sabía solo un rasponazo que mi cerebro quería hacer pasar por pezuña siendo de bala. La perra sigue rastros frescos pero vivos y hace en sentido contrario el mismo recorrido que los gorrinos al bajar. Los ronquidos me explica Manuel que estaba a pocos metros más abajo que era la madre llamando a la piara no el cochino herido aún así el también piensa que le falta uno y por eso se ha esperado roncando tanto tiempo. Recogemos y a la cabaña. Todo el lance y la noche se ha ido a la mierda.
Manuel es ese tío cachondo y afable que todos deberíamos tener como amigo de juventud. Lo poco que le conozco me ha servido para descubrir en él una persona cercana y fiel a sus amigos además de generosa. Hacemos bromas todo el rato, sin maldad, podrían parecer pullas envenenadas y no pasan de simples anécdotas que justamente repartidas que se las envaina uno cada vez que le toca. Lleva casi toda la vida cazando con su padre por Maestro por eso no es de extrañar que sepa por lo menos el doble que yo cosa que agradezco pues no tiene ningún reparo en compartirlo. Con el arco es un artista además de tener una máquina de considerable calidad, espero que la estrene muy pronto.
Al rato ya en la casa repasamos mentalmente una y otra vez lo sucedido y aún pensando que no he acertado el día siguiente voy a ir tras su pista. Palabras de ánimo y consuelo que a mi destrozado orgullo le caen como paños calientes para calmar su dolor. Los demás también me animan y poco a poco tras la cena y los consiguientes refrigerios la noche se va haciendo más llevadera. Pasan de las doce cuando sacan los arcos, el mío se queda en la funda a pesar de haber viajado hasta allí. Ni me llevo bien con el ni es lo que esperaba. Tiran mientras los pinchazos de mi pescuezo me advierten la temeridad que supone tensar mi máquina y el riesgo de aumentar la lesión estando tan lejos de casa. Me conformo con aprender de quienes saben y llevan ya unas cuantas piezas colgadas con sus flechas. Cuando terminan todavía seguimos con la juerga y nos acostamos a las tantas. Con el ánimo y el orgullo maltrechos pero contento y la vana esperanza de buscar con mis perros al día siguiente.
En la penúltima brindamos por los “Cabromochos” ausentes y especialmente por el que teniéndolo todo listo no había podido venir.<Pronto nos veremos Gonzalo, ya lo verás>.

No hemos madrugado mucho ya son casi las nueve. Café, rifle, perros sueltos y arreando para el puesto para no encontrar cochino pero al menos intentar discernir el inexplicable fallo de anoche. Quince minutos me sitúan en el sitio exacto bajo el árbol donde se ve perfectamente la huella de la bala al enterrarse en el suelo. Una cura de humildad en toda regla y dos fallos seguidos sin duda algo va mal en mi rifle o mi cabeza.
Sigo mi camino recechando por la bajera de la pista con mucho cuidado pues los dos arqueros andan sueltos. Uncas es una apisonadora, si queda algún guarro por las cercanías lo moverá. Quién sabe si con mucha suerte encuentra un machaco que no le teme y lo aguanta hasta que llegue yo para quitarle las penas. Es muy ágil este perro y demasiado inteligente para dejarse rajar por un “guarraco”. Del carácter del otro me fío menos aunque está algo intranquilo porque este monte es desconocido para él desde que me vio coger el rifle sabe que la cosa va en serio y no estamos buscando setas. Sabe que escupe un fuego mortal capaz de poner patas arriba cualquier animal de los que hace rato sigue el rastro. No para el tío,  seguro que en su fuero interno desea encontrarlo y morderlo como el día anterior aunque tenga que espantarse con el rugido del rifle. Un poco después de la primera asomada al barranco veo a Santi el otro arquero que como un fantasma semidiluido con el monte me mira y alza su mano en señal de saludo. Antes de verlo lo intuí, supe que alguien me observaba. Al menos mis sentidos siguen en buen estado lástima el mal vicio que he cogido al disparar.
