Las delicias del campo se llaman setas

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Pasear sin prisa entre pinos y robles esperando descubrir a cada paso las aromáticas setas que cuando abundan salen solas a tu encuentro. Pocos placeres hay exceptuando el de la caza que seduzcan más un espirítu libre que llenar una cesta con los fragantes frutos del humus otoñal. En ese incomparable monte que solo tu visitas, donde contrastan las hojas verdes con las secas y un aroma  húmedo y picante lo inunda todo. La sensación de pacifíca y reconfortante soledad se magnifica y se palpa a cada paso. “Soledad llegas a ser tan profunda y bella que debes esconderte de las gentes para que no roben tu hermosura”

Poco a poco van apareciendo sobre el suelo las formas y colores que llevas tantos meses ansiando reconocer, preciosas y vivas. Las que no son comestibles también tienen su encanto, no llegarán a la sartén pero servirán para una bonita foto.

 

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Estas hechas en un rastrojo es una buena muestra de ello, hecha por mi hijo al borde de un camino.

 

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Otras son tan pequeñas que sería una lástima cosecharlas.

En mi pueblo dicen que si las ves se asustan y ya no crecen, yo por si acaso las tapo con hojarasca para que no las vea nadie que les quite el miedo con el filo de una navaja.

En mi cabeza no cabe recolectar ejemplares tan pequeños que apenas tienen aprovechamiento. Siempre pongo en la balanza el beneficio que consiguo por el mal que hago y siempre bascula del lado correcto.

 

El monte es una despensa natural pero tiene sus leyes que a pesar de no estar escritas deben respetarse.

 

Poco a poco el cesto va cogiendo peso y la mañana alegrando un poco más con cada nueva incorporación. Cuando son abudantes hay veces que conviene dejarlo a un lado y hacer un pequeño montón aprovechando cualquier rincón del monte.

 

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IMG-20151121-WA0013Las Torcaces de abigarrado plumaje nos sobrevuelan poniendo una nota de esperanza para la cacería del Domingo. El aire que sopla helado entre las calles del monte vivifica en vez de molestar, cuando llevas peso y andas subiendo empinadas laderas se agradece. Seguimos adelante sin dejar de visitar los “rodales” que esperamos nadie haya descubierto.

Encontramos los rastros que han dejado los cochinos en sus nocturnas y mundanas correrías, usan su jeta a modo de arado para voltear la tierra y encontrar así el sustento ahora que las siembras ya no son más recuerdo. Volverán pero para eso todavía faltan lunas.

Por la forma y las huellas nos hacemos una idea de la identidad de los animales y la densidad que tiene el monte. Pocos para el Cazador y demasiados para el agricultor.

Los días de abundancia terminan convirtiéndose en todo un acontecimiento que recordaremos durante muchos días. Regresar con una buena cantidad de las distintas variedades que conocemos además de una buena cena nos asegura conserva para todo el año. Una recompensa  al esfuerzo que hemos hecho sin darnos cuenta, ya lo dice el refrán “sarna con gusto no pica”.

 

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Otras veces cuando el monte está seco y el Sol ya  calienta es mejor aprovechar el tiempo recogiendo leña y así aprovechar el viaje.

Sea como sea el caso es disfrutar, hacer ejercicio de manera sana en un entorno único, tranquilo y acogedor.

Recoger del monte lo que sobra tomándolo con todo el respeto que merecen los tesoros que se encuentran y forman parte de él.

 

 

Una vez terminada la jornada con el Sol ya bajando hacía el ocaso el coche cargado y el cuerpo cansado uno siempre tiene un momento para elucubrar. Para acariciar por un momento la recurrente quimera de quedarse allí, de vivir del monte en el pequeño pueblo con la ayuda de un corral, un pequeño huerto, la caza y un taller artesano.

Por un instante que se ha vuelto mágico el tiempo se detiene y el aire trae hasta mis oídos un sonido perfectamente reconocible. Tantas veces he escuchado la llamada del viento, de los áboles y la tierra y tantas veces he tenido que dejarla pasar de largo.

 

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Monto en el coche y mientras recorro el destartalado camino de regreso recreando mi vista en el bello paisaje que para nada quiero abandonar. Mientras las sombras van acomodándose en los recovecos del camino y los troncos de los árboles me digo a mi mismo para hacer la partida más llevadera:

-Un día será cierto, llegará una tarde de Domingo que en lugar de retornar a mi casa la pasaré junto al fuego, en lugar de tomar la gris carretera trabajaré para mi “en lo mío” porque mi casa siempre estuvo aquí-.

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