Con la tranquilidad que le caracteriza no deja de sorprendernos como arquero y como persona. Sosegado, sereno, educado, observador y callado. Todo lo contrario a un servidor que no deja de ser un metepatas o un tocapelotas según vaya la tarde. Una persona excepcional que tardas en apreciar lo que él en ofrecerte la mano, aprieta como se debe apretar, como aprietan los hombres que además de hombres son amigos. Coloca y tensa el arco con la suavidad y precisión de un violinista y pocas flechas yerran el blanco a una distancia que ya quisiera yo acercarme con el mío. Unos cuantos conejos han adobado sus meriendas alcanzados por una pericia difícil de igualar, hasta un guarro a la carrera cató el acero de sus puntas de caza. Tiene el don de ser inmune al desaliento y esperar el mismo cochino durante meses. Un día se hará con él y lo celebraremos por todo lo alto. Por lo demás un tío normal, solo que celebra su cumpleaños y ha traído víveres para pasar una semana sin bajar al pueblo. Con el cochino cobrado podríamos aguantar un mes sin problemas.
< Lástima que el puto cambio climático nos haya jodido el invierno y un repentino nevazo nos dejara incomunicados>.
Cien metros más adelante me detengo a descansar y a aguantar el creciente mareo, es lo que tienen las cervicales que parece que vas “puesto” a todas horas. En pocos minutos remiten, el cuerpo se está acostumbrando a ignorarlos pero mejor me quedo quieto porque me siento observado, alguien me está mirando fijamente desde lo alto.
Es la montaña que desde la cumbre a la pista me mira fijamente y me reconoce. En lugar de estar ofendida por profanarla me reta a conquistarla una vez más. A subir hasta su cima utilizando cuerdas y garfios para las zonas más escarpadas si es necesario. Lo haría con gusto si tuviera tiempo que ganas no me faltan pero he de regresar con los míos y dejar atrás este magnífico paraíso. Por el camino encuentro a Manuel y charlando nos recogemos hasta la cabaña.
De vuelta ya puesto en camino voy haciéndome a la idea de tornar a la “civilización”. Al barrio donde la gente ya no saluda pero cotillea sobre tu vida y los jóvenes en lugar de divertirse hablan con el móvil los unos con los otros a dos metros de distancia. Un lugar deshumanizado y hostil muy diferente del que termino de abandonar, que le vamos hacer si mi familia me espera…sino no tendría tan claro el retorno. Veo un revuelo de grandes pájaros cerca de un campo de almendros y me detengo por si acaso fuera lo que busco. A unos quinientos metros de la carretera en un baldío un montón de buitres pelean por la carroña, no lo dudo. Me acerco con el coche hasta dónde puedo cojo el hacha que siempre llevo en el maletero y me dirijo hacia ellos. Me ven llegar y graznando se apartan del cadáver, algunos unos cuantos metros y otros emprenden el vuelo. Uno que se parece a cierto ministro de hacienda me mira graznando con ira y apretando los dientes y levanto el hacha hasta que se calla. Es una cabra, un macho muerto quién sabe si por un balazo. Dos certeros hachazos y los cuernos quedan libres del cráneo, dos más y los dos húmeros les hacen compañía en el fondo del saco que guardo en el maletero de mi “lanrover” antes de proseguir camino.
La carretera levemente amenizada con buen Heavy Metal se hace más llevadera. Haciendo balance del fin de semana puedo estar más que satisfecho por los amigos, las vivencias y el botín. Navego de vuelta con más de veinte kilos de magra y fresca carne en mi nevera, mis perros más recios y experimentados y un par de cuernos que son el germen del arco que pienso hacer en cuanto reúna todo el material necesario. Me espera mi hijo que hace una semana que no veo y sin duda estará ávido de contarme sus experiencias. Ardo en deseos de llegar y estrechar a mi mujer de descansar en mi sofá. ¿Puedo pedirle más a la vida?
Tal vez entrenar un poco para no fallar en la próxima espera.

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